domingo, mayo 24, 2020

¿SECUELAS DE LA COVID-19?


            El lenguaje es un valiosísimo instrumento, más que ningún otro, para organizar nuestro pensamiento y poder transmitirlo a los demás. Lo he hablado muchas veces con Zalabardo. Pero, como cualquier instrumento, valga en un simple martillo, podemos utilizarlo bien o mal. El bello mueble que contemplamos debe más a la pericia del ebanista que lo hizo que a la cantidad y calidad de sus herramientas. Que nadie olvide esto.
            Un claro pensamiento, es lo que pretendo decir, se manifestará mejor mediante un lenguaje que todos elogien. Pero que nadie crea que, por la mera circunstancia de poseer la facultad de hablar, conseguiremos que nuestras ideas sean más claras y más valoradas.
            Ese principio me ha llevado siempre a defender que un buen pensamiento, apoyado en un adecuado lenguaje, ayuda al progreso de una sociedad; pero jamás triunfará el proceso opuesto: una sociedad no cambiará porque nos limitemos a modificar el lenguaje manteniendo ideas banales. Aunque muchos lo intentan, ya sea mediante intimidación o por pura imposición.
            Estos días en que estamos asediados por un coronavirus y en los que, en momentos, llegamos incluso a temer que acabaremos vencidos, pueden servir de ejemplo para lo que digo. Porque estos días, repito, nos hemos topado bastante con palabras y conceptos que teníamos olvidados o contemplamos cómo se recurre a otros que no conocemos.
            Zalabardo, como siempre, solicita ejemplos. Y procuro dárselos. Hemos comprendido la diferencia entre epidemia y pandemia. Una epidemia es una enfermedad que se propaga durante un tiempo en un país, afectando de manera simultánea a un gran número de personas; en cambio, una pandemia, así lo entiende la OMS, es la propagación a gran velocidad y a escala mundial de una nueva enfermedad. De hecho, la OMS no ha hablado de pandemia ahora hasta que se han dado casos en los seis continentes y en más de 100 países.

           ¿Desconoce alguien lo que diferencia a coronavirus de Covid-19? Los coronavirus forman una gran familia de virus que pueden ocasionar afecciones respiratorias. Pueden ir desde un simple catarro hasta un SARS (Severe Acute Respiratory Syndrome, ‘síndrome respiratorio agudo grave’). La covid-19 (ojo, el término es femenino) es el acrónimo de coronavirus disease 2019, ‘enfermedad provocada en 2019 por un coronavirus’.
            Del mismo modo debe haber quedado claro que la cuarentena, el simple confinamiento para prevenir la enfermedad, carece de tiempo determinado. Asociarla con cuarenta días no tiene ninguna base científica; es algo que nació en Venecia, en el siglo XIV, cuando se creyó que un confinamiento de cuarenta días libraba de la peste negra.
            En este rastreo de palabras, se me viene a la boca y a los oídos, le digo a Zalabardo, el neologismo infodemia. La propia OMS utiliza ya desde hace años infodemic para referirse a un exceso de información acerca de un tema, mucha de la cual son bulos o rumores que dificultan que encontremos fuentes y orientación fiables cuando las necesitamos. Pero, entre nosotros, es palabra nueva. Fundéu nos aclara que infodemia es un neologismo válido que señala la sobreabundancia de información (alguna rigurosa y otra falsa) sobre un tema. Por desgracia, se ha instalado bien.
            Otros casos que son diferentes, pues muestran un pensamiento descuidado, una falta de reflexión que nos empuja a crear un lenguaje distorsionador de la realidad de la que queremos hacer mención. Le pongo a Zalabardo algunos casos. Por ejemplo, es correcto hablar de escalada cuando nos referimos al aumento de contagios por una enfermedad. Pero, si como parece, empezamos a ponerle freno, ¿por qué hablar de desescalada si, en español, lo opuesto a escalada es descenso? Otro caso. El presidente Sánchez, cuando su gobierno decidió hacer frente a la pandemia, con un poco de retraso, esa es la verdad, nos exhortó a un comportamiento disciplinado que nos llevaría a una nueva normalidad. Imagino que él o algunos de sus asesores recordaron la promesa del presidente Roosevelt sobre un new deal, un nuevo trato, una intervención para luchar contra los efectos de la Gran Depresión. Pero lo que la covid-19 nos ha robado a los españoles, y a otras muchas personas de todo el mundo es precisamente la normalidad, nuestra vida ordinaria habitual. Y, pienso, lo que queremos es que esa normalidad perdida se restablezca, no que nos inventen una nueva.
            A partir de ejemplos de este tipo, surge el llamado efecto contagio. Por eso alguien ha escrito sobre la aspiración a una nueva inmunidad. Tenemos un sistema inmunitario que defiende a nuestro organismo contra los ataques de elementos patógenos. La inmunidad puede ser innata o adquirida (por ejemplo, con vacunas), puede fortalecerse o debilitarse, pero no hay que inventar ninguna inmunidad nueva.

           ¿Y qué es eso del paciente cero? Carlos Rodríguez, matemático, poeta, fotógrafo y, sobre todo, persona cabal y amigo, nos podría hablar mucho sobre el cero. Yo, que conozco menos su esencia, me quedo con que, en el lenguaje, cero expresa ausencia, valor nulo; equivale, por tanto, a nadie, nada, ninguno… Llamar paciente cero al primer ser humano infectado por el virus, foco irradiador de la enfermedad, bien que a su pesar, me parece un error. No existe un paciente cero. Bien está que se hable, por ejemplo, de tolerancia cero ante algo, porque supone la no tolerancia. Pero hablar de un paciente cero es como cuándo se discutió en qué año comienza un siglo. Quedó suficientemente demostrado en su día, supongo, que cualquier siglo comienza en un año 1 (1801, 1901, 2001…), por la sencilla razón de que no existe año 0. Es posible hablar del año 1 de una era o del año 1 anterior a esa era; pero nunca de año 0. Tampoco hay, pues, un paciente 0.
            Pero peor que dedicarse a sugerir nuevos significados o inventar nuevas expresiones es dar patentes pruebas de un desconocimiento supino de la lengua que usamos. Buscando asegurarse el voto positivo para aprobar el mantenimiento del estado de alarma, el gobierno de Sánchez firma un documento con EH Bildu en el que se compromete a la derogación íntegra de una ley anterior. Si derogar significa ‘dejar sin efecto una norma vigente’, ¿a qué viene eso de íntegra? O se deroga una norma, o se derogan algunos aspectos de una norma. En cualquier caso, lo de íntegra sobra.
            La covid-19 podrá dejarnos secuelas, pero confiemos en que ninguna afecte a la corrección del lenguaje.

