sábado, enero 23, 2016

AMIGOS, COMPAÑEROS Y CONOCIDOS




            Los escritores de mi temple tenemos un principio en común con los pintores. Cuando una copia exacta hace que nuestros cuadros sean menos llamativos, exageramos lo menos malo o mal menor y juzgamos más perdonable faltar a la verdad que a la belleza. (Laurence Sterne: Tristram Shandy)

El abrazo, de Juan Genovés.
            En otros tiempos, si dos personas de diferente sexo entablaban un trato que superaba lo meramente amistoso, se decía, en un primer momento, que se hablaban; si llegaban a congeniar, establecían relaciones; y si se veía que había una fuerte empatía entre ambos, se hacían novios.
            Hoy, los cambios sociales no han dejado de tener su influencia en las formas de trato entre las personas. No me refiero ya a la superación de tabúes, prejuicios y marginaciones de toda clase que eran frecuentes. Bien está que se hayan superado y dejemos la mojigatería a un lado. Pienso únicamente en lo que es la conexión interpersonal. Todo se ve afectado por la urgencia y la vorágine. Igual que ya nadie escribe una carta sino los minúsculos tuits o whatsapps, se evita cualquier proceso que pueda entenderse largo o que suponga cierta dosis de compromiso. No se habla de noviazgo, ni de matrimonio. Por supuesto, cada día se utilizan menos las palabras esposo/esposa; se cree, mal, que remiten a ‘atarse’ (cuando, en realidad, el latín sponsus significa ‘promesa’). Ni siquiera se habla de ligazón o lío. Todo se reduce a tener una pareja o una relación. Son conceptos vagos. Al menos, consuela ver que se ha inventado el amigovio. Por supuesto, creo que todos estos cambios reflejan tanto el cambio social acaecido como la capacidad de la lengua para adaptarse a cada situación.
            “¿Me quieres decir —me interrumpe Zalabardo— qué tiene que ver con eso la frase de Sterne de la cabecera?” Entonces le digo que a las personas, con el lenguaje, nos ocurre algo parecido, que preferimos faltar a la verdad (procuramos utilizar términos que disimulen lo que pensamos) antes que faltar a la belleza (pues preferimos las palabras que deslumbren antes que las adecuadas).
            Como veo que no me entiende, o que no logro hacerme entender, busco un ejemplo. Tenemos, le digo, tres palabras cuya relación es tal que, incluso, en ocasiones se emplean como sinónimas: amigo, compañero y conocido. Sin embargo, entre ellas hay mucha diferencia. 

Mis tres mejores amigos y yo. Sevilla, febrero 1964
            Amigo procede de amicus (y este de amo, ‘amar’). Indica una relación muy estrecha entre dos seres. Al amigo se lo ama, se haría lo que hiciese falta por él. Amigos hay pocos (nada que ver con los que se cuentan en facebook) y se los elige por decisión personal y se les guarda fidelidad. Su número puede aumentar, aunque difícilmente disminuye.
            Compañero está en otro nivel; viene de panis con la preposición cum; compañero es ‘quien comparte el pan con alguien’. Al compañero se le debe lealtad y respeto; y, si este compartir el pan y la sal se dilata en el tiempo, es posible que alguno cambie su condición por la de amigo. Compañeros hay más y nos vienen dados, no los elegimos. Entre amigos y compañeros, por el continuado y directo trato que hay, pueden producirse roces (hasta en las mejores familias se discute), que nunca afectarán (o no debieran) al afecto y lealtad existente entre ellos. ¿Recordáis aquellas palabras de un crítico de cine que solía decir de algunos “mi compañero y, sin embargo, amigo”? Estos roces son más llevaderos entre amigos que entre simples compañeros.
            Por fin, conocido es algo muy diferente; deriva de gnosco, ‘aprender a conocer’. Conocido es cualquiera de quien sabemos o vamos sabiendo algo, aunque no tengamos contacto. Podríamos decir que la relación con él es de indiferencia, sin que esto signifique menosprecio. Por eso, puedo decir que conozco a Machado porque sé quién fue, qué hizo, qué escribió; e, incluso, puedo llegar a sentir admiración extrema hacia su persona y su obra. Como, del mismo modo, digo que conozco a Belén Esteban, aunque de ella no sepa sino que sale en televisión.
            No obstante lo anterior, utilizamos amigo y compañero —sobre todo estos dos— o conocido, faltando más a la verdad que a la belleza, es decir, pretendiendo que se infiera algo inexistente. Porque llamamos a alguien compañero y le somos desleales en cuanto que vuelve la espalda, o declaramos ser su amigo cuando no pocas veces anteponemos el rencor al amor. Con ello, faltamos a la verdad porque queremos ocultar lo que somos y lo que sentimos; y, a la belleza, porque desnaturalizamos el recto sentido de las palabras. Cuando caemos en esta bajeza, merecemos ser despojados del noble título que supone ser amigo o compañero de alguien.
            La culpa de que esto sea así no es del lenguaje, por supuesto, sino del uso espurio que de él hacemos. Pero el lenguaje, que prefiere tanto la verdad como la belleza, nos deja retratados y desairados cada vez que lo empleamos con engaño.

