sábado, diciembre 20, 2025

CALEPINO, LA MUJER DEL CÉSAR Y LAS NOVEDADES RAE

 


Zalabardo me confunde erróneamente con Ambrogio Calepino, aquel fraile italiano autor de un monumental diccionario que daría lugar a la expresión popular saber más que Calepino. Y es que mi amigo piensa que yo tengo respuesta para todo, cuando la única verdad es que, como creo que sucede a cualquier mortal, también yo tengo más preguntas que respuestas.

            Hoy me ha venido recabando mi opinión sobre las novedades que, como cada año ―desde un tiempo a esta parte― publica la RAE sobre añadidos, aclaraciones y rectificaciones al Diccionario de la Lengua Española. Le digo en primer lugar que tal cosa no me parece ni bien ni mal por el sencillo hecho de que la Academia se sumó, con buen criterio, a las facilidades que ofrecen las nuevas tecnologías y apostó por la edición electrónica del DLE, con lo que cualquier alteración de su contenido resulta fácil y cómodo, pues no hay que recurrir a una nueva publicación, en papel cada año. Le digo, de paso, que eso es un gran favor que hacen a todos los hablantes, pues nos permiten un acceso fácil a la magna obra desde cualquier dispositivo, ya sea un ordenador o un teléfono móvil.

            O sea ―le pongo como ejemplo―, que si estoy sentado al sol comenzando la lectura de Comerás flores, la reciente novela de Lucía Solla, y en la primera página me encuentro con la palabra retenedor y no sé a qué se refiere, no me tengo que levantar; simplemente cojo el móvil y busco en el diccionario académico. Aunque, en este caso, me llevo el chasco de que dicha palabra no me aparece. Este ejemplo me sirve para preguntarle a mi amigo si conoce la historia que se cuenta sobre Julio César y su esposa.


           Durante el periodo en que ocupó el puesto de Pontifex Maximus, algo así como sumo sacerdote en la religión romana, allá por el año 62 antes de nuestra era, su esposa Pompeya asistió a una fiesta reservada exclusivamente a mujeres. Cuentan que un joven aristócrata, Clodio, algo casquivano, se disfrazó de mujer y se coló en el lugar de la celebración con intención de seducirla. Pero fue descubierto y arrestado. En el juicio no se pudo probar nada y era opinión unánime que Pompeya no sucumbió al asedio del joven. Sin embargo, Julio César la repudió con un argumento que resumió en estas palabras: «Mi esposa debe estar por encima de cualquier sospecha». Se dice también que Cicerón, testigo de la acusación en el juicio contra Clodio, le birló la idea y nos dejó para la posteridad la frase como «La esposa del César no solo debe ser honrada, sino también parecerlo».

            Zalabardo me mira sin entender qué quiero decirle con esta historia. Le respondo que lo hago porque esta historia no me gusta, ya que viene a establecer como principio que importa más la apariencia que la realidad, que es preferible parecer a ser. Y no sé si estamos inmersos en una sociedad que, en todos sus ámbitos, está abrazando dicho principio. Mi amigo sigue sin entender y bajo a la tierra y vuelvo a su pregunta acerca de las novedades que comunica la Academia. Le digo que, si el lema de la casa es Limpia, fija y da esplendor, lo ideal es que se atuviera a eso y no entre en la competición que, cada año, surge sobre las mejores películas, los mejores libros, las personas más ricas o los actores más elegantes. Porque no se trata de aparentar que se trabaja, sino de trabajar aunque no se vea.


            No creo que haya necesidad de andar removiendo el diccionario a cada instante. La lengua, y el léxico, son organismos vivos de los que se vale el pueblo y constantemente se alteran con absoluta naturalidad. Unos cambios triunfan y permanecen; otros, no dejan de ser una moda pasajera y se van a tomar viento a las primeras de cambio. Por eso, lo más lógico es dejar que las palabras vayan cociendo lentamente, Y cuando se vea que han adquirido el punto de cocción adecuado, entonces será el momento de darles asiento en el diccionario. Mientras, que vivan su vida en libertad y sin ninguna clase de atadura.

            Vamos al caso. Le digo a Zalabardo que, en las novedades publicadas por la Academia me encuentro algunas sorpresas. Comienzo por el ejemplo que le ponía de retenedor. Pues no viene, aunque sí tenga sitio bracket, que podríamos sustituir por corrector. ¿Quiere esto decir que estoy en contra de los neologismos o, más, de los anglicismos? No. Pero si ambos son dispositivos que se emplean en tratamientos de ortodoncia, aunque cumplan funciones diferentes, ¿por qué uno aparece en el diccionario y el otro no? En la historia que le cuento de Julio César se dice que repudió a su esposa; si repudiar es palabra es vieja como el mundo, ¿por qué hasta ahora no aparece ‘rechazar legalmente al cónyuge para romper el matrimonio?

