martes, octubre 13, 2009

OTOÑO PLAYERO

Por lo que anoche pude ver y oír en los informativos de televisión, estamos gozando (¿o tal vez padeciendo?) un otoño playero. Zalabardo y yo podemos dar fe de ello, aunque no porque hayamos estado en la playa, de la que en realidad nos encontrábamos bastante lejos, sino por la temperatura que hemos debido soportar. Viendo el calendario y la posibilidad de disponer de tres días seguidos de asueto, habíamos decidido aprovecharlos y hacer un recorrido por los castañares malagueños. Eso de días de asueto, aclaro, lo digo por los demás, ya que los míos lo son todos.
Como no fuimos previsores y no reservamos con tiempo un sitio donde dormir, hubimos de lanzarnos un poco a la buena de Dios. Aun así, tuvimos suerte de hallar alojamiento en Atajate, lo que nos cambió un poco los planes, si bien no demasiado y en todo caso para mejor. El cambio afectó en el sentido de que, valiéndonos de la ubicación de dicho pueblo, nos fue posible ampliar las zonas de nuestros movimientos: Serranía de Ronda, estribaciones de la Sierra de Grazalema y el Valle del Genal.
¿Os habéis parado alguna vez a pensar la riqueza y variedad paisajística de nuestra provincia malagueña? Proporcionalmente, no sé si me equivoco, puede que sea una de las más montañosas del país, al tiempo que goza de auténticos vergeles y una rica variedad arbórea, desde el verdadero rey de la zona, el raro pinsapo, hasta las amplias manchas de pinos, castaños y quejigos y otras variedades del tipo quercus.
Quiero avisar que esta vez, y pese a que por lo común nuestros recorridos los hacemos a pie y por senderos, en esta ocasión hemos utilizado más el coche, dado el objetivo de nuestras visitas. El sábado, día de la llegada, aprovechamos la mañana para acercarnos al misterio telúrico de la Cueva del Gato, en Benaoján. Después de comer, nos dedicamos a recorrer la margen derecha de la vertiente del río Genal. La carretera que une Ronda con Algeciras, en el tramo que discurre por la zona que menciono, es un placer para los sentidos. Está toda jalonada a trechos de miradores que permiten recrearse con el paisaje. De paso, vale la pena entrar en los pueblos que se extienden por la pendiente que desciende hasta el río. Todos ellos muestran una hiriente blancura de cal en sus paredes y son un prodigio de equilibrio sobre el monte. A ello, unen la belleza de sus nombres: Benadalid, Benalauría, Algatocín, Benarrabá, Gaucín. A lo lejos, perdiéndose entre la bruma de la lejanía, aunque destacando su blancura entre los castañares, los otros pueblos de la margen contraria de este bello valle del Genal.
Al día siguiente, domingo, nos trasladamos hasta la pedanía de El Colmenar, ya cerca de Cortes de la Frontera; es curioso que esta pedanía, siendo la estación de ferrocarril de Gaucín, pertenezca, sin embargo, al municipio de Cortes. Allí iniciamos el recorrido, esta vez sí que a pie, del sendero que discurre por la Garganta de las Buitreras, tremendo corte que taja el río Guadiaro. Sin embargo, debo decir que no lo atravesamos completo, por eso mismo del calor del que hablaba al principio y porque los años, en según qué circunstancias, no invitan ya a determinadas aventuras.
Y el lunes, partiendo del puerto de las Encinas Borrachas, nos internamos por la llamada ruta del Legado de Fray Leopoldo. Su núcleo, Alpandeire, cuna del venerado franciscano y pueblo en el que se levanta una iglesia que es mayor que el resto de la población. Después, ya enfilamos nuestro camino hacia lo que pudiéramos llamar ruta de los castaños, con pueblos más pequeños que los de la margen derecha del Genal, pero igualmente bellos: Faraján (allí estuvo la primera fábrica de hojalata de España), Júzcar, Cartajima, Parauta, Igualeja, Pujerra. A propósito, en este último pueblo se celebrará pronto la Fiesta de las Castañas, aconsejable para quien desee degustar las múltiples variedades culinarias y de repostería de este sabroso fruto. En este trayecto, paramos a cada poco para internarnos entre el frescor de los castaños. Debo aconsejar a quienes vayan por allí que no cojan más castañas que aquellas que se puedan alcanzar desde los caminos, por la sencilla razón de que los dueños de estos bosques sufren un verdadero expolio por los desaprensivos que, conscientes o no, piensan que las castañas no tienen amo.
Y un consejo final: hay que acercarse siempre que sea posible a la gastronomía de la zona. Es algo que debiéramos hacer siempre, mirar la cocina de los lugares que visitamos, pues, como dice Zalabardo, filetes con patatas fritas y huevo los hay en todas partes. En cambio, en El Colmenar tuvimos ocasión de probar una riquísima pata de jabalí al horno y en Parauta un no menos gustoso venado con salsa de castañas. Para postre, se puede disfrutar de queso de almendras y, quien no tenga que conducir, de las deliciosas castañas al brandy.