sábado, mayo 16, 2020

…PARA ACABAR EN EL PUNTO FILIPINO



           Iniciaba el apunte anterior aludiendo a la pequeñez del punto y su amplio campo significativo. Le aviso a Zalabardo que no voy a exponer al detalle ese campo por considerarlo innecesario. Usamos puntos en la confección y el tejido, en medicina, en ortografía, en medidas, en geometría, indican momento, lugar u ocasión, valoración en una escala, marca de prestigio, etc. Así se dan puntos en una herida o se hacen labores en punto de cruz; existen el punto y seguido, el punto y aparte o el punto redondo (final); calzamos un zapato de 38 o 40 puntos, empleamos un tipo de letra de 12 puntos; antes se llamaba puntos a la ayuda familiar y punto es la mínima unidad geométrica, que carece de dimensión, de área, de volumen, de longitud, etc., pero hace falta una sucesión de ellos para tener una línea o lo llamamos centro si es el punto interior equidistante de cualesquiera otros de una superficie o cuerpo…
            En atención a lo dicho entendemos expresiones como estar a punto, llegar a punto, estar en su punto, hacer algo a punto, ganar puntos, poner punto en boca, ser persona de puntos, no dejar punto sin tratar; no obstante, a veces nos encontramos algunas paradojas, ya que estar en el punto puede significar ‘tener conocimiento de algo’ y, a la vez, en jerga, significa ‘dedicarse a la prostitución’.

            Con poner punto en boca, ‘guardar silencio’ y punto redondo, ‘dar algo por finalizado’ se relaciona un modismo sin origen claro: Lo dijo Blas, punto redondo (en algunos lugares y punto pelota) que alude a que la autoridad de alguien que hace inviable cualquier otra opinión en disputa. ¿Y quién fue este Blas al que tanto se obedece? Distintas versiones leemos y todas poco verosímiles, lo que nos lleva a afirmar que no es más que un personaje paremiológico, uno de esos seres ficticio que la tradición oral ha mantenido en refranes y modismos y a los que se atribuye alguna cualidad, sea esta positiva o negativa: Perico el de los palotes (quien no deja de dar la tabarra), Maricastaña (la que nació antes de que se inventara el tiempo), Pepe Leches (el más cegato del mundo), la Bernarda (pues eso, la dueña del suyo), Abundio (el más torpe o tonto), Juan Palomo (el listillo del grupo), Perogrullo (el que dice lo que todos saben), Lepe (el más listo)...
            En el Vocabulario andaluz de Alcalá Venceslada encuentro punto como ‘puesto de resguardo a la entrada de un pueblo’ y ‘empleado que vigila ese resguardo’, lo que nos lleva al sentido más general de ‘lugar concreto o persona que en él está’. Aunque tenga poco que ver con el objetivo de este apunte, le recuerdo a Zalabardo que, en el siglo XIX, el coche de punto era un carruaje tirado por caballos que podía alquilarse, llamado así por encontrarse estacionado en un lugar, el punto, para quien lo necesitase.
            Pero debe ser un punto diferente el que nos conduzca a punto filipino, definido en cualquier diccionario como ‘pícaro, persona poco escrupulosa y desvergonzada’. El problema se nos despliega cuando queremos saber de dónde viene la expresión. Zalabardo es conocedor de mi búsqueda y de que no he hallado la respuesta definitiva, por lo que todo se sigue manteniendo en el terreno de la hipótesis.

Las Provincias, 11 julio 1888
            Vayamos, entonces, a un punto que he callado hasta ahora, perteneciente al vocabulario del juego: ‘valor de cada naipe por su número o de las caras de un dado’, ‘en algunos juegos, el valor del as de cada palo’, ‘en algunos juegos, valor convencional atribuido a cada naipe’, ‘manos o bazas ganadas en un juego’. Y, también, lo que antiguamente se llamó apunte, ‘jugador que apuesta solo contra la banca’.
            La unión que puede establecerse entre todo ello la encontré anoche en un ejemplar de Las Provincias. Diario de Valencia, de 11 de julio de 1888: Del obrero holgazán, que abandona el trabajo para discutir en la taberna si Lagartijo mata mejor que Frascuelo, sale el espadista y el timador; del señorito de buena familia que consume su patrimonio con las gentes de este jaez, pasando la vida en juergas y diversiones, sale el estafador, el punto de la casa de juego
            ¡Aleluya! Ya tenemos que el punto, ‘individuo que es de poco fiar, que no trabaja, que solo busca un provecho propio sin importarle nada, falto de escrúpulos, asiduo fijo de la taberna o de la casa de juego’. Este punto, que se hace profesional del engaño, de la estafa, pienso que nace del antiguo apunte de las casas de juego convertido, mediante una remuneración, en elemento que incita a otros a jugar. Igual que lo que acontece en timos que aún perduran —el tocomocho, la estampita o el trile— en los que siempre actúa un gancho, un punto, que ayuda en el engaño.

            Pero, ¿por qué punto filipino? García Remiro, en Estar al loro, apunta a Pérez Galdós como creador de la expresión, aunque en otros lugares leo que fue Corpus Barga. En cualquier caso, no he hallado la prueba. Si encuentro que José Jackson Vegán estrenó en 1894 un juguete cómico titulado Un punto filipino, lo que indica que era ya algo corriente. Mª Dolores Elizalde, Josep M. Fradera y Luis Alonso, en una publicación del CSIC de 2001 dicen: La expresión parece haberse originado en Filipinas para referirse despectivamente a los kastilas, es decir, a los peninsulares de ánimo aventurero que iban a Manila a medrar sin esfuerzo.
            No obstante, Luis Alonso Álvarez, profesor de la Universidad de A Coruña, dice que los españoles no trajimos de Filipinas más que el mantón, que es chino, el tabaco negro, el galeón de Manila (buque que hacía el trayecto) y el punto filipino, que, curiosamente, en Filipinas se aplica al ‘mujeriego’, idea que refuerza Juan M. Feliz. Por fin, en la página de la empresa Aaron Traducciones leo que, desde el siglo XVII, era costumbre que algunos delincuentes aceptasen la deportación a Filipinas como forma de destierro para evitar la cárcel. Más tarde, algunas familias optaron por enviar a aquellos hijos díscolos a las colonias para que se buscasen la vida. Unos y otros empezaron a servirse del engaño, estafando a incautos y ambiciosos con deslumbrantes negocios que decían estar radicados en las Filipinas y que, en realidad, no existían. De esta forma, esos puntos, vividores, holgazanes, sablistas, acabaron por crear el poco ilustre subgrupo de los puntos filipinos.