            Añado a mi amigo otros ejemplos: me extraña sobremanera que ahora se le conceda carta de naturaleza a neolengua, ‘lenguaje intencionadamente desplazado de su verdadero significado para distorsionar la realidad en beneficio de unos intereses’, cuando el término circula desde que en 1949 George Orwell escribió su novela distópica 1984. Me pasa lo mismo con la novedad de la forma compleja juguete roto para referirse a quien ha tenido popularidad y, de pronto, la pierde hasta quedar olvidado. O, por ejemplo, que se incluya desratizador si ya tenemos raticida. O que se incluyan eurófobo y turismófobo, si basta añadir el sufijo -fobo para indicar que se siente aversión hacia aquello a lo que acompaña. ¿Cuántas más tendrían que aparecer?

            Y, para terminar, le señalo a mi amigo, solo por señalar, otras novedades que aparecen: farlopa, teletransportar, exvoto, cortejar, hidratar… ¿Por qué ha tardado la Academia tanto en acogerlas si vemos que aparecen acompañadas de gif, crowdfunding, drugstore y otras?

sábado, diciembre 13, 2025

SOBRE EL LENGUAJE INCLUSIVO

 

Son varias las mujeres que en nuestro espectro político son representantes de un partido a la hora de hablar en nombre de su grupo ―Cuca Gamarra, Mertxe Aizpurua, Pepa Millán, Verónica Martínez…―. Dicho cargo recibe el nombre de portavoz. Zalabardo me cuenta haber leído no hace muchos días en un periódico una información en la que se hacía alusión a la portavoza de un determinado partido y solicita mi opinión sobre dicha forma.

            Naturalmente, le digo que no la considero válida y que no es sino una curiosa anécdota que rompe el espíritu de la lengua y que se une a otras parecidas que se han dado a lo largo de los años. En 1997, Carmen Romero, esposa de Felipe González utilizó en un mitin la forma jóvenas y en 2008, siendo ministra, Bibiana Aído se dirigió a las miembras de una comisión; ya en 2018, fue Irene Montero quien por primera vez hizo alusión a las portavozas. No dejan de ser intentos fallidos, a la vez que incorrectos, de llevar al lenguaje el esfuerzo por hacer más visible el papel de la mujer en la sociedad actual.

            Me pregunta mi amigo si lo que digo supone desafección o desconfianza hacia el lenguaje inclusivo, que es tratar en el lenguaje de modo equitativo a cualquier persona sin que haya discriminación de ninguna clase. Le respondo que no e intento aclararle que la creación y modificación de palabras está presente en la misma naturaleza de la lengua y que cualquier hablante dispone de capacidad para crear palabras. Le recuerdo un caso. César Gómez Lucía, piloto que, terminada la guerra civil buscaba un nombre para designar a las personas, mujeres, que atendían durante el vuelo a los viajeros, pues no le gustaba camarera, se decidió por azafata, término con larga historia a sus espaldas y adquiría un nuevo significado. Cuando esta tarea se encomendó también a hombres, se les llamó finalmente, hacia 2014, azafatos. ¿Niega alguien que es ejemplo de lenguaje inclusivo?


            Otro ejemplo. Los partos eran atendidos tradicionalmente por mujeres, las matronas. Cuando en 1980 se autorizó que los hombres pudiesen acceder a esta titulación y desarrollar un trabajo tradicionalmente feminizado, hubo que darles un nombre; y se recurrió al más lógico, matrón. Otro caso de lenguaje inclusivo. Los dos ejemplos buscan favorecer a hombres en ambientes que se consideraban propios de las mujeres. Ahora estamos en la búsqueda de un lenguaje que reconozca a las mujeres en un mundo de hombres. Médico, arquitecto, ingeniero, etc., trabajos que siempre realizaron hombres, hoy se han feminizado en las formas, médica, arquitecta, ingeniera, etc. Como debe ser.

            Portavoza es caso diferente. Las palabras españolas terminadas en z pueden ser femeninas ―nuez, paz, luz― o masculinas ―lápiz, antifaz, arroz―, aunque algunas sean comunes en cuanto al género, es decir, que sirven tanto para el masculino como para el femenino ―juez, aprendiz―. Pues bien, lo primero que hemos de mirar es que voz, parte del compuesto portavoz, es de género femenino, aunque el compuesto resultante actúe como común. Feminizarla parece un poco absurdo. Aunque no lo es en los casos de jueza o aprendiza, por ejemplo.

