domingo, junio 04, 2023

JOB Y LA RESILIENCIA


 La Inquisición abrió proceso a Antonio de Nebrija porque en sus trabajos para la elaboración de la Biblia Políglota proponía una corrección de lecturas erróneas basada en cuestiones puramente gramaticales y olvidando lo referente al dogma, que dejaba en manos de los teólogos. En su defensa escribió Apología, donde exponía sus razones y criticaba a quienes pretendían una revisión de las Escrituras sin conocer siquiera las lenguas originales en que se escribieron. Dijo de ellos: «Ignoran de hecho tanto quienes reconocen francamente que no saben qué es aquello sobre lo que se trata, como los que entienden una cosa en lugar de otra, como los que fingen saber lo que no saben».

            Le digo a Zalabardo que recuerdo a Nebrija porque a veces se me acusa de decir cosas que no digo o se entiende mal lo que digo. Admito que me puede caber alguna culpa de ello. Sin embargo, siempre pretendo que mis palabras vengan avaladas por una autoridad superior a la mía. E interesándome más el análisis objetivo del tema escogido, trato de evitar el juicio directo que pueda incomode. Una persona se ha sentido molesta y mantenía que tan fanático es quien no es partidario de la monarquía como quien niega la existencia de la covid y que sabía muy bien a quién votar. O sea, ni sabe de qué iba el apunte ni entiende los matices del prefijo anti-.

            Ante estas conductas, Zalabardo me aconseja, como mejor remedio, manifestar mi nivel de resiliencia. Y este término, resiliencia, me da pie para el apunte de hoy. La lengua ―no es opinión exclusiva mía, sino de cualquier mentalidad clara que conozca su naturaleza― pertenece al pueblo. La lengua se va haciendo con el uso diario de la gente normal y no puede imponerse desde una tribuna política, ni desde un púlpito, ni desde una fatuidad erudita. Y, lamentablemente, hoy se tiende bastante a eso.

            Sería absurdo negar que la lengua, sobre todo en su léxico, cambia según pasa el tiempo. ¿Quién solicita hoy algo por uebos (por necesidad), o quién le huele el anhélito (aliento), o quién se excusa por estar romadizo (acatarrado)? Estos cambios se han ido sucediendo de manera natural. No existe fecha de caducidad para una palabra ni fecha oficial en que se ha de producir un cambio. Sin embargo, hoy abundan los comisarios lingüísticos, los iluminados de la corrección política, los que se creen que pueden obligar a que la gente hable como a ellos les salga del alma. Y no es así; o no debiera. Porque de tales pretensiones surgen esos casos chirriantes de jóvenas, miembras, todes, persona de color (¿carece alguien de un color de piel?), personas con capacidades distintas (¿no es natural que, aunque iguales, cada persona se distinga por su capacidad para lo que sea?).

            Otras veces, lo que nos hace vulnerar la mutabilidad natural del lenguaje ―aunque lo hagamos de manera inconsciente― es el ansia de emulación, el deseo de seguir la moda. Una persona emplea una palabra y muchas otras, por mimetismo, la repiten. Y pudiera darse el caso de que, con tanta repetición, la palabra acabe por imponerse y arrojemos a la cuneta sinónimos válidos que habían venido funcionando hasta el momento. Veamos tres ejemplos, tan solo: resiliencia, empatía y empoderar.

            Resiliencia. Fue el presidente Pedro Sánchez, creo, quien la sacó a la pasarela. Un día, estábamos inmersos en la tragedia de la pandemia, apareció en televisión para anunciar un Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia. La palabra se empezó a repetir en medios de comunicación, la utilizaban los políticos y acabamos todos colgados de ella. Pero no era un invento. Consulto el CORDE (Corpus Diacrónico del Español) y encuentro que el término ya aparecía en un libro, Tecnología Mecánica, escrito en 1938 por José Serrat y Bonastre. Porque resiliencia es un tecnicismo procedente de la metalurgia, que señala la ‘capacidad de un material para recuperarse de una deformación causada por un esfuerzo externo’.

 


           De ahí pasó a la sicología y al sentido más general, que supongo es el que quería darle Sánchez de ‘capacidad de afrontar dificultades con ánimo constructivo’. Es decir, ‘tras superar un problema, volver a ser como antes’. Nada que objetar, pero ¿por qué todo se vuelve ahora resiliencia y nos olvidamos de adaptación, elasticidad, fortaleza, optimismo, recuperación, paciencia y cuantos otros sinónimos podrían convenir a cada situación concreta? En el Libro de Job, en la Biblia, se nos cuenta la inconcebible serie de calamidades que tuvo que soportar Job. Cuando todos se preguntaban cómo no se rebelaba, Job dijo: «¿Cuál es mi fortaleza para esperar todavía? ¿Cuál mi fin, para llevarlo en paciencia? ¿Es mi fortaleza la de las piedras o es de bronce mi carne?». Su virtud fue la paciencia y por él nació el dicho Ser más paciente que el santo Job. Con las tendencias de hoy, a Job habría que considerarlo patrón de los resilientes.



         La empatía, ‘capacidad de adoptar el punto de vista de otros’. Aunque palabra «reciente», su linaje se remonta a tiempos muy lejanos. Tiene que ver con la raíz indoeuropea kwent(h)-, ‘sufrir’, de la que procede el griego páthos, ‘sentimiento’ y ‘enfermedad’. El documento más antiguo que encuentro en el CORDE de empatía es de 1965. El arquitecto Fernando Chueca Goitia, en su Historia de la Arquitectura Española. Edad Antigua y Edad Media, hablando de la catedral de Burgos, escribe: «Su cohesión arquitectónica […] nos hace sentir, por empatía, toda la sublime espiritualidad de este estilo». Y en 1966, María Moliner, en su Diccionario de uso del español, incluye empatía como término propio de la sicología: ‘capacidad de una persona de participar afectivamente en la realidad de otra’. La RAE no la recogerá en su diccionario hasta 1984. Y ahora, cuando se pide empatía con los demás, no se nos ocurre utilizar comprensión, ni solidaridad, ni afinidad.

             Y nos queda empoderar. Esta es la más nueva de todas. El CREA (Corpus de Referencia del Español Actual), puesto que no aparece en el CORDE, me da como documentación más antigua un libro de Carmen Alborch de 2002 titulado Malas. Rivalidad y complicidad entre mujeres. Allí dice que es un derivado del inglés empowerment, y que significa ‘impulsar cambios culturales sobre las relaciones de poder’. Hoy se emplea como ‘hacer fuerte a un individuo de un grupo social desfavorecido’ y ‘dar a alguien autoridad e influencia para hacer algo’. Por eso, sin tener que rechazarla, también se podría decir fortalecer, potenciar, conceder autonomía o habilitar a alguien.

sábado, mayo 27, 2023

POR LA BOCA MUERE EL PEZ

 Confieso a Zalabardo que, después de casi veinte años y más de mil apuntes, se hace difícil encontrar un tema que dé alguna variedad a esta Agenda. Hoy no tenía ni la más remota idea sobre de qué escribir. Y en este amanecer de sábado, gris, jornada de reflexión que precede al domingo en que habremos de decidir a quién concedemos nuestra confianza para regir el municipio en que habitamos, alguien que fue figura en el fútbol ha venido en mi ayuda. Tengo por costumbre que el repaso de la prensa sea una de mis primeras actividades del día. Y me encuentro con un interesante artículo de Jorge Valdano a propósito del reciente caso Vinicius. Pero no voy a hablar de esa extraña noción de racismo arraigada entre nosotros pese a que se nos llene la boca de decir que no somos racistas.

