No es extraño que momentos y
situaciones muy dispares generen la posibilidad de hablar sobre un mismo tema. El
jueves, Zalabardo y yo comentábamos unas frases de la novela Melancolía
de la resistencia, del Premio Nobel de Literatura László
Krasznahorkai. Como la cita podría resultar extensa, resumo: Los humanos
―viene a decir― vivimos en un permanente estado de espera, aguardando algo que
se desconoce, confiando en algo que, por muchos indicios, parece inexistente,
lo que hace inútiles la espera y la esperanza. Según esto ―es la conclusión― tener
fe no es creer en algo, sino creer que todo lo que sostenemos no es como nos
parece que es.
Solo
un día después ―Zalabardo no estaba presente― en una agradable reunión de
amigos, disfrutando de una suculenta comida, departíamos de forma sosegada
sobre temas muy diversos. Lo mismo surgía una pregunta sobre el origen de algún
apellido que comentábamos la actualidad futbolística; alguien planteaba el
estado actual de nuestras respectivas profesiones cuando otro interrumpía con la
evolución de la banca en los últimos tiempos; nos interesábamos por el estado
de amigos comunes a los que no vemos desde hace tiempo y lamentábamos la
ausencia de los que ya jamás podrán participar en un encuentro de estos…; y en
uno de esos saltos, alguien sacó a colación la costumbre de las mandas,
una tradición muy popular de nuestra tierra.
No sé si es necesario explicar qué es una manda y qué relación tiene con otra palabra de su mismo campo semántico, exvoto, con la que, a veces, puede compartir significado. Manda tiene un campo de uso más restringido, pues su empleo se localiza de forma más precisa en algunos países sudamericanos y en Andalucía. La manda, aparte de ser un legado específico que en un testamento se deja a una persona, se entiende más comúnmente como la ‘promesa que se hace a Dios o a cualquier santo de cumplir una determinada acción que suponga un sacrificio si se recibe el don que se solicita’. Por ejemplo, «si me sale bien este negocio, prometo que haré…». El exvoto, por su parte, es, por lo general, un ‘pequeño objeto que se deposita en un lugar sagrado como reconocimiento y agradecimiento de un favor recibido’.
Zalabardo
me pregunta qué tiene que ver nuestra charla sobre el escritor húngaro y la que
le cuento con estos amigos. Le digo que bastante. En principio, aceptadas ambas
tradiciones ―la manda y el exvoto― como manifestaciones
religiosa, está por ver el origen de una y otra. Según uno de los presentes, la
manda se remonta a la historia bíblica del rey David y Betsabé.
En aquel momento, no tenía yo claro el asunto, pero, al regresar a casa,
recordé la conversación y estuve revisando dicha historia en la Biblia.
El episodio de David y Betsabé se cuenta en el segundo Libro
de Samuel. El rey vio a aquella bella mujer mientras se bañaba, se
encaprichó de ella, la hizo llevar a su palacio y la violó. De resultas, quedó
embarazada. Pretendiendo ocultar aquello mandó traer a su esposo, Urías,
que luchaba junto a otros generales para, llegado el momento, poder demostrar
que era el padre del ser concebido. Pero Urías se negó al disfrute
carnal con su esposa mientras otros generales se jugaban la vida en el campo de
batalla. Despechado, David lo envió a primera línea, donde halló la
muerte. Más tarde, reconoció su pecado y se arrepintió. En esa historia no
vemos nada que pueda considerarse manda.
En cambio, sí puede mantenerse ese origen bíblico en otro episodio, este recogido en el Génesis, con Jacob como protagonista. Tras haber tenido un sueño, Jacob dijo: «Si el Señor está conmigo y me ampara en este viaje, me proporciona comida y vestido y me permite volver a casa sin daño, lo reconoceré como mi Dios, erigiré un monumento que sea su casa y le entregaré un diezmo de cuanto reciba». Eso sí es una manda. Asistimos a una promesa que se cumplirá si se concede la petición que se hace.
Por otra parte, el exvoto, de remoto origen
también, parece extendido en casi todas las culturas y ya era muy frecuente en
la antigua Roma. Su nombre nos viene del latín. Es una demostración pública de
agradecimiento por la feliz solución de un problema que preocupaba. En su forma
más común, es una pequeña figura, de animal o de persona, un brazo, una pierna,
una mano, una oveja, un texto escrito a mano, una foto… Con ello, se agradece
haber sanado de una enfermedad, haber encontrado una res perdida, haber
solucionado favorablemente un negocio…
La segunda cuestión que se me plantea ―le digo a Zalabardo―
es la de que, pese a lo que la novela diga respecto a la inutilidad de la fe y
la esperanza, cuesta creer que la humanidad se desentienda de la esperanza o
acabe renegando de la fe. La fe vive en todos los ámbitos de la vida. Pero,
quizá se ve de modo especial en el terreno de la religión, y con mayor fuerza
en personas de formación escasa. Me pregunta mi amigo si acaso pienso que la fe
es propia de personas ignorantes. Por supuesto que no pienso eso, aunque sí que
son las clases más deprimidas las que más se refugian en la fe, porque tienen
menos a lo que agarrarse aparte de esa esperanza que, posiblemente son
incapaces de explicar. Eso explica la expresión fe del carbonero,
que se aplica a quienes sostienen esta esperanza de forma más ciega, sin necesidad
de argumentos incontestables y sin cuestionar nada de lo que se les diga.
Este cifrarlo todo en la fe puede explicar que monseñor Gaspar Quintana, obispo emérito de Copiapó, Chile, y Presidente de la Comisión Nacional de Pastoral de Santuarios y Piedad Popular sostenga en una carta pastoral que sectores de la Iglesia recelen de las mandas y las interpreten como «una actitud devocional ignorante». De las razones que expone, cito algunas: que no manifiestan un auténtico valor cristiano, sino una piedad popular revestida de paganismo; que, al dejar todo en manos de Dios, se niega a la humanidad capacidad para decidir; o que convierte la religión en una relación contractual regida por el principio «yo te doy a cambio de que tú me des».
O sea, le digo a mi amigo, que concluimos en algo que
casaría con lo que dice Krasznahorkai: dudamos de lo que tenemos (por
ejemplo, el médico experto que nos podrá curar) y ponemos nuestra confianza en
algo de lo que no tenemos seguridad (el milagro que no sabemos si se producirá).






















