sábado, mayo 08, 2021

CUANDO NOS ENSEÑABAN A RAZONAR

 


            El viernes, ese viernes que nació con la dolorosa noticia del incendio de la librería Proteo-Prometeo, observábamos Zalabardo y yo un amanecer velado por un leve manto de niebla y en ningún momento tal visión nos condujo a afirmar que Málaga es la ciudad de la niebla; y menos aún si, al poco rato, un sol —capitán redondo, como dijo Lorca— fue tomando el mando en un cielo de resplandeciente azul.

            Olvidamos en ocasiones que la vida es evolución y que toda evolución persigue un progreso; por eso no entiendo que muchos se mantengan anclados en no sé qué viejas ideas. Siempre he pensado que la función primordial de la educación debe ser ayudar a los alumnos a que sepan razonar por su cuenta, sin trabas, de modo que sean un día seres autosuficientes para formar sus propios juicios sobre todas las cosas. Que después se equivoquen o no, tampoco debe preocupar, pues todos nos equivocamos. Mas nunca faltará un camino para salir del error, salvo que nos aferremos a él o permitamos sin rechistar que otros nos llenen ese camino de obstáculos. Sin embargo, todavía abundan quienes piensan que el objetivo es llenar sus cabezas de datos.

            En este aprender a razonar tenía un papel fundamental esa disciplina, olvidada por muchos y detestada por otros, llamada Filosofía que, no se olvide, es solo una de las facetas de ese campo de las humanidades que hoy pretenden desterrar quienes, impúdicamente, piensan que basta y sobra con una formación exclusivamente tecnológica. ¡Cuánto daño estamos causando a las nuevas generaciones suprimiendo enseñanzas que sí son importantes y empeñándonos en imponer pines parentales y estupideces semejantes! Tal vez consideremos preferible que nuestros niños y adolescentes sean robots obedientes a las instrucciones instaladas de fábrica, pero horros de imaginación. ¿Qué necesidad hay de filosofía, arte, lenguas clásicas y esas bobadas? Bien lo resumió un ministro de mal recuerdo en tiempos pasados: Más fútbol y menos latín; ¿sería zoquete el tío?

 


           Le cuento a Zalabardo lo que me costaba moverme dentro de aquel laberíntico mundo de los silogismos. Pero aquello de Barbara, Celarent, Darii, Ferio…, las premisas, el término medio, las conclusiones, etc. me ayudó a entender el proceso del razonamiento, me enseñó a construir juicios que me permitieran argumentar hasta conseguir una conclusión. Aprendíamos, por ejemplo, que de una observación particular no es posible extraer una conclusión universal; por ejemplo, lo de la niebla de la mañana del viernes. O, por ejemplo, que, si leo que alguien ha apuñalado a otra persona, no debo condenar al cuchillo por su maldad.

            Nuestra conversación ha surgido cuando, leyendo la última novela de Javier Marías, nos hemos topado con una frase que retrata a toda nuestra sociedad actual: todas las palabras están sometidas a vigilancia. Y es verdad. Nos quedamos en la corteza que Berceo pedía dejar y no vemos el meollo al que el buen fraile nos animaba a llegar. Así, no se piensa en cómo presentar de manera interesante y clara un pensamiento, en acertar en su planteamiento, en reflexionar si eso ha sido o no dicho antes. Lo que que preocupa es cómo decirlo, qué palabras utilizar para que nadie se sienta ofendido o para que nadie nos acuse de ser tal o cual cosa. Porque, eso sí, siempre tendremos delante a alguien, individuo o colectivo, que juzgará inconveniente lo que transmitamos, no por su contenido, sino por las palabras usadas.

            La situación es tal que no puedo alabar las buenas cualidades de alguien sin que aparezca una voz susceptible preguntando si nadie más goza de ellas; no puedo opinar sobre mi rechazo de los modos de la señora Ayuso —que no me gustan—, sin que alguien, con gestos y palabras de quien se siente ofendido, me llame venezolano, como si los venezolanos no merecieran mayor respeto hacia su gentilicio; pero es que si opino sobre los modos del señor Sánchez —que tampoco me gustan—, de inmediato se me tachará de fascista. Me encuentro, pues, frente a la paradoja de no saber si soy bananero, populista, sociata, fascista, comunista o qué sé yo, porque me llamarán de todo. Si pretendo hablar de los ciudadanos italianos, no faltará el colectivo escandalizado que me acuse de despreciar a las italianas y a les italianes. Le digo a Zalabardo que me veo caminando por el filo de una navaja cada vez que tengo necesidad de utilizar determinadas palabras: porque no le veo sentido a sustituir negro por subsahariano; porque, como profesor de literatura, no sabría explicar a mis alumnos la historia del Abencerraje y Jarifa sin referirme a ese género literario en que moros y cristianos, aun adversarios, mostraban un comportamiento gentil, caballeroso y educado; porque no sé por qué ciego ha de ser peyorativo y discapacitado visual no. Y, claro, quedo marcado por el estigma de ser políticamente incorrecto, de no utilizar lenguaje inclusivo y de no sé cuántas cosas más.



            Todo esto lo supero, le digo a Zalabardo, teniendo la conciencia clara de que nunca miro a nadie por su condición social, por el color de su piel, por sus creencias políticas o religiosas, por su tendencia social u orientación sexual, porque sé que ningún inmigrante viene a robarme nada, que ninguna mujer es inferior por ser mujer o que el índice de delincuentes ‘educados’ en ricos colegios del país supera al de los que vienen del exterior.

            Zalabardo me consuela y me dice compartir la idea de que nunca algo singular puede ser elevado a categoría universal. Me pide que mire el Parlamento, lugar, afirma, donde se ofende a la palabra que le da nombre, pues parlamentar es debatir, argumentar, razonar; y lo que allí se va instalando, ay, es el insulto soez y el rebuzno irracional, las más de las veces. No en todos, claro está, porque, y eso me lo enseñó esa filosofía que destierran, pero que a mí me ayudó a razonar, no es igual decir algunos políticos que todos los políticos. Ojalá la palabra algunos no implique jamás una cantidad igual o superior a la señalada por la palabra todos. Y me recuerda mi amigo que diga aquí que, de no ser por el latín, el gentilicio que se aplicaría a aquel ministro mencionado no sería egabrense, sino otro más feo.

sábado, mayo 01, 2021

LA MAGIA DEL 3

 


            Tres eran tres las hijas de Elena, y ninguna era buena, Julia, Paloma y Elena es una canción popular que casi todos conocemos, aunque sea complicad rastrear sobre ella sin que nos perdamos. Julia de Asensi, que en el siglo XIX escribió un pequeño cuento llamado Las tres hijas de Elena, comienza por confesar que ignora quiénes pudieron ser y de dónde procede la vieja canción. En Granada —en su Universidad pasé tres (vaya, otra vez el 3) maravillosos años— conocí una leyenda que refiere cómo Elena de Mendoza, señora de alcurnia golpeada por la ruina, sobrevivió dedicando a sus hijas a la prostitución; de ahí lo de que ninguna era buena. Decían que tal cosa sucedió allá por el siglo XVI, pero alguien más entendido me insinuó que la historia no era no era sino una adaptación, consecuencia de la tradición oral, de una canción más antigua, Las tres morillas de Jaén (Aixa, Fátima y Mariem), que se difundió en forma de zéjel con éxito por todo Al Ándalus. Tanto que, siglos después, el propio Lorca le puso música. Más tarde, por casualidad como casi todo sucede, leí que tanto la historia de las hijas de Elena y las morillas se remontaba a una canción de tema erótico y picante del siglo X recogida por el escritor persa Abu l-Faray al Infahaní en su colección Libro de las canciones.

