sábado, octubre 03, 2020

SOBRE CURIOSOS TOPÓNIMOS

 

 


           Comenta Manuel Mañas Núñez, en un artículo publicado en la Revista de Filología Románica, que los nombres de pueblos y lugares, topónimos, pertenecían en su origen al léxico común de sus creadores y, por lo común, tenían que ver con características geomorfológicas o de otro tipo del lugar: su ubicación, alguna planta que abunde en la zona, el propietario de las tierras en que se asienta, fundadores, etc. Le expongo a Zalabardo algunos ejemplos claros: la malagueña Casabermeja debe su nombre a una pequeña alquería pintada de ese color que allí hubo; Gibraltar es nombre de origen árabe, Gebel-Tarik, que significa ‘monte de Tarik’; Monfragüe, en Cáceres, no es otra cosa que ‘monte escarpado, boscoso’ y Olmedo es ‘lugar poblado de olmos’.

            Si los topónimos, según eso, los crea la gente, ¿qué explica la existencia de algunos que provocan el sonrojo y vergüenza de sus moradores, hasta el punto de que los silencian o, incluso, llegan a cambiarlos? Junto con la pregunta, Zalabardo me cita ejemplos muy concretos: el granadino Asquerosa, el burgalés Castrillo Matajudíos o el abulense Bellacos. Le recuerdo a mi amigo lo que Mañas Núñez, en su estudio, sigue diciendo: pasado el tiempo, el nombre de los lugares se va desconectando de las realidades nombradas; se convierten en fósiles que la gente ya no entiende. Eso explica, en algunos casos, este sentimiento de vergüenza de los habitantes del pueblo, o, en otros, la simple extrañeza ante un nombre que no comprenden.

            Y trato de aclararle qué ha llevado a los habitantes de los pueblos citados a cambiar su topónimo. Castrillo Matajudíos nunca fue lugar de exterminio de nadie, sino que, muy al contrario, era una zona en la que habitaban muchos judíos. ¿Cómo se entiende esto? Es muy simple. Un día, alguien dejó de entender Mota y supuso que se quería decir Mata. Si miramos un diccionario, sabremos que mota es una ‘pequeña elevación en un terreno llano’ y topónimo que se repite bastante (Castillo de la Mota, Mota del Cuervo, La Mota del Marqués o La Mota). Por eso, la denominación correcta es la actual, Castrillo Mota de Judíos, que en su origen fue una pequeña fortificación sobre un cerro poblada por judíos.  

            El caso de Asquerosa, hoy Valderrubio, es muy peculiar. Debemos su nombre a los romanos, que la llamaron Aqua Rosae, ‘agua de rosas’. Tan bonito nombre acabó siendo en castellano Acuarosa; cuándo y por qué lo ignoro, pero lo cierto es que se fue imponiendo la pronunciación Asquerosa. Este pequeño pueblo, en el que pasó largas temporadas García Lorca y le inspiró su tragedia La casa de Bernarda Alba, cambió su nombre hacia 1940 por el de Valderrubio.

 


           Y queda Bellacos; en la comarca de La Moraña hay un lugar en que se encuentra la Fuente de San Juan. En la Edad Media fue zona de continuas luchas entre musulmanes y cristianos. Conquistado el lugar definitivamente por estos últimos, se decidió repoblarlo con campesinos a los que, usando un antiguo término de origen celta, bekkallakos, se los llamó bellacos, ‘campesinos’. Pero la palabra pasó a designar también ‘gente zafia, ruin, de mala condición’ Y los bellacos, gentilicio a la vez que topónimo, no lo soportaron y en el siglo XV cambiaron el topónimo por el de Flores de Ávila, que aún perdura.

            Son muchos los topónimos confundidos o reinterpretados; en algunos casos, la explicación puede ser difícil. Por ejemplo, hay topónimos en los que nos aparece una palabra que designa lo que hoy entendemos por un animal, cuando su sentido es otro diferente. Le cito a Zalabardo solo cuatro casos de este tipo. La cacereña Sierra de las Moscas no tiene absolutamente nada que ver con estos insectos dípteros. Cierto que hay dudas sobre su origen exacto, ya que unos hablan del latín muscus, ‘musgo’ mientras que otros se inclinan por una antigua palabra ibérica, masko, que significa ‘pico, cima, risco’. Arroyo del Puerco dicen algunos que se llamaba así por unas piedras próximas con forma de verracos o cerdos; otros mantienen que es por los judíos que allí vivían; ambas interpretaciones son incorrectas. Este Puerco no remite al animal, sino que proceda del latín porcae, que designa una ‘depresión por la que se encauzan las aguas procedentes del deshielo o la lluvia’. Hoy, esta población se llama Arroyo de la Luz. ¿Quién no ha disfrutado de las delicias del Cabo de Gata? Por supuesto, el nombre no tiene ninguna relación con el felino doméstico. El origen hay que buscarlo en una antigua raíz gat- o kat-, ‘cueva, oquedad, roca erosionada, prominencia’, que los árabes convirtieron en Qabta, ‘cabeza, promontorio’. Nos queda el cuarto ejemplo, Cabra, ciudad cordobesa. Nada que ver con bóvidos. Originariamente se llamó Licabrum; los romanos la llamaron Igabrum y los musulmanes Qabra. Los tres nombres se refieren a su situación en alto.

 


           Continuar sería el cuento de nunca acabar. Por eso le digo a Zalabardo que dejemos el tema contando dos únicos casos más: Villanueva del Trabuco y Vía de la Plata, calzada romana que iba desde Augusta Emerita hasta Asturica Emerita. Pero este camino no tenía nada que ver con el transporte de plata ni de ningún otro metal. También aquí hay dos teorías. Una defiende el nombre árabe, al balat, ‘camino empedrado’ y otros el nombre latino Via delapidata, de igual significado. Lo más probable es que se la llamase así por los miliardos, hitos de piedra que jalonaban el camino marcando las distancias. Sea lo que sea, solo una mala pronunciación de via albalata o via delapidata es la que nos ha traído la actual Vía de la Plata. Y el Trabuco que aparece en el topónimo malagueño nada tiene que ver con el arma de fuego en que pensamos, sino con otra muy diferente. Al parecer, en la preparación de la toma de Málaga, los Reyes Católicos establecieron aquí un campamento y de sus montes se extrajo la madera necesaria para construir otras armas, los trabucos de que habla Covarrubias: ‘máquina bélica con que se arrojaba de una parte a otra piedras gruesas con tanto ímpetu y fuerza como agora en su tanto una pieza de artillería’. Es decir, lo que hoy conocemos como catapulta.

sábado, septiembre 26, 2020

LAPIDACIÓN, TOSCOS Y PIEDRAS JEÑAS


             Cuenta el libro IV del Génesis que Tubal-Caín, hijo de Lamec, de la estirpe de Caín fue creador de la metalurgia e inventor de las primeras armas, en especial las espadas. Me insinúa Zalabardo que ya podía haberse dedicado a otro oficio, por ejemplo, a zapatero, que es más útil y menos dañino. De todas formas, le digo, es pura leyenda y el hecho no vuelve a citarse en ningún otro libro de la Biblia, que yo recuerde.

