domingo, octubre 02, 2016

VUELVA USTED MAÑANA (FUNCIONARIOS)



            —Permitidme, Monsieur Sans-délai —le dije entre socarrón y formal—, permitidme que os invite a comer para el día en que llevéis quince meses de estancia en Madrid. (Mariano José de Larra)

            Eso decía Larra en uno de sus artículos de crítica social (Vuelva usted mañana) a un francés que había venido a nuestro país con la intención de resolver un asunto de no mucha dificultad en un plazo máximo de quince días.
            Los funcionarios en España no gozamos de demasiada buena fama, sino de lo contrario. Hablo en primera persona porque yo, profesor jubilado de la enseñanza pública, soy al cabo un funcionario. Y le digo a Zalabardo que no me gusta el corporativismo. Lo que está mal hay que reconocerlo y no darle vueltas ni justificarlo. Y si funcionario viene de función y esta de funcionar, abundan ejemplos de que funcionamos solo regular, por no decir mal.
            Las cosas, ciertamente, han cambiado desde el siglo xix hasta nuestros días y es innegable que hay funcionarios, la inmensa mayoría, a los que es injusto achacar la desidia de la que hablaba Larra. Claro que siempre queda algún tarugo que con su falta de honradez profesional hace que la generalidad cargue con las culpas de unos cuantos ceporros, que, por desgracia, los hay. Como los hay en todas las profesiones. Con tristeza hago partícipe a mi amigo de las palabras que me dirigió un compañero: La Administración se burla de nosotros pagándonos poco, pero nosotros nos burlamos de ella trabajando menos. Y eso no se debe decir, y menos hacer, ni en broma.
            Pero voy al artículo de Larra. ¿Se dan casos de retrasos inverosímiles en asuntos que se solventarían en un suspiro? Valga la siguiente experiencia: Volvía de una corta estancia en las Alpujarras y encontré en el buzón el aviso de recogida de un certificado. Procedía de la Junta de Andalucía y llevo ya ocho años jubilado. ¿Qué podía querer la Junta de mí? Era sábado y si no lo recogía antes de las dos, ya no sabría de qué se trataba hasta el lunes siguiente. Así que decidí acercarme a la oficina de Correos. La curiosidad y cierta preocupación —pudiera tratarse de algo importante— ayudaron a mi decisión.
            Era una carta de la Consejería de Cultura con fecha de registro de salida del 29 de junio de 2016 que llegó el 6 de julio. O sea, que tardó una semana en recorrer los 200 kilómetros que hay entre Sevilla y Málaga. Quizá viniera andando.
            La carta contenía dos hojas. En la primera, me comunican, escuetamente, que se me adjunta la resolución favorable del Registrador de la Propiedad Intelectual de nuestra Comunidad relativa a mi petición de inscripción de la novela El largo viaje de Gonzalo.

            Eso, en sí, no es cosa para extrañarse. Aunque sí lo que sigue. La segunda hoja dice que, con arreglo a lo dispuesto por la ley competente en la materia, queda inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual la novela que he citado. Aparecen después mi nombre, DNI y la aclaración de que se trata de una obra literaria, así como la fecha de solicitud: 29 de enero de 2010 a las 10:27. Como cierre, la fecha de la resolución: 18 de enero de 2012.
            ¿Alguien se pierde con este pequeño lío de fechas? Pues lo aclaro: en enero de 2010 presenté en el Registro la que sería mi primera novela, un intento más bien con el que quería demostrarme que era capaz de construir una historia extensa. Pagué ese mismo día los derechos correspondientes y me dieron la certificación de que la novela quedaba registrada. Ahora me entero de que dos años después, ¡dos años!, se informó favorablemente tal inscripción. No se dieron mucha prisa, digámoslo sin ganas de ironizar demasiado. Pero la sorpresa mayor está en que me envían dicha resolución favorable ¡cuatro años después! En total, seis años para un proceso que no puede ser más simple.
            Zalabardo y yo nos partimos de risa comentando el asunto. Mi amigo, además, tiene una ocurrencia que nos hace reír aún más. Cabe la posibilidad, me dice, de que dentro de no sabemos cuántos años, y teniendo en cuenta mi edad, mis hijos reciban una carta a mi nombre en la que el Registro de la Propiedad Intelectual de la Junta de Andalucía comunique que la autoría de No tendrías que haber vuelto, la última novela que registré y que fue editada en octubre pasado, me pertenece. Para entonces, incluso pudiera haber muerto; pero esa constatación no me la arrebataría nadie.
            Conclusión: o la creatividad de los andaluces es infinita y las obras por registrar  innumerables, o los registradores se pasan el día resolviendo sudokus. Porque funcionarios en el RPIJA hay en número suficiente. Al menos, yo los he visto.
           