            Entonces, no en el siglo X, sino en mis años de Granada, no conocía aún a Zalabardo. Además, el apunte de hoy nada tiene que ver con las morillas ni con las hijas de Elena, sino con la magia de los números, asunto sobre el que mi amigo me ha consultado. Lo primero que le digo, y sirva esto para quienes sigan leyendo, es que no creo que ningún número encierre una naturaleza mágica. Distinto es que, a través de los tiempos, haya civilizaciones que sí se lo han querido otorgar. En la larga cadena de los creyentes de la magia de los números se encuadran fieles de la parapsicología como Germán de Argumosa, Jiménez del Oso o Iker Jiménez.

            Lo cierto es que, en las mentes populares y crédulas, y en otras que siendo crédulas no son populares, anidan creencias de que hay magia en los números, como lo hay en los pájaros, en los árboles, en los posos del café, en las hojas del té o en las cartas del tarot. Para embaucar, todo vale, le digo a mi amigo. Valga de ejemplo la anécdota que algunos recuerdan estos días sobre el controvertido escritor-articulista Antonio Burgos y la frase que gritó al torero Gregorio Sánchez en una ya lejana feria de Osuna, mi pueblo, frase en la que se apoyan para conceder al escritor dotes de augur. Pero es mejor que volvamos al carácter mágico o no del 3.

 


           Los más serios, atribuyen a Pitágoras la idea de que el 3 es el número perfecto: El uno es el origen de todo; de él, por acumulación, va saliendo lo demás. El dos es la diversidad y, a la vez, lo indefinido; pero el tres, unión de los anteriores, es la perfección, la armonía. Diríamos, entonces, que en las matemáticas se encierra todo el misterio y solución al caso. Platón decía que el triángulo equilátero representaba la armonía y la sabiduría. Tales de Mileto reconocía tres principios básicos: la salud, la riqueza y el entendimiento, que Gracián convirtió en santidad, salud y sabiduría y en nuestros prosaicos años ha devenido en salud, dinero y amor. O sea, tres por todos lados. Para no perdernos en lo del triángulo, no falta quien nos recuerda que en la tradición judaica, el triángulo equilátero es el ojo de la divinidad; con uno de sus vértices hacia arriba, significa el fuego y la virilidad, lo masculino; si está invertido, significa lo emocional, lo femenino. Y, en fin, el símbolo de David son dos triángulos entrelazados, o sea, un hexágono estrellado.

            Este camino de interpretaciones, aclaro a Zalabardo, conduce a otras de quienes todo lo fían a una concepción religiosa del mundo. En el cristianismo, heredero del judaísmo, el triángulo es la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo; los apóstoles, doce, sumaban cuatro veces tres, de los que uno, Pedro, negó a Cristo tres veces. Al Diablo se lo representa con un tridente. Y el catecismo nos enseñó que los atributos de la divinidad son tres: fuerza, belleza y sabiduría, como tres son las virtudes: fe, esperanza y caridad, y tres las potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad. Claro que no hay que olvidar que ya antes, mucho antes, los hindúes adoraban a su trimurti: Brahma, Visnú y Shiva, creación, conservación y destrucción, respectivamente, de cuanto existe; o que los romanos, pese a su extenso catálogo de dioses, se entregaban a su triada capitolina: Júpiter, Juno y Minerva.

            Con esto le quiero decir a Zalabardo que es muy posible que estemos hablando de lo que no son más que casualidades. Que sí, que el tres es un número que ayuda fácilmente a pensar, a clasificar las cosas. No en vano, para comenzar decimos: ¡a la una, a las dos y a las tres! Y como siempre hay quien quiera llevar la contraria, alguien dirá: Sí, pero aunque sean cuatro, ¿por qué se habla de los tres mosqueteros?

 


           Y lo que yo digo. Es que el tres es un número facilón y muy socorrido. Los revolucionarios franceses se escudaron tras su libertad, igualdad, fraternidad; si no encontramos salida a una situación, argumentamos que no hay más que sota, caballo y rey; si algo ha salido a la perfección, hablamos de un banquete con café, copa y puro; si tardamos en atinar con algo, nos defendemos diciendo que a la tercera será la vencida; que una buena frase se compone de sujeto, verbo y predicado; o que no hay buena faena taurina sin parar, templar y mandar.

            Es entonces cuando Zalabardo se queda serio, me mira y dice: si todo es como dices, pura casualidad, ¿cómo me explicas que este que escribes ahora es el apunte 927 de esta Agenda, número que es múltiplo de 3 porque en él el 3 está contenido 309 veces, con lo que, a la izquierda de la nada, el 0 (polvo somos y en polvo nos convertiremos), vemos de nuevo el 3, y a su derecha el 9, que es 3 veces 3?

            Lógicamente, me tengo que callar y decir: casualidad

sábado, abril 24, 2021

ENTRE TODOS LA MATARON…

 

 


           Ya hace bastante tiempo que Zalabardo y yo dejamos de interesarnos por los debates políticos previos a unas elecciones. Tenemos la impresión de que se ha perdido la conciencia de qué deba ser tal tipo de confrontación. Los debates, que nadie lo dude, son una discusión sobre un tema partiendo de opiniones diferentes, discusión que sobraría si todos pensáramos lo mismo. Pero, sentado esto, que la pluralidad de enfoques es necesaria y conveniente, la realidad nos muestra que se desprecian olímpicamente otras dos características no menos importantes: que las diferentes posturas han de ser defendidas con el apoyo de argumentos y que su finalidad es que, si los debatientes no alcanzan un punto de encuentro, quienes asisten a él sí puedan llegar a una conclusión que les valga para decidir el sentido de su voto.

            Debatir exige tener una idea y saber defenderla; tener ideas y acertar a formular su defensa con argumentos requiere saber pensar. Cabe en este momento recordar lo que decía Baltasar Gracián en su Oráculo manual y arte de la prudencia: Pensar bien es resultado de la racionalidad. A los veinte años reina la voluntad, a los treinta el ingenio, a los cuarenta el juicio.

            Desgraciadamente, el pasado viernes, mi amigo y yo no pudimos sustraernos al bochornoso espectáculo de algo que la cadena SER quiso que fuese un debate. Y nos resultó imposible sustraernos no por el interés que nos despertara su anuncio, sino porque creo que no hay nadie en el país que no se haya enterado de lo que en aquel plató sucedió. Se veía venir algo que la inconsciencia de algunos niega, que estamos volcando sobre nuestra sociedad tal cantidad de histerismo, intolerancia y fanatismo que una conversación racional parece imposible.

            Zalabardo, que se ha quedado pensando en la cita de Gracián, me susurra con tono doliente que quizá seamos poco maduros para hablar con juicio, demasiado torpes para ser ingeniosos y juveniles en exceso como para pretender que solo es válida la idea propia. O sea, que nos importa un pepino la racionalidad que conduce a la rectitud de pensamiento.