sábado, mayo 09, 2020

EMPECEMOS PONIENDO LOS PUNTOS SOBRE LAS ÍES…

Alfabeto latino clásico

            El punto es algo muy simple, una mínima marca que puede hacerse tan solo marcando con un punzón. ‘Señal de dimensiones pequeñas, ordinariamente circular, que, por contraste de color o de relieve, es perceptible en una superficie’, dice el DLE, que llega hasta cuarenta y tres acepciones más. No obstante, da un resultado sorprendente si buscamos expresiones en las que aparezca: ser un punto, tener algo su punto, estar a punto, encontrarle el punto a algo, punto en boca, punto redondo, y punto pelota…, sin olvidar quizá las que mayor atractivo tienen: poner el punto sobre las íes, lo dijo Blas, punto redondo y ser un punto filipino, que nos hacen pensar en sentidos en los que quizá antes no habíamos reparado.
            Pido a Zalabardo que, a la vista de lo dicho, seamos razonables y comencemos poniendo los puntos sobre las íes, que el DLE define: ‘determinar y precisar algunos extremos que no estaban suficientemente especificados’; o sea, ‘aclarar algo que puede no estarlo tanto’. ¿De dónde viene eso de poner los puntos sobre las íes? Algunos sostienen que la expresión surgió en el siglo XVI, pero trato de hacer ver a Zalabardo que su antigüedad es mayor. No porque lo diga la Academia Andaluza, centro de enseñanza de español con sede en la bella población gaditana de Conil, sino porque una revisión, aunque ligera, de la historia de nuestro alfabeto así nos inclina a creerlo.
 
Equivalencia entre mayúsculas y cursivas
          
El alfabeto latino, uno de los sistemas de escritura dominantes en el mundo, tuvo su origen en la adopción y adaptación de la variante occidental del griego por parte de los etruscos, allá por el siglo VII a.C. En el llamado latín arcaico constaba solo de 21 letras y, ya en torno al siglo II a.C., se transformó en lo que conocemos como latín clásico, con 23 letras. La caligrafía más conocida y extendida es la que recibe el nombre de lapidaria, por su empleo en columnas, estelas, lápidas y monumentos de todo tipo. Eran letras solemnes, de trazo claro y semejantes a las actuales mayúsculas.
            Pero, aparte de esas inscripciones que conocemos por los monumentos, el latín se escribía en soportes de menor firmeza que las piedras; funcionarios, mercaderes, escolares, necesitaban una escritura de trazo más fácil y más ágil. En un primer momento, para textos importantes que requerían cuidado y elegancia, se recurrió a la letra llamada uncial, casi idénticas a las mayúsculas, aunque sobre caja baja; algo semejante a lo que hoy llamamos versalitas. Hacia el siglo I aparecieron las que hoy llamamos minúsculas: la cursiva romana antigua y, más tarde, en el siglo III la cursiva romana nueva, que es la que se usó durante todo el Bajo Imperio y gran parte de la Edad Media, base de las escrituras visigodas, carolingias y otras.
 
Folio 72r de las Glosas Emilianenses
          
Pero esta cursiva romana nueva, muy fácil de escribir y manejar, presentaba un problema no pequeño al que, antes o después habría que darle solución: si en una palabra confluían dos íes, cosa no rara en latín, ιı (ojo, la i latina no tenía punto) se podían confundir con la u, de trazo muy semejante. Y, en latín, y le doy pruebas a Zalabardo sobre un breve fragmento de la Eneida de Virgilio, tal posibilidad no es rara: Tyrιι, Iudιιs, medιιs, ιmperιιs, spolιιs, ιιt, alιι, socιιs… (palabras todas ellas que hoy transcribimos como Tyrii, Iudiis, imperiis, etc.). Estas confusiones se irían haciendo cada vez más frecuentes en quienes no tuviesen un conocimiento claro de la lengua latina.
            El deseo de evitar la confusión, hablamos de tiempos en se escribía a mano, pues ni existía la imprenta, ni las máquinas de escribir, ni nada de eso, agudizó el ingenio de quien pensó en poner una marca que caracterizara a la ι, es decir, que pusiera el punto sobre las íes para evitar equívocos. Naturalmente, todo esto se hizo con bastante inseguridad y sin un criterio uniforme. Cada zona, cada monasterio, cada copista, tenía el suyo y la regularización fue un proceso lento.


           Le pido a Zalabardo que tenga la paciencia de repasar conmigo algunos textos antiguos. El  Beato de Liébana, que, escrito hacia el siglo VIII, pero conservado en una copia de finales del XI o comienzos del XII, respeta la cursiva romana y permite ver formas como ɑudıuı, en lugar de audiui. Igual sucede con los Cartularios de Valpuesta y las Glosas Emilianenses fechados en torno a los siglos IX y XI. En ellos podemos leer, por ejemplo, en Valpuesta, alιquιι en lugar de aliquii, y en las Glosas, cuι est honor et Imperιữ, en lugar de cui est honor et Imperiữ. Gonzalo de Berceo, ya en el siglo XIII, en la estrofa de todos conocida del comienzo de su Vida de Santo Domingo, escribe paladιno, veʒιno, latιno y vιno. Sin embargo, el Cantar de Mio Cid, compuesto hacia 1200, pero que nos ha llegado en una copia del siglo XIV, muestra que ya alguien se había decidido a poner los puntos sobre las íes, puesto que encontramos aguiiauã (aguijaban), guiſa (guisa) o caſtiello (castillo).
 
Cantar de Mío Cid
          
Por fin, la llegada de la imprenta impone el empleo de la i minúscula tal como hoy se conoce de manera definitiva. La Gramática, del andaluz Nebrija, impresa en 1492, comienza: Cuando bien comigo pienſo mui eſclarecida Reina… Y la Biblia Políglota Complutense, compuesta entre los siglos XV-XVI, desde su prólogo utiliza palabras como beatiſſime, impreſoriis, formis, linguas, aparte de una extraña vniuſcuiuſque (‘todos y cada uno’), que a la manera antigua hubiese sido unιuſcuιuſque. ¿Imaginas —pregunto a Zalabardo— el trabalenguas que hubiese sido esa palabra, escrita a mano, para alguien no muy ducho en latín?
 
