sábado, enero 31, 2026

DE TOMAR EL PELO A PELILLOS A LA MAR

Comento con Zalabardo que hace unos días, el martes pasado, fui a pelarme. Suelo acudir siempre al mismo lugar y es la misma persona quien me atiende, Toñi, porque sabe muy bien como despejar mi cabeza de la maleza que el tiempo va acumulando. Toñi es mujer prudente, buena profesional y tiene conversación agradable. Mientras estaba ocupada en la tarea, le conté que un amigo del pueblo, Antonio Delgado, no usa la expresión ir a pelarse, sino ir a que le corten el pelo. No es, así se lo dije a Toñi, porque tenga en cuenta el valor reflexivo que añade el pronombre se a un verbo, sino porque Antonio es de otras tierras y, posiblemente, allí sea costumbre decirlo de esa manera.

            «Pues ya que hablas de cortar el pelo ―tercia Zalabardo―, se me vienen a la cabeza dos expresiones sobre las que siempre me ha picado la curiosidad de conocer su origen». Y me confiesa, primero, desconocer qué razón explica que tomar el pelo signifique ‘hacer burla de alguien con elogios o promesas fingidos’ y, luego, por qué echar pelillos a la mar significa ‘reconciliarse, olvidar cualquier rencilla’.

            Le contesto a mi amigo que, para explicar ambas preguntas, es preciso aclarar los muchos significados que pelo tiene en nuestra lengua. Siendo el principal ‘filamento cilíndrico, alargado, de naturaleza córnea, que nace y crece en la piel de algunos animales’, aquí nos interesaría saber otros tres: Uno, ‘cabello de los humanos’; dos, ‘en los tejidos, parte que queda en la superficie y sobresale en el haz y cubre el hilo’; y tres, ‘capa de vello de algunos animales’.


            Sobre la primera expresión, tomar el pelo, no hay seguridad acerca de su origen, aunque se considera que es bastante antigua y su significado primario muy diferente al actual. Hay una versión que sostiene que se remonta a la antigüedad de Grecia y Roma, donde, y en la Edad Media aún tenía vigencia esa creencia, la barba se consideraba signo de dignidad. Por eso, tirarle a alguien de ella era igual que infligirle una afrenta o retarlo. En el Poema del Cid, Rodrigo dice ―y resumo sus palabras― al conde García Ordóñez: «¿Qué tenéis, conde, contra mi barba? Desde que me nació, ninguna persona, ni mora ni cristiana, me tomó de ella como yo a vos, cuando tomé Cabra y a vos por la barba». Mesarsetomarseel pelo o la barba uno a sí mismo era señal de dolor o sufrimiento; que lo hiciera otro, era agravio y ofensa.

            Pero hay otra versión que sostiene que su significado de humillación, burla o broma proviene de otra costumbre. De hecho, cuando se ingresaba en la milicia, o en prisión, lo primero que se hacía era rapar el pelo como medida higiénica para evitar los parásitos. Pero esta medida, a su vez denunciaba que aquel a quien se le había tomado ―rapado― el pelo era un novato sobre el que solían recaer burlas de todo tipo. En nuestra guerra civil, fue muy corriente, como medida de castigo y humillación, rapar a las mujeres de las que se tenía constancia de sus creencias republicanas. De ahí ―se dice― procede que tomar el pelo haya pasado a significar ‘burlarse de alguien’, aunque, finalmente, se haya suavizado su sentido y se entienda como ‘gastar una broma’.


            Lo de echar pelillos a la mar, ‘olvidar un pleito, zanjar una disputa’, parece más claro, aunque con el tiempo, la palabra pelo se haya entendido de manera diferente. Rodrigo Caro, en Días geniales o lúdricos (1626), escribe: «Cuando los muchachos han reñido y se meten en paz, para firmeza de ella echan pelillos cortándoselos de la ropa y echándolos por el viento». Y cuando se le pregunta por la razón de tal cosa, dice: «Como aquellos se los llevará el viento y de ellos no se hallará arte ni parte […], así no se acordarán más de los agravios pasados». Aquí se ve que no habla de cabellos, sino del pelo del tejido de la ropa. Y cuando trata de explicar el origen de esta costumbre, recuerda que en el canto III de la Ilíada, reunidos en la playa griegos y troyanos, acuerdan no luchar entre ellos, ya que eran Paris y Menelao quienes se enfrentaban por Helena. En la ceremonia para acordar la paz, deciden sacrificar unos corderos. Se puede leer en la versión de Samuel Butler: «El hijo de Atreo sacó la daga que colgaba junto a su espada y cortó lana de la cabeza de los corderos; los heraldos la repartieron entre los príncipes troyanos y griegos». Esto confirma que los pelillos del juego de los niños fuesen de los vestidos, como decía Rodrigo Caro.

            Pero con el tiempo, hay cosas que se olvidan y alguien tomó aquellos pelillos como ‘cabellos’. Por ejemplo, Rodríguez Marín, en el primer volumen de Cantares populares españoles (1882), escribe: «Pero los niños, por regla general, no son rencorosos y hacen las paces con la misma facilidad con que riñeron. ¡Y para hacerlas sinceras y durables, está probado que no hay mejor cosa que echar pelillos a la mar! Arráncase un pelo cada uno y, teniéndolos cogidos entre los dedos, dicen:

―¿Aónde va ese pelo?

―Ar biento.

―¿Y er biento?

―A la má.

―Pos ya la guerra ‘stá ‘cabá.

Dicho lo cual hacen volar de un soplo los dos pelos y se ponen a jugar, como si tal enemistad no hubiera existido».

            En esa coplilla recogida por mi paisano ―le digo a Zalabardo― queda claro por qué esos pelillos se echan a la mar; porque, aunque en la conciencia popular no se sepa, aún late el recuerdo del encuentro entre troyanos y griegos, junto al mar, para evitar la contienda. Aunque luego, en Troya, pasase lo que pasó.

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