viernes, junio 20, 2014

DEL QUINTO PINO AL SÉPTIMO CIELO



            Zalabardo, casi siempre adoptando un tono cándido que muchas veces no es sino una argucia para pillarme en algún renuncio, me planteó un día cuál es la razón de que al periodismo, y por extensión a todos los medios de comunicación, se les llame el cuarto poder. Cuando me plantea alguno de estos asuntos, según me coja el cuerpo le respondo si cree que soy Calepino o, incluso, me limito a repetirle las palabras de Covarrubias: Ya tengo advertido que yo no estoy obligado a que los romancistas me perciban [sigan] claramente en todo, y habiendo de cumplir con mi instituto [intención] de dar las etimologías de los vocablos para acudir a sus fuentes, sería más que turbar el agua, porque la perdería; cada uno tome lo que pudiere.
            Pero al final, siempre cedo y, si no tengo respuesta a su pregunta, me afano en buscarla. Esta de hoy es, sin embargo fácil. En el largo transcurso de la historia de la humanidad, es fácil ver que durante mucho tiempo triunfaron los sistemas absolutistas, encabezados por reyes que hacían y deshacían a su antojo. Aún hoy advertimos ejemplos de países en los que impera esta clase de monarquías y grupos religiosos que dictan con rigidez normas de conducta para una sociedad. Pero vamos a la pregunta de Zalabardo. En el siglo xviii, con la Ilustración, la burguesía buscaba un estatus diferente y un cambio de régimen. Montesquieu, por ejemplo, escribió que debería ser función de la autoridad dictar leyes, ejecutar resoluciones públicas y juzgar las causas y pleitos entre los ciudadanos. Ya tenemos ahí la base de uno de los principios instaurados por la Revolución Francesa: la división de poderes, independientes entre ellos: ejecutivo, legislativo y judicial. Vemos, pues que son tres. Poco después, un irlandés, Edmund Burke, padre del conservadurismo moderno, fue clarividente para observar la influencia que sobre la sociedad ejercía la prensa, al margen de los tres poderes establecidos. Creo que fue él quien acuñó la expresión cuarto poder al periodismo.
            Al hilo de lo anterior, aprovecho para hacer notar a mi amigo la existencia de ordinales que tienen algo de extraordinario al formar parte de expresiones comunes. Y le hablo de la quinta columna, de estar en el quinto pino o de hallarse en el séptimo cielo. No son los únicos casos, pero creo que estos pueden ilustrarnos un poquitín.

           Quinta columna y el adjetivo quintacolumnista son términos y conceptos aportados por nuestra lengua a todas las demás. Se dice que su invención se debe al General Mola (otros se la atribuyen a Varela), quien, durante la guerra civil española, en una de sus alocuciones desde Radio Sevilla, dijo que mientras hacia Madrid marchaban cuatro columnas bajo su mando, en la capital trabajaba, de manera clandestina, una quinta columna partidaria de la sublevación. Por tanto, un quintacolumnista es la persona que, durante un conflicto bélico, trabaja de modo oculto dentro de territorio enemigo a favor de su bando. Pero, le digo a Zalabardo, pudiera existir un antecedente de la expresión. En agosto de 1870, Próspero Merimée escribía a la condesa de Montijo, doña Manuela Kirkpatrick, una carta en la que le decía (hago la traducción un poco a la ligera) refiriéndose al conflicto de Francia con Prusia: Desgraciadamente, aunque la invasión sería rechazada, el peligro no está enteramente conjurado. Existe un cuarto ejército de M. Bismark, y este se encuentra en París. Y a continuación le cuenta que la emperatriz, su hija, nuestra Eugenia de Montijo, casada con Napoleón iii, le había confesado: El Poder legislativo nos da un triste espectáculo y todos los días temo una nueva locura. No han cambiado mucho las cosas, si meditamos un poco. En cualquier caso, la expresión que ha trascendido a todas las lenguas es la española quinta columna y no la francesa cuarto ejército.