            No obstante, el libro sagrado de los judíos, y posteriormente también de los cristianos, ofrece innumerables referencias a un tipo de ejecución aplicable a determinados delitos que consideraban merecedores de ser castigados con la pena de muerte, la lapidación. No solo en el Antiguo Testamento; también en el Nuevo. Recuérdese, si no, el episodio en que Cristo anima a lanzar la primera piedra a quien esté libre de culpa.


            La lapidación es posiblemente la más horrible de las penas de muerte —si hay alguna que no lo sea— por el modo lento y doloroso con que muere el ajusticiado. La lapidación, si nadie me corrige, es una invención judía, que los musulmanes acogieron poco después; que, de un modo u otro, todas las sociedades han usado y, por incomprensible que parezca, aún sigue vigente en la legislación de no pocos países.

            Pero no es mi intención, le digo, hablar de ese tema, sino de la palabra. Lapidación, ‘matar a alguien a pedradas’, viene del latín lapis, -idis, que significa precisamente ‘piedra, pedrusco, roca’. De lapis proceden términos menos violentos, como lápiz, lápida, lapicero, lapidario (‘estudio de las piedras preciosas’) o dilapidar (‘malgastar una fortuna tirando el dinero como si fueran piedras sin valor’), etc. Lo curioso es que el latín posee, también otra palabra, petra, -ae, que significa exactamente lo mismo y de la que encontramos en nuestra lengua piedra, apedrear, pedrusco, pedernal, pétreo, pedrada, etc.

            Trato de informarme sobre esta cuestión y me dicen que lapis es palabra de mayor prestigio, casi la única que se utiliza en el latín clásico y, cuestión no desdeñable, de más antigüedad. En cambio, me explican, petra es posterior, tomada del griego, donde recaló, a su vez, parece que del arameo. Petra, según esta información, es propia de lo que se conoce como latín vulgar o coloquial y se introdujo, especialmente, a través de una influencia religiosa; el episodio en que Cristo dice a Simón Bar Jona que, desde aquel momento, su nombre sería Pedro, piedra sobre la que edificaría su Iglesia podría ser la base de lo que digo.

            Zalabardo empieza a mirarme, nervioso, sin entender qué persigo con esta acumulación de datos dispersos. Lo tranquilizo indicándole que ya llegamos a lo que me interesa, que son las piedras y el papel que tenían en nuestra niñez, cuando no teníamos playstation ni nada de eso. Le pido que recuerde cuando, allá en el pueblo, y esto era algo que sucedía no solo en el nuestro, un grupo de niños de una barriada se enfrentaba a un grupo de barriada diferente y nos retábamos a una pedrada, es decir, una batalla con piedras.

 


           No se me ha ocurrido investigar, pero creo que, mucho antes de que Tubal-Caín inventara las espadas, ya existirían las pedradas, modo de enfrentamiento más antiguo y menos lesivo, pues no es igual cortar el cuello o sacar las tripas a alguien con una espada que dejarlo inconsciente o abrirle una brecha con una buena jeña. Claro que no tenemos documentación sobre el caso. Es relato posterior el que nos cuenta que David mató a Goliat valiéndose de su honda de pastor. Mi profesor de historia nos contaba con orgullo cómo los honderos de la antigua Urso, la actual Osuna, se distinguieron en las guerras entre César y Pompeyo; a veces he pensado que, aunque usasen como proyectiles las piezas bicónicas de plomo que con facilidad aparecían en los campos, no pocas veces los proyectiles serían simples toscos cogidos del suelo. Juvenal, en La guerra de Yugurta, llega a utilizar la expresión lapidibus pugnare, ‘luchar con pedruscos’, en los enfrentamientos entre númidas y romanos. En el Quijote, Ginés de Pasamonte y el resto de desagradecidos galeotes pagaron su libertad lloviendo sobre el caballero y su escudero una inmensa cantidad de ñoclos, que no creo que hubiese por aquellos caminos otro tipo de piedras. Y, en Arroz y tartana, Blasco Ibáñez narra ya enfrentamientos a pedradas a la salida del colegio entre niños chuetas, ‘pertenecientes a una etnia de origen judío establecida en levante’ y niños cristianos viejos.

            O sea, me dice Zalabardo, que lo que hacíamos los niños era seguir una atávica tradición. Precisamente a la salida de los colegios, recuerda, una forma de matar el tiempo era apedrear farolas o perros que se nos pusiesen por delante; y, cuando surgía un conflicto, la diana de nuestras piedras eran los niños de otro barrio. Le confieso a mi amigo que no participé en demasiados de estos enfrentamientos, no tanto por ser prudente o pacífico, sino más bien por tímido y medroso de que me quedara señalada la frente como consecuencia de un toscazo recibido.


            De esto quería hablar hoy con mi amigo, de los distintos nombres que tenían las piedras que utilizábamos en las pedradas o en los ataques incívicos contra perros y farolas: tosco, ñosclo, canto, peladilla, chinarro, pedrusco, jeña… Acertar con ellas tenía también su nombre: toscazo, pedruscazo, ñosclazo, jeñazo… Algunas se comprende con facilidad lo que son, pero otras requieren algo más de estudio, por ser términos bastante localistas.

            Por ejemplo, el tosco, lo leo en María Moliner, es lo que en levante llaman tosca, un tipo de roca caliza muy porosa y de forma irregular. La piedra jeña, que era la reina de las piedras en mi pueblo, creo que es la que Alcalá Venceslada llama heña, ‘piedra muy compacta, dura de tallar y redondeada’, palabra probablemente relacionada con el verbo heñir, ‘apretar bien con los puños la masa’; un jeñazo podía dejar un chichón de los de campeonato. Pero, le digo a Zalabardo, nunca he sabido ni he hallado nada sobre cuál pueda ser el origen de ñosclo.

            No quiero incitar a los niños de hoy a que recuperen las pedradas; simplemente advierto con nostalgia cómo se van perdiendo algunas palabras.

sábado, septiembre 19, 2020

PARLAMENTARISMO Y DÉFICIT DEMOCRÁTICO

      

 


           Zalabardo, por mor de los tiempos que le tocaron vivir, tiene pocos estudios. Por eso, nunca respalda sus opiniones con la presunción de un título, máster o diploma; se limita, sin presumir tampoco, a valerse de su sentido común. Me comentaba hace unos días que, a veces, muchos de nuestros políticos parecen haber aprendido en la escuela barriobajera de la que han salido bastantes protagonistas de esos peculiares programas televisivos que tienen la desvergüenza de llamar a lo que hacen “periodismo de investigación”. ¿Saben ellos lo que es eso y saben nuestros políticos lo que es la política?

            Me parece duro en su opinión y así se lo digo. Me responde que habla así porque, cada vez que contempla una sesión parlamentaria, no encuentra sino individuos gritones, egocéntricos y maleducados que, más que trabajar en la búsqueda del bien de la comunidad (con lo que se ajustarían a aquella definición de animales políticos que hizo Aristóteles), parecen ocupados en dirimir quién de ellos la tiene más larga. Y me pide disculpas por usar esa vulgar expresión.

            Zalabardo, desde luego, me suele poner en aprietos cada vez que plantea una de estas cuestiones. Porque me sigue diciendo, además, que, por lo que lee en los diccionarios, parlamento, aparte de la sede de la asamblea legislativa de un país, es también la sencilla acción de parlamentar, es decir, dirigir la palabra a una audiencia, y que este verbo, sin salirnos del terreno de la política, es entablar conversaciones con quienes piensan de modo contrario con el fin de zanjar diferencias y buscar un punto de encuentro.

