Tomo este título del de un ensayo publicado por Nicolás Sartorius en 2018. Me parece adecuado porque Zalabardo me muestra un tuit en que el novelista argentino Martín Caparrós escribe: «Trump se toma el trabajo de decir que Maduro era un “dictador ilegal”, no como él, que es un dictador perfectamente legal». La carga irónica del texto está en destacar cómo el presidente estadounidense manipula y corrompe el lenguaje, ya que, si dictador es la «persona que se arroga todo el poder político apoyado en la fuerza y lo ejerce sin limitación jurídica», es imposible establecer categorías ―legales o ilegales― porque cualquier dictador queda fuera de la legalidad.
En
respuesta a mi amigo, le recuerdo dos citas. Una es del filólogo Gregorio
Salvador, que en 1985 escribía; «Cada persona distingue tantos colores como
nombres tenga en su lengua para dividir el espectro cromático». La otra es de Álex
Grijelmo, que escribía en 1998: «Las palabras consiguen que los conceptos
existan, y no al revés […] Pero las palabras no forman una caja de cartón en
cuyo interior solo se vea el dibujo de una idea. Al contrario, dentro de la
caja se halla la idea misma». Eso significa, le aclaro, que, por un lado, si
una persona no conoce la palabra colorado, ese concepto es
inexistente para ella; y, por otro, que, como el cuadro de Magritte Ceci
n’est pas une pipe, que dibujemos una pipa no quiere decir que tengamos
una.
Vivimos
una época en que, lamentablemente, se tiende a convertir las palabras en meras
imágenes, despojándolas de lo que en realidad dicen. Eso nos hunde en la duda
de si nos rodea una lengua nueva o si la que consideramos nuestra ha caído en
un estado de alarmante deterioro. No niego con esto el natural proceso de
evolución y cambio de todo el conjunto de la lengua. Pero si una empresa comunica
que «va a proceder a una flexibilización de la plantilla»,
no es que piense introducir novedades que ayuden a la movilidad o que mejore la
situación de los trabajadores, ya que flexibilizar significa ‘que
algo se dobla con facilidad o que no se sujeta a normas estrictas’. Lo que
realmente se está diciendo es que se va a recortar, disminuir
el número de empleados.
Hemos
caído, por desgracia, en la trampa de las posverdades, es decir,
distorsiones deliberadas de la realidad para manipular la percepción del
receptor. Asistimos estos días a un fenómeno insólito. Nicolás Maduro, es
presidente ilegítimo de Venezuela porque aún no se conocen las actas de las
últimas elecciones; es dictador; es presunto narcotraficante; un demócrata
piensa que no debería presidir su país. Pero ¿justifica eso que un megalómano
como Trump viole todas las leyes internacionales y de su país, haciendo
uso de la fuerza de que dispone para entrar militarmente en Venezuela y
secuestrarlo? Y, sorprendentemente, asistimos a una incomprensible discusión
sobre si tal acto es o no una agresión. ¿Qué es entonces? Por
supuesto que todo el mundo debería condenar esta flagrante agresión,
sin que ello suponga defender a Maduro.
Podría hablarle a mi amigo de que estas manipulaciones se dan en todos los órdenes de la vida. Pero da la lamentable coincidencia de que el tema de estos días es la política, Trump y Venezuela. Y sufrimos al ver que la lengua, instrumento cuya finalidad es la de entendernos en nuestra relación con los demás, se nos convierte a marchas forzadas en fuente discordia y de empleo de posverdades, es decir, mentiras, que eso es lo que significa ese neologismo. La gente común y corriente, como Zalabardo y como yo y como muchísima gente más, asume la forma de hablar de quienes nos parecen ser las personas más notables: escritores, periodistas, contertulios de televisión, políticos… Pero hay televisiones que nos atiborran de tertulias y análisis, que ni son análisis, porque en ellas se discute acaloradamente sin hacer un estudio detallado para llegar a una conclusión válida, ni son tertulias, pues no se conversa serenamente para contrastar opiniones, sino que parecen más un gallinero alborotado.
Y los políticos… ¡Ay, los políticos! Si el concepto de política es el que recogía la expresión griega politiké techné, es decir, ‘arte de vivir en sociedad o de solucionar los asuntos del Estado’, deberíamos sentirnos orgullosos de quienes se ocupan de buscar la solución de esos asuntos para beneficio de la comunidad. Sin embargo, contemplamos la paradoja de que en el pueblo llano aumenta el desapego e incluso el aborrecimiento de la política. En un parlamento se debaten ―o debieran debatirse― los asuntos clave del Estado. Pero si un debate es la ‘discusión sobre un tema desde ópticas y opiniones diferentes para llegar a un acuerdo’, nos encontramos con que, ahora, por debatir se entiende crispación, insultos e improperios dirigidos a quien no piensa igual.
Y, claro, miramos hacia el escenario de Venezuela. Y oímos hablar de dictaduras, de libertad, de paz, de liberación… ¿Encierran algún concepto estas palabras en boca de quienes las pronuncian o son meras imágenes, como la pipa dibujada por Magritte? Oigo a ese ególatra jactancioso Donald Trump hablar de libertad, de dictadura y de paz ―¿sabe él que significan esas palabras?―, lo oigo proponerse para el Premio Nobel de la Paz y no sé si reír o llorar. Le pregunto a Zalabardo si recuerda aquella maravillosa película El hombre que mató a Liberty Valance, que dirigió John Ford. Se acuerda. Un joven e idealista abogado, Ransom Stoddard, llega a un pequeño pueblo con el objetivo de que se imponga la legalidad frente al capricho de los fuertes, que son el grupo de poderosos y corruptos ganaderos que encargan el trabajo sucio a un cruel forajido, Liberty Valance y a su banda. Donald Trump es, sin duda, un Liberty Valance que siembra el terror entre los más débiles para defender la ambición propia y de otros poderosos. Stoddard es el defensor de la ley y la razón que Trump desprecia con su proceder. Lo que no encontramos en este escenario es la figura de Tom Doniphon, el único que presenta cara al despiadado matón. Esperemos que la Unión Europea deje a un lado su timidez y haga ver al presidente de los Estados Unidos que se es fuerte hasta que se le pierde el miedo. Porque nada asusta más a un matón que ver que no se le tiene miedo.



No hay comentarios:
Publicar un comentario