            ¿Y qué sucede con el quinto pino? Estar en él o mandar allí a alguien supone estar lejos de todo lugar frecuentado, lo más distante posible de un sitio; vamos, donde Cristo dio las tres voces, como también suele decirse. ¿Cuál es ese quinto pino? La historia es la siguiente: En el siglo xviii, durante el reinado de Felipe v (¡ojo, que nadie lo confunda con el actual, que tiene un palito más!), en Madrid se comenzó a plantar una serie de árboles, pinos concretamente, empezando a la altura del Museo del Prado y llegando hasta lo que hoy son los Nuevos Ministerios, donde estaba el que hacía el número cinco. Pero esta zona se encontraba ya en las afueras de la ciudad. La gente, para discutir sus asuntos, se citaban escogiendo como lugar de reunión los pinos. Por lo general, los más cercanos, el primero o el segundo y, si acaso, el tercero. Los enamorados y quienes procuraban un lugar escondido para sus encuentros, se citaban lo más lejos posible, es decir, en el quinto pino. Más lejos, imposible. ¿Es eso así de verdad? Por lo menos es verosímil.
            Y queda el séptimo cielo. Cualquier diccionario nos dirá que el séptimo cielo es un lugar extremadamente placentero, donde uno desearía encontrarse. En su explicación se cruzan dos nociones, ambas, aunque con mayor seguridad la segunda, de origen hebreo. Según la primera, en la tradición hebrea (heredada por otras culturas) de conceder un valor mágico a los números, el siete ocupa un lugar especial: la creación se hace en siete días, el menorá o candelabro ritual judío tiene siete brazos, los días de la semana son siete, la sabuduría se asienta sobre siete pilares, siete son los sacramentos y siete los arcángeles. Muchas cosas más se reúnen en torno al número siete (los enanitos de Blancanieves, los sabios de Grecia, las vidas de un gato, las bellas artes, las maravillas del mundo, las notas musicales, los Niños de Écija, etc.).
            La segunda se remonta a la cosmografía hebrea. Lo leo en Los mitos hebreos, la obra de Robert Graves. En el midrash Konem, uno de los libros exegéticos de los textos bíblicos, se explica que había siete Tierras a las que correspondían siete cielos. No eran Tierras y cielos independientes, sino todos conjuntados y organizados como una especie de cebolla. Los cielos, que es lo que nos interesa, se llamaban: wilo (cortina), Raqi’a (firmamento), Shehaquin (nubes), Zebhul (moradas), Ma’on (residencia), Makhon (emplazamiento) y ‘Arabhoth (llanuras). Precisamente en el último, el séptimo cielo, se lee en el midrash que habitan la Justicia, la Ley y la Caridad, los tesoros de la Vida, la Paz y la Bendición, las almas de los justos, las almas de los que no han nacido todavía, el rocío con que Dios resucitará a los muertos, el carro que vio Ezequiel en una visión, los ángeles oficiantes y el Trono Divino. Con este panorama, me parece claro que todos queramos estar en el séptimo cielo mejor que en el quinto infierno que, por cierto, ignoro dónde está o cuántos son.
            Creo, y fijaos que digo creo, que la Biblia cita hasta dieciocho formas de infiernos. Y ya comencé con Calepino y Covarrubias, con ellos acabaré. El primero se limita a decir que infierno es lo que está debajo; el segundo escribe algo más: en rigor es todo aquello que está debajo de nuestros pies, como lo que está sobre nuestra cabeza. Algunas veces, la Sagrada Escritura significa la sepultura, como parte inferior de la superficie de la tierra; y dentro desto hay tantos ejemplos que no me resuelvo a citar ningún lugar.
            Así pues, digo a mi amigo: si Calepino es tan parco en su explicación y Covarrubias duda y no se atreve a dar ejemplos, ¿cómo quieres que lo sepa yo?

sábado, junio 14, 2014

CURIOSAS HISTORIAS DE PALABRAS




           Cuando uno se trasplanta de ciudad debe estar preparado para que sus raíces empiecen a nutrirse de savia diferente. Nuevas costumbres, nuevos ritos, nuevos comportamientos e, incluso, una forma distinta de hablar. Puede que las cosas sean las mismas, pero sus nombres serán otros, nos sonarán con diferente música.
            Una de mis primeras sorpresas en Málaga, le he contado muchas veces a Zalabardo, a la hora de efectuar la mudanza (ya sabéis, pintar, ensamblar muebles, colgar cuadros…) fue encontrarme con que en esta ciudad no existían taladros eléctricos ni berbiquíes. Aquí había guarritos. Las tres palabras designaban el mismo utensilio, pero al foráneo eso de guarrito le chocaba.