            Se lamenta Valdano, que fue gran jugador, luego entrenador y hoy comentarista, de cómo el odio se va extendiendo en nuestra sociedad. Defiende, y le damos la razón,  que la culpa no es del fútbol, ya que solo se limita a reflejar de modo repugnante ese odio que se va instalando entre nosotros. En efecto, cuando llamamos hincha al aficionado y consideramos enemigo al adversario estamos ante un claro síntoma de que algo no funciona bien. En la sociedad, no en el futbol.

 

           Si algo distingue al homo sapiens de otras especies y lo ha hecho imponerse y conquistar el mundo es, no cabe duda, el lenguaje. Otras especies animales también se comunican y son capaces de usar un lenguaje, pero lo peculiar del de los humanos es, primero, su tremenda flexibilidad y su maravillosa economía: con un número llamativamente escaso de elementos puede crear un número ilimitado de frases y mensajes, todos y cada uno con su significado correspondiente. Y una segunda peculiaridad que podemos señalar en nuestro lenguaje es que no solo sirve para comunicar a los demás nuestra visión de lo que nos rodea, sino que sirve incluso para hablar de aquello que no existe.

            Claro está, le digo a Zalabardo, que esa ventaja apareja también algún riesgo. Dos refranes pueden servirnos para explicarlo: Por la boca muere el pez y Cuidar de no morder el anzuelo. El anzuelo, que podría ser representación del lenguaje, encierra un peligro, el de no ser utilizado en la manera adecuada; y la boca es el altavoz por el que salen al exterior nuestros pensamientos, es decir, lo que, en definitiva, denuncia qué y cómo somos en realidad. Por tanto, el refrán pretende avisarnos de lo peligroso que es hablar de forma desconsiderada.

            Por eso, la amarga conclusión a la que llega Valdano en su artículo es que, si al aficionado lo vemos como hincha y al adversario como enemigo, quizá no valga la pena seguir amando el fútbol. Su opinión puede ser extrapolable a todas las esferas de la vida, aunque él esté denunciando lo acontecido con Vinicius, que ni es un caso aislado, ni es de ahora, ni se circunscribe solo al fútbol. El lenguaje dice de nosotros más de lo que creemos, aunque nos cueste aceptarlo. ¿Por qué, si no, empleamos tanto tiempo en decir «yo no soy esto» o «yo no soy lo otro», para intentar negar lo que nuestros hechos y palabras demuestran de forma palpable?



Leo un comentario de Paola Celi escrito en enero de 2022 sobre el prefijo anti-. Nos da cuenta de cómo ese prefijo de origen griego que significa ‘opuesto’ y ‘con propiedades contrarias’ ha ido adquiriendo otros significados. Para el primer caso nos vale antimonárquico, ‘que se opone a la monarquía’; y, para el segundo, antidepresivo, ‘que tiene propiedades que evitan la depresión’. Sin embargo, es fácil observar cómo este prefijo ha ido cobrando el sentido de ‘persona que cuestiona, minimiza la existencia o niega el valor de algo’. Así, a raíz de la reciente pandemia de la covid-19, nació un movimiento anticovid, que reunía a quienes negaban la existencia de tal pandemia; igual que antivacuna agrupa a quienes niegan la eficacia de las vacunas. Es decir, hablamos de un anti- negacionista por sistema. Ser antimonárquico, por seguir con el ejemplo, refleja un modo lícito de pensar; un producto antihistamínico es bueno. Pero autodenominarse anticovid denota una mentalidad fanática e intolerante.

            En el fútbol, deporte que tantos sentimientos aúna, es triste ver cómo cada día, más que ser seguidor o admirador de tal o cual equipo, se lleva a gala ser antimadridista, antibético o antiosasunista. Es decir, más que personas que ponen su ilusión en un equipo, nos encontramos con personas que trasladan su odio hacia otro equipo.



            Y hoy, día de reflexión, hablamos Zalabardo y yo de que algo muy semejante está sucediendo en la política. Hacemos un repaso de las campañas y vemos que a los candidatos de un partido, el que sea, les cuesta hablar de las excelencias del partido al que representan, les cuesta intentar convencernos de la bondad de sus proyectos para el municipio del que pretenden ser alcaldes o concejales. Les resulta más fácil, y hasta más provechoso, atacar a los otros partidos, le gusta más ser anti- que pro-, airear los trapos sucios de los demás sin reparar en que no estaría mal dedicar algo de tiempo a lavar los propios. No son partidarios ni defensores de unas ideologías, son forofos, hinchas, hooligans. En los mítines no razonan, no hablan con la cabeza, hablan con las tripas.

            Tras eso, el problema que se nos plantea es grande: ¿A quiénes votamos, a los que consideramos mejores o a los que nos parecen menos malos? Porque lo cierto es que nos lo ponen difícil.

domingo, mayo 21, 2023

VIRAL

 


Nicolás Sartorius
, en su libro La manipulación del lenguaje, lo explica a la perfección. En términos médicos, virus es un ‘humor maligno’, y si acudimos a su etimología, la palabra significa ‘veneno’, ‘tóxico’. Por tanto, el virus es un agente infeccioso que ataca a todo tipo de organismos. Y, sin embargo, en los últimos años, todo el que se mueva en el terreno de las redes sociales sueña con que un contenido que suba se convierta en viral, es decir, se difunda de forma exponencial mediante envíos y reenvíos, se pandemice. Asistimos, por tanto, a la adopción por parte de la palabra de un nuevo sentido. «¿Puede un contenido viral ser malo o peligroso?», me pregunta Zalabardo. La respuesta tiene que ser por fuerza ambigua, porque que sea una cosa o la otra dependerá, al menos, de tres factores. En las redes sociales no somos como el cliente de un bar, que toma una cerveza y se va; somos objeto y producto a la vez; estamos casi continuamente enganchados y subimos y bajamos contenidos ―opiniones, fotos, juicios sobre algo, contenidos de otros usuarios…― El segundo es que no todos los contenidos tienen idéntica fiabilidad ni persiguen los mismos objetivos. Y el tercero, que los algoritmos que determinan las conexiones entre los contenidos y los usuarios no saben distinguir entre contenidos falsos y verdaderos, sino que, así lo dice Sartorius, «están diseñados para maximizar la viralidad» de forma que no hay nada que evite que el más falso o malintencionado pueda ser el que más se viralice.

Le pregunto a Zalabardo si recuerda ¡Quién supiera escribir!, el delicioso poema de Ramón de Campoamor. Claro que lo recuerda, e incluso me comenta que, cada vez que lo lee, le parece inconcebible que hubiese un tiempo en que era tan abundante el número de personas que no sabía leer ni escribir. Esa triste circunstancia era la razón de que existiera un oficio muy peculiar, el de los pendolistas, aquellas personas que escribían cartas y redactaban documentos para personas que no sabían hacerlo. Cuando llegué a Málaga aún tuve ocasión de conocer a uno; tenía su «taller» en calle Granada, junto a la también desaparecida librería Negrete y frente a la iglesia de Santiago.