viernes, octubre 09, 2009

ARRAIJANAL

En estos meses pasados, concretamente creo que fue en julio, parece que se libró el último y definitivo asalto de la pelea que se traían el Ayuntamiento y la Junta de Andalucía en torno al destino que se dará a unos terrenos que se han convertido en símbolo del conservacionismo en la costa malagueña: el Arraijanal. Allí donde el Ayuntamiento pretendía levantar un gran hotel y más de seiscientas viviendas, la Junta, que parece haber salido, por ahora, vencedora de este litigio, proyecta construir un parque metropolitano que preserve ese interesante lugar que otros veían como un extenso solar, de inmenso valor por ser único en su especie.
¿Qué tiene el Arraijanal, aparte de su bello nombre, que justifique ese interés de los conservacionistas por evitar que en él triunfe también el ladrillo, pese a estar ahora de capa caída?, le pregunto a Zalabardo, que pone esa cara, tan característica en él, de no saber si mi pregunta es solo retórica o en verdad refleja mi desconocimiento de la situación. Pero, sea lo que sea, él no renuncia a contestarme: por lo pronto, me dice, es el último tramo de costa del municipio malagueño no invadido por el cemento. Por eso, para muchos se ha convertido en símbolo y grito contra lo que no debiera haber sucedido nunca. Y añade, con sibilina ironía: Y puestos a conservar, ¿por qué no lo dejamos como está?
El Arraijanal está situado entre la urbanización Guadalmar y el Parador del Golf, y no es solo zona de playa, pues los restos arqueológicos en él hallados permiten suponer que por allí debieron moverse los primeros pobladores de nuestra ciudad. Por eso, el parque proyectado por la Junta contempla recuperar la formación dunar, la vegetación autóctona y los yacimientos arqueológicos, aparte de incorporar, además, otras especies mediterráneas, un jardín botánico y determinadas instalaciones recreativas. Como proyecto, no deja de ser ambicioso; y peligroso, por si se les va la mano en el intervencionismo sobre el paraje natural. Claro que si llega a buen puerto, no cabe duda de que se lograría un gran triunfo al conseguirse unir en un mismo entorno la Desembocadura del Guadalhorce, para la que todavía esperamos su Centro de Interpretación, el Arraijanal y el Cerro del Villar, con sus restos fenicios de los primeros pobladores de Málaga.
Me dice Zalabardo que solo nos queda desear que no sea peor el remedio que la enfermedad. Porque, me aclara, todo ello estaría muy bien si fuese acompañado de un plan de mantenimiento y vigilancia, pues ya se sabe cómo se pone aquella playa y sus aledaños durante el verano: todo invadido de bañistas con sus vehículos, que van dejando sus basuras por todas partes. De todas formas, mejor será el parque que los bloques, le digo yo, y todo será cuestión de educar al personal en el respeto por la naturaleza.
El temor de Zalabardo nace no tanto de la desconfianza en el personal, que también, sino más bien en el Ayuntamiento, que tenía para la zona un proyecto del que se derivaban unos beneficios más monetarios que de ocio. Y esa desconfianza nace también de aquella declaracción de un munícipe que afirmaba que ya que la Junta proyectaba un parque, era de esperar que tuviera también previstos los medios necesarios y pertinentes para su mantenimiento.
Mencionaba antes el bello nombre del lugar: Arraijanal, lugar en el que crece el arraiján, que no es otra planta que la llamada por los árabes arrayán y por los latinos mirto. Arraiján es palabra recogida en el Vocabulario andaluz de Antonio Alcalá Venceslada y los otros diccionarios que la contemplan la señalan como andalucismo que luego pasó a diferentes países de América. No es, el término, sino conservación del vocablo árabe arraihan. El Tesoro de la Lengua Castellana, de Covarrubias, la define así: ...el arrayán es planta que siempre está verde, tiene flor blanca y tan olorosa que se destila della agua no poco estimada para la confección de los perfumes y otras cosas... El nombre es arábigo, pero de raíz hebrea... y así arrayán valdrá tanto como el que está siempre verde. Esta planta, por su hermosura, su frescor y su blandura y por el suavísimo olor de sus flores, fue consagrada a Venus...
Alguna vez he dado mis paseos a pie por allí. Se deja el coche en Guadalmar y se puede realizar un desestresante recorrido por todo el Arraijanal y por la desembocadura del Guadalhorce. No es paseo aconsejable para el verano, por eso del calor, pero ahora en el otoño, si la temperatura se suaviza, y en primavera es una delicia, sin que olvidemos hacer el recorrido en los días suaves del invierno. Ojalá que no se tuerza, ni se desmande, el proyecto del parque. Mientras sí, mientras no, digamos aquello del chiste: "Virgencita, que se quede como está...", no sea que algún tío malage, en forma de inmobiliaria, termine por venir y meta la pata.