            Hasta que me enteré por qué en Málaga se le llama guarrito. Muchos defienden el origen genuinamente malagueño del término; otros, no obstante, se inclinan por una ascendencia gaditana, concretamente de Tarifa. Aproveché para recordarle a Zalabardo mi opinión respecto a la temeridad de defender a machamartillo una cuna estricta para una palabra. Pero, ahora, lo que importa es la historia. Parece, tampoco me gusta ser taxativo en nada, que en los años siguientes a nuestra guerra civil en que el estraperlo estaba a la orden del día lo que interesaba era conseguir a precios asequibles productos que escaseaban. En Gibraltar se fabricaban, o  se vendían, unos taladros eléctricos que respondían a la marca Warrington. Cualquier profesional de la zona, fuese Málaga o Cádiz, pedía a quienes viajaban a la colonia con la idea de pasar material de matute que le trajesen un Guarrinton, un guarritón o un guarrito. Todo era cuestión del dominio del idioma. Pero el interpelado sabía lo que se le pedía.
            Lo anterior no es ni más ni menos que un ejemplo de epónimo, es decir, según definición de Manuel Seco, ‘nombre de persona o cosa que da nombre a otra’. Epónimos, y similares, hay muchos, aunque me voy a detener en solo algunos. La misma palabra estraperlo, antes citada, pertenece al club. El estraperlo no es esa forma de mercado ilegal o negro, que trata de sortear las leyes de un país para obtener un mayor beneficio. ¿De dónde viene esta palabra? Durante la Segunda República, unos judíos holandeses, Strauss y Perlowitz, utilizaron medios ilícitos, con sobornos que incluso llegaron a salpicar a algún líder político de importancia, para introducir ilegalmente una ruleta. La marca de este artilugio era un simple acrónimo, Straperlo. La relevancia de aquel escándalo extendió el nombre estraperlo a cualquier forma de comercio ilegal.
            A veces, el nombre de origen pasa por desajustes fonéticos que desembocan en palabras extrañas. En español hay una, de escaso empleo, que es sansirolé. Significa, ni más ni menos, ‘bobalicón, necio’. En 1989, un articulista de ABC decía del entonces presidente Felipe González: “…como un tocho, un panoli, un sansirolé Y en una novela de Fulgencio Argüelles, de 1993, titulada Letanías de lluvia, se escribe: Julita Odalisca sabía cómo insultar en setenta y cinco maneras diferentes (bambarria, zarramplín, ganso, mentecato, chunchumeco, zascandil, manoyo, tolón, simplicio, sansirolé). Gonzalo Ortega Aragón, en un artículo publicado en El Diario Palentino, en julio de 2010, explicaba que la palabra no es más que una deturpación de san Ciruelo, santo que, por otra parte, no existe en el santoral. Cómo se llega de san Ciruelo a sansirolé (con un paso intermedio, sancirole, hoy casi perdido) es algo que ignoro, como  también ignoro por qué arrastra esa fama de bobo el inexistente santo. En El arte de mirar: la pintura y su público en la España de Velázquez, de José Miguel  Morán y Javier Portús, de 1997, leo que fue muy común en los Siglos de Oro inventarse santos por los que jurar (san Guindo, san Junco, san Cerezo, san Ciruelo…) y que algunas obras de Tirso, Lope y otros nos dan muestras de ello. Por mi parte, he hallado dos refranes relacionados con este san Ciruelo: El día de san Ciruelo te pagaré lo que te debo y Para el día de san Ciruelo, que es un día después de la fin. Por cierto, que hay quien señala que la fiesta de san Ciruelo se celebra el 30 de febrero. Lo que ya es prueba palpable de la bobería de quien fía en tal promesa.
            Pero la cosa no queda aquí. En muchas partes de la América hispana se emplea la palabra merolico para señalar a los charlatanes, a los curanderos que prometen remedios infalibles que, en realidad, no son sino engañabobos. El origen del término está, al parecer, en el nombre de Meroil Yock, un polaco que apareció por tierras de Méjico vendiendo sus pretendidos remedios milagrosos a los sansirolés.