            Mi amigo echa mano de un dicho popular, todo lo malo se pega. Y, al hilo, recuerdo una frase de la última novela de Javier Marías, que estoy leyendo ahora: El odio es contagioso. La fe es contagiosa… Se convierte en fanatismo a la velocidad del rayo… Se diría que nuestros políticos se han instalado en el terreno del odio, ese que lleva a otro refrán, al enemigo, ni agua, porque nos empeñamos en no tener adversarios, sino enemigos y en defender una fe ciega que nos hace valorar solo los postulados propios. Ese odio y esa fe se han convertido en pilares del fanatismo que percibimos por todos lados.

            Lo del viernes no fue sino la gota provocadora del rebosamiento. ¿Tan desquiciados estamos, tan viles seremos que no reaccionamos con la vehemencia necesaria ante unas amenazas de muerte dirigidas a unas personas que, compartamos o no sus ideas, han sido elegidas democráticamente en las urnas y cuyo único ‘delito’, si cabe usar esa palabra, es no compartir nuestras ideas?

            Se cuenta del Gran Capitán, aquel insigne militar, haber pronunciado una frase que se ha convertido en refrán: a enemigo que huye, puente de plata. La expresión encierra una gran carga de sensatez incluso en situaciones de enemistad; al adversario, esa es la idea, una vez que decide retirarse de la contienda, se le debe facilitar la salida, no ensañarse con él ni perseguir la continuación de la contienda ya terminada.



            Pero esa sensatez parece haber desaparecido. No ya solo no se procura evitar el enfrentamiento, sino que, aunque la creamos limitada a la confrontación verbal, refleja una violencia y una agresividad inconcebible entre personas e instituciones civilizadas. A quienes la practican y fomentan hay que acusarlos de la irresponsabilidad en que incurren, ya que con su actitud arrastran a las masas a una conducta semejante.

            Muchos, lo sé, dirán que la desmesura de Monasterio ayer responde a conductas semejantes por parte de otros. No me vale esa excusa. Sabe bien Zalabardo que no me gustan, nunca me gustaron, las maneras del presidente Sánchez. Que no me gusta el ideario de Unidas Podemos ni el egocentrismo populista de Iglesias. No me gusta ningún extremismo, del color que sea. Pero lo de ayer de la representante de Vox traspasa todos los límites tolerables en democracia.

            Con más o con menos intensidad, todos, o casi, están contribuyendo a polarizar las posturas, a crear un clima irrespirable en la sociedad, a enfangar la democracia. Llevamos mal camino, me dice Zalabardo. Y añade: que no tengamos que decir aquello de entre todos la mataron y ella sola se murió, cínica postura de quien solo busca liberarse de una culpa que también le toca.

sábado, abril 17, 2021

LA NECESIDAD Y LA RESILIENCIA

 

 


           En Tomás Nevinson, la última novela de Javier Marías, un personaje le dice al protagonista: “Has venido para averiguar si todavía eres útil, porque necesarios no lo somos ninguno.” Los que ya sumamos un suficiente número de años para poder mirar las cosas con la suficiente perspectiva, le digo a Zalabardo, sabemos que, si no sabiduría, hemos podido acumular la memoria precisa para comprobar que, en nuestra sociedad parece existir un gen mesiánico, pues cada vez hay más gente que se considera necesaria. Asistimos a un despliegue de egocentrismos tan acusados que quienes lo padecen no aciertan a diferenciar lo útil de lo necesario.

            Me pregunta Zalabardo si pienso en alguien concreto al decir esto y le debo responder que no pienso en un individuo preciso, porque son muchos y todos de carne y hueso, con rostro y nombre conocidos. Incluso le confieso que, en estos confusos, tristes y preocupantes tiempos de pandemia en los que debería importar sobre todas las cosas actuar en persecución de la utilidad, es decir, de lo que produzca un fruto que sirva y aproveche para un fin primordial, la salida de este desastre que nos azota, tengo la impresión de que son más quienes en lugar de aspirar a ser útiles se empeñan en aparecer como necesarios, indispensables. No saben, o se niegan a compartir, la advertencia de Tupra a Nevinson sobre lo de que no hay nadie necesario.

            Todo gira en estos tiempos, le expongo a Zalabardo, en torno a la pandemia que nos azota. El problema es muy grave por las muchas facetas a las que afecta: al económico, al social, al político…; pero, sobre todo, afecta al sanitario, porque es la salud lo que nos estamos jugando y arrastramos una deuda que se paga con vidas, las de cuantos están muriendo por causa de la covid-19. Provoca perplejidad, y rabia, contemplar cómo nuestros políticos parecen más atentos a sí mismos que al bien común. Cada uno de ellos es el imprescindible, el necesario, y ay de quien diga lo contrario.

            Le citaba antes a Zalabardo lo de la memoria y los años porque hemos tenido la desdicha de conocer y padecer a no pocos megalómanos manejando el timón del país. Y, haciendo un repaso de ellos, vemos que nos acuden a la mente más las frases y palabras que reflejan ese pretendido afán de intangibilidad y necesariedad que las actuaciones provechosas y útiles para la comunidad.



            Empezamos a poner sobre el tapete frases y palabras y coincidimos Zalabardo y yo en que, a lo peor, es que no hemos sido capaces de superar aún los años oscuros en los que Franco se consideraba Caudillo de España por la gracia de Dios, lo que ya muestra el grado de egocentrismo. Fraga, formado en aquella escuela, soltó la chulería de ¡La calle es mía!, que sigue resonando por mucho que Suárez, más modesto, se esforzara con su Puedo prometer y prometo, y aquí seguimos esperando que se cumplan las promesas.

            El primer presidente socialista de la Transición, González, inicio el ciclo de quienes pusieron su afán en encontrar la palabra muletilla que los definiese. Y consiguió que en el vocabulario de los españoles adquiriese rango de habitual una palabra culta, acritud, aunque fuese para negarla, pues él decía todas las cosas sin acritud. No como el lenguaraz Guerra, que era más directo: Aquí, el que se mueva, no sale en la foto, buen aviso para navegantes; era otra forma, otro estilo, de dejar las cosas atadas y bien atadas. Aznar no encontró un mantra más simple que el de España va bien, aunque costase ver en qué; y no decía más porque las hubiese dicho en catalán, lengua que solo hablaba en ambientes familiares. Zapatero, con su sonrisa a lo míster Bean, se parapetó en otra palabra, talante, que parece mirar más a la necesidad que a la utilidad,

            Al pobre Rajoy lo dejamos a un lado, pues bastante tuvo con defenderse de las puñaladas que entre ellos no dejaban de lanzarse. En su periodo sucedió aquello de que el propio rey, el hoy emérito Juan Carlos I, entonase su Lo siento, esto no volverá a suceder. Lo que no supimos entonces es que el sentido de la frase miraba, luego quedó claro, a que lo que no debería suceder era que se airease lo que estaba sucediendo.

