domingo, abril 27, 2014

PALABRAS SIN SUERTE (HEMEROBIO)



            Echando mano de su afición por los refranes, Zalabardo me ensarta unos cuantos: Nunca es tarde si la dicha es buena, Más vale tarde que nunca, Todo llega a su tiempo o Cada cosa a su tiempo y los nabos en Adviento. Claro que no estamos en Adviento, sino en el segundo domingo de Pascua. Pero da igual. Él me lo dice porque este apunte estaba dispuesto hace tiempo y ha ido demorando su aparición. No sé si para consolarme o con ironía suelta que "mejor que sea así". Lo que yo quería era comentar que hay palabras sin suerte, como huérfanas, olvidadas, que ni siquiera aparecen en el DRAE. Son como esos eternos jugadores suplentes de un titular que no se lesiona nunca. Otras, en cambio, necesitan poco para popularizarse. Las dice un locutor, un político, salen en una revista y ya está. Véase si no el caso de las feas ciclogénesis explosivas, que aquí siempre han sido borrascas profundas, o, según los lugares, galernas. O de selfie, a la que lanzó al estrellato la ceremonia de los últimos premios Óscar y que no es otra cosa que un autorretrato (aunque Fudéu recomiende que se diga autofoto). O de locución, esa antipática grabación que nos asalta cuando queremos hablar con un servicio técnico y que, al menos a mí, me hace sentir un poco lelo, pues no sé cómo se soluciona un problema hablando con una máquina.
            De esas palabras sin suerte, que son muchas, quiero detenerme en hemerobio, de tan escasa frecuencia de uso en nuestra lengua que, de hecho, solo la encuentro en tres diccionarios: el de Terreros y Pando, de 1787; el de Gaspar y Roig, de 1855; y el de Rodríguez-Navas y Carrasco, de 1918. Y, aun así, como nombre de un humilde insecto que tiene la particularidad de no vivir más que un día. Para colmo, a este insecto se le llama, más comúnmente, efímero y, en los diccionarios de la Academia, aparece como cachipolla.
            Permitidme que recuerde una breve historia, por demás bien conocida. El griego Diógenes fue un filósofo de la escuela cínica de quien, si poco se sabe de su vida, casi tan poco se sabe de sus ideas. Todo sobre él son leyendas y anécdotas de las que nos falta confirmación. Que vivía en un tonel que iba moviendo según el tiempo para que le diese el sol o evitar que el aire le azotara la cara. Que solicitó quedar insepulto a su muerte y, cuando se le preguntó si no temía ser devorado por las fieras, dijo que se colocara a su lado su cayado, pues él las espantaría, con lo cual demostraba el escaso valor que concedía al cuerpo una vez muerto. Que, cuando Alejandro le ofreció entregarle lo que pidiera, contestó: “que te eches a un lado porque me quitas el sol, que es lo único que no me puedes dar”.
            Sobre sus ideas, lo que más se ha solido repetir es que mantenía que la virtud consistía en suprimir las necesidades. Tenía fama de no preocuparse de con qué se sustentaría al día siguiente y de no guardar de un día para el otro. Tal actitud mereció que se le diera el nombre de hemerobio, es decir, ‘que vive al día’. Esto lo he sabido repasando el Tesoro de Covarrubias.
            Lo que no acabo de entender es que se dé su nombre (síndrome de Diógenes) a un determinado trastorno de conducta que lleva a alguien no ya a vivir en soledad sino a acumular todo tipo de objetos y, sobre todo, basura, cuando lo que predicaba Diógenes era la negativa a guardar nada, a poseer nada.
            Volviendo a las palabras, le digo a Zalabardo que, sin embargo, hemerobio y efímero comparten etimología, pues proceden ambas del griego ήmέra, ‘día’. Cierto que no hay muchas con ese origen: citemos hemeroteca, ‘biblioteca donde se guardan publicaciones periódicas’ o Decamerón, ‘diez días’. Hasta palabras tan técnicas como hemeralopía, ‘disminución de la agudeza visual cuando existe poca luz’ o hemerálope, ‘quien padece dicha patología’, tienen su huequecito en el diccionario. Pero no hemerobio, o hemeralogía, ‘arte de hacer calendarios’, otra también con mala suerte. Con el añadido de la preposición έpί se forma efemérides, ‘narración o comentario de los hechos de cada día’ y efímero, ‘que dura un día’, ‘transitorio’. Esta última, como digo, es sinónima de hemerobio, formada por la unión de ήmέra y bίoς, ‘vida’, es decir ‘que vive un día o al día’. Eso me recuerda la ocasión en que pregunté al Departamento de Consultas de la RAE por cuperosis (también, al parecer, palabra con mala suerte). Me contestaron que, por supuesto, es palabra de uso en español, pero que por ser un tecnicismo médico no se recoge en el DRAE. ¿Por qué entonces sí aparece hemeralopía? ¿No pertenece al mismo campo de los tecnicismos médicos?
           Pero, ya digo, hay palabras que no tienen suerte. Y eso que, desgraciadamente, por mor de la crisis que padecemos a causa de la irresponsabilidad de tantos buscadores del enriquecimiento fácil e ilícito a costa del empobrecimiento de muchos otros ciudadanos, nuestra sociedad está llena de hemerobios, de gente que vive al día, aunque no sea por una decisión personal, como la de Diógenes, sino por pura necesidad y por la injusticia del sistema. Lo peor de todo es que bastantes de estos hemerobios de hoy no disponen ni de un tonel en el que vivir y, a lo que parece, muchas sombras (o las sombras de muchos) se confabulan para que pierdan, incluso, su derecho a ser calentados por el sol.
            El día que todos ellos se harten de su vida precaria es posible que en muchos oídos resuene el grito del inconformismo y nos encontremos, de la noche a la mañana, ante esa España de la rabia y de la idea que anunciaba Machado en su poema El mañana efímero.


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