sábado, octubre 03, 2026

ESTO NO ES UN ‘PAPER’

 

Aunque pudiera serlo. Cuando comencé a leer La chica más lista que conozco, la reciente novela de Sara Barquinero, y durante algunos episodios posteriores, me vino a la memoria otra novela, Nada ―Premio Nadal 1944―, de Carmen Laforet. Las dos cuentan la historia de una joven «provinciana» que va a la universidad en una gran ciudad. Las dos se alojan en casa de un pariente y se sienten desubicadas entre sus nuevos compañeros. Salvo eso, las diferencias entre una y otra novela son múltiples y la finalidad de las autoras es distinta en una y otra obra.

            Sin embargo, me sirve lo que digo para iniciar este apunte. En la novela de Barquinero, hay un momento en que, al ir de vacaciones la protagonista, leemos: «Desde el momento en que llegó a Valladolid, Alicia se obsesionó con el lenguaje de sus padres». Porque Alicia se ha enfrentado con un lenguaje urbano ―el que utilizan sus nuevas amistades― y con un lenguaje académico ―el que se utiliza en el ámbito universitario― que no coincide con el que usan su tía Puri, en cuya casa vive, ni sus padres, que viven lejos de Madrid. Su extrañeza nace de que oye a su tía y a su madre decir morruda (‘descarada’) o macarrada (‘grosería’), mientras que en el nuevo ámbito universitario oye a la sazón o empero, además de bastantes anglicismos.

            Sobre esto último, Zalabardo sabe bien que en absoluto soy purista en cuestiones de lenguaje. Los idiomas van evolucionando, se pierden unas palabras y aparecen otras, Términos de una lengua se trasvasan a lenguas diferentes y no pasa nada. Por ejemplo, en el siglo XIX apareció en España la palabra guerrilla. Con el tiempo, otras lenguas incorporaron sin modificar esa palabra porque carecían de una propia que significase ese modo de combate. En el apunte pasado, estuvimos hablando de gentrificación, anglicismo válido pues no tenemos otra forma de decir lo mismo.

            Sin embargo, le digo a mi amigo, de un tiempo a esta parte vemos cómo por todas partes nos aparecen palabras de otros idiomas ―fundamentalmente del inglés― que nos hacen sentir como a Alicia cuando volvía a Valladolid. No volvía de una ciudad diferente; volvía de un idioma diferente. Y bastantes de las palabras que oímos son innecesarias. Vemos, por ejemplo, cómo una televisión ―o una plataforma televisiva― nos anuncia que se ofrecerá en streaming tal o cuál cosa. ¿Sería mucho trabajo decir que la emisión será en directo o que se podrá ver de manera continuada?

            En la novela que me ha servido de excusa para este apunte, la protagonista, matriculada en una Facultad de Filosofía, oye emplear, junto a otros vocablos, la palabra paper ―hacer un paper, redactar un paper, etc.―. Recuerdo, de digo a mi amigo, que, en mis años de universitario, los profesores nos pedían hacer un trabajo, preparar un informe o una ponencia o un análisis, redactar un ensayo y cosas así. Pero jamás ningún profesor me propuso un paper como tarea. Todas estas palabras que digo sirven para expresar lo que la inglesa paper, anglicismo innecesario.


           Y, puestos a buscar casos, podríamos hablar de freelance o de influencer. La primera es palabra tan vieja como andar hacia adelante. Procede del inglés y parece ser que su inventor fue Walter Scott en su novela Ivanhoe, donde leemos: «I offered Richard the service of my Free Lances, and he refused them». En una edición española de la novela, se traduce: «Ofrecí el servicio de mis lanceros a Ricardo y no quiso admitirlos». Lo más correcto sería traducir free lance (‘lanza libre’) como mercenario, pues esos lanceros de que se habla en la novela no son otra cosa que guerreros que se ponían al servicio de quien mejor les pagara. Hoy, el freelance es alguien que trabaja por cuenta propia sin depender contractualmente de un jefe o empresa. En principio se aplicó a los fotógrafos, pero el término se ha ido extendiendo a muchas profesiones. No estaría mal llamarlo autónomo, dado que esa es una categoría laboral reconocida en nuestro país.

            ¿Y los influencers? Por todos lados nos acosa toda una cohorte de influencers que, por lo común, es gente que se cree muy preparada para dirigir tu vida y para conseguir que compres un producto o que te comportes de una manera determinada, la que ellos dicen. Su campo de actuación suele ser el ámbito de las redes sociales y a nadie se le debe escapar que lo que hacen obedece a que les pagan por ello. Si alguien se aparta de sus consejos se dirá que está lejos del mainstream, que no significa otra cosa que no seguir las corrientes dominantes, la tendencia de moda del momento que ellos promocionan. Mejor sería llamarlos influyentes o influenciadores. Pero no estaría mal pensar que quienes mejor pueden influir sobre cada uno de nosotros no lo hacen ni a través de internet ni tratando de que compremos algo que ni siquiera necesitamos.

 


           Hay más casos de palabras de este tipo. Hoy se nos presenta en medios de comunicación a muchas personas catalogadas como hípster, yuppie o hippie. Sobre el tercer grupo creo que no es necesario decir mucho, puesto que constituyen una subcultura con años a las espaldas y bien conocida. Defienden una actitud libertaria y pacifista y se reconocen por una vestimenta descuidada y colorista. Más cerca nos quedan los otros. El hípster suele ser un joven perteneciente a una clase media-acomodada, con gustos variados, afición al cine independiente, alejamiento de la cultura predominante (el mainstream ya mencionado) y que viste ropa vintage, a propósito poco conjuntada y pretendiendo dar, también voluntariamente, apariencia de pobreza; sería un moderno de clase media-alta, alguien que va de moderno o que le gusta el postureo. Por fin, el yuppie está en el escalón superior de esta escala. Es un joven ejecutivo, ambicioso y que viste ropa de diseño. Lo más próximo que tenemos en nuestra lengua es el pijo que va continuamente presumiendo de su posición, su apariencia y su aire de superioridad.

            Le digo finalmente a Zalabardo que podrá ver que esto, como avisaba al principio, no es un paper, aunque pudiera serlo. Tanto él como yo bien sabemos que es un simple apunte que no llega ni siquiera a análisis; vamos, entonces, a dejarlo en trabajillo de alumno de secundaria.