Gramática castellana de Nebrija
 
Biblia Políglota Complutense
         
Como la ración de hoy me parece más que suficiente, sugiero a Zalabardo que dejemos para la próxima entrega la explicación de otros puntos.

sábado, mayo 02, 2020

LA NORMALIDAD QUE QUIERO



           Cuando oigo o leo que me ofrecen algo nuevo —en política, en cosmética, en vestimenta, en electrónica, en arte…— sin explicar qué es, no puedo evitar echarme a temblar; imagino que me dicen que lo anterior era malo y, en consecuencia, asumo que me engañaban cuando lo alababan. Recuerdo, le cuento a Zalabardo, que en la Universidad de Granada tuve un profesor de quien guardo grato recuerdo, don Antonio Llorente, que dedicó parte de sus clases a contarnos cómo los gramáticos de la antigüedad se enzarzaban en disputas tales como la de si, en la lengua, predominaba la analogía o la anomalía; es decir, la regla o la excepción, lo ajustado a norma o lo que se separa de ella. Confieso que no recuerdo que nunca nos dijera quién llevaba razón.
            Me echo a temblar, digo, porque se me vienen a la cabeza los charlatanes que, de tiempo en tiempo, pasaban por mi pueblo, y supongo que también por los demás, ofreciendo el nuevo producto, por lo común venido de Alemania, que solucionaba todos los problemas. La clave estaba, y sigue estando, en el atractivo de ese adjetivo: nuevo, del que se abusa con el falso argumento de que nuevo equivale a mejor y hay que desechar lo viejo.
            Tras la gran depresión, el presidente Roosevelt procuró elevar la moral del pueblo americano con la política que llamó new deal, ‘nuevo trato’ o, quizá mejor, ‘nueva redistribución de recursos’. En general, aquellas medidas estuvieron bien, porque pretendían favorecer a los necesitados, a esos que, antes y ahora, siempre han sido los que han pagado el pato, aunque no se lo coman. Rossevelt llevó a cabo una reforma de bancos, una mejora de la asistencia social, programas de ayuda para el trabajo y la agricultura…

            En España, hacia 2015, comenzó a hablarse de nueva política en oposición, claro está, a la vieja política. La aparición de partidos liderados por gente joven que defendían nuevas ideas y modos de actuación propició su difusión. En diciembre de aquel año, Ignacio Urquizu publicó un artículo, ¿Qué es la nueva política?, con la intención de poner algunos puntos sobre algunas íes. Decía que la realidad nacía de la inevitable confrontación entre una generación que había crecido bajo el paraguas de la dictadura, del que no siempre se había podido liberar y otra que había crecido con los aires de la democracia y no se sentía estigmatizada por el franquismo. Pero, decía Urquizu, esta oposición entre lo viejo y lo nuevo se trazó, como muchas otras cosas, a base de brochazos gruesos porque no se supo, o no se quiso, ver que ni todo lo nuevo es bueno ni todo lo pasado está tan mal. Y se olvidó que tanto la derecha como la izquierda estaban necesitados de una nueva política.

            En julio de 2019, Marisa Cruz escribió otro artículo, La nueva política, un timo a los votantes, para denunciar los defectos de esa política: egoísmo de los líderes, incapacidad para el diálogo e ineficacia en la negociación, ausencia de proyecto ilusionante, oscurantismo y mentiras… Estaría muy de acuerdo con ese diagnóstico, le digo a Zalabardo, si no fuera porque la autora culpa de esos defectos solo a los nuevos Sánchez e Iglesias, lo que lleva a pensar que los nuevos Casado y Abascal permanecían fieles a la auténtica política, es decir, la vieja. Leyendo ese artículo tenía por fuerza que recordar el anterior de Urquizu. Y pensar que, si la nueva política es un timo, que pudiera ser, ni todo lo malo lo representan Sánchez e Iglesias ni todo lo bueno se concentra en Casado ni, por supuesto, por supuesto, en Abascal. Seamos, al menos, objetivos e imparciales.
            En este empacho de novedad mal entendida, ahora nos encontramos, al menos Zalabardo y yo, con que se nos promete la conquista, cuando la crisis sanitaria pase, de una nueva normalidad. Otra expresión para ponerse en guardia. Porque si el new deal prometía arreglar lo que estaba mal, una nueva negociación en el funcionamiento de la sociedad, y la nueva política, bien entendida, pretendía sacudirse los tics de un pasado que deberíamos haber superado, todos, ¿qué nos ofrece la nueva normalidad?
            Si acudimos a un diccionario, veremos que norma es la ‘regla que se debe seguir o a la que se deben ajustar las conductas’. Si vamos a normal, se nos dice que lo es todo ‘lo que se halla en su estado natural, lo que es habitual u ordinario, lo que se ajusta a reglas fijadas de antemano’. Y, por fin, miramos normalidad y se nos dice escuetamente: ‘lo que es normal’.
            No nos cabe duda, no debiera cabernos, de que pasamos por una situación anormal. Pero no porque se contravenga ninguna norma, sino porque la pandemia ha hecho trizas cualquier normalidad. Y me pregunta Zalabardo: ¿Vivíamos antes de la pandemia en una anormalidad para que se nos prometa borrarla de un plumazo y sustituirla por una normalidad nueva?
            Compartimos Zalabardo y yo la idea de que no es momento para inventos, de que no hay que ser como el charlatán que ofrece lo nunca visto, que con recuperar la normalidad desaparecida ya es, por ahora, suficiente. Yo al menos no cifro mi esperanza, y creo que Zalabardo tampoco, en que me regalen una nueva normalidad, sino en que se me devuelva la que me han robado (como a Sabina le robaron el mes de abril), se restañen las heridas que no queden y se busquen los medios para preservarla frente a futuros peligros.

            Si no, puede que nos encontremos ante esa cínica teoría que Tancredi expone a su tío don Fabrizio en El Gatopardo, de Lampedusa: Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi, ‘Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie’. Quedémonos en casa el tiempo que sea preciso, seamos respetuosos con las normas que los expertos sanitarios nos recomiendan, luchemos por vencer la pandemia y encontrar eficaz antídoto contra ella. Pero, por favor, que nadie haga política con el tema, que no nos me pinten panoramas apocalípticos ni nos ofrezcan nuevas normalidades cuya naturaleza desconocemos. Solo queremos recuperar la que, no hace tanto, disfrutábamos. ¿Es mucho pedir?