            Zalabardo tira de ironía y me pide, imitando a Manrique, que dejemos a los romanos, aunque oímos y leímos sus historias, vayamos a lo de ayer. Lo interrumpo y le digo que lo de ayer, y esto fue igualmente dicho por don Jorge, también es olvidado. Y tengo que recordarle cómo a Iglesias, Pablo, no le pareció suficiente aportar una palabra la manida casta, a cuya cofradía no tardó en afiliarse, sino que nos soltó un rimbombante El cielo no se gana con consenso, nada original, pues se remonta a la mitología griega. Bien lo demostró defenestrando uno tras otros a cuantos le sirvieron de apoyo para sentirse necesario de toda necesidad.

            Y llegamos a lo de hoy. El presidente Sánchez, el más camaleónico que hayamos tenido, nos ha aportado una expresión que encierra una paradoja, nueva normalidad, y una palabra que lo define a la perfección, resiliencia. La normalidad no puede ser una moda nunca; por eso no es ni nueva ni vieja. Lo normal es lo que se da en su estado natural. Y la resiliencia. Esta palabra señala la capacidad de acomodarse a un estado o situación adversa, o la capacidad de recuperar el estado inicial una vez que ha cesado la perturbación a que algo se ha visto sometido.



            En el momento presente, el Gobierno de Sánchez negocia con Bruselas un plan de recuperación económica que afecta a todo el país, aunque se negocia en un clima de absoluta opacidad, pues no hay quien sepa a qué se compromete a cambio. El periodista Claudi Pérez, lo leía hace unos días, decía que lo único claro que se obtiene del documento de 211 páginas que recoge la negociación es que aparece 191 veces la palabra resiliencia. Sánchez, que da más cambios que una bola de fliper, sí es fiel a su palabra; es el perfecto ejemplo de la resiliencia, pues, una vez que pase cualquier elemento que cause perturbación, es capaz de recobrar el estado inicial del que partía.

            Mientras tanto, Le digo a Zalabardo, no sabemos si tenemos o no tenemos vacunas, si alcanzaremos o no para el verano ese 70% prometido (¿volveremos a Suárez?) o si la nueva normalidad es precisamente eso, un permanente estado de incertidumbre. Lo que sí es seguro es que también Sánchez, resiliente puro, más que útil, se cree necesario. Parece ser nuestro sino.

sábado, abril 10, 2021

SALVEMOS EL PATOIS

 


            La mañana de este viernes, comento a Zalabardo, me alegré al toparme con una noticia que nada tenía que ver con la covid19, ni con las elecciones madrileñas, ni con las grescas entre independentistas ni con ninguna de esas informaciones que pretenden entristecernos y amargarnos el día que acabamos de estrenar.

            Proviene de Francia, donde, incluso en contra de la voluntad del gobierno, han aprobado una ley que protege las lenguas minoritarias. Se entiende esa protección no como una imposición, sino como una propuesta que se ofrece a quienes deseen conservar su lengua materna. Para ello, se facilita la inmersión en los centros educativos e incluso se subvencionarán escuelas bilingües privadas allá donde el sistema público no alcance. Le digo a mi amigo que la noticia tiene gran trascendencia porque da la casualidad de que Francia, la nación de la libertad y la igualdad, es uno de los países más centralistas e intransigentes en cuestiones idiomáticas. Su Constitución no reconoce más idioma que el francés y ni siquiera menciona ninguna otra modalidad lingüística.

            No es cuestión de hacer un repaso de la historia de las lenguas en el país vecino, aunque puede interesar saber que, de las alrededor de 150 modalidades lingüísticas regionales distintas al francés que existían a comienzos del siglo XX, hoy apenas si resisten el catalán, el euskera, el occitano, el corso, el alsaciano y el bretón y que el número de quienes las hablan con fluidez es casi ridículo.

            La “conciencia estatal” es clara en este asunto. En Francia solo se reconoce una lengua; cualquier otra queda englobada en lo que genéricamente llaman patois término que ha alcanzado un matiz peyorativo fuerte, puesto que lo que designaba una modalidad lingüística oral, limitada en su ámbito de uso, por lo general rural y con un estatus cultural y social poco estable ha pasado a designar todo lo que no sea francés, sin atender a que sea lengua, dialecto o habla local.

 


           William F. Mackey
, en La ecología de las sociedades plurilingües, denuncia que, en muchos países, los escolares aprenden, en una lengua dominante, cómo sus antepasados han ido siendo privados de su tierra, su cultura y su lengua al tiempo que ellos se van haciendo ciudadanos de un Estado-nación cuya lengua, mitos nacionales y leyendas patrióticas han de aprender.

            Francia se nos ha venido mostrando, en el aspecto lingüístico, defensora de esta concepción unitarista del país. Con esta nueva ley, que de acuerdo con su Constitución no puede imponer esa inmersión lingüística, se consigue al menos, que se pueda proponer, solo con la condición de que las familias y los centros la soliciten. Aunque parezca que en España la situación es diferente, le explico a Zalabardo, la realidad, que es tozuda, nos enseña lo contrario: es verdad que nuestra Constitución reconoce la cooficialidad de las otras lenguas españolas, aparte del castellano; sin embargo, es una cooficialidad parcial y hay una fuerte reticencia a aceptarlas de buena manera. Por desgracia, sigue pesando mucho la herencia que, en tal sentido, nos dejó el franquismo.

            Y como parece que el viernes se presenta con buenas noticias, me entero de que el lunes me vacunaré contra la covid19 (no por desarrollar una función esencial, sino por la edad) y encuentro en la librería Lo uno y lo diverso, reciente publicación colectiva auspiciada por el Instituto Cervantes, en la que un grupo de autores de todo el ámbito hispánico muestran y apoyan que la diversidad que enriquece a una lengua común no tiene por qué quitar nada de la idiosincrasia de los países que la hablan.

 


           No he tenido tiempo de leerlo completo, pero quiero contarle a Zalabardo algunas anécdotas que diferentes escritores refieren sobre curiosos y divertidos equívocos nacidos del diferente sentido que determinadas palabras tienen a un lado y otro del Atlántico. Quizá la más divertida de todas sea la que cuenta Marta Sanz, a quien, siendo joven, tras finalizar una de las clases de un curso que impartía, un grupo estudiantes mexicanos se le acercó y la invitaron muy amablemente: Maestra, ¿quiere venirse hoy con nosotros a chupar unas pollas por ahí? Al notar ellos el gesto de su rostro y caer en la cuenta del desajuste idiomático, le explicaron: Ay, sí, maestra, a tomar unas cañas como dicen ustedes por aquí. Ella aceptó, no sin rogarles que no entrasen en ningún bar de España diciendo que deseaban chupar unas pollas.

            Juan Villoro nos recuerda los problemas que se le presentaron al mexicano José Emilio Pacheco al pedir en un hotel que enviaran un plomero para arreglar la llave de la tina; lo que él quería era un fontanero que le reparase el grifo de la bañera. Y Carme Riera comenta el apuro de una joven colombiana al solicitar en una estación de autobuses: ¿Me regala un billete, por favor?; el empleado de la ventanilla, desconocedor de que, en Colombia, esa es la forma educada de comprar algo, respondió desabrido que allí no se regalaba nada. No fue consciente de que lo que oía era semejante al ¿Me da un billete, por favor? de España.