martes, octubre 06, 2009

CAER DEL BURRO

O de su burra, que es como se decía antiguamente. Así, al menos, lo recoge Sebastián de Covarrubias, que nos explica que caer de su burra quiere decir 'desengañarse uno de que no era buena su opinión o el camino y orden que llevaba de proceder'. O como indica el DRAE, 'reconocer que se ha errado en algo'. Y así lo da a entender Cervantes cuando, en el capítulo XIX de la segunda parte del Quijote, hace decir a Corchuelo: Yo me contento de haber caído de mi burra y de que me haya mostrado la experiencia la verdad de quien tan lejos estaba.
Quienes, al parecer, están a punto de caer de sus burras son los políticos y, a la cabeza de ellos, el presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero. Nadie que siga estas notas ignora que una de las manías que tenemos Zalabardo y yo, entre otras muchas, es la de defender la necesidad de un gran Pacto Nacional para la Educación. Que nadie crea, por otra parte, que voy a presumir de que esa fuese una idea privativa nuestra; ni mucho menos, pues ese pacto es de una necesidad clamorosa y lo han defendido desde hace bastante tiempo tantas y tantas personas que no se sentían atadas por las tiránicas ligaduras de los partidismos y de la obediencia ciega a las consignas de los respectivos órganos centrales de sus grupos políticos.
Ayer mismo leíamos con interés la Carta abierta a los maestros que firmaba el Presidente del Gobierno. No voy a entrar en las varias cosas que dice ni en el modo en que las dice. Nos quedamos con una simple y breve afirmación: creo firmemente que ha llegado el momento para un Pacto Educativo. ¡Vaya, hombre, por fin! Esperemos que esta pública y solemne declaración, este caer de su burra, vaya acompañada de un sincero propósito de que ahora sea verdad y no se quede todo en huecas palabras. Y esta declaración parece validar las recientemente vertidas en el mismo partido por personalidades del PSOE y del PP.
Esta actitud que se observa ahora es, sin duda, una tácita aceptación de que el camino que llevaban, unos y otros, estaba errado. Pero, aunque el cuerpo pida guerra y repartir, como suele decirse, leña al mono, sigo a Zalabardo en su consejo de que bueno está lo bueno y nunca es tarde si la dicha llega. Esperemos que llegue. Porque lo que se promete supone un arduo camino que recorrer y la renuncia a muchas posiciones enfrentadas que hasta hoy mismo se han venido defendiendo. La renuncia a tales posturas, nacidas de prejuicios partidistas, se justifica a partir de las siguientes palabras que escribe en su Carta el Presidente: un país que aspira a la excelencia [...] sabe que tiene en la educación la palanca principal para alcanzarla.
Zalabardo me dice que vale la pena que dejemos a los políticos, asesorados por quienes entienden de verdad sobre la cuestión, a ver si esta vez son capaces de cumplir lo que dicen. Si ahora tampoco tuvieran la decencia de coger el rábano por las hojas y sentar las bases para una solución definitiva de nuestro problema educativo, sería cuestión de correrlos a gorrazos y que no parasen hasta llegar a Manila, por lo menos, después de haber pasado por la Luna. Y cuando digo políticos, pienso en todos los partidos y en todas las Comunidades Autónomas, que las culpas de lo que padecemos hay que repartirlas entre todos. No vayamos a querer ahora volcar toda la responsabilidad de lo que tenemos en los demás.
Zalabardo, que hoy está dicharachero, me requiere para que haga un especial llamamiento a la clase docente, que, por supuesto, tampoco es muy inocente que digamos a la hora de achacar culpas sobre este patio de Monipodio en que se ha convertido el ámbito educativo en que nos movemos. Le hago caso y creo que es hora de reconocer sin ambages de ninguna clase que también los profesores debemos mostrarnos abiertos a asumir los cambios que se supone que habrá que afrontar. Hablo en plural como si yo estuviese en activo y no fuese más que un simple jubilado; pero ya he dicho que, pese a todo, yo me sigo considerando parte del profesorado.
Los profesores habremos de mostrarnos menos corporativistas y aceptar que nuestra función requiere una continua actualización de conocimientos y de técnicas pedagógicas. Que habrá de cambiar lo que se enseña, pero también el cómo se enseña. Que no todo es aprobar una oposición y echarse a dormir. Que no pasa nada porque nuestro trabajo sea evaluado (quizá debiéramos comenzar con un ejercicio de autoevaluación). Habría que solicitar un reciclaje de bastantes departamentos que deben velar (no solo vigilar) por la mejora de la función profesoral. ¿Qué tal si también cambian la estructura y funciones de la Inspección Educativa? ¿Y qué de los Centros de Profesores? Los profesores, concluyo, debemos ser críticos, por supuesto; pero, a la vez, que nadie lo olvide, los profesores debemos estar abiertos a las críticas. Solo así estaremos en condiciones de exigir a las diferentes Administraciones. Para ser consecuentes con el principio de este apunte: también los profesores debemos bajar de nuestra burra.
Y que este Pacto que se nos anuncia sea, por fin, una realidad. Aunque algunos no tengamos ya la oportunidad de verlo puesto en práctica.