domingo, abril 26, 2020

LA OBSESIÓN POR LOS NOMBRES


            Suele decirse que lo que no tiene nombre no existe. Quizá por eso, una de las primeras cosas que nos cuenta el Génesis es cómo Adán ponía nombre a cada cosa; y el evangelio de Juan comienza recordándonos que no hubo nada antes de la palabra. Más cercano a nosotros, Juan Ramón Jiménez escribió: Yo he acumulado mi esperanza / en lengua, en nombre hablado, en nombre escrito; / a todo yo le había puesto nombre. Y poco antes, en el siglo XVIII, Feijoó advertía de que, para introducir una voz nueva, se necesita destreza, tino sutil, discernimiento delicado; y huir tanto de la afectación como del exceso. Todo ello, sin escandalizarse porque se coja una palabra de otro idioma en caso de carecer de equivalente en el propio, porque siempre será mejor usar una palabra, venga de donde viniere, que tener que recurrir a tres o cuatro para decir lo mismo.
            Zalabardo se siente intrigado viendo que me amparo en tantas fuentes, sin haber declarado todavía qué quiero demostrar, si es que quiero demostrar algo. Le contesto que los autores de las cuatro citas, cuando hablan, o escriben, están pensando en cosas diferentes, por lo que aún me escudo tras una quinta cita, más humilde y, aunque no es literal, bastante certera. Pienso en Berceo y en aquello de: Todo lo anterior es palabrería oscura y confusa; dejemos la corteza y vayamos al meollo.
            Vayamos, pues, al meollo. Leo informaciones que cuentan que la comisión de la RAE encargada del diccionario debate sobre palabras que, en la situación que padecemos, atraen a los hablantes: coronavirus, pandemia, resiliencia, triaje, desescalada, desconfinamiento, mascarilla… Comunico a Zalabardo mi extrañeza por la prisa en tratar algo que, en este momento, considero más competencia de los libros de estilo que de la Real Academia. Bien está que dicha comisión vigile los movimientos de nuestra lengua, que aclare dudas, que analice formas nuevas, que opine sobre su idoneidad… Pero, por mucha curiosidad que levanten estas palabras con que nos asaetean los medios, no creo urgente estudiar la posibilidad de su inclusión en el DLE.

            Y le doy mis razones. La primera es que ese conjunto de palabras es un totum revolutum, un amasijo de términos y conceptos que, tal como van circulando, confunden más que informan. Y no olvidemos que una información descontrolada no suponer mayor ni mejor conocimiento. Un diccionario, como el de la RAE, debiera ser, a mi humilde entender, un instrumento que auxilie a los hablantes en la comprensión de todas aquellas palabras que emplean la generalidad de los hablantes. Los tecnicismos, el vocabulario de una rama o actividad específica, tiene su lugar en diccionarios especializados, de aeronáutica, de química, de términos médicos, de ingeniería, etc. Por ejemplo, el diccionario académico no recoge demultiplexador, tecnicismo de telecomunicaciones, ni trabeculectomía, tecnicismo de la cirugía oftálmica; y nadie se queja por ello. Cuando los necesitemos, los buscaremos en un glosario especializado.
            ¿Entonces, coronavirus?, me pregunta Zalabardo. Y tengo que decirle, puede que me equivoque, que es inapropiado buscarle un significado. ¿Por qué? Porque ya lo tiene. Los coronavirus existen desde hace siglos y la palabra es un término genérico que engloba a conjunto característico de virus cuya forma forjó el nombre. Sin ir más lejos, uno de sus tipos es el que provoca el resfriado común, del que ya nadie se asusta. Con solo consultar la Wikipedia nos enteramos de que, relacionados con enfermedades respiratorias en humanos, hay siete tipos de coronavirus de los que uno es el llamado SARS CoV-2, más conocido por el acrónimo tomado del inglés COVID-19 (COronaVIrus + Disease [20]19), es decir ‘enfermedad provocada por un coronavirus descubierto en 2019’.
            Vayamos a otra palabra: triaje. La explicaba perfectamente Álex Grijelmo hace poco. Es un galicismo antiguo que se viene usando en nuestros hospitales desde mucho antes de esta pandemia. El enfermo que llega a urgencias, pasa por un triaje, una primera exploración de la que depende que se lo envíe a una sección concreta. Es, pues, un proceso de selección, de separación, de criba. En español tenemos el verbo triar, poco usado, que inicialmente significaba ‘dejar las marcas en el suelo por el paso continuado’, pero, por influencia del francés y el catalán, pasó a significar ‘separar, cribar, seleccionar’. ¿A quién no le suena trillar, ‘separar el grano de la paja’, que pertenece a la misma familia? Lo malo es que, ahora, algunos usen triaje para determinar a qué paciente se atiende y a cuál se abandona a su suerte. Mala cosa.
            Veamos desescalada y pico. La dos provocan no poca sorpresa. La palabra desescalada es impecable en cuanto a su forma. El prefijo des- sirve para expresar el proceso contrario a lo que otra palabra indica: cubrir/descubrir, andar/desandar, confinar/desconfinar… Pero si escalar expresa moverse hacia arriba, ¿necesitamos inventar desescalar, para el proceso contrario, que siempre hemos llamado descender o bajar? Es como cuando a acelerar, teniendo tan a mano frenar, oponemos desacelerar.

           Y queda el pico. El más básico diccionario nos dirá que curva es una ‘línea que se va apartando de manera continua de la dirección recta sin formar ángulos’. ¿Puede tener picos una curva? Si la evolución de la enfermedad que nos acosa nos la representan mediante una curva ascendente, todos desearemos que, cuanto antes, la curva deje de subir e inicie un descenso. Mejor eso que decir que ‘llegado a su pico, comienza la desescalada’.
            Le insisto a Zalabardo que no hay que dejarse arrastrar por modas momentáneas, por extraordinarias y dramáticas que sean, ni apresurarse en pedir la entrada de palabras en el diccionario. Las palabras van y vienen, aparecen y desaparecen; algunas tienen vida fugaz. No nos dejemos deslumbrar por una aparatosa escalada que puede acabar, mañana, en el desengaño de una desescalada. Por eso, lo que importa es que los medios de comunicación pongan cuidado y usen un lenguaje accesible y claro para el público. Que la Academia discuta dar entrada a una o cincuenta palabras tiene menos interés. Lo decía Paz Battaner, académica, coordinadora del Diccionario: Los términos científicos tienen mucho interés, pero otras palabras requieren mayor urgencia. No quiere, confiesa, que esas palabras, al poco, pasen a formar parte de lo que ella llama ‘el pozo sin fondo del Diccionario’. Ni que caigan, como dice Álex Grijelmo, en ‘el rincón de las telarañas’.

sábado, abril 18, 2020

EL ADJETIVO, CUANDO NO DA VIDA, MATA (Y EL ORGULLO DE LA ZARZA ARDIENTE)