            Zalabardo se ríe con estas anécdotas y comprende, a la vez, que una lengua es más rica cuanta más libertad posee y un país es más culto en la medida en que ofrece mayor riqueza lingüística. Frente a quienes miran de forma despectiva esta diversidad y la tildan de patois, yo defiendo salvar el patois. Ya otras veces he dicho que no estaría mal que en España adoptásemos el modelo suizo.

sábado, abril 03, 2021

EL AÑO DEL BUEY

 

 


           Creo que sí, que fue Berceo el primero en expresar de esa manera el deseo de sencillez en el lenguaje; ¿lo ha dicho después alguien con idéntica o semejante claridad? Quería —eso es lo que dijo— escribir en román paladino, porque así es como habla el pueblo con su vecino. Mucho es lo que ha llovido desde entonces y mucho lo que se ha dicho sobre la cuestión; en su deseo de acendramiento, de limpieza y depuración de la lengua poética, Juan Ramón Jiménez mostró, en 1918, su desacuerdo con la poesía que venía haciendo y que otros hacían. Renegó de una poesía que se había vestido de ropajes extraños y comenzó a odiarla; ¿sin darse cuenta? Eso decía, pero añadía: ¡qué iracundia de yel y sin sentido la de aquella reina fastuosa…! En ese mismo libro confesaba no saber con qué decirlo, ya que su palabra no estaba hecha. Y en un proceso intenso y extenso —¿se sabe de otro igual?— trabajó sin descanso hasta encontrar su esperanza acumulada en lengua, en nombre hablado y escrito, en el nombre conseguido de los nombres.

            Antonio Machado, más modesto —rehuyendo ese intenso yo juanramoniano—, hizo afirmar a Juan de Mairena que lo clásico es emplear el sustantivo acompañado de adjetivo definidor, que no necesita describir; por eso Homero, clásico de los clásicos, decía de las naves tan solo que eran huecas. El barroco, sigue Mairena, al exaltar la importancia del adjetivo, perturba el equilibrio clásico, con la agravante de no añadir nada al sustantivo.

 


           Y, en esas, surge el dilema de si es preferible el lenguaje culto al popular. Cada uno por su camino, Juan Ramón y Machado coinciden en valorar lo sencillo, en rechazar lo artificioso. Machado se define cuando alaba los versos de Lope de Vega que dicen: El cielo estaba más negro / que un portugués embozado.

            Tal vez por esto, hay quien piensa que la metáfora es la quintaesencia del barroquismo. Puede que sea así si pensamos en casos como el de Miguel Hernández cuando llama al torero émulo imprudente del lagarto o al toro flecha que a dispararse parte por el arco del cuerno. Qué duda cabe de que el alicantino se muestra seguidor fiel de Góngora en cuanto a complejidad. Pero eso no debe llevarnos a pensar que la metáfora no se aviene con la lengua popular.

            De eso nos habla el profesor Rafael Oroz en su trabajo Uso metafórico de nombres de animales en el lenguaje familiar y vulgar chileno, de 1932. En este momento, Zalabardo chasca los dedos y grita alborozado: ¡Ya sabía yo que en cualquier momento tendría que aparecer eso del año del buey! Y le digo que lleva razón, pues de animales —mejor de metáforas animales— va el asunto. El pasado 12 de febrero se inició el año nuevo chino, que, por si alguien no lo sabe, es el año del buey. Para los chinos no cuenta el calendario gregoriano, sino el lunar, lo que explica que comiencen a contar cada año en febrero y no siempre el mismo día. Pero es que su zodiaco lo integran doce animales que dan nombre a cada uno de los años. El buey, en su creencia, representa la lealtad y la confianza, así como la prosperidad a través de la fortaleza y el trabajo.

            Pues bien, el profesor Oroz dice que el lenguaje culto se inclina más hacia una expresión analítica, lo que conduce a usar comparaciones (Fulano es como un toro); en cambio, el lenguaje coloquial prefiere una expresión más sintética (Fulano es un toro), lo que claramente vemos que es una metáfora. La metáfora, en esencia, no es sino utilizar una palabra en lugar de otra, que no aparece.



            El trabajo del profesor Oroz no hace sino recoger los nombres de animales que en el lenguaje coloquial se aplican a personas para señalar una cualidad definitoria. Volvemos a lo que decía Machado aunque, en este caso, no hace falta ningún adjetivo, sino que es el propio nombre quien condensa toda la fuerza definitoria —el nombre conseguido de los nombres juanramoniano—.

            ¿Cuántos nombres de animales aplicamos metafóricamente, e incluso hiperbólica, a personas con intención definidora? Más quizá de lo que podríamos pensar en un primer instante. Unas veces, el matiz es peyorativo; pero, otras muchas, es laudatorio y, en ocasiones, algunos pueden tener ambos valores. Dar una lista completa sería casi el cuento de nunca acabar, le aclaro a Zalabardo, por lo que me limitaré a ofrecer una lista suficiente: bestia, asno o burro, ‘rudo, ignorante’; pavo, ‘soso, incauto’; borrego, ‘dócil, sin voluntad propia’; mono, ‘feo’ / ‘guapo’; zorro, ‘astuto’; gallo, ‘orgulloso, peleón’; águila, ‘listo’; liebre, ‘rápido’, tiburón, ‘acaparador’, víbora, ‘mal intencionado’; cordero, ‘manso’; zángano, ‘holgazán’; león, ‘fuerte’; hormiga, ‘laborioso’; gallina, ‘cobarde’; loro, ‘hablador en demasía’; caballo, ‘fuerte, trabajador’; ganso, ‘torpe’; elefante, ‘de gran memoria’; camaleón, 'tornadizo', etc., etc. Cualquiera será capaz de cuadruplicar y más esta relación. 

sábado, marzo 27, 2021

SER MÁS PAPISTA QUE EL PAPA

 


            Zalabardo, que nunca se separa de mi lado, puede confirmar que, cuando escribo, tengo muy presente la máxima que establece que el escritor es una persona y quien lo lee es otra diferente; aceptado eso, el objetivo del escritor, creo, debería ser conseguir que su escritura se convierta en acto de comunicación bidireccional, en conversación entre interlocutores de igual rango, sin que ninguno se sienta por encima de demás. Y que, aunque el escritor sea uno y los lectores varios, la conversación sea siempre entre dos; y, primero que nada, antes que con el otro, uno hable consigo mismo. Porque, echo mano del refranero, no olvidemos que una cosa es predicar y otra dar trigo, es decir que, puesto que resulta más fácil dar consejos que practicar lo que se aconseja, nunca estará de más reflexionar lo que se va a decir y a quién.

           En esto, como en otras cosas, soy bastante machadiano e intento aplicarme lo que decía su alter ego Juan de Mairena: “No toméis demasiado en serio nada de cuanto oís de mis labios, porque yo no me creo en posesión de ninguna verdad que pueda revelaros.” (JM, XLIV). Y no mucho más adelante: “Desconfiad sobre todo del tono dogmático de mis palabras. Porque el tono dogmático suele ocultar la debilidad de nuestras convicciones.” (JM, XLVIII)

            Viene bien esto porque hoy traigo a esta Agenda otra expresión tradicional: Ser más papista que el papa. No estoy seguro, porque no encuentro la confirmación, pero creo haber visto en algún lado que el dicho original era Ser más católico que el papa. Parece más lógica la frase y más en la línea de lo que con ella se pretende, que no es sino denunciar a quienes se muestran demasiado exigentes y estrictos en el cumplimiento de una norma, a quienes resultan ser más dogmáticos y rígidos que cualquier entendido en la materia de que se trate.