            Otros epónimos no ofrecen tanta deformación fonética y quedan más claros. ¿Alguien no sabe que la rebeca, esa chaquetilla de punto, debe su nombre a la protagonista de la película del mismo nombre, que aparecía casi todo el tiempo con ella? ¿O que linchar, ‘ejecutar sin juicio previo’, toma su nombre del  senador Charles Lynch, que ya amparó algunas formas de este bárbaro proceder? ¿O que el moisés, ‘cestillo ligero de mimbre u otro material que sirve de cuna portátil’ toma su nombre en recuerdo de la historia del abandono del bíblico Moisés?
            Veamos otro caso, el de la uva llamada pedro ximénez (que el DRAE prefiere recoger como pedrojiménez). Es una historia con bases oscuras. Casi todos coinciden en aceptar que su introductor en nuestro país fue un mercenario de los tercios de Flandes llamado Pedro Ximén (algunos dicen Peter Siemens), que la trajo de Alemania. Pero los viticultores desconfían de que en la región del Rin pudiera darse tal uva, por lo que dicen que era originaria de las Canarias y de Madeira y que alguien la llevaría a tierras del Rin, de donde, a su vez, la trajo el susodicho Pedro Ximén. Otro motivo de discusión es la patria del soldado: Moriles y Málaga se disputan tal honor. Y para acabar de complicar el misterio, un profesor de la Universidad de Málaga, Rafael Arévalo, sostiene que la cepa es de procedencia absolutamente mediterránea y que su nombre no es sino una deformación fonética de una expresión árabe que significaba ‘gota dorada’. Lo que no encuentro por ningún lado, pues no localizo el trabajo de ese profesor, es cuál pudiera ser esa expresión árabe que el pueblo convirtió en pedro ximén. Lo siento.
            Para terminar, un ejemplo curioso. Covarrubias dice que el verbo ciscarse significa ‘tomar uno tal miedo que parece estarse entre sí deshaciendo y particularmente cuando se corrompe’. Corromperse, según el conquense, es ‘desmayar, yéndose de cámaras’, lo que, según sus palabras, supone tener ‘flujo de vientre’. En lenguaje de hoy, ‘irse de vareta’, o sea, ‘cagarse patas abajo’, con perdón. Covarrubias hace derivar la palabra de un tal Cisca Bohemo, capitán de herejes, cruel, que por el daño tan grande que hacía  en toda la comarca, de solo oír su nombre temblaban las gentes.  De hecho, el sevillano Pero Mexía, en su Historia imperial y cesárea (1561) habla de un tal Juan Cisca, que luchó frente a las tropas del emperador Segismundo de Luxemburgo en el siglo xv. Menudo elemento sería el dichoso Cisca.

domingo, junio 08, 2014

ABDICAR (Y OTRAS FORMAS DE RENUNCIA)

            Los españoles, me lo señala Zalabardo, somos poco dados a renunciar a un puesto o dignidad. Prueba: la reciente abdicación de Juan Carlos i. Nuestra Constitución ya se va acercando a la cuarentena, es decir, que podemos considerarla talludita, madurita o mayorcita, según queramos. En su artículo 57.5 dice: Las abdicaciones y renuncias y cualquier duda de hecho o de derecho que ocurran en el orden de sucesión a la Corona se resolverán por una ley orgánica. Pues bien, después de casi cuarenta años, esa ley no existe, como tampoco a nadie se le ha ocurrido legislar sobre el proceso de sucesión, proclamación del nuevo rey y estatus del rey que abdica. Y ahora, de prisa y corriendo, de mala manera, como hacemos tantas otras cosas, por ese prurito de falso respeto a personas e instituciones, hay que solucionar cómo se arregla la sucesión de Juan Carlos i y la proclamación de Felipe vi.
            En fin, que el rey Juan Carlos i de España ha abdicado. Tendremos, pues, que acostumbrarnos desde ahora, si se cumplen las previsiones sucesorias (¿recordáis el sentido eufemístico que tenía esta frase en tiempos de Franco?), a oír hablar del rey Felipe vi. A muchos habrá que recordarles que el Felipe anterior, el v, fue Felipe de Anjou, el primer Borbón que reinó en España.
