domingo, junio 23, 2013

ENTRE PITOS Y FLAUTAS

            No creo decir nada nuevo al afirmar, lo he repetido aquí en múltiples ocasiones, que hay expresiones que, pese a la naturalidad con que las entendemos y empleamos, carecen de una explicación suficientemente clara de su origen. Eso provoca, a veces, que tenga dificultades para resolver dudas que Zalabardo me plantea.
            Es lo que me ocurrió cuando me preguntó por el origen de la locución entre pitos y flautas. Todos tenemos claro que la utilizamos cuando deseamos indicar que ‘algo se debe a diferentes casos o motivos’ o que ‘algo se da o sucede entre unas cosas y otras, casi siempre sin importancia’. Así es cuando decimos, por ejemplo, entre pitos y flautas se me ha ido la tarde. Todos entienden que asuntos banales nos han entorpecido lo que pensábamos hacer, que algo nos ha apartado de nuestra preocupación principal. Relacionada con esta, y que insisten en su valor, hay otras expresiones. Entre ellas, ser algo pitos flautos no es más que ser ‘entretenimientos vanos y frívolos’; o con otra, cuando pitos, flautas; cuando flautas, pitos nos referimos a que ‘algo ha sucedido al revés de como esperábamos’ o que ‘no nos vemos nunca libres de contrariedades’.
            Pero, ¿de dónde viene la expresión? Eso es harina de otro costal, me justifico ante mi amigo. Solo puedo alegar, pobre respuesta, que es antigua porque se localiza en viejos textos. He leído incluso que se remonta a las famosas cuentas del Gran Capitán cuando quiso dar soberbia respuesta a las dudas que el Rey Católico planteó sobre sus gastos excesivos en campaña. Rastreando por ese camino, le digo a Zalabardo, lo cierto es que no hallo nada. Las leyendas recogen, no sé si la historia los amparan, argumentos como que para responder al monarca el caudillo cordobés presentó una libretita con una minuciosa relación de nimiedades que suponían gastos muy crecidos: pagar a curas, frailes y monjas que rezasen por la victoria, limosnas a pobres para que rezasen por las almas de los soldados muertos en combate, reparación de campanas averiadas de tanto voltear para celebrar  las victorias, guantes perfumados que preservasen del mal olor de los cadáveres al ser retirados del campo de batalla. Incluso recuerdo de mis años escolares que los libros recogían aquella frase que afirmaba: en picos, palas y azadones, cien millones. Pero, ya digo, recelo de tal procedencia. Sin embargo, y esto me lo sugiere Zalabardo, pienso en ocasiones que muchos políticos de nuestro tiempo parecen poseer un cuadernito semejante, de derrochadores que son. Se acuerda uno de Manrique cuando decía de su padre: sus hechos grandes y claros / no cumple que los alabe, / pues los vieron. Solo que los hechos de estos que digo, si bien son “grandes y claros”, tienen poco que alabar. A la vista están.
            Pero hablábamos de otra cosa. Para dar algún contento a mi amigo, le muestro que hay otras frases en las que intervienen los pitos que sí pueden ser rastreadas y explicadas. Por ejemplo, no tocar pito, por un lado, o tomar a alguien por el pito del sereno. Con la primera significamos que alguien ‘carece de autoridad e influencia’. Con la segunda manifestamos nuestra actitud de ‘hacer poco caso a una persona’.
            El origen de la primera hay que buscarlo en las fuerzas navales. En un buque militar, muchas órdenes se imparten mediante sonidos de un pito o silbato. Pero quienes tienen la potestad de tocar el pito deben poseer una determinada graduación en la escala jerárquica. Esto quiere decir que los subalternos, los que mandan poco, no tocan el pito. Por eso, quien no toca pito es alguien que ni pincha ni corta, a quien no hay que hacerle caso. Relacionada con esta expresión está, y ella nos corrobora su origen marinero, tocar el pito a la vela, que significa ‘hacer algo inútilmente’.
            Y vamos con tomar a uno por el pito del sereno. Los serenos, bien es sabido fueron unos servidores públicos creados en el siglo xviii a los que se encomendaba, durante la noche, una serie de funciones diversas: encender y cuidar el alumbrado de las calles, evitar que hubiese alborotos, anunciar de viva voz la hora y el tiempo (eso de ¡las doce y sereno!, de donde les vino el nombre). Después se harían cargo de las llaves de los portales para abrir a los noctámbulos. Solían llevar un chuzo y un silbato, o sea, un pito. Este servía para, en caso de conflicto que lo requiriese, solicitar la presencia de la policía. Pero, lo que son las cosas. Parece que los serenos llegaron a extralimitarse en este sentido y les dio por pedir la intervención policial con exceso y para asuntos de poca monta. Tal actitud causó que los agentes comenzaran a desatender las llamadas del  pito de un sereno, es decir, a no hacerle ni puñetero caso. Y de ahí, la cosa es fácil, salió lo de tomar a uno por el pito de un sereno.
            Como tantas otras cosas, también los serenos han desaparecido. Pero no hay que quejarse. En tales circunstancias, pienso en algo que Zalabardo me repite a menudo: si miras demasiado hacia atrás, acabarás arrollado por lo que tienes delante.

1 comentario:

Señor Potoca dijo...

Hola amigo de Zalabardo. Sabe usted que me gustas sus artículos que bucean por los orígenes de expresiones muy usadas. Ya que poco se sabe de entre pitos y flautas, déjeme contarle lo que yo me he imaginado siempre: los pitos y las flautas son, digamos, instrumentos musicales menores y de poca monta, comparados un fagot o un clarinete, por ejemplo. Con lo cual, imagino que en el mundo de los músicos, entre pitos y flautas es como malgastar el tiempo pudiendo escuchar uno el sonido de un Stradivarius.
No tengo fundamentos, pero puesto que usted tampoco ha conseguido algo mejor... le envío un cordial saludo.