 


           Se toma un respiro y me dice: Por lo que veo, lo que hacen es prostituir las palabras y la función para la que fueron elegidos. ¿Te has dado cuenta de que en estos tristes momentos en que pasamos por una de las crisis mayores que haya conocido nuestro país, en el Parlamento se habla poco de cómo encarar con seriedad el problema sanitario, o el problema económico derivado del anterior? ¿Ves preocupados a los que se sientan en esos escaños por cómo afecta todo lo anterior a las relaciones sociales de la población, a la cultura, a la educación? En lugar de eso, no escuchamos más que “tú eres un mentiroso”, a lo que se responde “pues tú lo eres más”, o “tú eres un chorizo”, a lo que, cómo no, se contesta “más chorizo eres tú”. Y mientras, la casa sin barrer, el virus campando a sus anchas, los sanitarios desbordados, los profesores recurriendo, como casi siempre, a su mejor buena voluntad, pues faltan medios, espacio y personal, y mucha gente angustiada porque se ve abocada al paro.

            Siento tener que darle la razón a mi amigo y me hago la pregunta de qué pensaría Antonio Machado de una situación como esta. Zalabardo, que no tiene estudios pero no es ignorante, me recuerda que, en uno de sus proverbios, don Antonio aconsejaba guardarse la verdad propia y buscar, junto a los otros, una verdad válida para todos. Y que en el famoso Autorretrato con que encabeza Campos de Castilla, al preguntarse si era clásico o romántico, respondía “No lo sé”. Otros más poseídos de sí mismos que él, añade, no hubiesen tardado un segundo en definirse.

Hablamos, entonces, de si es ignorancia la duda que expresa Machado. Concluimos en que ni mucho menos; coincidimos en pensar que lo que el poeta hace es aplicar el principio propio del método socrático, que mantiene que es más sabio quien pone en duda sus conocimientos que quien proclama, sin reflexionar, la certeza de los suyos. Porque el primero estará siempre en condiciones de descubrir sus errores; pero no el segundo. Machado, para quien la etiqueta, lo accesorio, es lo menos importante, solicita el debate en campo abierto, limpio; y, para ello, no siente la menor vergüenza por partir de la idea de que la razón pudiera no estar de su parte. Por eso siempre hay que hablar y sin ninguna clase de complejos.

En democracia, le digo a Zalabardo, eso debe hacerse en el Parlamento, donde, tras el debate correspondiente, habrá que decidir las actuaciones más pertinentes y beneficiosas para los ciudadanos, no las que interesan a los respectivos partidos. Y como una parte muy considerable de nuestros políticos tienen las miras puestas más en su propia casa, su partido, que en la casa común, el país, rehúyen el debate parlamentario y se explayan en las redes sociales.


O sea, me interrumpe Zalabardo, que igual que el aire acondicionado nos robó el placer de disfrutar de una película en un cine de verano, el túiter y el feisbu esos nos están privando de los debates políticos, que deberían tener lugar en su verdadero escenario, el Parlamento. Y he de reconocerle que es así. Aunque en el hemiciclo debiera debatirse todo aquello de lo que se espera un bien para la comunidad, lo cierto es que son las redes el escenario donde cada uno airea “su verdad”, aquella de la que abominaba Machado, para evitar someterla debate; se diría que hay miedo a un diálogo socrático que pudiera dejar al descubierto los puntos flacos del argumentario de alguien.

A lo que parece, a los políticos les cuesta reconocer que la razón pudiera estar del lado de otros. Por eso, en el hemiciclo se limitan a actuar de cara a la galería; para eso les viene muy bien insultar y mentir. Lo decía Gabriel Rufián, portavoz de ERC: “Se miente más en el hemiciclo que en una entrevista de trabajo”. En las redes es más fácil dar rienda suelta a toda la demagogia con la que se pretende lograr las ambiciones políticas.

Estos comportamientos hacen creer que, por desgracia, padecemos un acusado déficit de conciencia democrática. Y el mismo Aristóteles que nos definió como animales políticos dejó dicho que la demagogia es el principal enemigo de la democracia.

sábado, septiembre 12, 2020

DE LA ALGARROBA AL QUILATE

 

 


           Llega septiembre y aquí estamos de nuevo Zalabardo y yo tratando de comentar en esta Agenda algunas cuestiones de la lengua que puedan resultar, al menos, curiosas. El tema de hoy me viene sugerido por dos circunstancias diferentes, pero que se han dado muy cercanas en el tiempo.

            La primera de ellas, la conversación mantenida con un señor que, encaramado en un alto algarrobo, cogía su fruto para alimentar a su ganado, mientras caminaba por el llamado Camino del Corcel, en los Montes de Málaga; la segunda, durante una visita al Castillo de Gibralfaro. El encuentro de un panel explicativo sobre el algarrobo y sus propiedades. Lo que ni Zalabardo ni yo sospechábamos es que dos palabras aparentemente tan dispares, algarroba y quilate, pudieran estar tan emparentadas.

            Algarroba es palabra de procedencia árabe, ḫarrūbah, que a su vez procede del persa har lup, que significa ‘quijada de burro’. De ahí proceden todas las variantes garrofa, garrofón, garrofín, garrofina, etc. Por la forma y aspecto de la vaina de esta legumbre, los griegos se valieron de otra metáfora y la llamaron keration, palabra de raíz indoeuropea kerds-, que significa ‘cuerno’, y de donde también proceden queratina, ciervo, carótida e, incluso, cráneo. No obstante, sobre keration, los árabes formaron la palabra qīrât, que, de designar todo el fruto, pasó a señalar solo su semilla, conocida también como garrofín. Y aquí surge la cuestión, pues qīrât quedó en español como quilate, aunque ha ido alterando su significado.


            La algarroba, de naturaleza humilde, se considera hoy alimento para animales. Pero no debe olvidarse que, en tiempos de penuria, la harina de algarroba fue fuente de alimento para los humanos y que aún hoy es muy apreciada en cosmética, en alimentación (se emplea para bizcochos, chocolates, miel…) y en farmacia (es buena para afecciones intestinales). No en vano, los catalanes siguen empleando el refrán guayar-se les garrofes, que es similar a nuestro ganarse las habichuelas. Zalabardo me hace recordar que, de pequeños, aparte del palodú, la caña de azúcar, los majoletos y otras chucherías, comprábamos unos canutitos rellenos de este fino polvo de algarroba molida y envueltos en papel de colores. Su apariencia era la del actual cacao en polvo y, su sabor, dulzón, aunque un poco acre.

            Pero vamos al quilate, que es lo que nos interesa ahora. Ya Covarrubias dice que de estas semillas “los romanos hacían cierta forma de peso muy pequeño, y pesaban como se pesa también con granos de trigo”; y aquí es donde se inicia la historia de hoy. Para determinar el peso y calidad de algunos productos, en este caso metales preciosos como el oro o gemas, se necesitaban medios de gran precisión de los que no se disponía. Los griegos, o tal vez los romanos, no sé con seguridad, comprobaron que las semillas de la algarroba, los quilates, presentaban un tamaño y un peso muy uniforme y era difícil diferenciar unas de otras. Eso los movió a utilizarlas como referencia a la hora de pesar perlas, gemas y oro.