viernes, octubre 02, 2009


PONGA UNA TILDE EN SU RÓTULO
¿Pueden tener cabida determinadas informaciones en las páginas de un diario serio si no es porque cuando se incluyeron no había otra cosa que insertar? Lo digo porque el reportaje al que quiero hacer mención hoy pudiera ser de esa naturaleza, podría corresponder a ese tipo de textos que, si no fuera porque faltaba material de más enjundia, nunca habría llegado a las páginas del diario que lo publicó.
Dicho reportaje se puede resumir en las siguientes palabras: un publicista joven, nacido en Vitoria y afincado en México, inicia una campaña para reponer, en el sentido literal de la palabra, las tildes que faltan en los anuncios y rótulos dispersos por la vía pública. De todo ello, me llaman la atención los siguientes factores: que sea un joven el impulsor de la idea, rompiendo así el prejuicio del desinterés de los jóvenes por la ortografía; que sea vasco, con lo que se desmiente en parte la fama que tienen de ser descuidados con la lengua castellana; que viva en México, lo que puede servir para sacarnos los colores y hacernos ver que hay más hablantes de castellano al otro lado del Atlántico y, aunque solo sea por eso, más gente preocupada por la salud ortográfica de la lengua.
¿Y por qué insinúo que el texto pueda carecer de interés? Digo mal. Lo que en verdad quiero decir es que, dado el descuido que por la lengua sienten nuestros medios de comunicación, ignoro el interés que puedan conceder a un reportaje de tal naturaleza.
Pero el reportaje no está enviado desde México, sino fechado en Madrid y redactado, muy probablemente, siguiendo un envío de agencia. Es, pues, imagino, lo que tal vez sea mucho imaginar, una tarea encomendada a un becario, a alguien que, supliendo al personal que pueda estar de vacaciones, pretende hacer méritos para llegar a formar parte de la plantilla. Le indico a Zalabardo, que me mira sin comprender por dónde voy, que todo esto lo digo con el mayor cariño que merecen los becarios, que son quienes se tragan la mayor parte del trabajo que otros profesionales no quieren ni ver. Claro es, los becarios son un personal a propósito a quien achacar todo aquello que pueda salir mal. Y la verdad es que los becarios, por lo común, tratan de seguir los pasos de aquellos profesionales a los que admiran y que, en esos momentos, a lo mejor están tumbados en la playa dejándose tostar la barriga por el sol, pongamos por caso. Y en esa tarea de emulación, los becarios imitan también todos los malos ejemplos de sus modelos.
Me pide Zalabardo que, si voy a repartir leña, me acuerde de José Antonio Garrido (su admonición para que no fuese aquí demasiado duro con las críticas me caló de verdad y procuro no olvidarla). Y, de paso, me acuerdo de Mari Paz, de quien ignoro si ya ha realizado algún trabajo de becaria y a quien deseo el mayor éxito profesional en el campo del periodismo, que, creo haberlo dicho alguna vez, ha sido mi vocación frustrada.