            Pero no quiero hoy hablar de historia, ni de política, sino de verbos que, con variados matices significan ‘finalización en el desempeño de un cargo’ y que no siempre se emplean correctamente, a veces por desconocimiento, a veces por malicia.
            Vayamos por partes. El verbo más natural para indicar la finalización de una función o ministerio es, sin duda, cesar, que significa, entre otras cosas, ‘dejar de desempeñar un empleo o cargo’. Pero la cuestión es que hay diferentes formas de dejar un cargo: por propia voluntad, por acabamiento natural del mandato, porque a uno lo echan… Aparte de otros matices en los que no entro.
            Empecemos por el verbo que más empleamos estos días, el que se ha convertido en tema del momento en nuestro país y cuestión de Estado: abdicar. Este verbo, según la definición que me parece más ajustada, la del Diccionario de uso del español, de María Moliner, significa ‘renunciar a una alta dignidad o empleo; particularmente a la dignidad de soberano’. Pero si consultamos el Diccionario Histórico de la Lengua Española (1933-1936), vemos que significa: 1. ‘Ceder o renunciar a la soberanía de un pueblo’; 2. ‘Ceder o renunciar a otras dignidades o empleos’; 3. ‘Ceder o renunciar derechos, ventajas, opiniones, etc.’; 4. ‘Quitar o privar a uno de un estado favorable’. Si consultamos la versión de 1960-1996, nos encontramos con que se añade un quinto significado: ‘desistir de una empresa o intento’. Con todo, el uso más común es el primero. Esto quiere decir que, cuando se habla de abdicar,  suele pensarse en un rey. Para otras dignidades, solemos utilizar renunciar.
            ¿Por qué, podría preguntar alguien, un papa, tenemos el ejemplo cercano de Benedicto xvi, no abdica? Simplemente porque el Código de Derecho Canónico ya recoge la renuncia (renuntiatio pontificalis) en su canon 332§2: Si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requerirá que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente. Ningún papa ha abdicado; y son pocos los que han renunciado.
            Tenemos, pues, abdicar y renunciar. ¿Qué es entonces una dimisión? Dimitir es ‘dejar un cargo público, empleo o comisión para el que ha sido uno nombrado o elegido’. Por lo tanto, se entiende que dimita (lo cual es mucho decir) un gobierno, un ministro o un jefe de oficina. Es, como los anteriores, un acto voluntario, un modo de renunciar. El presidente de una república, máxima autoridad de un estado, pero que se diferencia de un rey en que ha obtenido su cargo por elección, podría abdicar, aunque comúnmente se dice que dimite o que renuncia, como en el caso del papa.
            Muy diferente es la destitución. Frente a los verbos anteriores, destituir supone ‘apartar o separar del servicio a una autoridad por parte de quien ha nombrado a la persona que lo desempeña’. Se destituye al incompetente, al desleal, a quien ha perdido la confianza de la persona que lo nombró. Verbos equivalentes son deponer o echar, que tiene, este último, un valor denigratorio.
            ¿Y cesar, tan de moda? Ya decía al principio que, en cierto modo, recoge a todos, con reservas. Pero tan de moda se ha puesto que, poco a poco va ganando terreno al anterior. Con propiedad, cesar es ‘dejar de desempeñar el cargo o empleo porque se ha llegado al fin del plazo para el que uno fue nombrado o elegido’. La diferencia de construcción nos lo aclara: destituir es transitivo (se destituye a alguien), mientras que cesar es intransitivo (alguien cesa). Sin embargo, es demasiado frecuente leer en nuestro días frases del tipo El presidente cesa al entrenador por los malos resultados, o algo por el estilo. En realidad, nadie ha cesado a nadie, lo ha destituido. La destitución no depende de quien ocupa el cargo, sino de quien nombró al que lo desempeña. El cese es natural, por agotamiento del plazo. La abdicación, renuncia o dimisión son actos de libre voluntad.
            Decía antes que, a veces, las confusiones obedecen más a malicia que a ignorancia. Pensaba en un verbo que no es exactamente de la familia de los anteriores. Hace días, leía en un periódico: Juan Carlos i claudica. Eso es tener mala baba o ser muy ignorante, pues claudicar se diferencia de los anteriores verbos en que significa ‘renunciar a un puesto o cargo cediendo a presiones’, lo que lo equipara a rendirse ante alguien. Salvo que Zalabardo y yo estemos en las nubes, con los años nunca se sabe, Juan Carlos i no ha cedido la corona por presiones, sino por convencimiento de que era prudente hacerlo.
