Zalabardo me confunde erróneamente con Ambrogio Calepino, aquel fraile italiano autor de un monumental diccionario que daría lugar a la expresión popular saber más que Calepino. Y es que mi amigo piensa que yo tengo respuesta para todo, cuando la única verdad es que, como creo que sucede a cualquier mortal, también yo tengo más preguntas que respuestas.
Hoy
me ha venido recabando mi opinión sobre las novedades que, como cada año ―desde
un tiempo a esta parte― publica la RAE sobre añadidos, aclaraciones y
rectificaciones al Diccionario de la Lengua Española. Le digo en
primer lugar que tal cosa no me parece ni bien ni mal por el sencillo hecho de
que la Academia se sumó, con buen criterio, a las facilidades que ofrecen
las nuevas tecnologías y apostó por la edición electrónica del DLE,
con lo que cualquier alteración de su contenido resulta fácil y cómodo, pues no
hay que recurrir a una nueva publicación, en papel cada año. Le digo, de paso,
que eso es un gran favor que hacen a todos los hablantes, pues nos permiten un
acceso fácil a la magna obra desde cualquier dispositivo, ya sea un ordenador o
un teléfono móvil.
O sea ―le pongo como ejemplo―, que si estoy sentado al sol comenzando la lectura de Comerás flores, la reciente novela de Lucía Solla, y en la primera página me encuentro con la palabra retenedor y no sé a qué se refiere, no me tengo que levantar; simplemente cojo el móvil y busco en el diccionario académico. Aunque, en este caso, me llevo el chasco de que dicha palabra no me aparece. Este ejemplo me sirve para preguntarle a mi amigo si conoce la historia que se cuenta sobre Julio César y su esposa.
Durante el periodo en que ocupó el puesto de Pontifex Maximus, algo así como sumo sacerdote en la religión romana, allá por el año 62 antes de nuestra era, su esposa Pompeya asistió a una fiesta reservada exclusivamente a mujeres. Cuentan que un joven aristócrata, Clodio, algo casquivano, se disfrazó de mujer y se coló en el lugar de la celebración con intención de seducirla. Pero fue descubierto y arrestado. En el juicio no se pudo probar nada y era opinión unánime que Pompeya no sucumbió al asedio del joven. Sin embargo, Julio César la repudió con un argumento que resumió en estas palabras: «Mi esposa debe estar por encima de cualquier sospecha». Se dice también que Cicerón, testigo de la acusación en el juicio contra Clodio, le birló la idea y nos dejó para la posteridad la frase como «La esposa del César no solo debe ser honrada, sino también parecerlo».
Zalabardo
me mira sin entender qué quiero decirle con esta historia. Le respondo que lo
hago porque esta historia no me gusta, ya que viene a establecer como principio
que importa más la apariencia que la realidad, que es preferible parecer a ser.
Y no sé si estamos inmersos en una sociedad que, en todos sus ámbitos, está
abrazando dicho principio. Mi amigo sigue sin entender y bajo a la tierra y
vuelvo a su pregunta acerca de las novedades que comunica la Academia.
Le digo que, si el lema de la casa es Limpia, fija y da esplendor,
lo ideal es que se atuviera a eso y no entre en la competición que, cada año,
surge sobre las mejores películas, los mejores libros, las personas más ricas o
los actores más elegantes. Porque no se trata de aparentar que se trabaja, sino
de trabajar aunque no se vea.
No creo que haya necesidad de andar removiendo el diccionario a cada instante. La lengua, y el léxico, son organismos vivos de los que se vale el pueblo y constantemente se alteran con absoluta naturalidad. Unos cambios triunfan y permanecen; otros, no dejan de ser una moda pasajera y se van a tomar viento a las primeras de cambio. Por eso, lo más lógico es dejar que las palabras vayan cociendo lentamente, Y cuando se vea que han adquirido el punto de cocción adecuado, entonces será el momento de darles asiento en el diccionario. Mientras, que vivan su vida en libertad y sin ninguna clase de atadura.
Vamos
al caso. Le digo a Zalabardo que, en las novedades publicadas por la Academia
me encuentro algunas sorpresas. Comienzo por el ejemplo que le ponía de retenedor.
Pues no viene, aunque sí tenga sitio bracket, que podríamos
sustituir por corrector. ¿Quiere esto decir que estoy en contra
de los neologismos o, más, de los anglicismos? No. Pero si ambos son
dispositivos que se emplean en tratamientos de ortodoncia, aunque cumplan
funciones diferentes, ¿por qué uno aparece en el diccionario y el otro no? En
la historia que le cuento de Julio César se dice que repudió
a su esposa; si repudiar es palabra es vieja como el mundo, ¿por
qué hasta ahora no aparece ‘rechazar legalmente al cónyuge para romper el
matrimonio?
Añado
a mi amigo otros ejemplos: me extraña sobremanera que ahora se le conceda carta
de naturaleza a neolengua, ‘lenguaje intencionadamente desplazado
de su verdadero significado para distorsionar la realidad en beneficio de unos
intereses’, cuando el término circula desde que en 1949 George Orwell
escribió su novela distópica 1984. Me pasa lo mismo con la novedad
de la forma compleja juguete roto para referirse a quien ha
tenido popularidad y, de pronto, la pierde hasta quedar olvidado. O, por
ejemplo, que se incluya desratizador si ya tenemos raticida.
O que se incluyan eurófobo y turismófobo, si basta
añadir el sufijo -fobo para indicar que se siente aversión hacia
aquello a lo que acompaña. ¿Cuántas más tendrían que aparecer?
Y,
para terminar, le señalo a mi amigo, solo por señalar, otras novedades
que aparecen: farlopa, teletransportar, exvoto,
cortejar, hidratar… ¿Por qué ha tardado la Academia
tanto en acogerlas si vemos que aparecen acompañadas de gif, crowdfunding,
drugstore y otras?