 


           Cada semilla pesa 200 mg. Y, en el momento de establecer un canon de medidas, se determinó que un quilate serían cuatro semillas de algarroba; luego se comprobó que 5 granos pesan 1 gramo. Serían los árabes quienes cambiaran la relación quilate/peso y lo convirtieron en ley de pureza de un metal (sobre todo, el oro). Surge, entonces una pregunta: ¿por qué el 100% de pureza se estableció en 24 quilates? La razón, le digo a Zalabardo es sencilla: en principio, por el sistema duodecimal utilizado por los romanos; pero, además, el emperador Constantino I decidió acuñar, en el siglo IV, unas monedas que basaran su prestigio en tener un peso constante y una máxima pureza. Así apareció el solidus de oro, con un peso de 4,5 gramos; es decir, el equivalente al peso de 96 semillas; o sea, 24 quilates.

 


           Por eso, cuando decimos que una joya de oro es de 24 quilates, queremos decir que es oro puro casi al 100%. Y si decimos que es de 18 quilates, estamos afirmando que, de cada 24 partes, 18 son oro puro y 6, otros metales. Y por ese valor constante y seguro, en español, el verbo aquilatar, inicialmente ‘establecer la ley de pureza’, pasó a significar ‘analizar algo con todo detalle y precisión para separar lo que es puro de lo que es de naturaleza inferior’.

            Por si alguien no conoce este detalle, me avisa Zalabardo que diga que los rosarios tradicionales están hechos con semillas de algarrobas, lo que hace que sus cuentas sean tan regulares.

sábado, julio 04, 2020

LA LENGUA ESQUILMADA

Para estas fechas, Zalabardo y yo siempre hemos tenido cerrada ya la Agenda y nos hemos tomado un descanso veraniego.  Pero Zalabardo, persona que gusta de cumplir ciertos ritos, me dice que no nos hemos despedido y que no pasa nada si añadimos un apunte más y, de paso, aprovechamos para despedirnos como personas educadas. Así que le hago caso y aquí estamos, redactando un último comentario antes de guardar silencio durante los meses de calor.

            Y ha venido bien la foto que nos ha llegado del edicto publicado en un pequeño pueblo granadino referido a los turnos de riego, pues, en su brevedad, está lleno de palabras que muchos ya hemos olvidado.

            Da la casualidad de que el jueves leía el artículo La lengua vaciada, de Lola Pons, catedrática de Historia de la Lengua, de la Universidad de Sevilla, y autora de un reciente libro, El árbol de la lengua. Me ha parecido un artículo maravilloso de principio a fin y todo él cargado no solo de razón, sino de prudencia y buen sentido. Con esta expresión lengua vaciada se refiere a la tendencia generalizada de los hablantes a olvidar palabras heredadas de nuestros mayores y reemplazarlas por otras que se consideran más nuevas, exóticas, originales o, eso nos parece, despojadas de un tufo rancio.

            No hay amargura en el escrito de Lola Pons, ni levanta voz condenatoria nadie ni contra nada; no se considera de ningún modo purista. Reconoce, como no podía ser de otra forma, que la lengua cambia, que los nombres cambian, lo que es síntoma de que la lengua está viva y de que siempre ha sido así; lo que noto en su artículo es una cierta nostalgia, un reconocimiento de que estamos vaciando de contenido la lengua de nuestros mayores y creando una nueva. Habla de cómo han desaparecido aquellos humildes cuadernillos de caligrafía y su lugar lo ha ocupado el caro negocio de los libros de lettering; de que la antigua artesanía de la almazuela ha sido desplazada por el patchwork; de que nos parece carca una abuela que rellena su tiempo haciendo punto, pero elogiamos al knitter, a quien hace las cosas por sí mismo y busca un objetivo de sostenibilidad; o de que provoca extrañeza ver a nuestros mayores labrando su pequeño huerto a la vez que nos convertimos en admiradores de la local food.

            Tampoco nosotros repudiamos el incesante cambiar de la lengua, ni nos consideramos puristas. El purista es, sin más, un inmovilista y la lengua que no se mueve está condenada a morir. Pero, como a la catedrática sevillana, nos gusta que ese movimiento no despoje de sus palabras a nuestros mayores, a quienes ya arrebata bastantes cosas la edad.

            La foto que me envía un sobrino, José Luis, supone un soplo de aire fresco. Zalabardo y yo pensamos que el pequeño pueblo de Gójar lo ha entendido así en su edicto. En él se habla de dulas, de tornas, de turnos y tandas, de fincas macheadas… Hay un delicioso cuadernillo, El vocabulario del agua, recogido por José Ramón Guzmán Álvarez, que ayuda a evitar este vaciamiento de algunas palabras. Y nos dice que la dula es la porción de tierra que, por riguroso turno, recibe el riego del agua de una acequia; que está macheada la finca cuyos machos (en otros lugares caballones, lomos y otros nombres), amontonamientos lineales de la tierra que separan las melgas o surcos por los que ha de discurrir el agua, están bien hechos; que la torna, en otros lugares el portillo, es el obstáculo, unas veces metálico o de madera, otras realizado con hierba y tierra, que abre o cierra el paso del agua a las dulas; o que el turno, o tanda, no es sino el tiempo que se asigna a una dula para regar.

            Ese edicto establece las normas simples que cada regante ha de cumplir; y advierte de las sanciones para quienes descuiden el proceso establecido, porque quien abre o cierra sus tornas a destiempo está haciendo daño a otro regante que, un poco más abajo, espera para su dula esa agua, bien común, tan necesaria para la comunidad.

            Y, ahora sí, hasta que llegue septiembre, esta Agenda permanecerá cerrada. Que todos pasemos un buen verano y que seamos prudentes, pues la amenaza de la covid-19 no ha desaparecido.


domingo, junio 28, 2020

NO DIGA REBROTE, DIGA CLÚSTER

Leemos en el Éxodo que, cuando Moisés pregunta a Dios qué debe responder a quienes deseen saber su nombre, recibe una enigmática respuesta: “Les dirás que yo soy el que soy”. Y, en el Quijote, cuando un vecino encuentra al caballero tendido en el suelo, malparado y molido a palos por los mozos de unos mercaderes, al intentar advertirlo de que ninguno de los dos es aquellos de quienes habla, don Quijote responde: “Yo sé quién soy y sé que puedo ser…”

            Me pregunta Zalabardo qué objetivo persigo con este inicio tan, para él, extraño. He estado tentado de seguir la senda anterior y contestar: “He dicho lo que he dicho y has oído”. Pero, claro, mi amigo pondría la cara de pasmado que debieron poner Moisés y Pedro Alonso, el vecino del caballero manchego. Por eso, mudo de intención y le aclaro que mi objetivo es señalar la tendencia que hay, desde siempre, y en todas las esferas, a disimular lo que se dice, a trasmutar nombres, a emplear eufemismos para que, aunque nuestro pensamiento pueda seguir siendo el mismo de siempre, nuestras palabras tengan la apariencia de significar algo diferente.

            La pandemia que nos ha azotado, y que nos sigue afectando, ha tenido también su influencia sobre el lenguaje. Podríamos señalar algunas palabras y expresiones (desescalada, distancia social o movilidad) que se han integrado en nuestro vocabulario usual. Nuestro presidente, para no alarmar con la inevitable consecuencia de que sufriremos un duro quebranto económico, habla de que se producirá un enfriamiento económico internacional, o para esperanzarnos con la recuperación, nos ofreció desde el primer día una nueva normalidad.

