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La llegada de Semana Santa, fuente
de tantas tradiciones, nos deja al descubierto no pocas contradicciones de
nuestra sociedad. Por ejemplo, la resistencia a aceptar la igualdad de los
miembros que la forman. Y todo ―le digo a Zalabardo―, por una defectuosa
interpretación de lo que sea la tradición. Se ha hablado mucho de
una cofradía de Sagunto que se niega a modificar sus estatutos
para admitir en igualdad de condiciones a las mujeres. No ha sido un acto
irreflexivo, una medida tomada a la ligera. Los cofrades se han
reunido para estudiar el tema, lo han analizado concienzudamente y han votado.
El resultado ha sido que a las mujeres se les sigue vedando una participación semejante
a la de los hombres. No se habla de menosprecio, ni de antifeminismo. La razón,
dicen, es el gran daño que supondría modificar una tradición inmemorial.
Al
hilo de este caso se van conociendo otros. Me dice Zalabardo que acaba de leer
que en Aguilar de la Frontera, pueblo cordobés, se ha dado una situación
semejante en otra cofradía. Y me viene a la memoria cómo en mi
pueblo ―y supongo que en otros muchos más―, el papel reservado a las mujeres
era el de ser camareras, es decir encargadas de vestir a las
imágenes y de cuidar su ajuar. Ignoro en cuántos lugares se seguirá respetando
esta tradición.
Le
digo a mi amigo que esto podría estar relacionado con el nombre de estas
asociaciones de culto semanasantero: cofradías. La palabra, procedente
del latín, viene derivada de cum fratres, es decir, ‘con los
hermanos’. Sus miembros son los cofrades. Y aquí no vale hablar
del carácter de nombre común para ambos géneros, ya que, en latín, el frater
es el varón, pues para hermana existía la palabra soror. Si en
una sociedad que evoluciona aplicásemos la misma regla evolutiva al idioma,
deberíamos hablar de cum fratres y cum sorores, y
esta segunda denominación podría haber dado en nuestra lengua cosor,
cosorore, o algo semejante. Pero, en una sociedad patriarcal, esa
palabra no era precisa, pues en esas instituciones solo participaban hombres.
Me pregunta mi amigo por qué, si la tradición es la costumbre, los ritos, las ideas que se van transmitiendo de generación en generación, digo más arriba que los casos que comentamos obedecen a una mala interpretación del término. Le explico que tradición viene del latín traditio, término derivado del verbo tradere, ‘lo que se da, lo que se entrega a alguien’. Y que, entre los romanos, se conocía como traditio el acto por el que una compraventa de algo, por ejemplo una casa, se hacía efectiva en el momento en que el vendedor entregaba la llave y permitía la entrada al comprador para que comprobase el buen estado en que se encontraba lo que se entregaba. Suponía un acto de inclusión, acogida, y no de exclusión, marginación.
Nada de lo anterior supone que una tradición tenga que ser inmovilista. Sin embargo, seguimos acostumbrados a que, en pleno siglo XXI, muchas de estas agrupaciones se comporten como cofradías en el más estricto sentido de la palabra, es decir, incluyendo solamente a varones. ¿Sufriría una tradición si se adaptara a los nuevos tiempos? No faltan casos en que fiestas populares con mucho arraigo han ido cambiado ―si bien lentamente― sin que ello haya supuesto una merma del interés del festejo. Las tradiciones que las regulaban han ido entregando sus llaves, abriendo sus puertas a mujeres y adoptando conductas más inclusivas: en los Alardes de muchos pueblos vascos, las mujeres van dejando de ser solo cantineras; en el Baile de San Gil, de la riojana Cervera del Río Alhama, ya no bailan solo los mozos; en las levantinas fiestas de Moros y Cristianos, las escuadras admiten mujeres. Y se podrían ir dando más ejemplos.
Es,
pues, falso que una tradición no pueda acomodarse a la evolución
de la sociedad. Para quienes se resisten a los cambios ―y concretamente en el
asunto de la Semana Santa que ha motivado nuestra charla― le sugiero a
Zalabardo que piense un poco. Esta semana, crucial en la manifestación de las
creencias cristianas, era en sus orígenes un tiempo de recogimiento, de
meditación, casi de reafirmación de las creencias religiosas. El pueblo, los
gremios, expresaba todo ese sentimiento y todas esas creencias sacando a la
calle las imágenes que reproducían los últimos momentos de Cristo. ¿Ha
cambiado esa forma de sentir y manifestarse con el paso de los años? Ciego está
quien diga que no. Por lo pronto, se ha perdido su carácter gremial. La Esperanza
trianera ya no es la cofradía de los ceramistas ni Jesús Nazareno
y Nuestra Señora del Traspaso es la de los viñeros malagueños.
En no pocos casos, podríamos considerar escandaloso que las cofradías se hayan entregado a la ostentación y al boato, a dar más muestras de enriquecimiento exterior y lujo que de piedad interior. Los desfiles procesionales se convierten en espectáculo más que en acto religioso. Y como el espectáculo resulta caro de mantener, se inventan tribunas y se acotan las calles para colocar sillas por cuyo uso los espectadores habrán de pagar. De esta forma, se excluye a gran parte del pueblo ―a los que no pueden realizar ese desembolso económico― de los mejores momentos del desfile procesional. ¿No es alteración de la tradición la marginación del pueblo llano en los desfiles procesionales para beneficiar al turista y al adinerado?
Le digo finalmente a Zalabardo que quienes consideran
intocables las tradiciones debieran no olvidar que traición
es palabra que nace de la misma raíz. La diferencia está en que mientras la tradición
pretende preservar la pureza de una idea, la traición ―que
también es un modo de entrega― supone el rompimiento de la lealtad debida a esa
idea.


























