Resguardados del frío de estos días, tomando café y churros en una cafetería de barrio, tranquila y alejada de esas modernas, hablamos Zalabardo y yo de premios literarios. Por casualidad, llevo un volumen de Larra y le leo fragmentos del artículo Horas de invierno; «Escribir y crear en el centro de la civilización […] como Hugo y Lherminier, es escribir. Porque la palabra escrita necesita retumbar, y como la piedra lanzada en medio del estanque […] necesita irradiarse. […] Escribir como Chateaubriand y Lamartine en la capital del mundo moderno es escribir para la humanidad. […] Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla». Se publicó en El Español, periódico madrileño que circuló de 1835 a 1837. Era 23 de diciembre de 1836. Apenas mes y medio después, el 13 de febrero de 1837, aunque por motivos diferentes, se suicidó.
Larra hablaba de «escribir en Madrid» y no de «escribir en España» como con harta frecuencia
se repite. ¿Pero es llorar el hecho de escribir en España? De eso hablamos mi
amigo y yo, porque él, me dice, cree que en nuestro país se publica bastante.
Consultamos en internet los datos correspondientes a 2024 y vemos que ese año
se inscribieron en el registro del ISBN aproximadamente 90.000 libros, unos 250
al día, de los de casi un 25% son literatura.
Podría parecer un buen dato. Sin embargo, le digo, son cifras engañosas si tenemos en cuenta el auge que ha tomado la autoedición. En nuestros días es fácil publicar. Proliferan las empresas dedicadas a ello e incluso las editoriales tradicionales crean sus propias filiales destinadas a la autoedición. El proceso es sencillísimo: yo escribo un libro, digamos una novela, y acudo a una de estas empresas. Me lo maquetan, me lo imprimen y me lo encuadernan. El número de páginas y de ejemplares impresos determinarán lo que tendré que pagar.
«Pero eso parece un gran avance» ―me dice mi amigo―. Le respondo que según se mire y le cuento que la experiencia de haber publicado tres novelas en autoedición me ha hecho recelar de ese pretendido avance. Su lado bueno es la facilidad con que permite colmar la vanidad por haber publicado un libro. Los aspectos negativos son más numerosos El primero, la ausencia de filtros que determinen la calidad de lo que se publica. Puedo escribir la peor novela del mundo, pero si asumo los gastos, nadie se negará a publicármela. Le confieso a mi amigo que me aplico lo que digo, ya que mis novelas no han pasado por ese filtro que me asegure si merecían o no ser publicadas. Segundo, que una vez impreso, no tiene un respaldo sólido para su promoción. Lo más frecuente es que el libro se venda entre amigos y conocidos; ninguno de ellos te dirá que has escrito un bodrio. Y económicamente, solo arriesga el autor. Para la editorial, distribuidora y librerías, mucho o poco, todo son ganancias. Solo el autor ―que en la mayoría de los casos apenas recupera su inversión― puede tener pérdidas.
¿Que hay algunos casos de éxito? Sin duda, pero lo normal es
lo que le he dicho a Zalabardo. Hay, no obstante, algo que me parece peor; con
este sistema, las editoriales tradicionales se muestran remisas a aceptar
originales de autores desconocidos y no afrontan el riesgo de conceder
oportunidades a posibles jóvenes valores.
Al autor novel que no quiere dejar su obra en el fondo de un cajón le quedan dos caminos: que la suerte le conceda encontrar un buen agente literario que crea ver mérito en su obra o presentarla a un concurso. Tras la guerra civil, que aplicó una feroz censura a la libre creación, algunos premios posibilitaron la eclosión de nombres brillantes de nuestra literatura. Jordi Gracia, crítico literario opina: «Érase una vez una época en que los premios literarios cumplieron en España una importante labor para promocionar la creación literaria». Muestra de esto fueron el Premio Nadal, de Ediciones Destino o el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral. Pero llegó un día en que los premios literarios atendieron más el factor mercantil que el de la calidad literaria, En ello tuvo mucho que ver el Premio Planeta. Y en la actualidad, son múltiples las ciudades y ayuntamientos que convocan su propio premio literario.
El
resultado final ha sido que muchos premios literarios buscan más la promoción
del convocante que premiar la calidad de las obras. Adolfo Torrecilla,
director literario de la agencia Aceprensa, escribió en un
artículo: «La finalidad de estos premios, y de modo especial el Planeta,
no es honrar la excelencia literaria, sino llamar la atención y publicitar una
obra que pueda dispararse en las ventas en un mercado, como el español, repleto
de novedades literarias». El novelista y crítico catalán Juan Perucho
dijo: «Ahora no es un escritor el que busca un premio, sino un premio el que
busca un escritor». Y Arturo Pérez-Reverte: «El Planeta no
es un premio que se gane o se pierda. Es el lanzamiento comercial de un libro
que se pretende vender mucho». La razón la explica que, mientras en la mayor parte de países los premios los otorgan instituciones, en España son las editoriales.
Por desgracia, casi todos los premios han ido siguiendo ese camino, pues el grupo Planeta casi monopoliza la industria editorial. Poco a poco, ha ido engullendo otras editoriales: Espasa, Destino, Tusquets, Seix Barral, Minotauro, Crítica... Así, apenas quedan premios que cuiden la calidad, como Adonáis, Alfaguara, Herralde o los oficiales Premios Nacionales de Literatura.
Ello ha dado lugar a lo que hace pocos días escribía Jordi Gracia: «El festival de los premios encierra una gran fuente de declaraciones, esperas tensas sin misterio, ganadores con libro impreso y encuadernado en el mismo momento del fallo, ganadores con contrato editorial firmado con el editor…» Los nombres de los ganadores dan pistas sobre el interés comercial de estos premios.
Le
cuento a Zalabardo el caso del Premio Ciutat de Palma,
patrocinado por el Departamento de Cultura y Patrimonio del Consell de
Mallorca, al que presenté una novela. El premio debería haberse concedido
el pasado día 20. De las más de 700 novelas presentadas, un jurado «auxiliar» seleccionó
cincuenta finalistas; pues bien, el jurado «oficial» ha declarado desierto el
premio, opción no especificada en las bases del concurso. Escribir una novela no es llorar, pero sí un duro trabajo que ocupa entre uno y varios años. ¿Es creíble que, entre más de setecientas,
no haya al menos una merecedora de que se reconozca ese trabajo?




1 comentario:
Queridos amigos, sus conversaciones siempre me enriquecen, en este caso que tratan, particularmente siempre me ha llamado la atención el bombo (fajín incluido) que se le da a ciertos libros premiados o no por conocidas editoriales, hasta el punto que ya reniego de leer novelas con premio,;recelo de su contenido. Respecto de las autoediciones coincido también con la falta de filtro de calidad, aún siendo yo un adepto a este tipo de ediciones, no hay otra.
No sé si ha leído un breve relato de Azorín titulado "Editores" contenido en el libro "Libros, buquinistas y bibliotecas" publicado por Fórcola. Es realmente delicioso, clarificador y terrible.
Un abrazo
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