            A Zalabardo le suena este título y le aclaro que mezclo el Antiguo Testamento y un verso de Vicente Huidobro, poeta chileno que en su poema Arte poética, considerado manifiesto del creacionismo poético escribió: Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra; / el adjetivo, cuando no da vida, mata. Pero, aunque muchos poemas quedan vacíos por el mal uso de los adjetivos, no quiero hablar de eso, sino del cuidado de las palabras.
            Ya Góngora, maestro en estas artes, nos ofreció un atrevido modelo al escribir cómo Amor dudaba si el color de la piel de Galatea era púrpura nevada o nieve roja. El blanco del lirio adornado del rojo de las rosas o al revés. Mucho se ha escrito de esa traslación que eleva el poema a una categoría superior. Frente a esto, hay muchos incapaces que usan mal no solo los adjetivos, sino cualquier palabra y las emplean a destajo creyendo enriquecer lo que, en realidad, empobrecen. En piedra dura, fría nieve, suave seda… no hay sino adjetivos sobrantes. En las primeras veintidós líneas de Espacio, poema en prosa de Juan Ramón Jiménez, hay un único adjetivo, fuga raudal. Podía haber elegido rápida o rauda; pero, como Huidobro, Juan Ramón cuidaba la palabra.
            Que los adjetivos, cualquier palabra, “matan”, no es sino un modo de denuncia que hoy podríamos seguir lanzando cada vez que vemos el descuido con que se habla. Por ejemplo, cuando se usan los colectivos de manera irreflexiva, cayendo en generalizaciones inadmisibles. ¿Se puede aceptar que un político diga que españoles y catalanes estamos llamados a entendernos? No es preciso saber qué es un hiperónimo, palabra que engloba dentro de su significado a otras (deporte lo es de fútbol, tenis. Lo grave es no saber que un catalán es tan español como un gallego o un canario. Como igual de irresponsable es el político catalán que habla de que el pueblo catalán aspira a su independencia, cuando es palpable que, entre los catalanes, unos tienen esa aspiración y otros no. Es falta de cuidado, cuando no consciente mala intención, incluir bajo una forma de pensar o de sentir a todo el conjunto de los individuos que integran el colectivo. No se puede (no se debe) decir que los políticos son…, o que la Iglesia es…, o que los banqueros son…, o que los franceses son…, porque entre políticos, eclesiásticos, banqueros y franceses (como entre bomberos o toreros, hay de todo).

            El error, claro está, no es solo de los políticos. Le comento a Zalabardo mi decepción frente a quienes consideran que “sus palabras” son las verdaderas y únicas válidas. Por ejemplo, los de mi generación fuimos educados en la creencia de que república es palabra que remite a todo lo malo imaginable. Y cuando miro a mi alrededor, surge la extrañeza: ¿son Italia, Francia, Alemania, repúblicas, peores países que España? Otra depravación léxica. En nuestra guerra civil, por ejemplo, aparte de que la República cometiera errores, que los cometió y no pocos, lo que provocó en definitiva su caída fue un golpe de estado de militares desleales (que no eran todos los militares) que, aplaudidos y apoyados por eclesiásticos y no republicanos desleales (que no eran todos los eclesiásticos ni todos los no republicanos) se alzaron contra el gobierno e instituciones legítimos. Los golpistas, es decir, los delincuentes que infringían las leyes, se autodenominaron nacionales. ¿Carecían de nacionalidad española aquellos contra los que se levantaron?
            Cargamos de significados subjetivos las palabras y no reparamos en ello. En la polaridad, para distinguir los terminales de una pila, batería, etc., se habla de polo positivo y de polo negativo.  Es una convención. ¿Significa eso que uno sea mejor que el otro? Si aceptamos otra convención, que blanco y negro son los polos extremos de una gama de color, ¿cuál sería el positivo, el bueno, y cuál el negativo, el malo?
            Llevemos esto a la vida diaria. ¿Por qué se nos fuerza a elegir entre extremos? ¿No hay puntos de encuentro? ¿No es válida ya la máxima de que en el punto medio está la virtud? ¿Por qué tanto unos como otros rechazan a los que no secundan sus extremismos y los llaman grises?
            Sabe Zalabardo que estoy harto de expresiones eufemísticas que solo buscan ocultar lo que en verdad no se atreven a decir: ¿qué es derecho a decidir? ¿Acaso en una democracia el ciudadano no decide mediante su voto? ¿Por qué una recesión tiene que ser una desaceleración? ¿Por qué se habla de esas cosas para no pronunciar la palabra corrupción? ¿Qué clase de estupidez es cambiar la ponderación de los impuestos? Sinceramente, no lo entiendo.
            ¿Y por qué hemos de soportar que, a una sencilla pregunta, alguien responda: “Acerca de lo que dice, entiendo que…” ¿Por qué no dicen opino, creo, juzgo, etc.? Porque entender es de la familia de comprender, deducir o inferir, no de la de opinar, creer o juzgar. Si buscamos en diccionarios generales, hasta 1918 no recoge Rodríguez Navas entender como creer. Y en los diccionarios académicos, hasta 1817 no aparece que pueda usarse entender con el valor de creer, y eso en la séptima de sus acepciones, donde sigue todavía. En el DLE actual leemos: 1. Comprender, deducir, inferir; 2. Tener idea clara de algo; 3. Saber con perfección algo; 4. Conocer; 5. Discurrir, inferir; 6. Tener intención de hacer algo; 7. Creer, juzgar. Miro diccionarios prestigiosos de sinónimos y Gili Gaya, Olivé, Cortina y otros coinciden en que se entienden las palabras y se comprenden los pensamientos.
            Y aquí está el quid de la cuestión. Porque Zalabardo y yo, que somos ya bastante mayores y nos resistimos a dejarnos llevar por algunas modas, cuando decimos entiendo queremos decir que ‘hemos comprendido el sentido de las palabras y el pensamiento de quien nos habla’; y, si decimos no entiendo, manifestamos, con toda honradez, que ‘no hemos captado lo que se nos quiere comunicar’ y agradeceríamos una aclaración. Ni en el primero ni en el segundo caso emitimos juicio, opinión ni valoración de lo que se nos dice. Eso lo haremos, si acaso, cuando se aclare nuestra falta de comprensión.

            La segunda parte de esto es que ese que tanto entiende se enfada, porque da por sentado que sus palabras no admiten duda, si alguien le dice que no está tan claro su discurso. Y adopta la soberbia actitud de ese Dios que, preguntado por Moisés tras el encuentro con la zarza ardiente, lo leemos en el Éxodo: “¿Y quién digo que eres?, ofrece la tautológica respuesta: Yo soy el que soy. Magnífico; ya está todo claro. Hoy, a nuestras preguntas, se nos responde: “Pues ya ha oído usted lo que he dicho” o “No creo que haya nada que explicar”. Lamentablemente, todavía topamos con quienes se siguen creyendo poseedores de una mente y un pensamiento tan lúcido y certero que no tienen que explicar nada. Puede que tengan esa lucidez de pensamiento, pero les falta el rigor de la palabra. Y como no cuidan ese aspecto, no ya sus adjetivos, sino sus nombres y pronombres y hasta adverbios, “matan”.