            Me resultan llamativas dos de esas expresiones: distancia social, le digo a Zalabardo, creo que es un lapsus consecuencia de la falta de reflexión. Y es que nadie ignora que, en toda crisis, quienes disponen de menos medios son los que más padecen, circunstancia que aumenta el margen separador entre clases; pienso que más correcto hubiese sido hablar de distancia física como medio de evitar contagios. Y sobre nueva normalidad, ¿qué diremos? La gente, lo pienso sinceramente, no quiere sino recobrar la que tenía antes, pues en el periodo que se nos aproxima, la normalidad será que muchos continuarán sufriendo por la pérdida de sus puestos de trabajo y de su poder adquisitivo. Por desgracia.

 

           Concluido el estado de alarma y dado que ya no puede ser el gobierno la diana sobre la que lanzar todos los dardos, ha sonado el disparo de salida de la competición por ver quién utiliza un lenguaje más críptico, quién hace más por disimular lo que no desea reconocer. Las Comunidades Autonómicas comienzan a hacer juegos malabares con el lenguaje para escurrir el bulto cuanto se pueda. Así, ante los rebrotes de contagios que van apareciendo, los responsables de Sanidad de la Junta de Andalucía afirman con vehemencia que aquí no hay rebrotes, que solo tenemos clústeres. ¿Nos quedamos más tranquilos porque nos lo digan en inglés, si, en epidemiología, ese anglicismo se utiliza para señalar la agrupación de casos en un área dada y durante un periodo concreto, sin tener en cuenta si ese número de casos es mayor de lo deseable? En Málaga, en un Centro de Acogida gestionado por Cruz Roja, de algo más de un centenar de personas que ocupan el Centro, casi noventa presentan síntomas de contagio. “Está controlado”, dicen; pero, ¿quién garantiza que el virus no traspasará sus muros y se extenderá?

            Y ayer, en la prensa, leía un artículo que se presenta bajo este atractivo titular: Educar en resiliencia proactiva. Los dos términos proceden del campo de la psicología y, para especialistas, pueden ser normales. Pero su autor, creo que en este caso autora, debería pensar en quienes, la mayoría de la población, no los conoce. Si la resiliencia es la capacidad que una persona tiene para superar una circunstancia traumática y adoptar de actitudes positivas ante una situación adversa, y la proactividad es la capacidad de tomar iniciativas para adelantarse a problemas futuros, le pregunto a Zalabardo si no sería mejor titular, por ejemplo, Cómo enfrentarse al problema actual y prevenir los futuros. Tal vez la gente lo hubiese acogido con mayor interés.

            Le digo a Zalabardo que la cuestión de fondo que se debe analizar cuando vemos que se emplea un vocabulario de esta naturaleza es la misma que encontramos en el empleo de afroamericano o subsahariano. Pero quizá sea mejor dejar esto para otro momento.


sábado, junio 20, 2020

UNA CASA, UN PATIO Y PEPE

            Más de tres cuartos de mi vida se han desarrollado lejos de mi pueblo y, sin embargo, mantengo que soy y me siento de Osuna, aunque algunos sostengan que el lugar del nacimiento es cuestión de azar. Me enorgullezco de haber nacido en ese pueblo de la campiña sevillana al que me remite el recuerdo de la mayor parte de personas, lugares y episodios que han dado sentido a mi existencia. Zalabardo lo toma a broma, pero más de una vez, imitando lo que escribió Rafael de León y popularizó Pepe Pinto, le he dicho: Toíto te lo consiento, menos faltarle a mi pueblo, que a un pueblo no se lo encuentra, y a ti te encontré en la calle.

            De esos muchos recuerdos, hoy quiero pararme en uno: una calle, un patio y una persona. La calle Gordillo, que en mi niñez tenía otro nombre y ha vuelto a recuperar, atendiendo al canto de Menese —¿Cuándo llegará el momento que las agüitas vuelvan a su cauce, las esquinas a sus nombres, sin roques, ni reinas, ni santos ni frailes?— el que nunca perdió, siempre tuvo, para mí, un sabor especial: en ella estaban el almacén de cervezas Cruzcampo y la imprenta Ledesma; en ella vivían varios médicos, los hermanos Mazuelos, y otro médico, cuyos hijos eran mis amigos; en ella vivían otros amigos muy queridos, Bertuchi y María Medina. Pero en la calle Gordillo, en el número 59, vivía Pepe Zamora, a quien siempre consideré más hermano que amigo.

            Hay momentos en que pienso que solía pasar más tiempo en casa de los Zamora que en la mía. Y creo que igual ocurría a José Manuel Ramírez, otro amigo. A Pepe, el tercero de los Zamora, a José Manuel y a mí se nos veía siempre juntos tratando de sacar adelante los más fantasiosos proyectos. Aquella casa era nuestro lugar de reunión, de estudio y de esparcimiento. Esto lo sabe bien Zalabardo, a quien se lo refiero en cada ocasión que se me presenta.

 

           La casa de la calle Gordillo, número 59, tenía un patio con todo el sabor y el encanto de los patios de estilo sevillano, con su galería en el piso superior. En su centro, un gran macetón de cerámica trianera, con una palmera. Y por todas partes, plantas primorosamente cuidadas por la dulce mano de Rita Torres, madre de Pepe: aspidistras, mantofilios, geranios, claveles, jazmines y esparragueras inundaban de aroma y color aquel ámbito.

            Si siempre el patio era acogedor, en verano parecía un trasunto del paraíso. Durante el día, la agradable temperatura y la luz tamizada por la vela invitaban al plácido descanso. Y durante la noche… ¡Ah, las noches en el patio de los Zamora! Las noches eran escenario de una tertulia presidida por la estampa socarrona del patriarca, Mariano Zamora, con la piel curtida por su constante exposición en el campo a la inclemencia de los elementos. Ni García Vela hacía gala de su astucia mercantil ni los médicos presumían de su posición social; y las mujeres imponían su prudencia para que ninguna controversia derivase en conflicto. Allí se hablaba de lo humano y lo divino, aunque, a veces, la cosa no diese más que para quejarse del asfixiante calor del día o del agradable fresquito de la noche.

            Los jóvenes, Pepe, Mercedes, Eduardo, José Manuel y yo, asistíamos respetuosamente a estas tertulias y aprendíamos escuchando a los mayores. En cambio, Mariano, el hijo mayor, que ya estaba en la universidad, se valía de la rica base de datos que, con constancia y paciencia, guardaba en los cuadernos donde anotaba impresiones y valoraciones de sus lecturas, de las películas que veía, u opiniones sobre cualquier acontecimiento, y se había ganado la licencia para exponer su particular visión del mundo. Pepe, José Manuel y yo disfrutábamos la atmósfera que se respirada en el patio y comenzábamos a construir la nuestra.