            Es quizá, le digo a Zalabardo, un pecado muy de nuestro tiempo, incapaz de diferenciar entre información y conocimiento. Y mi amigo me señala que, últimamente, parezco obsesionado con este tema. Quiero convencerlo de que no es así; que puede que sea casualidad provocada por las situaciones y hechos que nos rodean. Hay una sobreabundancia de falsos profetas en la política, la economía, la religión, la sociedad… más preocupados por imponer sus mítines, sus sermones, sus análisis, su particular visión, que por ayudar al pueblo a entender el duro camino que hemos de recorrer. Gente que, desde sus plataformas y sus púlpitos, se jacta de saber más de lo que en realidad sabe. Y uno se cansa, porque, recaigo en el refranero, sin quererlo, nos vemos víctimas de aquellos a quienes conviene aplicar lo de consejos doy que para mí no tengo.

            ¿Todo lo bueno ha de tener entonces su cara negativa?, me pregunta Zalabardo. No lo creo, le contesto, salvo que nos dejemos llevar por nuestra propia e inagotable estupidez. Disponemos de más información que nunca, se nos ofrecen más medios que en ninguna otra época para que podamos saborear una parte del nutritivo alimento del conocimiento; pero nos puede el ansia y la prisa y acabamos cayendo en las redes de quienes presumen de saberlo y conocerlo todo y, por tanto, nos instan a seguir su camino como el único verdadero y bueno.

            La verdad, si es que la verdad tuviera solo una cara, nos la vuelve a ofrecer don Antonio Machado: “Nadie sabe ya lo que se sabe, aunque sepamos todos que de todo hay quien sepa. La conciencia de esto nos obliga al silencio o nos convierte en pedantes, en hombres que hablan, sin saber lo que dicen, de lo que otros saben.” (JM, XXIX).

            De estos últimos, aconsejo a Zalabardo, es de quienes debemos protegernos, porque ellos son, al menos eso dicen, quienes lo saben todo, los que son más católicos, o papistas, que el propio papa.


sábado, marzo 20, 2021

MATAR AL MENSAJERO

 


            Hace tiempo, le digo a Zalabardo, que no abordamos aquí la explicación del origen y sentido de algunas expresiones. La situación actual me parece adecuada para que nos detengamos en una, Matar al mensajero, que no es sino descargar las culpas por una noticia que no agrada sobre quien la transmite en lugar de hacerlo sobre quien la provoca.

            Diferenciaba Manuel Jabois en un artículo reciente entre lectores militantes y lectores fieles o leales; con estos adjetivos no aludía a ningún tipo de adscripción política (aunque se pudiera) sino a unos hábitos y actitudes del lector. Es militante quien abre un periódico con el ánimo hecho a leer lo que quiere leer y se irrita si el contenido no se ajusta a sus deseos; es fiel o leal quien, a lo largo del tiempo, se ha ido identificando con la línea informativa de un diario y acaba por sentirlo como suyo, lo que no impide que sea crítico con algunos de sus contenidos.

            Comentábamos Zalabardo y yo la confusa semana que llevamos sufriendo a unos líderes políticos volcados en la representación de un sainete tragicómico —más trágico que cómico, si miramos la serie de graves problemas por los que atraviesa el país— en el que cada cual lucha por sobrepasar a los demás en el ya insoportable juego de ser autor de la estupidez más gorda. Y sálvese quien pueda.

            A Zalabardo no le extraña que el vértigo de los acontecimientos sobrepase a los propios medios de información que, como el ciudadano normal, tienen dificultad para explicar y analizar la situación. Ante este lógico pasmo, tan comprensible como inesperado, no faltan quienes encuentran la excusa para culpar a los medios. Los políticos, como quien no acepta su fealdad y condena al espejo por la imagen que refleja, se convierten en lectores militantes y juzgan tergiversada, manipulada, pagada por intereses espurios, la crítica que de ellos se hace. Por la indignación y descontento que muestran, de un extremismo a otro, obtendríamos la conclusión lógica de que no hay prensa creíble, ni independiente, ni libre, sino prensa canalla a la que habría que amordazar.



            Ayer, Zalabardo y yo nos entretuvimos en revisar algunos libros de estilo. Elegimos dos de medios de signo opuesto y uno de una agencia de información. No olvidemos que todos ellos comprometen y obligan a la dirección de la empresa y a sus trabajadores. No cumplir ese compromiso indica caciquismo en los primeros y pusilanimidad en los segundos. El Libro de estilo de El País, en la exposición de sus principios éticos, declara ser “medio independiente, nacional, de información general […] defensor de la democracia plural […] que se compromete a guardar el orden democrático y legal […] Se esfuerza por presentar una información veraz [ …] que ayude al lector a entender la realidad y a formarse su propio criterio […] Rechazará cualquier presión de personas, partidos políticos, grupos económicos, religiosos o ideológicos…”

            El Libro de Estilo de El Mundo, en su apartado de deontología profesional, dice que “todo lo que se publica, salvo que incurra directamente en delito […] debe ser defendido según los principios de la libertad de prensa […] El ejercicio [del periodismo] se distingue no solo por la libertad, sino por la moralidad civil, un sentido de la responsabilidad que no siempre ha reinado en los medios informativos […] El servicio a la sociedad mediante la búsqueda constante de la verdad, la consideración constante del delicado equilibrio entre perjuicio para algunos y beneficios para el conjunto de la opinión que entraña la publicación de cualquier noticia, son efectivamente deberes del periodista…”

            Y el Libro de estilo urgente, de la Agencia EFE, al reflexionar sobre las implicaciones legales de la actividad periodística, recoge que “la labor comunicadora del periodista está contemplada en el derecho a la libertad de información […] A los ciudadanos en general les ampara la libertad de expresión, que garantiza la libre formulación de los pensamientos, ideas y opiniones […] Estos dos ejercicios se complementan con el derecho de los ciudadanos a recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión…”


            ¿A qué obedece, pues, ese interés en culpar a la prensa, en su conjunto, de lo que otros hacen? Aceptemos que en ese campo, como en todos, hay malos profesionales. ¿Habremos de culpar por eso a la totalidad y deducir que no hay prensa libre ni cumplidora de su función? Le digo a Zalabardo que, según mi humilde opinión, una razón de peso para entender a estos militantes dispuestos a matar al mensajero es que nuestros políticos no saben, o no quieren saber, qué es la crítica. María Moliner, en su impagable Diccionario, dice que es ‘la expresión de un juicio, el conjunto de opiniones expuestas sobre algo’. Y le sugiero a Zalabardo que nos remontemos hasta Baltasar Gracián, que en El Criticón defiende que el conocimiento de las cosas se alcanza antes mediante el análisis y el raciocinio que por la fe. Pero parece que a muchos no les agrada que el pueblo piense, sino que comulgue con sus ruedas de molino. No olvidemos que, en el siglo XIV, a Eckhart lo acusaron de herejía no por lo que decía, sino por decirlo a “gente que no estaba en situación de entenderlo”. Así se entiende que un diputado del PP (¿de dónde lo habrán sacado?) gritase su rebuzno sobre otro diputado que se limitaba a pedir mayor atención a quienes padecen enfermedades mentales.