sábado, abril 11, 2020

FIESTAS, CELEBRACIONES, CONMEMORACIONES

Jesús Nazareno, Osuna

Con el sábado santo enfilamos las últimas horas de esta semana santa. Semana santa extraña, de calles vacías, sin procesiones, sin fiesta, sin celebraciones. Aprovecho para hablar con Zalabardo sobre una circunstancia que suele pasar desapercibida. Que la lengua va cambiando con los años. Su paso puede ser lento, como el de esa hilera de procesionarias (símil adecuado al caso), pero constante, pues, si nos fijamos, la marcha que contemplamos es diferente a la que veíamos hace un minuto.
            Eso pasa con algunas palabras. Estamos convencidos de que su sonido, su grafía, es la misma de siempre; pero, interiormente, han sufrido una profunda alteración de su sentido.
            Veamos, si no, la palabra fiesta. El Diccionario del Español Actual, de Seco, que en bastantes aspectos prefiero al DEL, recoge estas acepciones de fiesta: ‘día en que, por ser domingo o por celebrarse una solemnidad religiosa o civil, no se trabaja’, ‘día en que la Iglesia exalta un hecho o un misterio, u honra de modo especial a Dios, la Virgen o un santo’, ‘día laborable destinado a exaltar algo’, ‘acto destinado a la alegría y entretenimiento de los asistentes’. Hay más, pero vale con esos.
            Si preguntamos a los hablantes, la interpretación más extendida en nuestros días es la que apunta a lo lúdico y alegre. Aunque conviene saber que el sentido primigenio de fiesta nos conduce al terreno de lo religioso. Se ha producido, pues, una traslación significativa grande. Roberts y Pastor, en su Diccionario Etimológico Indoeuropeo de la Lengua Española, nos cuentan cómo la raíz dhes- es la base de un amplio grupo de voces que expresan conceptos religiosos. Por ejemplo, la palabra griega θεός (el deus latino procede de deiw-, ‘brillar’) y toda su cohorte: teísmo, panteón, teocracia, teología… Diferentes sufijos hacen surgir feria, ‘día consagrado al reposo por ser el día de dios’ y ‘mercado que tiene lugar en esos días’ o fiesta, ‘día festivo o de celebración’. Al ser estos días de descanso, los acabamos identificando con la noción de alegría y entretenimiento; la misma raíz indoeuropea conduce al latín fānum, ‘templo’, de donde vienen nuestro desusado fano, y los más modernos fanático, ‘inspirado por furor divino, exaltado’ o profano, ‘lo que está fuera del templo, no consagrado’.
 
N. S. de los Dolores, Osuna
          
No debe extrañarnos, le digo a Zalabardo, que consideremos la semana santa una fiesta, puesto que lo es. Distinto es que muchos la interpreten de manera más profana. Eso explica, pienso, que haya quienes se preocupen más por la no celebración de la festividad que por el problema del coronavirus. Y esta reflexión me lleva a otra: ¿qué es celebrar? Nos hallamos ante una explicación parecida. Dice Seco que es ‘llevar a cabo actos públicos para dar realce a una fecha señalada’. Y, también, ‘dar realce con un acto alegre a un acontecimiento grato’. Para evitar confusiones como la de fiesta, me parecería más adecuado emplear conmemorar mejor que celebrar, ya que, aun siendo sinónimas, la primera añade el matiz de ‘solemnizar el recuerdo de algo’ que no hay en la segunda.
            Porque, vamos a ver, ¿qué es lo que mucha gente ha sentido con la supresión de procesiones y otros actos litúrgicos durante estos días? A Zalabardo y a mí nos gustaría estar equivocados, pero pensamos que lo que más ha dolido es la pérdida de un simple rito, más lúdico que religioso. Porque, vaya esto por delante, la semana santa, como festividad religiosa, no se ha suspendido. Religión, que viene del latín religio, significa ‘atarse, amarrarse fuertemente a algo’ y, también, ‘conjunto de creencias relativas a la divinidad y ritos derivados de ellas’. La religión apunta siempre a la intimidad de cada individuo, es una actitud espiritual, aunque pueda tener a la vez una manifestación social. Pero la creencia de los individuos no tiene que venir marcada por la externidad de un rito.

Stmo. Cristo de Ánimas y Ciegos, Málaga
            La semana santa, concluimos Zalabardo y yo, presenta tres componentes, que tendemos a ver juntos, pero que difieren mucho entre ellos. Hay un componente espiritual, que atañe al sentimiento y a la creencia. En este caso, el católico conmemora, recuerda, la pasión de Cristo, núcleo de su creencia, base de su religión. Nada externo, material, físico, es imprescindible para ese recuerdo.
            Un segundo componente sí tiene mucho de material. El creyente cimenta su fe con unas imágenes, tallas, que representan sus creencias. Solo que, puede observarse, el llamado arte sacro parece escoger sus modelos de los aspectos más macabros, exaltación de la muerte, de ese conjunto de creencias. Bellas imágenes, sí, que se recrean en tétricas escenas.
            Y hay un tercer componente, el lúdico o espectacular. La procesión, el rito de sacar a la calle las imágenes, es un complicado ejercicio de equilibrio entre expresión de una creencia y mera exhibición folclórica. Se cae en la competición de que la imagen que venera mi cofradía sea la más rica, la más admirada, la más lujosa. Se convierten las procesiones en aquellas antiguas superproducciones de Hollywood en la que la grandiosidad de los efectos se anteponía a la historia que se contaba. Para un creyente, en semana santa debería primar el recogimiento y la respetuosa conmemoración; sin embargo, parece predominar la alegre celebración, con todo el bullicio de la verbena. Eso, y no otra cosa, es lo que ha impedido el confinamiento por causa de coronavirus. Debería ser fácil de entender.



sábado, abril 04, 2020

DE LAS INTERPRETACIONES (Y UNA MATERNAL JABALINA)



           Sabe Zalabardo que, según avanzan los días, atiendo menos a los programas de televisión y radio, o leo menos informaciones periodísticas porque me crispa oír tantas y tantas versiones de lo que es la pandemia, tantas y tantas afirmaciones de quienes pretenden convencernos, llenos de orgullo, de que saben de dónde viene todo, qué se tenía que haber hecho para evitarlo, cuál es el camino para salir de lo ya inevitable, y, lo que me parece peor, tal cúmulo de lanzamiento de envenenados dardos contra las jerarquías médicas y políticas, nacionales e internacionales que, a veces desbordados por algo que nadie esperaba ni conocía, intentan sacarnos del atolladero. Quienes así se comportan parecen perseguir el objetivo de obtener un rédito político de la situación, conducta miserable, o buscar un minuto de publicidad para que se hable de sus, no sé hasta qué punto notables, currículos, conducta tan miserable como la anterior. Todo ello, en un momento en el que lo que sería de esperar es la solidaridad para atajar el mal. Luego, si hace falta, ya ajustaremos cuentas.
            Porque, le digo a Zalabardo, tengo la sensación de que nos movemos, o muchos se mueven, en el resbaladizo terreno de las interpretaciones. ¿Y qué es interpretar? Si nos vamos al Diccionario de la Academia, el DLE, encontramos ocho entradas o acepciones posibles de la palabra: 1. Explicar o declarar el sentido de algo. 2. Traducir de una lengua a otra. 3. Explicar acciones, dichos o sucesos que pueden ser entendidos de diferentes modos. 4. Concebir, ordenar o expresar de un modo personal la realidad. 5. Representar una obra teatral, cinematográfica, etc. 6. Ejecutar una pieza musical. 7. Ejecutar un baile. Y 8. Determinar el significado y alcance de las normas jurídicas.