            Pepe, mi amigo Pepe, admiraba a su hermano Mariano como si fuera un gurú. En realidad, Pepe siempre pareció una persona nacida para admirar lo que cualquier otro hiciera. Modesto, evitaba hablar de sus méritos y talentos porque prefería destacar los de los demás. Nunca le oí una palabra que sonara a envidia. Nada le parecía mal ni nada lo hacía decaer. Jamás lo vi preocupado por un asunto suyo, de tan entregado como estaba en alentar las obras de los otros. Muchas son las cosas que he hecho porque Pepe me empujó a ello. Y, cuando salí del pueblo, retuve los consejos que me daba. Como lo que me decía si le enseñaba lo que escribía: A eso solo le falta ya un poco de majaíllo; de ahí me viene ese afán por mejorar continuamente lo que tenga entre manos. Tampoco he olvidado las palabras que me dirigía si había por medio algún enamoramiento juvenil: ¡A esa, lo que tienes que darle es jierro, mucho jierro! Nunca entendí bien qué era dar jierro ni cómo se conseguía el majaíllo de que hablaba, pero sus palabras me parecieron y me siguen pareciendo sabias, además de acertadas.

            Este jueves pasado, el rayo de una mala noticia me destrozó como el que desgaja el tronco de un árbol en mitad de la tormenta: Pepe ha muerto. Hay malas noticias que uno sabe que van a llegar alguna vez, pero nunca se está preparado para recibirlas. Como muchos no lo estábamos para esta. Pepe estaba esperando mi nueva novela con tanta ilusión o más que yo. El jueves, en la presentación, lo echaré de menos.



sábado, junio 13, 2020

RECORDAR LA HISTORIA, NO OCULTARLA

            El triste suceso de la violenta muerte de George Floyd a manos de la policía de Minneapolis ha desatado una ola de airadas protestas en amplias zonas del mundo. Protestas justificadas e indignación ante unas muestras de racismo que parecen no tener fin. Pero hasta la más airada de las quejas, para que tenga efecto, debería mostrarse de modo que ni el enfado ni el dolor nos ciegue. Creo que es el método para no perder la razón frente al violento y al racista.

            Zalabardo, persona prudente como pocas —¡cuántas veces ha refrenado mis ímpetus!—, me recuerda dos episodios literarios muy alejados en el tiempo. En el antiquísimo poema sumerio Gilgamesh, más viejo que el más viejo libro del Antiguo Testamento, el protagonista, que se considera culpable de la muerte de su amigo Enkidu, quejándose amargamente, se arrancaba mechones del cabello y rasgaba sus vestiduras como si estuvieran malditas. Es el empleo más remoto conocido de rasgarse las vestiduras, ‘manifestar intenso dolor por una desgracia muy sentida’; hoy, en cambio, entendemos la expresión como ‘escandalizarse, y aun de forma hipócrita, por algo’. Entre uno y otro significado, le sugiero a Zalabardo que sería interesante averiguar por qué camino romperse la camisa ha llegado, en la cultura gitana, a expresar alegría en los rituales de bodas. Pero contesta mi amigo que mejor dejar eso para otro apunte.

            El otro episodio que me recuerda es el del final de la novelita de Joseph Conrad El corazón de las tinieblas, dura crítica de la explotación y la colonización en África. Marlow ha sido enviado a buscar a Kurtz, de quien se cuentan terribles historias. Tras un accidentado viaje, lo encuentra; en el regreso, un Kurtz enfermo y desequilibrado dice antes de morir: ¡El horror!, ¡el horror! Marlow regresa a Inglaterra y entrega su informe. La prometida de Kurtz, con quien también se entrevista, desea saber qué fue lo último que dijo. Marlow duda, pero acaba inventando una mentira piadosa que consuele a aquella inocente muchacha y afirma que la última palabra salida de su boca fue su nombre. Es decir, falsea la verdadera historia.

            En un artículo sobre la muerte de George Floyd leo que el movimiento contra el racismo y la violencia policial ha abierto un nuevo frente: el de la memoria histórica en Estados Unidos. Y le comento a mi amigo Zalabardo que, desde que se acuñó, no me gusta la expresión memoria histórica, por ambigua y porque se presta a la posibilidad de modificar los hechos. Del mismo modo que Marlow oculta a una jovencita enamorada la verdad de la atrocidad del sistema colonial, la memoria histórica mueve a algunos, incluso sin que les guíe mala intención, a disimular, cuando no falsear, los hechos reales. Igual que, sin que sepamos explicar bien cómo, rasgarse las vestiduras evoluciona desde manifestar dolor a mostrar hipocresía.

 

           Si nos situamos ante la historia, le digo a mi amigo, la obligación que tenemos es la de recordarla en todos sus puntos, nunca la de disimularla ni falsearla. Pero, por desgracia, la memoria histórica, que nació como esperanza de reparación de muchas cosas que se hicieron mal, acaba convirtiéndose, en ocasiones, en sentimiento de revancha.

            Quienes, como reacción violenta por la muerte de Floyd, se dejan arrastrar por la fiebre demoledora de estatuas y monumentos que recuerdan pasadas épocas en que el colonialismo y el racismo se veían como hechos normales, olvidan que, aunque no participemos de las ideas y comportamientos de nuestros antepasados, no tenemos que considerarnos cómplices de sus pecados, porque los tiempos cambian y las ideas evolucionan.

            La Revolución francesa es universalmente considerada como inicio de la edad contemporánea y de la democracia. Por eso el 14 de julio, fecha de la toma de la Bastilla, es la fiesta nacional de Francia. El 4 de julio, Declaración de la independencia de los Estados Unidos, es la fiesta de ese país. Y el 12 de octubre, fecha del descubrimiento de América, es la fiesta nacional de España. Aun así, una de las etapas de la Revolución francesa es la conocida como el Terror, que costó la vida a cerca de 40000 franceses por el fanatismo revolucionario; la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, a pesar de recoger que los hombres son creados iguales y que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, entre los que están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, no pudo evitar que los conflictos raciales sigan presentes en el país; y durante la colonización, Cortés exterminó casi por completo la cultura azteca y Pizarro la inca, porque, conocidas son las denuncias de Fray Bartolomé de las Casas, el objetivo de aquel proceso miraba más a la explotación que a la cristianización. Y no creo que nada de ello deba hacernos condenar la Revolución francesa, la Declaración de independencia ni el descubrimiento de América.

            Olvidar la historia, le digo a Zalabardo, es un error poco justificable; pero ocultarla o falsearla reescribiéndola de modo distinto a como transcurrió puede ser fanatismo e hipocresía. La historia hay que recordarla y conocerla bien para evitar los errores que en el pasado pudieron cometerse.

            Por eso, cuando veo que una plataforma televisiva, HBO, retira de su programación Lo que el viento se llevó, o que algunos, en España, piden la demolición del Valle de los Caídos, o que en Estados Unidos derriban estatuas de Colón, estoy tentado de rasgarme las vestiduras. En el sentido sumerio, aunque me llamen antiguo. ¿Acaso no conservamos Auschwitz para no olvidar el horror nazi? No destruyamos símbolos de aquello que no nos gusta. No digamos que Kurtz dijo unas palabras que no dijo. Conservemos cuanto nos pueda ayudar a comprender los horrores del pasado, a nosotros y a las generaciones venideras, de modo que sirvan de antídoto contra errores presentes o futuros. No tiene sentido pedir ahora la defenestración de los Reyes Católicos; a lo sumo, pidamos que quienes los adoran y santifican sepan bien lo que fueron, alaben lo bueno que pudieran haber hecho y reflexionen sobre lo malo, que de todo hubo. Eran otros los tiempos y otras las circunstancias.