 

           Los tiempos han cambiado, y mucho, y lo que hoy extraña es cruzarse en la calle con alguien que no enarbole su móvil manteniendo una conversación con alguien, si no escribiendo o leyendo un mensaje de los que se envían a millones por las diferentes redes sociales. ¿Sabemos la cantidad de mensajes y conversaciones que tienen lugar en un instante? Por curiosidad, consultamos y encontramos unas cifras que dan escalofríos: en un minuto ―¡la ridiculez de 60 segundos!― se envían en torno a 38 millones de mensajes por Whatsapp, casi medio millón por Twitter, hay un millón de conexiones a Facebook, se ven 200.000 fotos en Instagram… ¿Cuántos de esos mensajes son o pretenden ser virales?

          Cuando Zalabardo y yo éramos jóvenes no existían los móviles ni internet y había muchas viviendas que carecían de teléfono. El medio para comunicarse a distancia era el correo. Pero la gente, por lo general, no escribía cartas, o lo hacía muy raramente. Y el correo, que hoy nos parece obsoleto, era lento. Esta lentitud, unida al extendido analfabetismo, explica que la gente escribiese poco. ¿Entendería un joven de nuestros días que hubiese familias que nunca enviaron ni recibieron una carta, es decir, que carecían de esa comunicación que hoy nos tiene atados a todos? Por la misma razón, la gente escribía solo cuando tenía algo importante que contar y que, al hacerlo, nadie perdía el tiempo para escribir la primera chorrada que se le viniese a la cabeza, sino que meditaba con sumo cuidado lo que pretendía decir y la manera en que lo diría. Todo el proceso, desde la redacción de la carta, hasta que nos llegara la respuesta del destinatario, podía tenernos en ascuas dependiendo de los contenidos.

 

           Y lo que puede resultar más paradójico ―Zalabardo y yo coincidimos en esto― es que, en los tiempos que vivimos, con todos los medios que hay a nuestro alcance, se puede constatar que la gente escribe menos que antes. Incluso el correo electrónico ha cedido terreno ante el avance de las otras redes sociales. De esa cantidad difícil de imaginar, ¿cuántos contenidos son realmente de interés?, ¿cuántos envíos y reenvíos hacemos con conciencia clara de que lo que subimos a la red o consultamos? La inmensa mayoría de esos mensajes, me dice Zalabardo, posiblemente no hayan requerido del emisor ni del receptor ni la décima parte de la atención que se ponía al escribir una carta. Proliferan los mensajes vacíos; los que no manifiestan nada de lo que somos, puesto que nos rendimos a ser mera correa de transmisión de algo cuyo origen desconocemos. ¡Es tan fácil pulsar una tecla para activar el reenvío…!

            Y aquí se esconde el peligro. Por las redes circulan, disimulados entre los veraces, un ingente número de contenidos falsos, de bulos malintencionados, de fake news como se les ha dado en llamar ahora. Es fácil crear una mentira, por simple e inocente que sea ―como, por ejemplo, que una frase cursi la dijo quien nunca dijo tal cosa, atribuir un poema a quien no fue su autor, intentar convencernos de la bondad o maldad de alguien…― Lo difícil es conseguir que esa mentira sea creída por mucha gente, y hacer que esa creencia común persista. De eso, para nuestro mal, ya se encargan los algoritmos que manejan las redes. Además, sin que, en muchos casos, tengamos oportunidad de saber a quién corresponde la responsabilidad de esa viralización de la mentira.

            De todo esto hablaba Harari cuando establecía la existencia de realidades objetivas, subjetivas e intersubjetivas. Las primeras existen con independencia de mi creencia; las segundas dependen de lo que yo creo y las terceras, verdaderas o falsas, necesitan una amplia red común que conecte la conciencia subjetiva de muchas personas. Los contenidos virales en las redes pertenecen a este último tipo. No basta pues que yo, o diez o veinte personas más dejemos de creer en ellos. El grupo es tan amplio que no hay forma de desterrarlos.

sábado, mayo 13, 2023

TOCAR MADERA

 

Sostiene Ignacio Abella en el bello e interesante libro La magia de los árboles que «los viejos, los niños y los árboles son nuestros maestros naturales. La pérdida de esta relación con ellos ha conllevado un profundo desarraigo y desconcierto». Culpa de ese desarraigo a la desruralización de la sociedad moderna y al predominio de la vida urbana. Por eso, añade unas líneas más adelante, ese importante papel de maestros naturales ha dejado de tener sentido porque «en la ciudad, el viejo es una pesada carga, y se lo confina en los geriátricos, y a los niños en los colegios y guarderías, y a los árboles en los parques…».

            Le digo a Zalabardo que no es mi intención hablar hoy del papel que la sociedad concede a niños y ancianos, que prefiero hablar de árboles porque hace unos días, tras manifestar en les redes mi alegría ante la floración de las jacarandas con unas fotos acompañadas de un poema de Alberti, una amiga, Carmen Olid, me respondió que en Sevilla había una jacaranda de flores blancas, cuya foto enviaba. Busqué en internet y me llevé la sorpresa de que, al parecer, ese ejemplar, si no único, es muy raro en Europa. Entonces me planteé la pregunta: ¿reparamos en los árboles y les concedemos el cuidado y atención que merecen? Zalabardo y yo hablamos de esa plaga de incendios que amenaza desde hace unos años a nuestros bosques, del terrible que el año pasado tuvo lugar en Sierra Bermeja, poniendo en peligro los bosques de pinsapos, esa riqueza arbórea que, en Europa, no se puede apreciar más que en algunas sierras de Málaga y de Cádiz. Y, cómo no, hablamos del miedo a los posibles incendios de este año, tan seco.



            Mi amigo soltó entonces en medio de la conversación que toquemos madera para que la cosa este año no sea tan grave. Le hice notar entonces cómo, sin darnos cuenta, sin ser conscientes de lo que decimos, algo atávico nos lleva a gritar, cuando deseamos que nada estorbe un proyecto que tenemos, que nada tuerca la ilusión con que esperamos algo, ¡Toca madera! ¿Por qué tocamos madera cuando deseamos alejar de nosotros un daño que estimamos muy posible? Hay varias opiniones en torno al origen de la expresión. Una bastante extendida quiere que esa madera se refiera a aquella en que Jesucristo fue crucificado y defiende que es la forma de ponernos en sus manos para que nada nos salga mal. Pero no es esta la más acertada porque encomendarse a la madera, y al árbol del que procede es un rito muy antiguo, muy anterior al cristianismo.