sábado, enero 16, 2016

SANTABÁRBARA



El lenguaje no lo hace el poder, no lo hace la academia, no lo hacen los escritores. Lo hacen los cazadores, los pescadores, los campesinos, los caballeros, es el lenguaje del alba, es el lenguaje de la noche, hay que acudir a las bases donde se forma la lengua (Jorge L. Borges)

Esquema de la santabárbara (1 y 2) de un buque
            Mis charlas con Zalabardo son pausadas, tranquilas. Nada nos impone prisas. No se parecen a las que cada día abundan más en las redes sociales. Él suele decirme: “Las conversaciones, como las comidas, bien masticadas, para digerirlas mejor”. Hablamos de todo. Hace unos días, le decía,  pensando en el pasado, que me alegro de haber estudiado en mi bachillerato seis años de latín y tres de griego, aparte de filosofía; de que lengua y literatura fuesen asignaturas distintas, lo mismo que la historia, la geografía y el arte. También le confesaba mi agradecimiento hacia los profesores que me proporcionaron una formación humanística, me hicieron amar la mitología, ayudaron a que en mi espíritu despertase la curiosidad por la naturaleza y por el pasado, fomentaron mi afición por la lectura y me inculcaron el deseo de ser cuidadoso en el uso del idioma, al hablar y al escribir, mostrando en todo momento respeto por la ortografía, la sintaxis y el léxico, que debía procurar enriquecer. Lo que haya conseguido, le digo a Zalabardo, lo pongo en el haber de esos maestros; en cambio, los fallos que sin duda sigo cometiendo solo se me pueden imputar a mí.
            Esta especie de “profesión de fe” nacía de la preocupación que me causa ver cómo en los planes de estudios se desprecia cada día más las humanidades. Latín, griego y filosofía son asignaturas en peligro de extinción; es difícil encontrar, incluso en alumnos de niveles universitarios, una mínima formación humanística; se escribe, y se habla, de manera lamentable y hay muchos que se escandalizan si se pide que una expresión deficiente (sintaxis incoherente, falta de fluidez léxica, ignorancia de la ortografía) pueda ser motivo de rebaja en la calificación. Consecuencia: escriben mal los alumnos y lo que es peor, escriben mal bastantes profesores. Como escriben y hablan mal políticos, locutores, periodistas…
            El lenguaje, como todo en esta vida, cambia casi sin que nos demos cuenta. Hay palabras que desaparecen mientras se nos van haciendo visibles otras nuevas. Eso es lo natural y deseable. Aunque deberíamos estar atentos a los cambios, porque lo grave es descuidar es el uso que del idioma hacemos. Le cuento a mi amigo la anécdota de alguien que abusa de *palafranero sin saber que lo correcto es palafrenero. Todo, no cabe duda, porque ignora que su origen está en una palabra casi extinta, palafrén, ‘caballo manso que solían montar las damas y, también, reyes y príncipes’, de la que deriva palafrenero, ‘mozo que cuidaba de los caballos o que los llevaba cogidos del freno para evitar percances’. Hoy, el término se emplea para referirse, de modo despectivo, a la persona excesivamente servil que renuncia a sus propios criterios e ideas y se pliega a los de un superior jerárquico. Con tacto, para intentar  no herir su sensibilidad, pues es difícil saber cómo reaccionará alguien cuando se le hace una corrección, aun bien intencionada, le comenté la forma y origen del término. ¿Creen que me hizo caso? Empeñado sigue con su *palafranero.