domingo, septiembre 25, 2016

HONRADEZ Y HONESTIDAD



            Los idiomas no se enriquecen solo incorporando palabras para nombrar conceptos nuevos, sino también, y muy especialmente, afinando en la nitidez inequívoca de su léxico, trabajándolo para que permita diferenciar lo que, siendo próximo, no es idéntico. (Fernando Lázaro Carreter)

Alegoría de la honestidad, de Rubens.
            No hace muchos días, la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz declaraba con toda vehemencia: Yo creo firmemente en la honradez y la honestidad tanto de Pepe Griñán como de Manolo Chaves. No voy a entrar, no es objetivo de esta Agenda, en cómo nuestros políticos se rasgan las vestiduras y solicitan el castigo inmediato para los presuntos delitos cometidos por políticos de otros partidos al tiempo que ponen todos los parches posibles cuando son los suyos los que caen bajo la sospecha de conducta indebida. Allá se las apañe cada uno con su conciencia y ojalá la justicia desentrañe cada uno de los numerosos casos que día a día nos estremecen.
            Me quiero centrar, le digo a Zalabardo, en las palabras que utilizan. La presidenta andaluza defiende la honradez y la honestidad de sus compañeros de partido (no sé ahora si ellos han renunciado a su militancia) como si para ostentar un cargo público hubiese que reunir ambas virtudes. ¿No sería suficiente pedirles solo lo primero? ¿No estamos hartos de decir que la vida privada no debe importar siempre que no afecte a los actos públicos? ¿Son la honradez y la honestidad la misma cosa o designan conceptos diferentes? 

Honestidad, de Giotto.
            Vamos a tratar de deslindar la cuestión. Si atendemos al Diccionario de Autoridades de 1734, leemos que honradez es el género de pundonor que obliga al hombre a obrar siempre conforme a sus obligaciones y cumplir su palabra en todo; frente a esto, honestidad es tanto la compostura, modestia y moderación en la persona, en las acciones y en las palabras como la moderación y pureza contraria al vicio de la lujuria.
            Lázaro Carreter explica muy bien cómo, posiblemente debido al tradicional sentido del honor entre los españoles de otros siglos y atendiendo a que la honestidad era cualidad que se solicitaba más a las mujeres, entre nosotros honradez y honestidad eran palabras que marcaban realidades muy diferentes, aunque la segunda podría, en determinados contextos, asimilarse a la primera. La honradez se aplicaba a cuanto fuese recta conducta y fiel cumplimiento de las obligaciones debidas, es decir, la probidad, mientras que la honestidad remitía a la conducta sexual y, más concretamente a la decencia y la castidad. Otras lenguas, en cambio (francés, inglés, italiano…) no presentan un deslinde tan claro entre ambos términos. 

Viñeta de El Roto, en El País
            Pero los tiempos cambian y, en el lenguaje, no siempre para bien. Algo que teníamos muy claro, de pronto se nos torna difuso. Por contagio de las otras lenguas, especialmente del inglés (contagio que nace de un deficiente conocimiento de la lengua propia), en las que a un político, o a cualquier cargo de responsabilidad, se le pide honestidad (que correspondería a nuestra honradez), nosotros hemos comenzado a hacer lo mismo. A esto se refiere la cita inicial de Lázaro. Hay parejas de palabras (por ejemplo, rehabilitación/restauración) que nos pueden inducir a confusión porque no tenemos claros sus límites. Pero estas dos no ofrecían, hasta hace un tiempo, ese problema. Luego, si las hemos convertido en sinónimas, lo que estamos es empobreciendo la lengua. Sin embargo, si miramos no el viejo diccionario del siglo xviii, sino que venimos a la última edición del DRAE, nos encontramos con que honradez es ‘rectitud de ánimo, integridad en el obrar’; y honestidad, por su parte, es ‘1. decencia o decoro; 2. Recato, pudor; 3. Racionalidad, justicia; 4. Probidad, rectitud, honradez’. Vemos meridianamente que solo en su última acepción se pueden considerar equivalentes los términos.

