sábado, enero 03, 2026

NUEVO DÍA Y NUEVO AÑO


El año que ha cerrado ha sido el cincuentenario de la aparición del álbum Nuevo día. Lole y Manuel, no sé si conscientemente, protagonizaron una auténtica revolución en la cultura y la música del flamenco. Dieron nuevo aire a las letras y añadieron instrumentos nunca pensados anteriormente en el género. Fundieron el flamenco con otros ritmos. Aquello fue antes de Kiko Veneno o de la formidable Leyenda del tiempo, de Camarón. Y, por supuesto, muy anterior a Omega, de Enrique Morente, que no aparecería hasta veinte años más tarde.

            Le digo a Zalabardo que, con este recuerdo, quiero darle a entender que no hay que posicionarse por sistema contra lo nuevo, porque la vida toda es proceso y cambio, y porque el progreso, aunque en algunas ocasiones parezca que nos hace la puñeta, trae mejoras la mayor parte de las veces. Lo que sucede, le digo, es que mientras todo se va renovando, nosotros vamos recorriendo un proceso inverso, el de la decrepitud que lleva aparejada el hecho de cumplir años.

            Ahora, mientras escribo, veo iniciarse el segundo día de un nuevo año, 2026. Le recuerdo a mi amigo, sin dejar de mirar el punto por el que asoma el nuevo día, que este año que también se inicia se cumplirán veinte desde el día en que me ofreció su Agenda para ir anotando estos apuntes. Si en el discurrir del tiempo veinte años es poco, para nosotros, hay que reconocerlo, es ya bastante. Le cuento a mi amigo que, días atrás, un buen amigo, José María Pérez Moreno, declaraba al felicitarme las fiestas que, para este año, lo que él desea ―para mí, para él mismo y para todos― no es más dicha, ni más felicidad, ni éxito, ni ninguna de esas cosas; lo que él desea es que venga «completo». A nuestra edad, no es mal deseo.


            Como es mi costumbre, una de las primeras cosas que hago cada día, es asomarme a mi terraza. Hoy me he acordado de la canción de Lole y Manuel ―«El sol, joven y fuerte, ha vencío a la luna…»―. Me dije: «Ahora se estará levantando José María». Lo hice con ganas de chincharlo, porque sostengo que soy un poco más viejo que él y bastante más madrugador. Y sé que eso lo enrabieta. Luego me puse más serio y le dije a Zalabardo que, con los años que acumulamos, cada nuevo amanecer contemplado es un regalo por el que debemos sentirnos hondamente agradecidos, ya que cualquier ocaso bien pudiera ser el último de nuestras vidas.

            Me pregunta mi amigo, Zalabardo, no el otro, si con esto lo estoy haciendo participe de mi temor a la muerte. Niego tal sospecha y contesto que puedo sentir respeto, pero no temor, porque la muerte, tal como la concibo, forma parte del proceso natural de la vida. Todo tiene su comienzo y todo tiene su final. Somos ―así lo expresó hace siglos Quevedo en un inolvidable soneto― «presentes sucesiones de difunto». Y muchos más siglos han transcurrido desde que Epicuro, en la carta que escribió a su discípulo y amigo Meneceo, conocida también como Carta sobre la Felicidad, lo exhortaba a contentarse con poco, ya que quien con poco se contenta no está acuciado por la necesidad y, consecuentemente, queda menos expuesto al dolor. Por eso le dice: «El peor de los males, la muerte, no significa nada para nosotros, porque mientras vivimos no existe, y cuando está presente nosotros no existimos».

            Alguna vez le he hablado a Zalabardo de que jamás he pensado que un cementerio sea una construcción fúnebre y triste. Los veo como lugares apacibles y me intereso en conocer los de las poblaciones que visito. Es mucha la gente que desconoce que la palabra cementerio procede de la raíz indoeuropea kei-, que significa ‘estar tendido’ y que de ella proceden el verbo griego koimao, ‘estar acostado’, y el sustantivo koimētḗrion, ‘dormitorio’.


            En mis visitas, paseo lentamente por sus calles y patios y me detengo a leer epitafios, porque se encuentran bastantes que huyen del tono doliente que refleja la mayoría. En Alcaucín (Málaga), alguien dejó en la repisa de un nicho dos botellas vacías de vodka y tres granadas más un mensaje escrito a mano sobre un trozo de madera: «Hola, Toni. Te echamos de menos». En Benadalid, la sepultura de un joven la cierra una lápida en la que se ha grabado un epitafio copiado de otro hallado en la necrópolis del Marugán, en Atarfe (Granada), perteneciente al siglo XI: «Yace ahora XXXX en los felices campos celestes. Noble e inmaculado en el mundo, nacido para el cielo, pacífico, amable, empapado en el rocío celeste…». Y en el Cementerio Inglés de Málaga, sobre el suelo, se puede ver una pequeña sepultura sobre cuya losa se lee: «VIOLETTE / 24-XII-1958 / 23-I-1959». Y, debajo, grabado: «…Ce que vivent les violettes…». Podría contar más casos.


           No sé quién sería ese Toni; tampoco ese joven de Benadalid que murió con solo 24 años. Y me conmoví fuertemente la primera vez que vi la tumba de esa pequeña Violette, fallecida con solo un mes de vida. En estos casos, no es temor a mi muerte lo que me asalta, sino rabia porque considero que son muertes equivocadas, que llegaron antes de tiempo, que no correspondían. Pero la muerte es así de imprevisible. Le digo a Zalabardo que, en esos casos, lo que siento es una especie de remordimiento porque, a mi edad, creo haberles robado parte de sus vidas a Toni, a ese joven de Benadalid, o a la pequeña Violette. Ellos ―como tantos otros― merecerían haber vivido más.

            Pero, epicúreo al fin, ¿cómo no voy a dar las gracias por el nuevo día que se me ha regalado hoy, como no alegrarme por este nuevo año que empieza a dar sus primeros y torpes pasos? Si algún ansia me guía, es la de que, como escribió Antonio Machado, «cuando llegue el día del último viaje» me coja «ligero de equipaje». Con ese ánimo, a todo el que me lea le deseo lo que me deseaba mi amigo José María: que el 2026 les venga «entero». 

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