            En efecto, todas las tradiciones, las religiones y las creencias que queramos tener en cuenta confluyen siempre en el árbol y utilizan un lenguaje que podríamos juzgar de universal al hablar de él. Ya Plinio el Viejo sostenía que los árboles son templos de los dioses, más venerados que el oro o el marfil, razón por la que no hay pueblo que no considere sagrada esta o aquella especie de árbol. Y acompañaba sus opiniones con el hecho de que, aun en sus días, cada árbol estaba dedicado a un dios: la encina y el roble a Júpiter, el laurel a Apolo, el olivo a Minerva, el mirto de Venus, el álamo a Hércules, el manzano a Afrodita

            Pero la cosa no queda ahí. Si estudiamos las culturas antiguas, encontraremos que los juicios, las asambleas, las clases escolares o las consultas médicas tenían lugar bajo el cobijo de un árbol, consagrado a ese menester. Esta costumbre se ha perdido, pero recordemos una que nos queda bien cercana. Las juntas del Señorío de Vizcaya, constituidas por los representantes de los pueblos, tenían lugar en Guernica, bajo un roble. Allí se debatían los problemas y se tomaba juramente a los señores y al propio rey de que se respetarían los fueros. Todavía hoy ese árbol es símbolo de todo el País Vasco. Y entre los celtas, el calendario estaba formado por trece meses, lunares, de 28 días, cada uno de ellos dedicado a un árbol: abedul, serbal, aliso, sauce, fresno, majuelo, roble, acebo, avellano, vid, higuera, saúco y tejo.


            
Por esta razón, y le digo a Zalabardo que es la que considero más verosímil, la gente se acogía a la protección de un árbol, puesto que, además, el árbol era quien le proporcionaba alimento y materiales para construir viviendas, barcos, herramientas. La madera, pues, era un material que gozaba de la misma veneración que los árboles de los que procedía. Así que cuando deseamos atraer la suerte o alejar de nosotros cualquier mal, tocamos madera. E impone la tradición que sean dos toques: con el primero se expone la petición y con el segundo se solicita que sea concedida. Para lo que no he encontrado explicación, y agradecería que alguien me la proporcionara, es para el hecho de que cuando no tenemos cerca madera nos tocamos la cabeza. 

sábado, mayo 06, 2023

TREINTA DÍAS TIENE NOVIEMBRE...


Escribió García Lorca que «si el Sueño finge muros / en la llanura del Tiempo, / el Tiempo le hace creer / que nace en aquel momento». El tiempo, comento con Zalabardo, tiene la desagradable costumbre de ser mentiroso. Nos hace creer que lo dominamos, que lo controlamos a nuestro capricho. La realidad es muy diferente, pues es el tiempo quien nos controla y juega con nosotros.

            Sin embargo, los humanos no cejamos en este afán por tenerlo fiscalizado y regulado. En el remoto origen de la especie, los humanos ―cazadores, recolectores, agricultores después―, necesitaron conocer los ciclos de crecimiento y de reproducción de lo que constituía su sustento. Y, observadores, descubrieron que esos ciclos se ajustaban a los del movimiento aparente de los astros; en especial, la luna y el sol. Se fueron amoldando a ellos y así aprendieron cuándo sembrar una cosa u otra, cuándo proceder a la cosecha…; todas esas rutinas que constituían sus vidas. Un repaso de la historia de las diferentes civilizaciones sirve para ver la variedad de calendarios que han existido. Si en un principio los calendarios regulaban los momentos para las faenas agrícolas, más tarde fueron añadiendo pronósticos meteorológicos, predicciones sobre sucesos que acaecerían, profecías sobre calamidades o hechos felices… Estamos en pleno siglo XXI, le digo a Zalabardo, y todavía encontramos, en España, que se sigue publicando el famoso Almanaque Zaragozano, reflejo de aquellos antiguos.

            Si en el apunte anterior se hablaba de la relación entre mes y luna, hoy vamos a fijarnos más en los nombres de los meses y algunas otras cuestiones curiosas relacionadas con el asunto. Los primeros calendarios que conocemos eran lunares. La referencia de medida era el ciclo lunar. Miremos el calendario romano, que es la base del que aún rige. Espero no liarme demasiado y ser claro, le advierto a Zalabardo, al explicar por qué unos meses tienen 31 días y otros 30, a la vez que el pobrecito febrero queda con 28.

 

           Los romanos, se dice que en la época de Rómulo y Remo, atendiendo a estos ciclos lunares, crearon un calendario con diez meses de 29 días: martius, aprilis, maius, iunius, quintilis, sextilis, september, october, november y december. El comienzo del año lo fijaba nuestro marzo. ¿Qué pasaba con enero y febrero? No es que no existieran, sino que, por ser el tiempo del más riguroso invierno, en que no había ninguna labor agrícola ni ganadera que atender, no se les hacía ni puñetero caso y se los dejaba fuera. Se cuenta que sería Numa, sucesor de Rómulo quien los incorporó al calendario como meses once y doce.

            ¿Y los nombres? Cuatro se derivan de divinidades diferentes; y al resto se los conocía por su orden. Le aviso a Zalabardo que, aunque hoy diciembre sea el mes doce, en aquellos tiempos era el décimo, y a eso obedece su nombre. Le seguían enero y febrero, aún sin nombre. Sobre el nombre de marzo hay teorías distintas. Unos dicen que es en honor de Marte, el Ares griego, dios de la guerra, padre de Rómulo y Remo, según la leyenda. Pero el Marte romano era distinto al Ares griego; designaba también a una deidad de naturaleza agrícola anterior, Mavorte. Por eso, marzo, mes en que ya ha pasado el invierno, señalaba tanto el periodo en que se podían iniciar las guerras, como el momento en que todo comienza.

            También plantean dudas los nombres de otros meses. Aprilis, según unos, es el mes consagrado a Venus (Afrodita), diosa del amor y de la belleza, nacida de la espuma (en griego aphrós), aunque otros sostienen que viene de aperire, ‘abrir’, porque es el mes en que la naturaleza renace con la primavera. Maius se explica tanto como mes consagrado a Maia, la pléyade que representa la fertilidad, o como mes dedicado a Júpiter máximum, ‘el mayor’, e incluso el mes en que se honra a los mayores. Y si para unos iunius es el mes de Juno, otros lo relacionan con ianua, ‘puerta’, por ser comienzo del mejor tiempo. Los demás ya no presentan problemas.



            Pero he aquí que el amigo Julio César, en el siglo I a.C., decidió llevar a cabo unas reformas para adaptar el calendario al de los egipcios, que era solar, con 365 días, que se consiguieron así: los meses impares tendrían 31 días y los pares, 30. Salvo febrero, que, por ser último, no necesitó que se le sumara ninguno, pues ya se habían alcanzado los 365 días. Más tarde, enero y febrero pasaron a los lugares que aún hoy conservan porque, siendo enero la fecha en que se renovaban los cargos políticos, pareció conveniente que con ellos se iniciase el año. Ianuarius recibió ese nombre por Jano, dios de los portales; y februarius por el dios etrusco Februa. Finalmente, para dejar marcado su sello, el mes quintilis, el quinto, pasaría a llamarse julius. Ninguno de estos cambios afectaría a la incongruencia de que septiembre, octubre, noviembre y diciembre mantuviesen sus nombres pese a ocupar los lugares noveno, décimo, undécimo y duodécimo, respectivamente.

