martes, noviembre 24, 2009


CERCA DE LAS ESTRELLAS

En las cumbres de Sierra Nevada, ya a tiro de piedra de la cima del Veleta, sobre la llamada Loma de Dílar, en la cota de los 2896 metros, se alza el Observatorio de Sierra Nevada, dependiente, no sé si a partes iguales, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y del Instituto Astrofísico de Andalucía. Este pasado sábado tuvimos la suerte de visitar sus instalaciones y de conocer con detalle su función. Esta vez, Zalabardo no nos acompañó porque a él las alturas le dan un poco de yuyu.

La carretera de Sierra Nevada, como creo que bien se sabe, es la más alta de Europa, atraviesa la sierra casi por la cima misma del Veleta y desciende luego, por el otro lado, hacia Capileira y la Alpujarra. Pero esta carretera, aparte de que se encuentra intransitable la mayor parte del año, está vedada a partir del Llano de la Virgen a los vehículos privados y solo abre su valla para los vehículos oficiales de la estación de esquí o los de los observatorios, pues aparte de este del que hablo, un poco más abajo está también el radiotelescopio, que es de titularidad alemana. Por tanto, nos habíamos citado en el aparcamiento del ya vetusto Albergue Universitario, donde seríamos recogidos por un todoterreno del Instituto.

El Observatorio es, arquitectónicamente, una construcción muy simple: un prisma cuadrangular irregular distribuido en un semisótano y dos plantas. En la parte superior, una a cada uno de los lados mayores, dos bóvedas, una de cinco metros y otra de ocho, cobijan los telescopios, uno de 0,90 m. de apertura y otro de 1,5 m. Aparte de las estancias reservadas a su función científica, el edificio dispone de un salón-comedor con radio y televisión, una biblioteca, una cocina y dormitorios para quienes allí trabajan.

Aunque las tareas de observación astronómica ya se realizan casi todas desde Granada, a través de Internet, en la sierra deben permanecer de manera continuada integrantes del servicio de mantenimiento y algún astrofísico, todos ellos con la misión de que el Observatorio esté siempre en perfecto estado de funcionamiento y puedan trabajar sin problemas quienes se encuentran cómodamente instalados abajo, en la ciudad.

El sábado, los visitantes fuimos amablemente recibidos y atendidos por dos de esta personas, José Luis, sobrino mío, que nos había gestionado la visita, y Víctor, astrofísico del Instituto. No voy a repetir aquí todo lo que nos enseñaron y explicaron; primero, porque no sé si sería capaz de reproducir con exactitud cuanto oímos y vimos. Segundo, porque aquello es más para ver que para contar. Eso sí, todo resultó del máximo interés, lo que hace ya de principio valiosa la visita.

Sí me gustaría dejar constancia, más que del interés científico del Observatorio, de su vertiente humana. Trabajar allí requiere, primero, mucho amor a la montaña, pues durante la mayor parte del año las condiciones meteorológicas son adversas: frío, fuertes vientos, tormentas, grandes nevadas. Para una visita como la nuestra, se requiere que acompañen las condiciones atmosféricas. Cuando no hay nieve, el todoterreno puede subir y bajar al personal por pistas que difícilmente aguantan este nombre (el sábado, para inquietarnos un poco, José Luis nos hizo subir por unos barrancos de increíble pendiente). Menos mal que, en la bajada, Víctor nos llevó por el camino "normal". Pero cuando el invierno llega, que aquí llega pronto, aunque este año se esté retrasando como en todas partes, hay momentos en que ni el coche ni las motos de nieve son efectivas y no queda más remedio que moverse con esquís. Y eso, cuando el edificio no queda medio sepultado por la nieve y el aislamiento es total.
En previsión de tal circunstancia, el Observatorio dispone de un almacén de alimentos para una larga temporada, pues no son raras las ocasiones en que no es posible salir ni llegar a él durante una quincena o más. Por eso, para trabajar allí, se requiere, en segundo lugar, mucho amor a la profesión. Y tener una cabeza muy bien amueblada para soportar el encierro cuando la ocasión llega.
Lo mejor de todo, siendo todo interesante, fue la gentileza de José Luis por prepararnos la visita y la de Víctor por explicarnos todo con un increíble lujo de detalles. A propósito, Víctor no solo es un pozo de sabiduría astrofísica, y de otras materias, sino que es un gratísimo conversador y un catálogo andante de anécdotas de todo tipo. De todo ello pudimos disfrutar tanto arriba como abajo, en el Albergue Universitario, mientras dábamos cuenta de la paella que habíamos encargado. Si no hubiera sido por su miedo a las alturas, Zalabardo habría disfrutado tanto como nosotros.

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