           De estos ocho sentidos de interpretar, me gustaría centrarme en la tercera, la cuarta y la quinta. En la tercera dice que es explicar algo que puede ser entendido de maneras diferentes. Entonces me pregunto, ¿no es posible que alguna de esas formas de entendimiento resulte equívoca? Lo que yo veo de una manera sin duda puede ser visto de otra por cualquier persona. La cuarta señala que interpreta quien trata de ordenar la realidad, entenderla o exponerla según su personal criterio. ¿Qué avala que mi criterio sea el acertado? Y la quinta, por fin, nos relaciona interpretar con fingir. En el teatro, el actor no nos da su imagen, sino la que pretende que veamos, ya se trate de Hamlet o de Segismundo. Y en el cine, ¿cuántas veces hemos visto morir a un actor sin conmovernos porque sabemos que todo es simulación? Hace poco leí una curiosa estadística: la de actores que más veces han muerto en la pantalla. Encabeza la lista el secundario Danny Trejo, con 65 muertes, seguido de Chistopher Lee, con 60. De Trejo recordaré siempre su interpretación en Abierto hasta el anochecer, de Tarantino; en cuanto a Lee, ningún rostro como el suyo encarna en mi mente la figura de Drácula.
            Lo que quiero decir, razono a mi amigo, es que intento limitarme a escuchar solo las versiones oficiales de los hechos, porque no me cabe duda de que se abusa demasiado de las interpretaciones que nacen de un particular modo de mirar y no de la autenticidad de la realidad, que no están contrastadas de un modo pertinente o que, en no pocos casos, son abiertamente falsas. Porque, esto lo deberíamos tener claro, la realidad es la que es y no engaña; nos engañamos nosotros por no analizarla bien o por empecinarnos en distorsionarla para ver algo diferente a lo que ella nos muestra. Sobre este asunto, siempre he considerado magistral (acepto que estoy interpretando) el episodio de los molinos, en el capítulo 8 de la primera parte del Quijote. El caballero descubre, en la vaguedad de la lejanía, lo que le parece que son gigantes; de inmediato, su desbocada imaginación, deformada por la lectura de los libros de caballerías, interpreta que lo que ve son gigantes. Una secuencia perfecta: aparecer-parecer-ser. Sin embargo, si los dos primeros pasos del proceso son perfectos, el tercero es errado. Un hombre sencillo, nada dado a la especulación, Sancho, lo dice: ¿No le dije que aquello que parecen gigantes no son sino molinos? El caballero interpretaba la realidad de acuerdo a unos parámetros falsos que, en su modo de ordenar la realidad, ansiaba que fuesen verdaderos. El bueno de Sancho, simplemente miraba lo que había.

           Así vamos cada día a más y no queremos bajarnos del burro. Las redes sociales, con todo lo bueno que tienen, las utilizan muchos como vehículo para difundir su obstinación en interpretar los hechos sin analizar serenamente la realidad en que se producen. Le pongo a Zalabardo un ejemplo con el que pretendo convencerlo de lo que digo. Esta situación de excepcionalidad que vivimos, nos permite ver situaciones curiosas que se repiten con frecuencia. Por las calles de ciudades semivacías, aparecen animales silvestres que viven confinados en reductos cada vez más pequeños porque el descontrolado crecimiento urbano los ha dejado sin su hábitat natural. ¿Tienen sentido esos carteles que proliferan en algunas zonas masificadas de Málaga y que nos previenen de que son lugares de protección especial porque allí viven colonias de camaleones? ¿Dónde están esos camaleones si no hay ya sino bloques inmensos que han invadido el que debería ser su espacio natural? ¿O por qué las gaviotas anidan en vertederos y acuden allí a buscar su comida? ¿Dónde, si no, irían si no les queda ni un metro de costa donde vivir tranquilas? ¿Buscamos más ejemplos?
            Atendamos a una de estas interpretaciones caprichosas. Por Whatsapp me llega un vídeo que muestra a una jabalina paseando libremente con sus jabatos por las calles, me dicen, de la urbanización Pinares de San Antón, aquí en Málaga. A no mucho tardar, se me repite el mensaje, pero con la corrección de que no se trata de los Pinares de San Antón, sino que el lugar es Monte Sancha. Y tampoco tuvo que pasar demasiado tiempo para que me entrase un tercer mensaje: ni Pinares de San Antón, ni Monte Sancha, ni Málaga. Ese vídeo (del que he extraído algunos fotogramas), ha sido tomado hace pocos días en Italia, en Brescia. ¿La prueba? El reportaje sobre el tema que publica la Gazzetta di Modena y que ilustra con este vídeo y otros semejantes.
            Acabo con una breve nota filológica. Aunque la mayoría de los nombres de animales son epicenos, igual palabra para macho y hembra (foca, avestruz, delfín, ballena, etc.), no faltan algunos que se valen de las marcas normales de diferenciación entre masculino y femenino para nombra al macho y a la hembra (gato/gata, oso/osa, jabalí/jabalina), sin que olvidemos en que hay otros casos en los que para el macho y la hembra se emplean heterónimos, palabras diferentes (caballo/yegua, toro/vaca, carnero/oveja, etc).
            Lo anterior podría parecer que no viene a cuento. Y a lo mejor es verdad, pero no me resisto a exponerlo: la palabra jabalina, ‘hembra del jabalí’, no tiene absolutamente nada que ver con la jabalina, ‘aparato de atletismo’. Jabalí, ‘animal’, procede del árabe gābalí, ‘de monte, montaraz’, mientras que la jabalina del atletismo viene del indoeuropeo ghabholo, ‘horcadura, rama de árbol’, y a nuestra lengua llegó desde el francés javeline, que designaba primitivamente una ‘especie de venablo que se usaba en la caza’, para pasar luego a ser ‘pica empleada en la guerra’. Por fortuna, hoy las jabalinas no se lanzan contra nadie, sino solo con la intención de llegar lo más lejos posible. Confundir una jabalina con otra sería una interpretación carente de sentido.
            Y ya hemos cumplido otra semana de confinamiento. Mucho ánimo, que queda menos para salir de la pesadilla.