            Octavio Augusto, sobrino nieto de Julio César, también quiso meter mano en el calendario. Una de sus reformas fue poco original, llamar augustus, agosto, a sextilis. Otra da muestras de su carácter vanidoso. El mes que llevaba su nombre debería tener, al menos, tantos días como el de su tío abuelo, es decir, 31. Ese día lo ganó a costa de quitar uno a febrero, que quedó con 28. Y para que se mantuviese la norma de que los meses impares debían ser más largos (con excepción de agosto), al tiempo que septiembre y noviembre pasaron a tener 30, octubre y diciembre pasarían a 31. El porqué de los años bisiestos quedará para otra ocasión, si se tercia, le digo a Zalabardo.

sábado, abril 29, 2023

EL MES Y LA LUNA


Rafael Cadenas, poeta venezolano flamante Premio Cervantes, decía el pasado día 24 en su discurso de aceptación del premio que «nuestra lengua anda muy maltrecha […] pero no puedo ahora señalar sus fallas en esta ocasión, porque son demasiadas». Javier Rodríguez Marcos, filólogo, publicaba dos días después un artículo, Toda cultura es crisis, en el que respondía que no es para tanto la cosa, que esa opinión la abonan quienes no tienen presente que, en todos los tiempos, la cultura ha sido una perpetua crisis o que olvidan que toda lengua surge como corrupción de otra anterior, como la nuestra del latín; sí es verdad que hoy, y las causas son muchas, se puede afirmar que esa revolución, esos cambios, se produce a un ritmo más acelerado. Opinando sobre aquello de que «todo tiempo pasado fue mejor», le cuento a Zalabardo que Machado mantenía que lo único indiscutible es que «todo tiempo pasado es anterior».

            Cuando aparecen en un debate opiniones de esta naturaleza, también me acuerdo de mi profesor y maestro don Manuel Alvar. Con frecuencia nos repetía que nuestra obligación como hablantes es, si no dejar a las generaciones futuras una lengua mejor, procurar que al menos que no sea peor. El consejo, aun siendo acertado, le digo a Zalabardo, no se contradice con dos realidades igualmente ciertas. Una, que la lengua pertenece al pueblo y no a los especialistas que lo estudian; la otra, que en no pocas ocasiones, la lengua camina por donde le parece aunque no entendamos la razón. Leyendo el interesante libro Navegando por el cielo, de Ana Capsir, me encuentro con un ejemplo que viene pintiparado para el caso: ¿qué hace que palabras como mes y luna podamos considerarlas equiparables e, incluso, sinónimas, en no pocos casos?


            En sánscrito, men significa ‘medir’. Pero las culturas primitivas, observando el movimiento de la luna, descubrieron que era una excelente referencia para fijar los tiempos de cada cosa. Y tomaron sus ciclos como referencia para diseñar los calendarios, que en el origen fueron siempre lunares. La Luna medía las mareas, determinaba la fertilidad de las hembras, decidía los buenos momentos para las siembras, la puesta de las tortugas, el desove de los corales, influía sobre las conductas… Esta observación ayudó a establecer la noción de año, que venía compuesto por doce ciclos lunares. A cada uno de ellos, a cada unidad de medida, se le dio el nombre de mes.

           Los calendarios lunares, que no son fijos, fueron también la base que regía el momento de los cultos y los ritos de las culturas primitivas. En el Peñón del Majuelo, de Valonsadero, en Soria, se encuentran unas pinturas rupestres que los especialistas interpretan como un modo de representación de la incidencia de la Luna sobre animales, hombres y cosechas. Tan importante era aquel proceder que todavía hoy se conservan muchos ritos y cultos religiosos que carecen de fecha fija porque se ajustan a este calendario lunar. El Ramadán de los musulmanes tiene lugar en el noveno mes lunar; y la Pascua cristiana, en nuestro hemisferio, se festeja el primer domingo posterior a la luna llena que sigue al equinoccio de primavera.



           Esta estrecha relación entre la forma de medir el tiempo respetando los movimientos lunares hicieron que mes, el men indoeuropeo, acabase por ser también el nombre que designase a la Luna. Lo vemos en el alemán mond; en el inglés moon; en el danés måne; en el sueco manen… ¿Por qué, entonces, me pregunta Zalabardo, nosotros decimos Luna? La explicación es fácil. Atendiendo a que uno de los rasgos más notable de la Luna es su brillo, los griegos usaron σέλας (selas), que significa ‘resplandor’, para llamar Selene a la diosa de la Luna. De ahí que a una forma de ‘yeso cristalizado en láminas brillantes’ se le llame selenita, como a los hipotéticos habitantes de la Luna. Y que la selenografía sea el estudio y descripción de la Luna. O que selenosis sean las ‘manchitas blancas que con frecuencia aparecen en las uñas’; que a estas manchas se les llame también mentiras ha hecho pensar a algunos que mentir pueda provenir también de men, en su sentido de Luna, por su aparentemente errático movimiento.

Del mismo modo, es decir, atendiendo a una cualidad lunar, el latín echó mano de otra raíz indoeuropea, leuk-, ‘luz, esplendor’, de donde provienen lumbre, luminoso, lustre, lucir, lunes…, y también Luna. Esa es la razón de que en el ámbito románico tengamos el francés lune, el portugués lua, el italiano luna o el rumano lună

            Las reacciones que la Luna puede ocasionar, aparte de las claras influencias ya mencionadas, ha alimentado leyendas y creencias múltiples. Como la de los licántropos, los hombres lobos. Se remonta a una vieja leyenda que cuenta cómo un lobo jugueteaba con la Luna, que se quedó enredada en las ramas de un árbol; cuando y volvió a subir al cielo, el lobo la persiguió aullando. Esa historia se trasladó a la creencia popular de que hay individuos que, por efecto de la luna llena se convierten en lobos. O que se llame lunáticos a los dementes que padecen crisis discontinuas porque, lo decía ya Covarrubias, «con los cuartos de luna alteran su accidente». Por fin, le digo a mi amigo, esta interrelación entre luna y mes da lugar a metonimias curiosas como la que cita Ana Capsir de que al periodo menstrual femenino se lo llame mes en España y, en Francia, se lo llame lune.

viernes, abril 21, 2023

SOBRE LIBROS PROHIBIDOS (ANTE EL DÍA INTERNACIONAL DEL LIBRO)


Me intriga que se me acerque Zalabardo sonriendo. Al preguntarle el motivo, contesta que le parece ridículo que hayamos llegado a esta falta de fechas en el calendario para conmemorar días de… Fíjate, dice ya sin contener la risa, que, el pasado 9 de marzo se celebró el Día de la tortilla de patatas, o que hoy, día en que empiezo a escribir este apunte, es el Día Mundial de la marihuana. Lo de la tortilla de patatas se explica porque es el día de santa Juana, monja del siglo XV sobre la leyenda cuenta que socorría a los menesterosos que acudían a ella ofreciéndoles una tortilla. Lo otro, lo ignora.

            Hablamos de esas celebraciones insulsas. Sin embargo, le digo, algunas sí parecen necesarias. Por ejemplo, la del próximo 23 de abril, Día Internacional del Libro, por el valor incalculable que el libro tiene. Su lectura es motivo de placer, de evasión y entretenimiento, abre las puertas a mundos e ideas desconocidos, favorece el aprendizaje, despierta la curiosidad y aumenta los conocimientos, nos da compañía y combate el aburrimiento, activa la inspiración…; en suma, un libro nos hace más libres. Y tiene muchos enemigos.