            Si para condenar el racismo tengo que repudiar Lo que el viento se llevó, ignoro qué sea en verdad la memoria histórica. Demoler edificios, decapitar estatuas, censurar libros o películas o falsear la historia, no hace a la gente menos racista. Sí la hace más ignorante. ¿Se puede juzgar el pasado aplicando criterios actuales sin someterlos a ningún filtro? Bien está gritar nuestra indignación por la muerte de Floyd, pero, al hacerlo, no olvidemos qué concepto tenemos de los gitanos, de los moros, de los rumanos, de los negros, de los chinos que viven en nuestro país. Hace poco apareció en la prensa un artículo titulado ¿De qué color es el color carne? La respuesta que demos a esa pregunta puede indicar hasta qué grado somos o no racistas.

sábado, junio 06, 2020

DEMASIADAS PALABRAS DÍSCOLAS

Ana Oramas

            En medio de tanta verborrea, hemos olvidado qué sea la educación, la ética y la decencia; los debates parlamentarios, por desgracia, discurren como esos programas de la telebasura en los que todos gritan y nadie suelta una sola palabra que tenga sentido. A Zalabardo y a mí nos conmovió el miércoles pasado ver cómo a una diputada canaria, siento no saber su nombre, se le quebró la voz y el llanto no le permitió pronunciar con serenidad un discurso en el que denunciaba el olvido por parte de los diputados de la tragedia y los muertos para entregarse a una rastrera carrera de insultos personales y búsqueda de réditos políticos antes que soluciones para la pandemia. Su intervención nos pareció el único momento sensato de la sesión
            En tal estado, no viene mal encontrar algo de alivio en lecturas como El infinito en un junco, interesante ensayo de Irene Vallejo sobre la vida del libro, el paso de la oralidad a la escritura, el lenguaje y las palabras, en fin. Hay un breve capítulo, casi todos lo son, dedicado a las que ella llama palabras díscolas. Habla de Arquíloco, poeta-soldado que vivió en el siglo VII a.C. (¿se inició en él, por casualidad, el largo debate sobre las armas y las letras?) autor de poemas antibelicistas, aparte de otras cosas, en un tiempo y una tierra en los hombres eran educados para la guerra.
            Irene Vallejo nos dice que, con él, “por primera vez la escritura se alía con las palabras díscolas, irreverentes, que chocan contra los valores de la época”, que “usó un lenguaje franco, sin tapujos, hasta rozar la brutalidad”. Tal vez contra él pudo emplearse uno de los insultos mayores que se podía lanzar en su tiempo contra alguien: arrojaescudos, que señalaba a quien, en la batalla, abandonaba su escudo y huía para salvar la vida si la situación era desesperada.

           De entonces a hoy esas palabras díscolas no han faltado en los escritos, Arquíloco mostró que ciertas palabras, broncas, duras, también tienen cabida en la literatura como la tienen en la vida diaria. Lo que sucede, le digo a Zalabardo, es que todo, hasta las palabras díscolas, fuertes, tienen su momento y su medida, no pueden usarse indiscriminadamente y sin motivo. Y hoy, lamento tener que insistir en el juicio, nuestro Parlamento se está convirtiendo en un follaero de pavas insufrible.
            En el año 1994, Cecilio Garriga, profesor de la Universidad Rovira i Virgili, de Tarragona, publicó en la Revista de Lexicografía un ensayo titulado Las marcas de uso: el despectivo en el DRAE, donde recoge, tras un detallado estudio, más de trescientas palabras que el diccionario académico marca como despectivas, ya que la marca insulto no aparece en él. Y es que el insulto no está tanto en la palabra como en el tono e intención con que se pronuncia. Y leo otro ensayo, este de Dolores Soler-Espiauba, que se titula El habla de los políticos. Del eufemismo al insulto pasando por el (buen o mal) talante. De esto último trata.
            Ambos estudios recogen multitud de palabras (y a veces, expresiones) que pasan a sentirse ofensivas, aunque en su origen no lo sean. Por ejemplo, el torero Palomo Linares se sintió insultado porque Paco Camino lo llamara muchacho, ‘persona que se halla en su juventud’. Destripaterrones, ‘jornalero que cava la tierra’, se convierte en insulto si se lo decimos a quien consideramos ‘falto de conocimientos o aptitudes’. Y hace unos días pudimos oír a un vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias llamar en tono de desprecio marquesa (como si eso fuera malo) a la portavoz del PP.
            Quiero decir, le aclaro a Zalabardo, que la naturaleza de estas palabras que podríamos considerar díscolas es muy variada. Utilizamos un despectivo para señalar a quien no cumple de modo debido, carece de habilidad en sus funciones o se distingue por una cualidad negativa. Así, es politicastro el político que actúa con fines rastreros; leguleyo, picapleitos o tinterillo, el abogado desconocedor de su oficio, falto de ética o más hablador que efectivo; buchipluma y cantamañanas, quien solo promete y nunca cumple; el militar con inclinaciones a interferir en el quehacer político es un espadón; la persona cuya religiosidad no pasa de los gestos y de dejarse ver por las iglesias es un beato, meapilas, rapavelas o tragahostias; jesuítica o frailuna llamamos a la conducta hipócrita y disimulada; un mal periodista es un gacetillero, plumilla o juntaletras; cagatintas o chupatintas es el funcionario incapaz de realizar un trabajo que no sea rutinario; quien, careciendo de méritos, adopta actitudes de maestro y presume falsamente de conocer un tema se convierte en dómine; el escritor al que se le niega calidad es un escritorzuelo o un plumífero; y, para no cansar más, marisabidilla o bachillera es la mujer que presume de conocimientos que no tiene.

           Se olvida con frecuencia que todo requiere clase y elegancia. Luis Landero escribió que los mensajes de nuestros políticos son muy pobres y están logrando el abaratamiento del lenguaje. Y creo que tiene razón, porque no es ya que nuestros representantes públicos hablen mal —¡qué aburrimiento la oratoria de Adriana Lastra, portavoz del PSOE en el Congreso!—, sino porque hasta para insultar les falta categoría. Al expresidente Zapatero se lo acusó (tendría que buscar ahora quién lo hizo) de mandato ilegítimo comparándolo con Pavía entrando a caballo en el Congreso o Tejero pistola en mano. Felipe González aludió una vez a la larga lengua del insulto y las patas cortas de la mentira. Y, cuando oyó que la llamaban marquesa, Álvarez de Toledo se revolvió furiosa llamando a Iglesias hijo de terrorista, como si una cosa tuviera algo que ver con otra. El mismo Iglesias entró en política calificando a todos los que ella se dedicaban de casta despreciable y solo ha necesitado entrar en ese "club de los selectos" para olvidar el término. Al presidente Sánchez lo han llamado, con desvergonzada falta de ética, asesino y enterrador como si la culpa de la covid-19 fuera suya.
            Y es que nuestros políticos de hoy tienen una lengua muy larga para un catálogo escaso de insultos: traidor, irresponsable, bolivariano, corrupto, ilegítimo, okupa y poco más. Lo peor es que mientras los van soltando como quien pasa las cuentas de un rosario, son incapaces de hilar un discurso atrayente. Por eso nos conmovieron tanto las lágrimas de la diputada canaria: “Mientras aquí se insultan, se odian, se enervan las pasiones, ahí fuera hay gente en las UCIs que están debatiéndose entre la vida y la muerte”, es lo poco que dijo antes de echarse a llorar. Me recuerda Zalabardo que su nombre es Ana Oramas. Y pensamos que sí, que sobran palabras díscolas y faltan argumentos coherentes.