            Y, ahora, una adenda sobre nuestra mojigatería política. Llevamos tiempo sin querer tocar la Constitución porque pensamos que eso es tentar al diablo. La verdad es que no le vendría mal una puesta al día, una modernización que resolvería no pocas cuestiones. Por ejemplo: hace falta una nueva redacción en lo referente a los herederos de la corona. Eso de ‘preferir el varón a la mujer’ chirría. Por ejemplo: habría que replantear el modelo de país que queremos (no creo que se pueda solicitar un referendo sobre monarquía o república sin modificar antes la Constitución). Por ejemplo: ¿queremos un sistema autonómico o federal?; (a lo mejor nos hubiésemos evitado el ‘problema catalán’).
            ¿Por qué no aprovechamos la ocasión y arreglamos todo lo que hay que arreglar? Nunca es tarde si la dicha es buena. Y, contra lo que algunos piensan, todo es mejorable, incluso las leyes. Sin prisas, pero sin pausas.

domingo, junio 01, 2014

QUÉ BIEN ME SUENA TU NOMBRE



            Conscientes los dos de la importancia que tienen los nombres, debatía con Zalabardo si titular así este apunte, por el verso de Francisco Moreno Galván en las bamberas que canta Menese o llamarlo El cansado de su nombre, recordando una de las firmas empleadas por Juan Ramón Jiménez en una de aquellas crisis que lo asaltaban y que le hacían sentirse hastiado hasta de su propio nombre.
            Nuestra charla surgió de la lectura una noticia curiosa: los habitantes de un pueblo burgalés, Castrillo de Matajudíos, han decidido mediante referendo modificar su denominación por la de Castrillo de Mota de Judíos. Entiendo que estuviesen hartos de cargar con fama de antisemitismo pese a insistir una vez y otra en que el nombre ahora proscrito no respondía a una realidad sino al error de un descuidado escribano. El argumento tiene toda la lógica del mundo. Yo mismo he conocido una experiencia parecida. Mientras escribía mi novela Goede Hoop. La última travesía del Buena Esperanza, basada en un acontecimiento real, el naufragio en 1823 de un buque holandés en Marbella, tuve auténticos problemas para hallar datos sobre el protagonista. El expediente manuscrito que me inspiraba, iniciado por un escribano de Marbella y rematado por otro de Málaga, llama al capitán del barco, cada vez que lo cita, Juan Jacobo (así, en español) Wygens. El consulado holandés me aclaró que Juan Jacobo debería responder a una forma Johan (o Johannes) Jacobus. Pero no había forma de hallar noticia de dicha persona. La casualidad vino a demostrar que el nombre de ese marino (así lo he comprobado luego en varios archivos) era en realidad Jan Jacobs Wijchers. O sea, que los escribanos lo rebautizaron, sin que pueda tener constancia del motivo.
            En la historia del pueblo burgalés sucedió algo semejante. Parece, el hecho es confuso y lejano, que del cercano Castrojeriz fueron expulsados, allá por el siglo xi, un grupo de judíos que se asentaron en una colina próxima y llamaron al lugar Castrillo de Mota de Judíos. Perfectamente creíble, pues mota significa, precisamente, ‘eminencia de poca altura en un llano’. El descuido del despistado escribano, ya a principios del xvii, convirtió un nombre normal en otro deshonroso, Matajudíos. Y ahí nació la mala fama del pueblo. Hace años, trataron de modificar el nombre por el de Castrillo de Cabezón (cabezo es palabra que designa lo mismo que mota). Ignoro qué lo impidió, pero este nuevo intento ha sido el exitoso.
            Que los nombres son importantes nadie lo duda. Hay pueblos que aguantan carros y carretas a causa de su topónimo (Malcocinado, Villapene, Venta de Pantalones, Cotillas, Rodrigatos de la Obispalía, Salsipuedes…). Algunos, en algún momento, han optado por cambiar de nombre para huir de las bromas de los pueblos colindantes. Así, que Zalabardo y yo sepamos, en la provincia de Salamanca Pocilgas se ha convertido en Buenavista, Arroyopuerco en San Miguel de Robledo, Barba del Puerco en Puerto Seguro o Villar del Puerco en Villar de Argañón.