 
Viñeta de Querol.
          
Y le digo a Zalabardo: si Susana Díaz quería hablar solo de la corrección en el desempeño del cargo de sus excompañeros, de su probidad, ¿a qué viene considerarlos honrados y honestos? ¿No sería suficiente utilizar una sola de estas palabras? Y si, al emplearlas, entendía que son diferentes, ¿no debería importarnos antes su probidad que no su castidad, que, en cualquier caso, corresponde al ámbito privado de cada individuo?
            Este tipo de errores es más frecuente de lo que nos parece; también es frecuente presentar unidos términos que se refieren a la misma parcela significativa. Hace unos días, viendo en televisión un partido de fútbol, el comentarista hablaba de los prolegómenos iniciales. ¿Acaso no sabe que prolegómeno es aquello que va por delante, preámbulo que da paso a lo que vendrá después? Luego, por fuerza debe ser inicial, pues es imposible un prolegómeno final. Y también recientemente, mientras paseaba, vi una valla publicitaria, en el entorno del Pabellón Martín Carpena, que anunciaba un local en el que podríamos disfrutar de una zona infantil para niños.
            Como dice Lázaro Carreter, el idioma no se enriquece solo introduciendo nuevas palabras; pudiera bastar usar bien las que tenemos.
           

sábado, septiembre 17, 2016

¿QUÉ ES EL GÉNERO NO MARCADO?



            El feminismo no es la lucha de sexos, ni la enemistad con el hombre, sino que la mujer desea colaborar con él y trabajar a su lado (Carmen de Burgos, 1927)

Carmen de Burgos y Seguí (1867-1932)
            Leía recientemente un artículo de Pedro Álvarez de Miranda, catedrático  y académico (Nosotras venimos dispuestos), en el que, con no poco humor, vuelve sobre la tendencia de nuestros políticos a seguir dando la tabarra a cuenta del dichoso desdoblamiento del género. Aconsejo su lectura a quien no lo conozca: http://elpais.com/elpais/2016/09/05/opinion/1473088930_657891.html .
            En fecha más cercana, una amiga, Mariloli Corrales, compañera del grupo de quienes hicimos juntos el bachillerato en Osuna, en años que ya no hay ni que recordar, pedía ayuda para localizar la fecha de publicación de un libro de cocina escrito por Carmen de Burgos y Seguí. La búsqueda me resultó muy instructiva. Confieso que ni Zalabardo ni yo teníamos la menor idea de quién fuese esta mujer, que vivió a caballo entre los siglos xix y xx. Quien piense en una eficiente ama de casa ocupada en reunir sus recetas se lleva la sorpresa de que Carmen de Burgos fue maestra, novelista, ensayista, periodista, corresponsal en la Guerra de África, pionera del feminismo en nuestro país, defensora del divorcio, sufragista, defensora de la objeción de conciencia ante la guerra y no sé cuántas cosas más.
            Quise conocer algo sobre ella y he localizado un libro suyo, La mujer moderna y sus derechos, de 1927, y un artículo (creo que reciente) que Mar Abad le dedica: Carmen de Burgos, la escritora y activista que Franco borró de la historia. Por supuesto, aconsejo su lectura de ambos. Se pueden encontrar en Internet.
            Del libro de Carmen de Burgos me han llamado la atención dos detalles: uno (de menos valor), que siendo ferviente defensora de los derechos de la mujer, no acaba de cuadrar con lo que hoy pensamos que es una feminista; y el otro (más importante), que al hablar del tema, nunca confunde sexo con género. Por eso recordé el artículo de Álvarez de Miranda. Y me hice una pregunta: ¿pero aún es necesario insistir en que una cosa es género gramatical y otra muy diferente es sexo? Pues parece que sí. Porque resulta que la inmensa mayoría de quienes hoy claman por el desdoblamiento del género en el habla y la escritura (niños y niñas, andaluces y andaluzas, etc.) no quieren entender que el encomiable deseo de alcanzar la necesaria igualdad de derechos entre mujeres y hombres no tiene que pasar por pisotear la lengua. A quienes siguen esa senda aconsejo especialmente la lectura del libro de Carmen de Burgos, obra discutible en algunos aspectos, se escribió hace ya casi un siglo, pero digna de elogio en bastantes más.
            Zalabardo me pide recordar un artículo de Fundéu sobre el género titulado ¿Lenguaje inclusivo? Se dirige a quienes acusan de exclusivas, porque piensan que quedan fuera las mujeres, expresiones del tipo Se invitó a todos los abogados y solicitan la “creación” de un lenguaje inclusivo, es decir, que refleje por igual a hombres y mujeres. Fundéu argumenta que, precisamente por existir eso del género no marcado, la frase criticada es más inclusiva que cualesquiera de las otras soluciones propuestas. Razón: cuando se habla de abogados se sobreentiende a hombres y mujeres; en cambio, al hablar de abogadas quedan claramente excluidos los hombres. Fundéu prueba, además, que el desdoblamiento no solucionaría la cuestión denunciada, puesto que hay muchos casos en los que es de todo punto imposible (¿qué desdoblamiento sustituiría a  Ella y él están casados?) o incurre en creaciones aberrantes que contravienen la necesaria economía del lenguaje (Todas nosotras y todos nosotros estamos equivocadas y equivocados). No hay, concluye, un lenguaje más inclusivo, pese a las críticas, que el que emplea el masculino como género no marcado. También recomiendo esta lectura (http://www.fundeu.es/noticia/lenguaje-inclusivo-6151/
            Álvarez de Miranda intenta aclarar esto de dice Fundéu apoyándose en la naturaleza de lo que llamamos género no marcado. Como los no especialistas, la mayoría de la gente normal, no tienen por qué saber qué es eso de marcado y no marcado, intentaré explicarlo con brevedad.