sábado, mayo 30, 2020

EL HIMNO DE ESPAÑA

Bandera de Juana la Loca y Felipe de Anjou

            En agosto de 2013, en esta Agenda apareció un apunte titulado La tiranía de algunos símbolos, donde insistía sobre la convencionalidad de los signos, el valor que realmente tienen y la necesidad de que nadie se apropie de ellos de manera indebida. Charles Saunder Pierce explica muy bien lo que es un símbolo y qué lo diferencia de otros signos semejantes. Indicios, iconos y símbolos expresan una relación entre dos elementos. El indicio se basa en un razonamiento de inferencia (humo/fuego); el icono reproduce aquello a lo que se refiere (retrato/persona retratada); en cambio, el símbolo es una mera convención, si queremos, caprichosa (balanza/justicia).
            En diferentes lugares se nos dice que los símbolos de España son la bandera, el escudo y el himno. Rastrear su procedencia no es algo demasiado complicado. Más lo es aceptarlos como lo que en verdad son. Esos símbolos nunca fueron representación de territorios ni naciones. Tuvieron su origen en los vexilos, estandartes rígidos o guiones, que usaban los legionarios romanos para reconocerse, costumbre que continuarían los visigodos. Tal como se entienden hoy, paños rectangulares unidos a un astil, las banderas, proceden de oriente y las trajeron a España los musulmanes. Zalabardo que Rodrigo Caro, comentándolos en su Antigüedades y principado de la ilustrísima ciudad de Sevilla y Chorographía de su convento jurídico, de 1634, afirma que significaban como hazen ahora Reyes, señores y Cavalleros. Nunca representaban a un territorio o naciones. Eso fue una convención posterior.

Bandera en tiempos de Felipe II
            Y el símbolo se inventa. Miremos si no la bandera de España y sus cambios. Tras los Reyes Católicos, fue blanca con la cruz de Borgoña, porque Felipe el Hermoso ostentaba ese ducado. Felipe II, cambió el fondo blanco por amarillo. La casa de Borbón recuperó el blanco y añadió sus armas reales, aunque solo se utilizaba como enseña de la Marina hasta que Carlos III, avisado de que nuestros buques se confundían con los de otros países que usaban el mismo color, convocó un concurso para un nuevo diseño. Entonces aparecieron el rojo y gualda en franjas horizontales. En 1793, se extendió su uso también para el Ejército de Tierra. Y, para no alargar, digamos que hasta 1908 no fue obligatoria su presencia en edificios públicos en fechas señaladas.
            Me pide Zalabardo que pasemos al himno, dado que un amigo común nos ha emplazado a dar nuestra opinión sobre algo que últimamente está circulando en las redes: ¿es el himno de España una melodía andalusí que se remonta al siglo XI? Zalabardo, amante de la rica cultura arabigoespañola medieval, acepta gustoso el encargo.
            Al Ándalus poseía una rica producción poética y musical y un alto grado de tolerancia, lo que permitía la fusión entre las diferentes culturas (árabe, cristiana y judía). Tantos siglos de relación propiciaron la aparición de comunidades mixtas: mozárabes, mudéjares, moriscos… La interculturalidad era un hecho y su influencia en las manifestaciones culturales de los siglos siguientes innegable. A la moaxaja, composición poética en árabe clásico, no tardaría en sumársele un colofón o especie de estribillo, la jarcha, poemita popular escrito en mozárabe, que era una lengua romance. En la misma fuente beben los zéjeles y villancicos castellanos posteriores.
Bandera de la Casa de Borbón
            Tal vez no sea casualidad que el himno de España sea uno de los solo tres en el mundo (junto al de San Marino y el de Bosnia y Herzegovina) que carezca de letra. La razón pudiera estar en lo que sigue. Se recoge por vez primera, con el nombre de Marcha de los Granaderos, en el Libro de las Ordenanzas de Toques de Pífanos y Tambores, redactado por Manuel Espinosa de los Monteros en 1761, aunque este señor no fue su autor, como algunos dicen, y tampoco lo compuso, como pretenden otros, Federico II de Prusia, para regalárselo a España. Su procedencia, según indicios, es anterior.
            ¿De dónde viene, entonces, ese himno? Entre los siglos IX al XV floreció un estilo de música andalusí de tal calidad que no solo influyó sobre toda la música peninsular, sino que alcanzó a Francia y a Italia y, algo después, se extendió por todo el norte de África. La muestra más destacada de esta música es la llamada nawba o nuba. Su creador, según el portal Música Antigua, fue un ilustre músico persa llamado Ziryab que, envidiado por su maestro Al-Musuli, tuvo que abandonar la corte persa y acabó estableciéndose en la Córdoba de Abd al-Rahman II. Allí creó una escuela de música y se le atribuye la creación del laúd.
            La nuba, que significa ‘turno’, tiene una estructura peculiar: forma como un rosario o collar en que cada cuenta sería una canción. El número de canciones es variable, pero, y esto es importante, siempre posee una introducción solo melódica, sin letra, llamada tawashyya, que se interpreta a modo de saludo. Entre los tipos de nubas que han llegado a nosotros destaca la nuba al-Istihal, atribuida por algunos a Ibn Bayya (Avempace), autoría que otros niegan.


Bandera tras Carlos III
           En 2006, el poeta, músico y profesor cordobés Antonio Manuel publicó un artículo en El día de Córdoba en que, por primera vez, que yo sepa, se relacionaban las nubas con el himno de España. Cuenta que, escuchando la nuba al-Istihal grabada por Eduardo Paniagua y Omar Metioui, le llamó la atención la semejanza entre su tawashyya, introducción, y nuestro himno. Al parecer, otro musicólogo, el guitarrista Chapi Pineda, insistió poco después en la misma opinión. Antonio Manuel, nos dice, se sintió sorprendido en un viaje a Tánger al ver que esa tawashyya era comúnmente empleada a modo de saludo y que fue el musicólogo tunecino Amin Chachoo quien le explicó que era una pieza instrumental que solía preceder a las estrofas cantadas.
            Las conclusiones a que llega este cordobés son simples: la composición era muy conocida en la España medieval, hasta el punto de que hay versos muy semejantes entre la canción 4 de la nuba  al-Istihal y la cantiga 42 de Alfonso X; Espinosa de los Monteros debió conocerla, la instrumentó y la incluyó en su Libro de Ordenanza de Toques… como Marcha de los Granaderos, que interpreta como confusión con Granadinos; por decreto de Carlos III pasó a llamarse Marcha Real, porque se usaba en los actos en que aparecían los reyes; por ser una composición solo instrumental, aquella “marcha” carecía de esa letra que echamos en falta; que después haya habido tropecientos de intentos de ponerle letra, sin que ninguno de ellos triunfe, prueba que nunca en su composición hubo idea de que la tuviese.
            En consecuencia. La opinión que se nos pide acepta que nuestro himno puede perfectamente proceder de esa melodía medieval andalusí. La idea no es descabellada. Eso sí, nos revienta que haya quienes se apropien de este, como de los demás símbolos, como si fuesen una propiedad privada. Los símbolos, en definitiva, o son de todos o no son de nadie.