            Saco a colación lo que Plinio el Joven contaba en una carta a su amigo Baebio Macro sobre su tío Plinio el Viejo, que solía decir que no existe ningún libro tan malo como para que de él no pueda sacarle algo provechoso. Desde aquella lejana época, la frase no ha dejado de repetirse. En España, tal vez fuese el autor del Lazarillo de Tormes (1554) el primero en hacerlo; en el prólogo se lee: «…podría ser que alguno que los lea halle algo que le agrade… Y a este propósito dice Plinio que no hay libro, por malo que sea, que no tenga alguna cosa buena». En 1599, Mateo Alemán lo repite en la introducción a su Guzmán de Alfarache («…mas considerando no haber libro tan malo donde no se halle algo bueno…») Y Cervantes, en la segunda parte del Quijote (1615), pone el mismo juicio en boca del bachiller Sansón Carrasco (cap. III) y de un caballero llamado don Juan con el que se encuentran en una venta (cap. LIX).

            Tal vez por estas cualidades que he citado, podría aún citar más (por ejemplo, Annie Ernaux dice que «la literatura es el método clásico para salir del propio medio social», totalitarismos y dictaduras de todas las épocas los han mirado como un peligro y nunca han faltado quienes se empeñan no solo en prohibirlos, sino incluso en hacer desaparecer los que consideraban contrarios a una determinada corriente (social, política, religiosa…). Esa actitud era una forma de represión de disidentes.

 


           Por irme lejos, le cito a Zalabardo el caso de la quema de la biblioteca de Alejandría, a principios del siglo V, atribuido al fanatismo de Teófilo de Alejandría o de su discípulo Cirilo, para acabar con las ideas contrarias al cristianismo. En el Concilio de Trento (siglo XVI) se decidió elaborar el Índice de Libros Prohibidos, que recogía qué lecturas debía rehuir cualquier creyente católico; este Índice estuvo vigente hasta que el papa Pablo VI, en 1966, lo abolió. En mis años de bachillerato, Lecturas buenas y malas, del jesuita Antonio Garmendia de Otaola, servía de referencia en el instituto de mi pueblo, Osuna, para determinar qué nos estaba permitido leer y qué no. Ese volumen impidió que yo pudiera sacar de la biblioteca libros de Baroja y de Leopoldo Alas. En 1953, Ray Bradbury publicó su distopía Fahrenheit 451, en la que mostraba una sociedad que prohibía la lectura y en la que la misión principal del cuerpo de bomberos no era sofocar fuegos, sino quemar bibliotecas.

            Me pasa como a Borges, que era capaz de imaginar un mundo sin pájaros o sin agua, pero no sin libros. Sin embargo, abundan los enemigos de los libros y la censura sigue muy viva. Le cuento a Zalabardo una experiencia personal: a una persona amiga, y perteneciente a una congregación religiosa, pedí opinión acerca de Jesús. Una aproximación histórica, del teólogo vasco José Antonio Pagola, que tenía intención de leer. Tras enumerarme los «numerosos defectos» del libro, me respondió sin ninguna clase de rubor que «no lo había leído, porque en su congregación lo ‘habían desaconsejado’ a sus miembros». ¿Puede alguien opinar, y negativamente, de algo que desconoce?

 


           Pero hay más. En nuestros días se está extendiendo con fuerza inusitada un movimiento censor de libros que cuesta trabajo imaginar. En las bibliotecas de Estados Unidos circula una lista de unos 1600 de libros que no pueden ser leídos. Entre ellos, Matar a un ruiseñor, El señor de las moscas o Un mundo feliz. Hay colegios a cuyos alumnos se impide la lectura de determinadas novelas o se les ofrecen en ediciones «edulcoradas», expurgadas de párrafos y páginas enteras o con palabras sustituidas por otras. El último caso, que yo sepa, es el de Roald Dahl, autor de novelas para niños como James y el melocotón gigante o Charlie y la fábrica de chocolate. Me parece inconcebible que las novelas de una autora que llenó de placer muchas horas de mis años jóvenes, Agatha Christie, se vean sometidas igualmente al castigo de alterar los relatos protagonizados por Hércules Poirot o la señorita Marple. Que se hagan «reescrituras políticamente correctas» de los cuentos infantiles tradicionales. Que se envíe al ostracismo a autores como Joseph Conrad o Rudyard Kipling, a los que se acusa de ser supremacistas. Que, abiertamente, se prohíba una biografía de la cantante cubana Celia Cruz o de las hermanas tenistas Serena y Venus Williams. Y todo, apenas si es la razón que se esgrime, en «defensa de las sensibilidades más modernas»

            Las quejas no acabarían. ¿Debemos, pues, callar ante la prohibición o mutilación de un libro? ¿No sería renunciar a nuestra libertad? Le digo a Zalabardo que no necesito de un cursi Día de los enamorados para expresar mi cariño a las personas que quiero; que no necesito un Día del padre o de la madre para acordarme de ellos. Que no quiero un Día de la tortilla de patatas, ni de la zanahoria morada. Que me sobran muchos días estúpidos. Pero que, por ninguna razón, renunciaría a un Día del Libro, porque los libros militan entre las pocas cosas que aún fomentan nuestras ansias de libertad.


viernes, abril 14, 2023

DEFENSA DE LA ESCUELA PÚBLICA

 

Comentaba con Zalabardo el origen extraño de la palabra escuela, en cuya forma vienen a coincidir la mayor parte de lenguas del mundo (scuola en italiano; école, en francés; škola en bosnio; skole, en danés, shkollë, en albanés, iskola, en húngaro, scholl, en inglés…; incluso el euskera, lengua tan alejada del sánscrito, tiene la forma eskola). Lo que de verdad extraña no es el origen, sino cómo ha llegado a significar ‘establecimiento en el que se reciben ciertos tipos de enseñanzas e instrucción’, tan aparentemente alejado de lo que σχολὴ significaba en griego: ‘ocio, tiempo libre’.  Los romanos adoptaron el término como schola pese a disponer del término otium.

            Quizá, le digo a Zalabardo, necesitaríamos fijarnos en qué era para los griegos el ocio, la σχολὴ. Y tendríamos que echar mano de Aristóteles para entenderlo. En su Política, este filósofo dice entre otras cosas: «La vida tomada en su conjunto se divide en trabajo y ocio […] Un hombre debe ser capaz de trabajar y de guerrear, pero más aún, de vivir en paz y tener ocio y llevar a cabo acciones necesarias y útiles, pero todavía más las nobles […] Llamamos embrutecedoras a todas las artes que disponen a deformar el cuerpo, y también a los trabajos asalariados, porque privan de ocio a la mente y la hacen vil». Tal vez por eso, los romanos entendieron este ocio, la schola, como ‘descanso consagrado al estudio’ y también ‘ocupación literaria’.

 

           Considerando la idea aristotélica de que el cultivo del ocio se mueve en la esfera de lo que es más libre en los individuos, se entiende que los Estados deban atender la enseñanza por encima de otras muchas necesidades. Entonces irrumpe en nuestra charla el desencanto ―mío, por mi experiencia como docente― por la poca atención, cuando no desprecio, que muestran no pocos políticos hacia la educación, al tratarla no como pilar del progreso de una sociedad, sino como instrumento político y partidista.