Guardacartuchos y otros pertrechos artilleros
            Intento decir que meditamos poco lo que decimos y, no pocas veces, ignoramos por qué lo decimos. En estas, se me ocurre preguntar a Zalabardo si sabe de dónde viene eso de acordarse de Santa Bárbara solo cuando truena. Como niega con la cabeza, le cuento algo de esta santa, que vivió, creo, en el siglo iii y murió por haberse hecho cristiana y rechazar matrimonio con la persona que le proponía su padre. Condenada a ser decapitada, su propio padre la ejecutó. En el momento de dar muerte a su hija, cayó un rayo del cielo y lo fulminó. Esta es la razón de que acudamos a ella en solicitud de ayuda durante las tormentas. Pero también de que se la considere patrona de los artilleros y de los mineros (por el uso que, en la antigüedad, hacían de explosivos).
            ¿Y por qué se llama santabárbara, en una embarcación, al pañol en que se almacena la pólvora? Pues porque, en tiempos, era costumbre colocar una imagen de esta santa en la puerta de estos polvorines. 

Quevedos
            No es el único caso en nuestra lengua en que vemos cómo un nombre propio acaba convirtiéndose en común. Es un simple ejemplo de metonimia. En la misma línea, a una alcahueta la llamamos celestina por el personaje de Rojas; simón a un tipo de carruaje tirado por caballos por un cochero madrileño del siglo xviii llamado Simón Tomé; a los porteros de fútbol se les llama cancerberos en recuerdo del mítico Cerbero; moisés es una cesta para recién nacidos que recuerda el abandono de Moisés en aguas del Nilo; la rebeca es una prenda usada por un personaje de película que tenía ese nombre; calepino es un diccionario de latín en recuerdo de Ambrosio Calepino; a la mantis solemos llamarla santateresa y, en México, tatadiós, que es una forma afectiva y a la vez respetuosa de referirse a Dios. Y podríamos citar catón, tenorio, bermudas, quevedos, sambenito
            “¿Y el sanjacobo?”, me pregunta Zalabardo, que va teniendo ganas de comer. A lo mejor un día de estos lo comentamos.

jueves, enero 07, 2016

DESEOS NO TAN NUEVOS PARA UN AÑO NUEVO



            La unidad de la lengua española solo puede ser obra de la cultura común. Y entiendo por cultura común, más que la adoración del tesoro acumulado por los siglos, la acción viva, permanentemente creadora, de la ciencia, el pensamiento, las letras (Ángel Rosenblat)