            La lengua funciona, básicamente, obedeciendo un sistema de oposiciones. Por lo común, de dos elementos, aunque pueden ser más (singular/plural, masculino/femenino, presente/pasado/futuro, sordo/sonoro, individual/colectivo, etc.). Para alcanzar un sistema sencillo y de fácil aprendizaje y uso para el hablante, aparecen las marcas y, consecuentemente, se habla de elementos marcados y no marcados. El elemento marcado es el que presenta el conjunto de las características de la palabra más una, que es la que lo diferencia del no marcado. ¿Qué quiere decir eso? Pongo un ejemplo fácil. Si yo digo El francés es elegante, hablo de ‘todas las personas nacidas en Francia’; pero si digo La francesa es coqueta, estoy hablando de las ‘personas nacidas en Francia que, además, sean mujeres’ (esa es la característica de más). Si nos fijamos, vemos que francesa, femenino, es el género marcado por tener una característica propia (‘ser mujer’) que no hay en francés, masculino, que será el género no marcado y, por ello, podrá designar tanto a la mujer como al hombre. Si en lugar de género atendemos al número, francés, singular, es el número no marcado pues sirve tanto para uno como para muchos; en cambio, franceses, plural, es el número marcado, ya que une a su significado la característica de referirse a muchos.
            No conocer esto, que género es categoría morfológica y sexo es rasgo biológico, o que la lengua busca atajos (economía de lenguaje) para ser lo más sencilla posible es la razón de la sinrazón lingüística que hemos de soportar. Por eso pediría a nuestros políticos (y políticas), que son quienes han impuesto tan nociva moda, por encima incluso de las propias feministas, lo siguiente: primero, que se dejen de zarandajas y piensen que, en este momento, es más importante lograr un gobierno que dedicarse a maltratar el lenguaje. Y segundo, que si en sus absurdas peleas por ver quién es más tozudo les queda algo de tiempo, lo ocupen aprender de Carmen de Burgos muchas cosas sobre las que ellos no tienen ni puñetera idea. Por muy diputados y diputadas que sean. Y, de paso, que aprendan un poquitín de gramática, que nunca viene mal. Pues, puestos a renovar y ya que el desdoblamiento es antiestético, aparte de que infringe el principio de economía, pidamos convertir el femenino en género no marcado. Eso sí, con todas sus consecuencias.
           

sábado, septiembre 10, 2016

ENTENGUERENGUE



            La única persona que habla español, en español, el español que yo creo español, era mi madre, tan natural, tan directa y tan sencilla, cuya voz sigo oyendo debajo de la mía inolvidablemente (Juan Ramón Jiménez)