            No, los militantes no dudan en matar al mensajero, en culpar de sus propios vicios, mentiras y errores al informador, al analista, al crítico. ¿Y de dónde salió la expresión? La verdad es que tiene bastantes precedentes. El más antiguo que conozco está en Antígona, la tragedia de Sófocles. Un guardián se presenta asustado ante Creonte para darle cuenta de que alguien había sepultado a Polinices, cuyo cadáver debería haber permanecido insepulto como pasto de las bestias, y dice: “Heme aquí contra mi voluntad y contra la vuestra, bien lo sé, porque nadie se huelga con el mensajero de malas nuevas”. Plutarco, en el tomo IV de sus Vidas paralelas, nos cuenta que “Tigranes, al primero que le anunció la venida de Lúculo, en lugar de mostrársele contento, le cortó la cabeza”. Y Cleopatra, en la tragedia de Shakespeare, cuando amenaza de muerte al mensajero que le trae la noticia de la boda de Antonio con Octavia, oye de este: “Graciosa señora, aunque traigo las noticias, yo no hice el matrimonio”.

            Hay muchas malas noticia estos días y el pueblo, los leales de que hablaba Jabois, van cayendo en el desencanto; a los militantes que tuercen el gesto, los profesionales de la información podrían responder lo que el mensajero a Cleopatra: “Señorías, nosotros traemos la noticia, pero ni hicimos la moción de Murcia, ni la espantada de Iglesias, ni el zapatazo soberbio de Ayuso, ni la falta de firmeza del presidente Sánchez, ni…”

sábado, marzo 13, 2021

CUESTIÓN DE ESTILO

 

  


          El País fue el primer diario español, en 1977, que publicó un Libro de estilo. No tardaron otros en seguir el ejemplo e incluso lo hicieron algunas instituciones públicas. En este asunto, le digo a Zalabardo, tal vez lo importante no estribe en ser el primero, sino materializar un compromiso ético de cara a los lectores definiendo la línea de pensamiento del medio y comprometiéndose a utilizar el idioma de la manera más recta posible. Ante eso, solo cabe esperar que están sujetos a ese Libro de estilo respeten sus postulados.

            Hablamos de esto porque El País, saca estos días una nueva edición del suyo y nos anuncia algunas de sus novedades. La evolución de nuestra sociedad, y de modo especial en la consideración del papel de la mujer, recomienda una puesta al día de estos libros, pues aún persisten bastantes tics sexistas que habría que desterrar.

            Le comento a Zalabardo que, por lo anunciado, encuentro en este Libro de estilo algunos detalles que me parecen merecedores de matización, así como otros que, sinceramente, me provocan estupor. Hablando del tratamiento de la violencia machista, no entiendo que a estas alturas un diario serio como juzgo que es El País haga a sus redactores estas dos recomendaciones: desechar las opiniones de vecinos y conocidos que, por falta de información, tienden a ofrecer una óptica poco fiable de los hechos, y no mencionar injustificados detonantes de la agresión que puedan inclinar a disculpar o justificar la agresión o a volcar sospechas sobre quien bien pudiera ser inocente. Siempre he considerado estos recursos propios de la prensa sensacionalista y de la televisión basura.

 


           Las matizaciones a que me refiero afectan a dos normas: la de evitar la expresión crimen pasional y la de no utilizar la voz pasiva (una mujer ha sido asesinada) para no añadir dolor innecesario a la víctima. Como es cierto que la oración pasiva destaca a quien padece la acción verbal sobre quien la ejecuta, nada tengo que objetar. Pero, si ya desde 1976, El País viene defendiendo el uso de la activa en sus informaciones, debería explicar con claridad que no se trata solo de una razón ética, sino también estilística. El profesor de la Universidad San Francisco de Quito Juan Manuel Rodríguez razonaba en un breve artículo de 2001 que la voz pasiva es un cáncer del lenguaje periodístico que el periodista, por su responsabilidad ante el público lector, debe evitar. ¿Por qué? Primero, porque nuestra lengua prefiere la información directa y sin rodeos (lo que es propio de la voz activa), argumento que se confirma con el hecho de que en el habla coloquial muy rara vez se utiliza la pasiva. Y, segundo, porque la pasiva encierra muchos matices éticos; en efecto, la pasiva puede interpretarse como una manera de ocultar, exculpar, esconder o incluso justificar al agente de la acción. Decir una mujer ha sido asesinada…, colocando la víctima en el lugar más visible del discurso, pudiera entenderse que resta importancia a la acción del agente.

 


           Pero es que, además, la Gramática de la Academia, que no es normativa (pues no obliga), sino descriptiva, abunda en lo mismo, aunque lo haga de manera más técnica y fría. Todo discurso, leemos en ella, comporta un tema o información temática y un rema o información remática. La primera es la que el hablante supone conocida por el interlocutor, aquello de lo que se va a hablar; la segunda es la que se considera relevante para completar el tema. El tema, además, suele colocarse al comienzo de la frase, que se cierra con el rema. Dos frases pueden decir exactamente lo mismo, pero presentar una carga informativa diferente. La Segunda Guerra Mundial terminó en 1945 y En 1945 terminó la Segunda Guerra Mundial son enunciados idénticos. Sin embargo, en el primero, La Segunda Guerra Mundial es el tema, mientras que en el segundo lo es En 1945. Lo que caracteriza a la voz pasiva es que se coloca primero el tema, una mujer ha sido asesinada (quien padece la acción); lo que se dirá de ella, lo relevante (quién ejecuta esa acción), el rema, se deja para el final, o se silencia. Por eso se desaconseja.

            ¿Habrá entonces que desterrar la pasiva? No en todos los casos, pues el protagonista pasivo puede, en ocasiones, tener más importancia que el agente de la acción, dice Rodríguez. Y la Gramática académica, por su lado, añade que también será preferible la pasiva cuando se carece de información sobre el agente (en este caso, se desconoce al asesino). Estas cosas, digo a Zalabardo, debiera conocerlas bien un periodista.

            La supresión de crimen pasional me parece innecesaria. Si siempre hay un móvil (económico, religioso, político, odio…) tras un delito, ¿qué nos hará pensar que la alteración de la conciencia originada por celos, ira o engaño signifique justificación de la violencia empleada?



            Y pasamos al lenguaje sexista. Me ocurre algo parecido. Veo bien unas cosas y otras no tanto. Si es necesario que un Libro de estilo nos señale que hay que evitar las asimetrías del lenguaje y que debemos escribir con una perspectiva más igualitaria es porque nuestra sociedad necesita recorrer aún un trecho hacia una conciencia de igualdad. Los ejemplos son claros: si al hablar de personas que cumplen funciones semejantes no nos interesa la vestimenta del varón, tampoco debería interesarnos la de la mujer. Y si es normal citar a un hombre por su apellido (el presidente Sánchez) no habría que añadir el nombre a una mujer (la ministra Irene Montero).