            Pasaron las fiestas. Volvemos al tajo. Con cara e ilusiones renovadas. Zalabardo me pregunta qué tal me ha ido el año y le respondo que, dada la situación externa —el país convertido en una olla de grillos, la necesidad de más justicia social, más respeto a la cultura, más honradez en nuestros dirigentes…— y la interna, con una carga de años cada día más pesada (Azada son las horas y el momento, / que, a jornal de mi pena y mi cuidado, / cavan en mi vivir mi monumento, escribió Quevedo), no me puedo quejar.
            Entre los variados motivos para no quejarme (el principal, sentirme rodeado de afecto y cariño, que ya es para no pedir más), le digo a Zalabardo que vivo con gozo moderado la aparición de mi novela No tendrías que haber vuelto. Un desconocido que se lanza a esta aventura, en un entorno en el que la cultura parece contar poco, en que el sistema educativo se degrada por el cada vez más sonrojante desprecio de las humanidades y en el que apenas si soportamos leer más allá de los mínimos mensajes enviados a través de twitter o whatsApp, no va a aspirar a convertirse en superventas; pero creo que la acogida de la novela ha sido adecuada y las críticas recibidas, favorables.
            Pero vamos al turrón, que esta Agenda se dedica a lo que se dedica y nunca está bien la autocomplacencia. Por eso, entre los deseos que declaro para este año que da sus primeros pasos, sigue ocupando lugar preferente el de solicitar una mayor atención en el uso del idioma, tan baqueteado por tantos flancos.
            En el borrador manuscrito de Juan de Mairena, alguna de cuyas hojas muestra la redonda mancha de un vaso de café posado sobre el cuaderno, Antonio Machado escribe algo que no coincide del todo con el texto de la edición definitiva: Cada día se escribe peor, en una prosa fría, sin gracia, aunque no exenta de lo que se llama corrección, y la oratoria es un refrito de la palabra escrita, donde antes se había enterrado la palabra hablada. En todo orador de nuestros días hay siempre un periodista chapucero. Lo importante es hablar bien, con viveza, lógica y gracia. Lo demás se os dará por añadidura. Mas no olvidemos nunca que para hablar bien hay que pensar bien.
            Ochenta años tienen ya estas palabras. Aun así, le comento a Zalabardo, siguen teniendo vigencia. Somos descuidados en exceso y no dejamos de dar patadas al idioma. Todos recordaremos que, en los días finales del año concluido, que han sido tan secos y cálidos como los iniciales del actual, múltiples incendios han tenido en vilo el norte del país. Las informaciones sobre el suceso nos han traído, otra vez, palabras que, por desgracia, no siempre se emplean del modo procedente: provocado, pirómano y efectivo.
            Hemos oído y leído que muchos de los citados incendios no han sido fortuitos, sino provocados. Valdría la pena meditar que, dado que todo efecto tiene una causa y que provocar significa ‘que ha sido causado por algo’, cualquier incendio ha de ser, por fuerza, provocado (cuál sea la causa es otro cantar). Pero si lo que se quiere decir es que en esa causa tiene mucho que ver la mano del hombre, lo procedente es decir es que han sido intencionados, adjetivo que significa ‘deliberado, que tiene una intención’.

            A la persona que se acusa de quemar un monte, se le llama, sin reparar demasiado en la cuestión, pirómano. Otra vez se requiere algo de reflexión, ya que no es lo mismo un pirómano, ‘persona que sufre una patología que lo impulsa a provocar incendios’, que un incendiario, ‘persona que incendia con premeditación, por afán de lucro o por maldad’.
            Y nos queda efectivo. Como adjetivo, significa ‘real o verdadero’ y ‘eficaz’. Como sustantivo, tiene valores diversos. Puede significar ‘dinero en monedas o billetes’ (he pagado la compra en efectivo). Usado en singular, con valor colectivo, es el ‘número de hombres que tiene una unidad militar’ (la invasión se llevó a cabo con un efectivo de diez mil hombres). Además, en plural, significa ‘totalidad de las fuerzas militares o similares que se hallan bajo un solo mando’ y agrupa tanto a personas como a otros recursos materiales (los bomberos cuentan, entre sus efectivos, con una dotación de cincuenta hombres y doce camiones). Sin embargo, de un tiempo a esta parte ha ido imponiéndose el empleo, inadecuado, de efectivo para designar al ‘individuo componente de un efectivo’ (el delincuente fue detenido por dos efectivos de la guardia civil).
            Es cierto, como decía con ironía Álex Grijelmo en su último artículo, que sería un rollo tener que pensar en todas esas cosas antes de hablar. Coincido con él en que es algo que nos debería salir de manera espontánea. Mas esa espontaneidad, y vuelvo a Machado, se conseguiría si gozásemos de un sistema en el que se cultive un pensamiento crítico, creativo y libre en lugar de imponérsenos un utilitarismo vacío.