domingo, marzo 05, 2017

LA (DIFÍCIL) TAREA DE ESCRIBIR



            Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta. Porque no escribe uno siquiera para los suyos. ¿Quiénes son los suyos? ¿Quién oye aquí? ¿Son las academias, son los círculos literarios, son los corrillos noticieros de la Puerta del Sol, son las mesas de los cafés, son las divisiones expedicionarias, son las pandillas de Gómez, son los que despojan, o son los despojados? (Mariano J. de Larra)

 
Apuntes durante la composición
          
Cervantes ya lo dijo en el prólogo de la segunda parte del Quijote: ¿Pensará vuestra merced que es poco trabajo hacer un libro? Claro que no es fácil tarea. Cuesta mucho escribir y cuesta más aún publicar. La competencia es grande y la calidad de los demás también lo es. Por eso el nivel de autoexigencia debe ser alto y hay que evitar creerse el rey del mambo. Más en los días que vivimos. Zalabardo, que siempre está a mi lado, lo sabe bien.
            Llevo un tiempo enredado con la promoción de una novela, No tendrías que haber vuelto, que escribí hace ya más de un año. El pasado jueves asistí en Rincón de la Victoria a la presentación de un libro publicado por una pequeña editorial malagueña. En el acto, el responsable de esa editorial se quejaba amargamente de que la industria editorial en nuestro país se ha inclinado por el negocio del best-seller, del libro concebido como negocio inmediato y seguro, sin que importe su calidad, despreciando cualquier intento de promocionar a jóvenes autores. Su queja, además, recogía las dificultades que las pequeñas editoriales encuentran para salir adelante en un mercado de las características del actual.
            Para distraer la vuelta, encendí la radio y me encontré, oh casualidad, con un programa de crítica literaria en el que quienes intervenían, siento no recordar sus nombres, hablaban del gran daño que para el mundo del libro en España supone la existencia de los grandes premios literarios por como están concebidos. Venían a decir que ninguna editorial se arriesga a conceder un premio de dotación económica importante si no sabe de antemano que va a ser un éxito de ventas, por lo que vuelcan todo su esfuerzo en la publicidad para que, con independencia de la calidad del producto, prime que el público se sienta casi obligado a comprarlo. Aunque no lo lea. Una de las personas que intervenían confesó que ha decidido, por higiene mental, no leer un solo premio literario y, con todas las cautelas del mundo, insinuó que los premios, en bastantes casos, están amañados. Declaraba incluso sus temores de que hubiera corrupción y connivencia entre editoriales e instituciones.
            Entonces recordé que, hace pocos días, un periódico dedicaba un extenso reportaje a idéntica cuestión y las conclusiones no variaban demasiado. Ese reportaje se acompañaba de unos datos recientes de una encuesta sobre la lectura en España. Estos datos dicen que el 35% de los encuestados no leen nunca o casi nunca. Bueno, diría uno al ver la encuesta, queda un 65%; pero es que, si continuamos leyendo, nos enteramos de que solo el 29% se declara lector habitual. Me dice entonces Zalabardo: ¿Significa eso que tendríamos que plantearnos aquello que dijo Larra sobre si no se lee porque no se escribe o no se escribe porque no se lee?

Firma de libros en Málaga
            No lo sé, porque si efectivamente España es el país en que más se publica, ¿qué es lo que ocurre? A mi juicio, le digo a mi amigo, ocurren dos cosas. Una, muy lamentable, ese único objetivo, al parecer, de las editoriales fuertes en publicar solo aquello que se sabe va a ser comprado. ¿Se puede entender, son datos comprobables, que un libro escrito (lo cual es un decir) por Belén Esteban venda más que uno de Vargas Llosa? ¿Se puede entender que sean éxitos de ventas libros de presentadores de televisiones —de concursos, telediarios, programas de entretenimiento, etc.— que pertenecen a una editorial mientras dormitan en los anaqueles de las librerías obras de autores de prestigio más que reconocido?
            La otra cosa que también ocurre, no sé si más lamentable aún, es ese invento llamado autoedición que se han sacado de la manga las editoriales. La mayor parte de los libros que hoy se publican salen mediante esa fórmula. ¿En qué consiste? Tú vas a una editora y le pides publicar un libro. Te dan presupuesto e imprimes el número de ejemplares que quieras. Pagas su precio y ya te puedes vanagloriar de haber publicado un libro. Pero ahora viene la segunda parte; hay que venderlo, por lo que necesitas de la librería o de la distribuidora si no quieres montar un tenderete en un mercadillo. Y de ese libro, que has pagado religiosamente y, por tanto, es tuyo, tienes que pagar, además, un porcentaje por ejemplar vendido. Para las editoras es un negocio, ¿o no?
            Zalabardo sabe que antes de publicar mi novela la ofrecí a innumerables editoriales. Las respuestas, al menos las de aquellas que se dignaron responder, variaban poco. Copio textualmente una, de una de las editoriales más importantes de nuestro país: Le agradecemos habernos ofrecido la posibilidad de analizar su novela No tendrías que haber vuelto, que hemos leído con la mayor atención. Lamentablemente, y sin merma de sus indudables méritos, nuestros asesores han desaconsejado su publicación en nuestras colecciones actuales. Y añaden sin ningún rubor: Aprovechamos la ocasión para invitarle a conocer (y aquí un nombre que omito) la plataforma de autopublicación de nuestra editorial. No me dicen que sea mala, que pudiera ser, (al contrario, dicen que tiene indudables méritos), tampoco dicen que el tema no se ajuste a lo que ellos publican, que también se entendería. Simple y llanamente dicen que me la publican mediante el sistema de autoedición.

Con el Club de lectores de la biblioteca de Ardales
            Al final, puesto que siempre hallaba idéntica respuesta, la edité por ese sistema, pero aquí en Málaga. Al menos, que el provecho sea para una editora modesta y no para una gran empresa. Y ahí estoy. Tratando de, por lo menos, recuperar la inversión hecha.
            Eso sí, de mí, como de otros tantos muchos, pues no soy ningún caso especial, no hablarán los telediarios ni determinados programas de la tele. Nuestros nombres no serán populares y no venderemos tanto como ellos (ya quisiéramos alcanzar siquiera el 5% de sus ventas). Pero mi novela, y las de esos otros desconocidos, esto se lo garantizo a Zalabardo y a quien haga falta, tienen más calidad que cualquiera que escriba Belén Esteban o que muchas que se exhiben como éxitos de ventas. Lo afirmo con todos mis respetos, pero sin falsas modestias.
            ¿Escribir en Madrid, en Málaga, en Vitigudino, en España, es llorar? No sé si decir tanto, pero sí es escribir con pocas esperanzas de que alguien te ayude a salir adelante. Y yo soy mayor y me considero libre de ambiciones; pero los jóvenes lo tienen ciertamente difícil. Al menos mientras la industria editorial siga funcionando de la misma manera.

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