domingo, diciembre 03, 2006

LOS BUENOS PRINCIPIOS

Hubo épocas en que con una frase más o menos ingeniosa, uno de aquellos dichos que pasaban a formar parte del acervo popular como refrán, sentencia o proverbio, se podía explicar toda una situación, un estado de ánimo o una actitud personal. Pero ahora, con tanto talibán suelto por ahí, con esa corriente fundamentalista que nos socava los cimientos, no sé qué vamos a hacer. Por lo pronto, en no sé qué colegio se discute suprimir los festejos navideños para no herir la sensibilidad de quienes pertenezcan a otras confesiones religiosas. ¿Qué habría que suprimir a continuación?
No digo yo que no tengamos que ser respetuosos con nuestro entorno, hablo ahora del entorno humano; jamás se me ocurriría realizar conscientemente un acto que pueda ser ofensivo para alguien. Pero, como bien me dice Zalabardo, empleando un dicho popular, no hay que ser más papistas que el Papa. ¿O se ofenderá alguien en el Vaticano si definimos al Papa como papista? Viene esto a cuento porque decir que no hay moros en la costa para expresar que ningún riesgo nos acecha pudiera estar mal visto por los musulmanes; como calificar una confusa reunión de merienda de negros, o justificar un desliz inicial con aquello otro de que los gitanos no quieren a sus hijos con buenos principios. No digamos nada si, para indicar que un documento ha de ser bien estudiado antes de su firma, empleamos aquel refrán, reconozco que machista, de que a la mujer y al papel hasta el culo le has de ver, o que da palos de ciego quien actúa sin conocer el proceso adecuado de lo que hace.
Quiero decir que la mayoría de tales expresiones, una vez que fosilizadas y especializadas en significar algo que no tiene nada que ver con el sentido literal de las palabras que las integran, debiéramos considerarlas de todo punto inocentes, salvo que en ellas queramos encerrar nuestros propios y particulares prejuicios. ¿O no es acaso la olla podrida una delicia gastronómica pese a su nombre? Si alguien me demuestra con razonamientos objetivos y fríos que estoy equivocado, yo aceptaré la corrección de buen grado.
Pero hablando de principios, que de ellos quería hablar aunque casi me he comido ya el espacio, hay muchas novelas que deben parte de su éxito a un buen comienzo. Se dice que aquella imagen con que abre Proust Por el camino de Swann, ya sabéis, la de la magdalena y la taza de té, significó el inicio de la novela del siglo XX. Aunque si os digo la verdad, a mí me gusta más el arranque de Cien años de soledad, de García Márquez: Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota... Y creo que a él también debería gustarle, porque lo repitió en Crónica de una muerte anunciada: El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque... Parece destripar toda la historia con ese comienzo; sin embargo, es parte importante del interés de la misma. Como es premonitoria la escena inicial de esa especie de rito itinerante que es Ulises, de Joyce, con el gordo Mulligan en bata y diciendo, mientras sostiene en una mano la brocha de afeitar y en la otra un cuenco de espuma: Introibo ad altare Dei. O, para terminar, esa misteriosa pregunta con que se abre Rayuela, de Cortázar: ¿Encontraría a la Maga?
En los casos que menciono, me parece que no solo los principios son buenos; el resultado completo y final de todas ellas es de los que a uno le gustaría haber sido capaz de lograr. Y si no, preguntadle a José Francisco, que de las cosas estas de la creación literaria y el esfuerzo que supone entiende un poco.

1 comentario:

José Francisco dijo...

Por alusión.
Quizás la frustración mayor del que escribe no es el principio sino cómo terminar el relato. La mayoría de las novelas comienzan con una idea genial, como la magdalena de Proust, pero, tal vez, el resto de la obra sea casi siempre un circunloquio que persigue tan sólo encontrar un final acorde con el inicio. Unos pierden la paciencia en la página mil y otros en la cien. En la mayoría de los casos creo que donde se llega es a un engendro o al ambiguo final abierto. Exceptuado este blog, claro está.