Podríamos remontarnos a muchos años atrás, pero, imitando a Manrique, «dexemos a los romanos, aunque oímos e leímos sus historias […], vengamos a lo de ayer, que también es olvidado». Quienes ya tienen mi edad, y la de Zalabardo, saben muy bien que, durante el franquismo, se nos sometió a una educación que se entendía como herramienta de adoctrinamiento político y religioso. El objetivo era inculcar a los escolares una formación de ideología católica y un reforzamiento de lo que se llamaba «espíritu nacional». Eso explica que se dejase su control en manos de la Iglesia Católica.

 Tras la muerte de Franco, la Constitución de 1978, en su artículo 27, reconocía el derecho a una educación básica y gratuita además de, para cualquier persona física o jurídica, la libertad de crear centros docentes. Era una forma de conceder carta blanca a lo que los centros privados, en su mayoría religiosos, habían venido haciendo.

Establecido el derecho a la enseñanza básica gratuita y el deber del Estado a proporcionarla, el problema surgía por la insuficiencia de centros donde acoger a todos los escolares, lo que pretendió corregirse con el plan de conciertos educativos de 1985. Se daba a los centros privados la opción de acogerse a ellos, con lo que el Estado subvencionaba centros que nunca dejaron de ser negocios privados y, en su mayoría, regidos por órdenes religiosas que siguen imponiendo un ideario, pese a que la Constitución diga que somos un estado laico. El interés por que nadie quedase fuera del proceso educativo podía justificar los conciertos. Lo malo viene cuando no se hace nada, o se hace poco, por aumentar los presupuestos destinados a mejorar los centros públicos, y los diferentes gobiernos siguen destinando partidas a mantener la enseñanza privada.



Como los partidos políticos se niegan a encarar un pacto nacional que deje la educación fuera de las peleas políticas, la población acaba también confundida. Una de estas confusiones, y grave, es la que Luis García Montero llama en su Manual de instrucciones para seguir viviendo «confusión entre deseo y derecho». La ley dice que las familias tienen derecho a elección de centro y a que sus hijos reciban la educación que deseen. Nada hay que objetar a ese enunciado, pero el derecho puede convertirse en solo deseo si se exige un centro y un tipo de educación concretos que vulneran el derecho general a la educación que defiende el Estado. Nadie puede prohibir que una familia quiera un centro más elitista y de una determinada confesión para sus hijos. Lo que ya no se sostiene es que se exija que ese deseo sea sufragado por el Estado. El derecho se reclama; el deseo habrá que pagarlo.

La otra confusión muy extendida, y más grave, es la que afecta a muchos gobernantes que no dudan en favorecer la privatización de la enseñanza; Es difícil encontrar un centro privado que resulte gratuito. Como no todos pueden acceder a ellos, subvencionarlos no solo supone favorecer a las clases más pudientes, sino perjudicar a las clases menos favorecidas. Aquí me voy a ahorrar cualquier comentario y me limito a mostrar a Zalabardo unas palabras de Antonio Muñoz Molina. El periodo de confinamiento por causa de la covid 19 le permitió recoger en Volver a dónde una serie de reflexiones. Entre ellas las contenidas en estas líneas: «La educación se ha ido privatizando y deteriorando durante décadas […] A quienes más perjudica la entronización de la ignorancia es a quienes más necesitan de los servicios públicos y de la enseñanza pública para vivir con un poco de dignidad […] Los hijos de los ricos ya cuentan con el seguro de sus privilegios. El dinero les dará acceso a las mejores escuelas posibles (que para más vergüenza están subvencionadas con fondos públicos) […] Los hijos de los ricos pueden permitirse la haraganería, el capricho, la falta de hábitos de estudio, la inconstancia, el desarreglo de la vida. Para los hijos de la inmensa mayoría la escuela pública es su mejor esperanza, casi la única, de progreso social, de desarrollo pleno de la inteligencia y el espíritu».

Por eso, entre otras muchas razones, siempre defenderé la escuela pública.

sábado, abril 08, 2023

HABLAR POR BOCA DE GANSO


Conversaba con Zalabardo sobre la fatuidad de quienes pregonan sus virtudes y son incapaces de reconocer sus propias limitaciones. Salió entonces a relucir la fábula del ganso que, al encontrarse con un caballo en un prado, quiso presumir de su superioridad. Así, le dijo al caballo: «Soy más noble y perfecto que tú, pues mientras solo muestras tus facultades en un único elemento, yo puedo valerme en varios: camino sobre el suelo, como tú; pero, a la vez, puedo nadar como los peces y volar como las aves». El caballo miró al presuntuoso ganso y le respondió: «Cierto es que tienes alas, pero tu vuelo es torpe y nunca comparable al majestuoso y alto de las águilas; te mueves sobre el agua, pero no alcanzas a vivir bajo ella como los peces y te limitas a la superficie. Y caminas sobre la tierra, mas tus andares son grotescos y, cuando paseas lanzando tu desagradable graznido, todos se burlan de ti».

            Me pregunta entonces Zalabardo si puede estar relacionada con la fábula la expresión hablar por boca de ganso. Le respondo que algo tuviera que ver y que por eso se afirma en algunos lugares que la expresión equivale a ‘decir tonterías’. Sin embargo, me parece más acertado que hablar por boca de ganso señala a la persona que carece de criterio propio, que no tiene conocimiento claro de aquello de lo que habla y, por tanto, se limita a repetir lo que otros ya han dicho, bien sea por respeto a quien lo dijo, por sumisión a ella o por vanidoso deseo de emulación. Abona esto el comprobado hecho de que, cuando un ganso grazna, todos los demás que se hallen junto a él lo siguen en el desagradable y alborotador graznido.

            Lo que le digo a Zalabardo hace que recordemos la antigua leyenda romana de los gansos del Capitolio. En el siglo IV a.C. los galos saquearon Roma y obligaron a los romanos a refugiarse en el Capitolio. Allí en un templo de Juno, había un grupo de gansos que estaban consagrados a la diosa. Una noche, ocurrió un episodio inesperado. Los galos pretendieron un asalto por sorpresa. Pero sucedió que los gansos, asustados, comenzaron a graznar con gran jaleo, lo que despertó a los soldados romanos, que repelieron el ataque. Aquel episodio dio lugar a un raro ritual: el supplicia canum, o el sacrificio del perro. Para conmemorar el fallido ataque, cada aniversario se sacrificaba un perro, como castigo por no haber alertado a los soldados que dormían; y este acto era presidido por un ganso, como reconocimiento de ellos fueron verdaderos héroes.

 

           Sebastián de Covarrubias, autor del Tesoro de la lengua castellana o española (1611), al hablar de la palabra ganso, nos describe al animal y, recordando aquel hecho antiguo, dice que se lo considera «símbolo de la centinela que hace escolta, por ser de tan delicado oído». Poco más adelante, siguiendo con su descripción del ganso, nos da la pista de cuál sea el origen de la expresión que comentamos: «por alusión llamamos gansos a los pedagogos que crían algunos niños, porque cuando los sacan de casa para las escuelas, o para otra parte, los llevan delante de sí, como hace el ganso a sus pollos». Y los niños repiten lo que el ayo les dice.