            Me parece bien que se considere desaconsejable la duplicación repetitiva del género, que crea enunciados cacofónicos; o que se rechacen formas como lxs lectorxs o l@s lector@s, por la sencilla razón de que es imposible leerlos. Ya no veo tan claro que se pida sustituir hombre (genérico, no en su acepción de ‘varón’) por otras formas. Evitar el hombre llegará pronto a Marte y decir en su lugar la humanidad, o la gente, llegará pronto a Marte, aparte de poco adecuado me parece erróneo. Abogaría más por la doctrina que defiende Fundéu: con independencia de lo que la gramática haya venido sosteniendo sobre los nombres comunes en cuanto a género, para aceptar jueza, edila, médica, fiscala, cónsula, abogada, arquitecta, etc., solo se necesitan dos cosas: que exista tal función y que haya una mujer que la desempeñe.

sábado, marzo 06, 2021

SOBRE “PROPONIDO” Y OTROS LAPSUS

 


            Don Antonio Llorente, catedrático de Gramática Histórica de la Universidad de Granada cuando yo andaba por en la Facultad de la calle Puentezuelas, dedicó alguna clase a hablarnos de un antiguo gramático griego preocupado por dilucidar si en el lenguaje predomina la analogía o la anomalía, la excepción o la regla, la regularidad o la irregularidad. En los cuadernos de apuntes de aquellas clases, que conservo más por nostalgia que por utilidad, aparece el nombre de ese gramático cuyo nombre no recuerdo.

            Por aquellos años aún no conocía a Zalabardo, pero mi amigo coincide conmigo, alguna vez que ha salido el tema, en que dicho problema aún no se ha resuelto y que el enfrentamiento entre la regla y la excepción es piedra angular de toda nuestra existencia y no solo del lenguaje. No en vano vemos como casi todas las lenguas poseen una frase proverbial semejante, La excepción confirma la regla, que lo que fielmente significa es que la existencia de excepciones no invalida ni desecha ninguna regla, sino que la matiza e incluso precisa. Y, sin embargo, ¡qué duro se hace a veces apartar la regla y admitir la excepción!

            ¿Quién no se ha parado nunca a pensar en el habla de los niños? Mientras viven la feliz etapa en la que sus mentes aún no se han visto maleadas por el acontecer social, son los más correctos y coherentes hablantes, puesto que, siguiendo la regularidad más lógica imaginable, dicen cabo, sabo, hacido, etc., en lugar de quepo, sé o hecho, transgresiones de la regularidad normativa, anomalías que viven en pacífica relación con las analogías, en este proceso al que estamos acostumbrados.

            La lengua abunda en anomalías que aceptamos con toda naturalidad, sin conocer incluso que lo son ni la razón de su existencia. Algunas resultan difíciles de explicar; otras son consecuencia de algún inocente error o de una falsa interpretación. Le cuento a Zalabardo, a modo de ejemplo, un caso curioso, el de una palabra tan simple como cerrojo. Esta palabra procede del latín veruculum, ‘barrita pequeña de hierro’, diminutivo de veru, ‘dardo corto’ y ‘espeto, hierro para asar’. Siguiendo la evolución normal de la lengua, veruculum debería haber terminado en verrojo; pero como aquella pequeña barrita se utilizaba para cerrar (de origen diferente), por etimología popular acabó contagiándose de la forma de esta última y ahí tenemos el cerrojo y todos sus derivados.

            Zalabardo sabe que defiendo el correcto y adecuado uso del lenguaje, pero que no me escandalizo cuando alguien da un patinazo, o cuando, aun contraviniendo la propia naturaleza de la lengua, propone una forma que podría aceptarse como lógica. Pero en estos años en que la información, que no el conocimiento, circula con vertiginosa rapidez, siempre hay personas de piel muy fina dispuestos a escandalizarse sin razón; estas personas abundan más cada día y, lo que es peor, militan entre quienes no cesan de reenviar en sus whatsapps frases mal construidas, palabras incorrectas o juicios atribuidos falsamente a quienes nunca dijeron ni opinaron tal cosa. En la mayoría de los casos, lo hacen por simple ignorancia, aunque a veces actúen movidos por la malicia hipócrita de los fanáticos.

 


           Ahí entra el caso del hemos proponido que soltó hace unos días el ministro Garzón. Bien sabe mi amigo que no simpatizo con el señor Garzón ni con el partido en que milita, IU, por defender postulados que no comparto en muchos casos. Pero de ahí a juzgarlo y criticarlo por ese proponido media un abismo. Simplemente padeció un lapsus que se explica por la existencia en nuestra lengua de participios irregulares, anómalos, junto a los regulares que son mayoría. Es un error, el de Garzón, justificable; su mente actuó como si hubiese padecido una regresión a los inocentes años de la infancia y dijo lo que la coherencia pide, proponido, hasta reparar en que dicha regla la rompen las excepciones de participios como dicho, hecho, propuesto y tantos otros; no olvidemos que también hay muchos casos en los que regularidad e irregularidad coexisten, como vemos en bendecido/bendito, freído/frito, elegido/electo, prendido/preso, etc.

            En nuestra historia más reciente no faltan casos semejantes de lapsus cometidos por un sano e inconsciente deseo (fallido, claro está) de restablecer una analogía. Carmen Romero, a quien tuve como compañera de curso en la Universidad de Sevilla y terminó siendo primera esposa del expresidente Felipe González, ya dio que hablar con aquel famoso jóvenes y jóvenas; más tarde, en la misma línea nos hemos encontrado los casos de miembra, portavoza y cosas así. O sea, que Garzón no es sino uno más en una larga lista que debería movernos más a sonreír que a criticar. El caso revestiría gravedad si quien comete el indeseado patinazo persistiese en su error, como aquel sacristán del chiste que, contando la historia de Lázaro soltó: Y Lázaro andó, y al corregirlo el párroco: ¡Anduvo, idiota!, el rapavelas añadió: Bueno, anduvo idiota unos días, pero luego andó.


            Si condenásemos a Garzón por decir proponido, ¿qué deberíamos haber hecho con Zapatero cuando afirmó tener un plan para follar (en lugar de apoyar) a Rusia? ¿O con María Dolores de Cospedal cuando declaró lo de hemos hecho mucho para saquear (sacar) a este país… ¿O con Leire Pajín, que recomendó que todos teníamos que rezar (remar) en la misma dirección? ¿Y qué hacer con Pablo Iglesias que, en un debate televisado, reconoció que había que dar la razón a las mujeres indignadas por lo que hemos visto con tantas mamadas (manadas)? ¿Y, para terminar, con Ana Pastor, que se quedó tan pancha tras responder a una pregunta que es (por no es) incompatible ser político y ser honrado?

            O sea, le digo a Zalabardo, vamos a reírnos de estos lapsus; hagamos chistes, pero quedémonos en eso. No caigamos en la acritud, palabra que popularizó Felipe González y mostremos buen talante, palabra que popularizó Zapatero; y, aunque sea en el ámbito familiar, hablemos algunas veces en catalán, según nos confesó Aznar. Seguro que, con independencia de excepciones y reglas, a todos nos iría mejor. Zalabardo me mira y se ríe.