¿Hay que luchar, en una sociedad cada día más igualitaria, por un lenguaje inclusivo que elimine los rasgos excesivamente androcéntricos de la lengua? La respuesta es rotundamente sí. Pero no olvidemos que la lengua se va transformando según evoluciona la sociedad y su mentalidad, pero nunca al revés. Le digo a mi amigo que la ONU tiene unas Orientaciones sobre lenguaje inclusivo en cuanto al género en español, que pueden consultarse en internet. En la introducción se dice que el lenguaje inclusivo ha de tener en cuenta el tipo de comunicación, la finalidad, el contexto y el público al que se dirige. Que ha de servir para construir mensajes claros, fluidos, concisos y legibles. Y que para ello ha de disponer de estrategias que valgan tanto en la comunicación oral como en la escrita. En suma, que cumpla lo que siempre se ha pedido a la lengua, que sea un instrumento claro de comunicación

            Al hablar de las estrategias, establece varios grupos. En el primero sugiere que se usen formas de tratamiento similares ―si se habla del presidente Sánchez, debe hablarse también de la presidenta Ayuso―. Que no se utilicen expresiones que supongan connotaciones negativas ―evitar no llores como una mujer o ser fuerte como un hombre―. Que no se perpetúen estereotipos ―no hablar de enfermeras y médicos, sino de personal sanitario―.

            En un segundo grupo se proponen estrategias para visibilizar a la mujer cuando lo exija la situación comunicativa. Vale el desdoblamiento, aunque no hay que abusar hasta hacer pesado el discurso. Por eso es aconsejable decir Los candidatos y las candidatas al puesto deben presentar las instancias…, pero se considera preferible Los españoles se manifiestan en favor de la sanidad pública. Son válidos ciertos recursos ortográficos, como El/La Directora/a, pero se rechaza el uso se símbolos como x o @ porque producen palabras ―amigxs o amig@s― que son imposibles de leer o de pronunciar.

                Y en un tercer grupo aparecen estrategias para no visibilizar el género cuando la situación comunicativa no lo exija. Así, propone evitar los determinantes ―se desaconseja decir asistieron al acto algunos periodistas porque decir simplemente asistieron al acto periodistas es suficientemente claro―. Se sugiere emplear, cuando haya dudas, colectivos y estructuras genéricas ―el funcionariado, la comunidad científica―, o emplear persona o relativosAcudieron unas diez personas; quien desee asistir…―.


            O sea, le digo a Zalabardo, que hay muchas maneras de conseguir un lenguaje inclusivo sin caer en el grado de absurdez y pedestrismo que se observa en algunos casos que defiende la Guía sobre comunicación socioambiental con perspectiva de género, publicada por la Junta de Andalucía en 2007. Le enseño a mi amigo un único ejemplo que me parece especialmente llamativo. Es un poco largo, pero creo que vale la pena. En la página 38 se rechaza la redacción de un texto por estar escrito con «perspectiva androcéntrica»: En un Paraje Natural se va a construir una urbanización de lujo con todos los servicios para que a pesar de estar alejado de zonas urbanas se pueda vivir con todas las comodidades. Para sustituirlo, se propone esta redacción con «perspectiva ecofeminista»: En un Paraje Natural se va a construir una urbanización de lujo, esto generara un crecimiento económico en la zona. Asimismo está provocando unas protestas de las vecinas y los vecinos por el impacto ecológico que puede provocar. Respeto los fallos gramaticales que aparecen en ambas redacciones. ¿Qué tiene de inclusivo el segundo y qué le sobra al primero?

        ¿Es necesario un lenguaje inclusivo? Sí. Pero de poco sirve si no conseguimos que esa equiparación se afirme en la conciencia social.

sábado, diciembre 06, 2025

PALABRAS VIEJAS CON SIGNIFICADOS NUEVOS

 

Me pregunta Zalabardo si no creo que, a la hora de adoptar neologismos, en bastantes ocasiones nos puede más el afán de esnobismo o la vanidad de aparentar mayor cultura que el resto de los mortales que la verdadera necesidad de usar un término novedoso. Le contesto que lo que hay que procurar en todo momento es no ser un purista rígido en el manejo del vocabulario. Pero si me pide un sí o un no, ¿puede existir esnobismo en la adopción de una nueva palabra?; la respuesta es sí. No obstante, ¿puede existir la necesidad de acoger nuevos vocablos?; la respuesta en este caso es también sí.

            Como veo su cara de duda, le pongo un ejemplo de lo primero. En muchos ambientes nos encontramos hoy con la palabra coach. ¿Es necesaria? Diría rotundamente que no y que quien la emplea demuestra bastante descuido a la hora de revisar nuestro léxico. El prestigioso diccionario de la lengua inglesa Webster, cuya primera edición es de 1928, dice que un coach es un ‘profesor privado’ o, hablando en términos deportivos, un ‘entrenador’. Pero está claro que a lo largo del tiempo las palabras pueden ir ampliando sus significados por cuestión de matices. Pues bien, sea cual sea el sentido en que usemos coach, ¿qué palabras españolas podrían servirnos? Son unas cuantas: entrenador personal, tutor, profesor particular, instructor, guía nutricional, asesor, mentor, consejero… Y podrían salir otras cuantas si buscamos en el armario de nuestras palabras. ¿Qué significa esto? Que coach es un anglicismo absolutamente inútil que deberíamos desterrar.

