martes, mayo 18, 2010

CUANDO EL DIABLO NO TIENE QUÉ HACER...

Con aire socarrón y un tanto provocador, eso es lo que me suelta Zalabardo cuando le insinúo el tema que pretendo tratar en este apunte. Prefiero no hacerle caso porque sé que, al final, y después de todo, a él le gusta mirar lo que escribo y apostillar cualquier cosa a lo que resulte. Y como sé, también, que sus comentarios, por lo general, son acertados y me orientan, procuro evitar las discusiones.
El caso es que, en uno de mis recorridos diarios, pasaba el otro día por la calle Mefistófeles, el mismo diablo, cercana al Palacio de Ferias, a espaldas del Centro Comercial Bahía. Más de uno me dirá que Mefistófeles no es propiamente Satanás, pero para el caso es como si lo fuera. Bueno, pues a mí me dio por pensar que, aunque no reparemos en ello, el diablo tiene una íntima relación con nuestras vidas. Si, como algunos sostienen, el lenguaje muestra la percepción que tenemos del mundo, no hay que más que ver la de nombres con los que citamos a este personaje para dejar constancia de la importancia que le concedemos. Junto a los nombres propios más o menos bíblicos-esotéricos que usamos, Satanás, Satán, Lucifer, Luzbel, Mefistófeles, Belcebú, Leviatán, y alguno popular, como Pedro Botero, no hay sino echar mano de aquellos otros comunes que también usamos a diario: diablo, demonio, diaño, demongo, diantre, mengue, o los apelativos el maligno, el tentador, el maldito, el patas, la serpiente, el malo...
Y si vamos al terreno de los refranes, ya mejor sería no hablar, porque se empieza y no se acaba: A quien Dios no le dio hijos el diablo le dio sobrinos; el diablo, antes de ser diablo fue abogado; en arca de avariento, el diablo yace dentro; al que no tiene faena el diablo se la da... Ya digo, los que queramos.
Mas, pese a cuanto parece deducirse de estos nombres y dichos, a lo que quiero llegar es a que, en esta mixtura que todos somos, en esta mezcla de bien y mal que nos constituye y que no podemos evitar, acabamos por entablar una relación amistosa con el diablo y por sentir una cierta admiración hacia su figura, y no diré ya hacia su persona, pues ignoro si podemos decir que sea persona.
Que hay una fusión tal vez indisoluble en esta amalgama Jekill/Hyde que somos es posible verlo en ese refrán que admite que detrás de la cruz está el diablo o aquel otro que afirma que donde Dios tiene un templo, el diablo monta una capilla. Y nuestra admiración hacia él queda patentizada en ese más sabe el diablo por viejo que por diablo, que refleja el valor que concedemos a la experiencia acumulada en el largo cómputo de sus años. Y si no, pensemos que, cuando queremos expresar nuestra simpatía por la manera en que alguien solventa cualquier asunto más o menos complicado, solemos decir aquello de ¡diablo de hombre! o, cuando deseamos manifestar nuestro cariño y comprensión por las travesuras de nuestros pequeños, los calificamos de diablillos.
Pero, volviendo al paseo diario y a la calle Mefistófeles, que de ahí viene todo esto, lo que en un principio pensé es que, estando este individuo tan ligado a nosotros, son, sin embargo, pocos los casos en que mostramos tal afecto en forma de manifestaciones externas. Y ya sabemos que una de las formas de honrar que los humanos tenemos es la de dedicar calles o erigir monumentos.
Vamos a lo de las calles. Pensaba yo: ¿cuántas calles tiene dedicadas el diablo en nuestros pueblos? Y me puse a buscar. El resultado de la búsqueda da que, aparte de la calle de Málaga, hay una calle Mefisto en Zaragoza. Y como calle, callejón o puente de los diablos, creo que existen en Toledo, Bilbao, Ontinyent, Montemayor y en una aldeíta de Burgos y otra de Granada. Y pare usted de contar. Nadie me negará que ocho calles en todo el país es muy poco. Sobre todo si comparamos, por ejemplo, con los Reyes Católicos, que a su modo también fueron unos diablos, y vemos que en una muy somera búsqueda en Google maps nos aparecen no menos de treinta (que sin duda serán más) calles, plazas, y avenidas a ellos consagradas.
Aunque de lo que peor andamos es de estatuas. Todo el mundo está lleno de esculturas que honran a generales, santos, inventores, descubridores, fundadores y yo qué sé más. Muchos de ellos son totalmente desconocidos para quienes pasan a su lado y, sin embargo, ahí están. Pues bien, las erigidas en honor del diablo son mínimas y el resultado es que encuentro solamente tres. El ángel caído, en el Parque del Retiro de Madrid, que representa el momento de su vencimiento y su hundimiento en los abismos. El ángel rebelde, en el Capitolio Nacional de Cuba, que nos ofrece el momento en que Lucifer, soberbio, proclama su rebeldía frente a Dios, y El poder brutal, o El diablo de Tandapi, enorme rostro de Satán esculpido sobre una roca a orillas de la carretera que conduce de Guayaquil a Quito, en Ecuador.
¿No parece poca cosa para tan entrañable personaje?, le pregunto a Zalabardo. Me mira, se queda pensativo y, tras unos instantes de reflexión, se limita a exclamar: “¡Psss. Lo que yo decía!” No es que anime mucho, pero ya que tengo completado el apunte, lo dejo tal como está.

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