            Mary Pelayo, buena amiga y compañera, de Osuna, incluía en un mensaje de whatsapp una breve frase en la que aparecían dos palabras que, no lo niego, me estremecieron porque hicieron aflorar recuerdos de tiempos ya remotos. Decía ella: tengo en casa un sahumador que está entenguerengue.
            Conocida es mi afición por los vocablos que corren riesgo de extinción. Esta Agenda dedica a ellas muchas de sus entradas. Pensaba yo, antes de recibir el mensaje, que estos términos estaban ya perdidos o casi. No lo digo en plan de queja, sino como información para quien no los conozca. La lengua evoluciona, los tiempos cambian, unos términos desaparecen al tiempo que otras van ocupando el lugar dejado por ellas. ¿Por qué? Porque toda la vida es cambio y la lengua no iba a ser una excepción. Es inevitable y no hay que lamentarse. Podemos sentirnos dolidos de que se utilice una lengua adocenada y artificiosa, pero nunca de que fluya con la vitalidad que siempre ha tenido.
            Zalabardo me pide que me deje de zarandajas y vaya a las palabras. Esta amiga, Mary, nos decía que tenía en casa un sahumador que estaba entenguerengue y que no sabía bien qué hacer con él. El sahumador, creo que es sabido, es un recipiente que se utiliza para quemar en él materias aromáticas. Digamos, para entendernos, un incensario. El resultado de quemar esas sustancias es el sahumerio, ese humo aromático que de él sale. Pero resulta que sahumerio es palabra que puede servir para designar el recipiente, la sustancia que en él se quema y el propio humo (o su aroma) que se provoca por la combustión. En mi pueblo, lo normal era que la palabra se pronunciara con una fuerte aspiración: sajumerio.
            En casos semejantes compruebo la validez del experimento de Pávlov y sus perros, y debo reconocer el acierto de Proust con la imagen de la magdalena. Porque nada más leer la frase escrita por Mary, mi mente dio un extraordinario salto al pasado. Recordé las noches de invierno en casa. Como no había calefacción eléctrica, bajo la camilla (‘mesa generalmente redonda cubierta por unas enagüillas, 'falda o paño largo’) se colocaba una copa (‘brasero’) en el que se prendía cisco (‘carbón menudo’) de picón (‘el hecho con ramas de diferentes árboles’) u orujo (‘carbón obtenido con restos de los huesos de la aceituna molida’). Para evitar los desagradables olores producidos por una deficiente elaboración del carbón se arrojaba periódicamente sobre las brasas sahumerio. El que yo recuerdo de mi casa se hacía con una mezcla de hojas y flores secas de alhucema y romero, aunque se podía hacer con otras plantas aromáticas; la alhucema es de la familia de la lavanda, aunque no debemos confundirla con el espliego. Para completar el recuerdo, digamos que, de vez en cuando, las brasas se avivaban removiéndolas con una badila (‘paleta’). A eso se llamaba echar una firma. Y para no coger desprevenidas a las mujeres, pues había que levantar las enagüillas de la camilla, se decía: ¡con permiso!
            ¿Y entenguerengue? Mary quería decirnos que su sahumador está en situación lamentable, con partes que necesitan soldadura, por lo que no tenían fijeza. Si miramos el DRAE, leemos que, en realidad, es una locución (en tenguerengue) que significa ‘en equilibrio inestable’. Pero, en muchos lugares, se emplea como una sola palabra. Cualquier cosa que corre riesgo de caer está entenguerengue. Determinar su origen es algo más complicado. Corominas lo relaciona con tango, forma del verbo tañer, porque puede caerse al tocarlo. De hecho tángano es un cilindro de madera que, en algunos juegos, hay que derribar lanzando sobre él unos discos metálicos como los que se usan en el juego de la rana. He comprobado que en algunos lugares de Extremadura y de Castilla existe un juego que se llama la Tanguilla, que se ajusta a lo que acabo de exponer antes. Incluso hay una modalidad antigua del juego que consistía en ir poniendo sobre la parte superior del tángano o palo monedas que acabaría llevándose quien lo derribara. Ni que decir tiene que tanto el palo como esas monedas estaban entenguerengue.
            Sahumerio, entenguerengue, camilla, enagüillas, picón, badila, copa… palabras casi olvidadas que hoy recupero. Gracias, Mary Pelayo, por despertar mis recuerdos.