            Aunque hay muchos autores que utilizan este modismo (Quevedo, Calderón, Tirso de Molina, Gracián…), ningún diccionario contemporáneo lo recoge, así como tampoco la acepción de ayo que le otorga Covarrubias. En 1734, el Diccionario de Autoridades dice que se llama ganso al ‘hombre alto y desvaído». Y tendrá que llegar el año 1803 para que un diccionario académico recoja la opinión de Covarrubias acerca de que ganso es ‘ayo o pedagogo de los niños’, aun avisando que es algo antiguo. Se trata, claro es, de un uso metafórico. El Diccionario fraseológico documentado del español actual (2004), acoge la expresión diciendo que significa ‘decir lo que otro ha sugerido’.

            La revista Rinconete, del Centro Virtual Cervantes, ahonda más en el análisis y amplía incluso su sentido: ‘expresarse sin ideas propias, repitiendo lo que otros han dicho o al dictado de intereses ocultos’. Ya no es, pues, cuestión de respeto o emulación de lo que otro ha dicho, sino que eso que se repite puede perseguir un objetivo peor, malintencionado. Incluso se señala que hablar por boca de ganso puede ser perfectamente equivalente a ser la voz de su amo, con lo que se insiste en la actitud servil de quien así habla.

            Me dice Zalabardo, y no le niego la razón, que en este tiempo que vivimos, nos encontramos, por desgracia, con muchas personas que, faltas de criterio válido y nulas para cualquier análisis, se limitan a repetir lo que han oído, o aún peor, a repetir los que se les ordena. Lo vemos en tertulias, en mítines, en púlpitos, en declaraciones altisonantes… Lo que más sorprende es que esos muchos que hablan por boca de ganso lo hacen refugiándose en una mal entendida libertad de expresión. Ignoran que no es realmente libre quien renuncia a tener un criterio propio y se aviene a ser vocero de lo que se le impone.

sábado, abril 01, 2023

HISTORIA DE PALABRAS: CÍNICO

 

No creo que haya nadie que tenga dudas cuando se habla de qué es el cinismo y quién es un cínico. En el DLE y cualquier otro diccionario lo leemos con claridad: ‘Dicho de una persona. Que actúa con falsedad o desvergüenza descarada’. ¿Pero cómo hemos llegado a eso? Hace unos días, José Luis Rodríguez Palomo y Javier López, buenos amigos, y yo visitamos la Vega de Mestanza, lugar señalado hace unos veinte años, cualquiera sabe por qué, para la construcción de la Estación Depuradora de Aguas Residuales de Málaga Norte. La construcción es necesaria porque la Unión Europea la viene exigiendo y Málaga es una de las provincias que más contamina. Lo que no queda tan claro es por qué se eligió este lugar, un vergel en el que se cultivan cítricos que se exportan a toda Europa, habiendo otros emplazamientos en los que el proyecto no solo era más viable, sino incluso más económico. La familia Mestanza ha luchado, y continúa luchando, por salvar lo que ha sido la vida de esta familia desde hace un siglo.

            Por allí han pasado políticos de todos los partidos ―blancos, verdes, amarillos o pardos― y, todos sin excepción, coinciden en la barbaridad que supone destrozar aquel vergel, que es el menos idóneo para la construcción de la depuradora y el que exige un mayor gasto. Todos han prometido a la familia Mestanza «hacer cuanto en su mano estuviera» para evitar el desaguisado. El día que estuvimos nosotros, coincidió que visitaron la zona miembros destacados del PSOE. Y repitieron las promesas que los Mestanza han escuchado de todas las bocas políticas. Sin embargo, al día siguiente, desde la Junta de Andalucía los tacharon de cínicos porque, dicen, el proyecto de ejecución de aquella obra y la elección del lugar se decidió cuando los socialistas regían la Junta.

            Zalabardo se ríe de la historia que cuento porque, me dice, nadie sale bien parado en ella, pues, pese a las muchas promesas y buenas palabras, nadie en estos veinte años ―ni blancos, ni verdes, ni amarillos ni pardos―, ha hecho nada por frenar lo que dicen considerar un gran error, pero cada día parece más imparable. A la vez, me pide que le aclare qué pretendo al comenzar el apunte de hoy con esta historia. Le contesto que no tengo otro interés que contar el origen y evolución de la palabra cínico.

Tengo que echar mano a mis recuerdos de cuando en el bachillerato había una asignatura llamada Historia de la Filosofía y le aclaro que, hacia mediados del siglo IV a.C. surgió una corriente filosófica a la que se conoció como escuela cínica, porque Antístenes, su creador y discípulo de Sócrates, comenzó a impartir sus enseñanzas en los locales del gimnasio conocido como Cinosargo, de kýon argós, que puede traducirse como ‘perro blanco’. Así pues, cínico tiene que ver con el sánscrito kwon, ‘perro’, raíz de la que se derivan también can, canalla, cinegética, ‘caza con perros’ o canícula, ‘época de más calor’. Esta última, en ocasiones, se utilizó para designar a la estrella Sirio, la principal de la constelación del Can Mayor y que se observa en el horizonte en los primeros días de agosto. Platón atribuye a Antístenes la tesis de que en todas las cosas está ya implícito lo que ha de ser su nombre, de modo que quien conoce su nombre es conocedor de la cosa. De ahí eso de lo que no tiene nombre no existe.


            El filósofo cínico quizá más conocido fue Diógenes, famoso, aparte de por otras muchas cosas, por la anécdota que lo unió a Alejandro Magno, a quien, después de que este se vanagloriara ante él de ser el más poderoso del mundo y ofrecerle cualquier cosa que le pidiera, respondió: «que te eches a un lado, pues me tapas el sol que me calienta». En esta anécdota se suele señalar el origen de otra expresión: hacer sombra a alguien, para indicar que minimiza los méritos de otros quien antepone los propios.

            ¿Pero qué ideas defendían estos filósofos? Los cínicos pretendían vivir de forma austera para poner en evidencia todo lo que consideraban vanidad humana. Enseñaban que la felicidad se logra si se vive acorde con la naturaleza y sin ambicionar riqueza ni posesión de ninguna clase, reduciendo sus necesidades al mínimo y se comparaban a sí mismos con los perros que se dejan guiar por su instinto sin aspirar a nada más. Así pues, cínico significó en los primeros tiempos ‘perteneciente a la escuela griega cuya doctrina preconiza el desprecio a las convenciones sociales y a la moral comúnmente admitida’. Voluntariamente aparecían en público desaseados y mal vestidos como forma de provocación para fustigar a aquellos cuyas conductas afeaban. Eso les atrajo la animadversión de quienes se sentían censurados y cínico comenzó a generalizarse como ‘desvergonzado’. En el siglo XVII, Covarrubias los define así en su Diccionario: Eran sucios porque de ninguna cosa se recataban, teniendo por lícito todo lo que es natural y que se podía ejecutar públicamente […], de todos decían mal, echando sus faltas en la calle. ¡Plega a Dios que no haya agora otros Menipos y Diógenes caninos!

            De esta y otras semejantes opiniones sobre estos filósofos, y por considerar que no pocos de ellos no ajustaban sus conductas a la conducta que predicaban, el concepto cínico fue modificándose y perdiendo su carácter crítico contra las malas costumbres para terminar significando lo que aún hoy se entiende: ‘que actúa con falsedad o desvergüenza descaradas’.