            Con las personas pasa otro tanto. Detrás de muchos nombres, o de sus significados, hay historias de todo tipo. De María, uno de los más comunes, leemos en algunos lugares que significa ‘la elegida’, ‘la amada por Dios’, debido a que así se llamaba la madre de Jesucristo. Sin embargo, es un nombre misterioso para el que se sostienen cientos de etimologías. Una de las más creíbles es la que le atribuye un origen egipcio (la primera María conocida es hermana de Moisés) y relaciona su significado con el mar: ‘mirra del mar’, ‘señora del mar’, etc. Covarrubias, en su Tesoro de la Lengua Castellana o Española, parece sumarse a esta interpretación. José, otro nombre bien frecuente, significa ‘Dios añada’ y su origen queda bien explicado en la historia de Raquel, esposa de Jacob, que lo concibió a edad muy avanzada. Se deriva del verbo hebreo iasaf, ‘añadir’. En el Génesis leemos al respecto que cuando supo de su embarazo exclamó: “Dios ha quitado mi afrenta”. Y lo llamó José, pues dijo: “que me añada Yavé otro hijo”.
            Javier, por su parte, es nombre vasco, y procede de etxe berri, ‘casa nueva’. Mi propio nombre es griego y significa ‘resucitado’. En España, durante mucho tiempo, prevaleció la costumbre de tomar como referencia el santoral y poner a los niños el nombre del santo del día en que nacían, lo que dejaba en manos del azar una cuestión importante. Ello provocó que haya multitud de nombres sorprendentes: Prepedigna, Afrodisia, Burgundófora, Edesia, Walfrido, Espiridión, Hierónides, Batuilda, LeysCela, escritor con especial humor para buscar nombres a personajes de sus novelas hace aparecer en La colmena individuos llamados Cojoncio, Tesifonte, Exuperio, Consorcio, Obdulio o Leoncio. Algunos reniegan de su nombre. Pero hay un pueblo burgalés, Huerta del Rey, en el que alguna que otra vez se han celebrado reuniones de personas con nombres curiosos. Eso es tomarse las cosas, o el nombre, con humor.
            Lo que me parece extravagante, si no ridícula, es la moda más actual de endilgar a los pobres infantes nombres como Dayana (que no es sino Diana), Neymar (parece que ya hay unos 40 en nuestro país), Kevin Costner o Shakira (que portan, en nuestro país, más de seiscientas niñas). Por fortuna, parece que los nombres más comunes en nuestro tiempo son los de Alejandro, Daniel, Lucía, Pablo o Paula.
            Cuestión aparte es la de los hipocorísticos, forma abreviada, familiar o eufemística de los nombres. Pero  como eso nos ocuparía más espacio, dejo aquí solo dos curiosidades. ¿Por qué a José se le llama Pepe? Una tradición piadosa, que muchos niegan, defiende que es porque en los textos religiosos, al aludir a San José, se añadía P.P., es decir ‘padre putativo’ de Cristo. No menos piadosa es la teoría que mantiene que a Francisco se le llama Paco porque a San Francisco de Asís se le consideraba, en la orden que fundó, Pater Comunitas, de donde se obtuvo el acrónimo Paco. Más enrevesada es la versión que sostiene que, siendo un acrónimo, procede de Poverello d’Assisi, Casto e Obbediente. Parecen rebuscadas las explicaciones. ¿Pero por qué también se les llama Curro o Pancho a los Francisco? Ya digo, los hipocorísticos son un mundo especial. A lo mejor otro día les metemos mano.
                Sin que tenga que ver con esto, quiero aclarar algo que quedó en el aire en el apunte anterior. Me sugiere uno de mis hermanos, latinista fiable, que, ajustándose a la costumbre de bastantes estelas funerarias romanas de indicar quién la sufragaba mediante la fórmula [nombre] P(ecunia) S(ua) P(osuit), 'Fulano puso (esta estela) con su dinero', y dado que res significa también 'fortuna, propiedades', L.R.P. podría significar L(ucius) R(e) P(osuit), 'Lucio la puso con su dinero'. Tiene su lógica, ¿no creéis? Gracias por la ayuda.