            Pero vamos a lo segundo. En la mitología tenemos un personaje, Medea, que, abandonada por Jasón, su marido, para casarse con la hija de Creonte, decidió vengarse matando a Creúsa y su padre, y a sus propios hijos. En la tragedia de Eurípides, Medea dice a Jasón: «Tú no debías, después de haber deshonrado mi lecho, llevar una vida agradable, riéndote de mí; ni la princesa, ni tampoco el que te procuró el matrimonio, Creonte.» En la acción de Medea se unen homicidio, infanticidio y parricidio. Pero hay un matiz que ninguna de ellas recoge. Medea lleva a cabo su horrible crimen no porque tenga nada contra las víctimas, sino porque quiere hacer daño a Jasón. O sea, que hablamos de una conducta conocida ya hace casi tres mil años, pero que hoy calificamos como violencia vicaria.

Si acudimos al DLE, o al de Seco, leeremos que vicario-a es la ‘persona que tiene las veces, poder y facultades de otra o la sustituye’ y puede suplirse por los sinónimos sustituto o suplente. Pero en 2012, Sonia Vaccaro, psicóloga argentina, experta en violencia de género acuñó, basándose en esa definición, el giro violencia vicaria, ‘la que se ejerce sobre los hijos para herir a la mujer’. Una vez aceptado su uso, bien se entiende que el adjetivo vicario-a acoge el significado de ‘acto lesivo contra alguien que se realiza para dañar a otra persona’. Palabra antigua con significado nuevo.


Zalabardo me pregunta si este modo de comportamiento, palabras de larga historia que se actualizan con un significado nuevo, es fenómeno común. Y debo responderle que más de lo que nos parece, aunque no siempre con éxito ni por necesidad. Y buscamos algunos casos. Curioso es el de la palabra resiliencia. Nos dice el DLE que es la ‘capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos’. A nosotros nos ha llegado desde el inglés resilience, pero es un latinismo, ya que procede de resiliens, adjetivo derivado del verbo resilire, ‘saltar hacia atrás, retirarse’. En inglés era un tecnicismo que designaba la ‘capacidad de los materiales para recuperar su forma original tras cualquier presión’.

Le pido a mi amigo que piense en una esponja o en una pelota de goma cuando las apretamos con la mano. ¿Qué sucede cuando aflojamos la presión? Que la esponja y la pelota vuelven a su forma inicial. Están fabricadas con materiales resilientes. Sin embargo, hubo un médico, Michael Rutter, psicólogo infantil especializado en niños con autismo, que en 1972 aplicó en psicología el término resiliencia definiéndolo como ‘la manera en que las personas responden a los riesgos a lo largo del tiempo’. Y de ahí ha terminado por significar, como dice el Diccionario de Manuel Seco, la ‘capacidad de superar las adversidades o dificultades con rapidez y facilidad’.

Le hablo a Zalabardo de otra palabra también muy de uso actual, empoderar. Ya en 1611, Sebastián de Covarrubias decía que este verbo «es palabra muy antigua en la lengua castellana» y añade que significa ‘dar poder o entregar’. Pero el Diccionario de la RAE, desde su primera edición hasta la de 2014 ha venido manteniendo que era un término desusado que significa ‘apoderar’.


No obstante, la palabra arrastra una historia. Hacia 1960, el pedagogo y educador brasileño Paulo Freire comenzó a utilizarla con el sentido de ‘hacer fuerte a alguien’. Y en 1972, diversos movimientos feministas la emplearon con el significado de ‘mejorar las condiciones sociales para la mujer incrementando la participación femenina en la toma de decisiones’. También en este caso la palabra acogió bajo su seno un campo mayor y en la citada edición de 2014 del DLE se dice que es ‘conceder poder a un colectivo desfavorecido socioeconómicamente para que, mediante su autogestión, mejore sus condiciones de vida’, que en la última edición ha quedado como ‘hacer poderoso o fuerte a un grupo social desfavorecido’.

Un último ejemplo. Empatía es un término griego que, en principio, significaba ‘pasión’; sin embargo, Galeno la aplicó en medicina como, ‘sufrimiento, enfermedad’. Pasados bastantes siglos, el psicólogo Edward Titchener, nacido en la segunda mitad del siglo XIX, la empezó a utilizar para designar la ‘capacidad de un terapeuta para comprender los sentimientos de su cliente’. Y hoy, de forma general, se usa para significar la ‘capacidad de identificación con los sentimientos de otro’. Estos ejemplos, creo, sirven para demostrar que hay palabras antiguas que pueden expresar significados nuevos sin necesidad de recurrir a neologismos.