Y me acuerdo porque, aunque haya empezado a hablar de esta campaña para reponer las tildes allí donde falten (por ejemplo, en ese logo carente de la suya que es el de Telefónica, una de nuestras mayores empresas), de lo que quiero hablar es de otros errores cometidos en textos periodísticos. Errores que no afectan solo a las tildes, sino también a la propiedad léxica, en algún caso, a la falta de criterio, en otros, o incluso a la corrección ortográfica.
En el reportaje que digo sobre la reposición de las tildes se lee, por ejemplo: ...comenzó a corregir los anuncios que adolecían del símbolo..., donde contemplamos un desacertado uso del verbo adolecer, empleado aquí con el significado de carecer. Nada más lejano de la realidad. Ya el DRAE dice a las claras que dicho verbo significa 'tener o padecer algún defecto'. Pero resulta que sobre el tema inciden el Libro de Estilo de El País, el Libro de Estilo de ABC y el Manual de Estilo de TVE, por no seguir dando ejemplos (¿es que nadie los consulta en estas casas?). Y, si eso fuera poco, ya Fernando Lázaro dedicaba al asunto uno de sus Dardos..., en 1986. Y decía: el verbo adolecer exige un complemento que exprese el defecto, la falta, la imperfección, el vicio, la carencia, la tacha, la lacra que se censura. O sea, que, según estas palabras, los anuncios censurados en el texto que analizo no adolecían del símbolo (de la tilde), sino que adolecían de la falta del símbolo, que no es lo mismo.
Otro ejemplo. En los inicios del verano, un periódico recogía en dos informaciones diferentes, estas dos afirmaciones: decía una: Aunque resulta plausible que se produjeran víctimas mortales en la actuación contra la protesta... Y decía la otra, unas páginas más adelante: El servicio común de ejecutorias, dirigido por un secretario, para todos los juzgados de lo Penal, parece una solución plausible prevista por la Consejería de Justicia. Si atendemos a que plausible significa 'digno o merecedor de aplauso', concluiremos pronto en que el primer texto es una barbaridad, porque ha utilizado el adjetivo como si significara 'posible'.
Y vamos con el ejemplo que califico como falto de criterio. En otra afirmación de esas que entran más en el terreno de los sucesos, se hablaba de que se había detenido a una banda de falsificadores de billetes de 500 euros. Pues bien, en ella se leía, primero: ...cocaína procedente de Suramérica..., para decir, líneas más adelante: ...que existía una empresa de exportación sudamericana... ¿Con qué nos quedamos, con la forma, a mi entender, más correcta, Suramérica, o con el anglicismo sudamericana? Las dos formas se dan en nuestra lengua, lo que no quiere decir que se deban mezclar criterios.
Y vengamos más a nuestros días. Anteayer, el corresponsal en una capital andaluza de un diario escribía: ...rastrearán una zanja para desescombro y deshechos en un descampado... ¿Todavía no se ha enterado este buen hombre de la diferencia entre deshecho y desecho, que es lo que debería haber dicho? Y ayer mismo, una persona como Maruja Torres sucumbía en su columna a la tentación de alargar innecesariamente las palabras, usando culpabilizar en lugar de culpar, como si así se las hiciese más llenas de significado.
Y es lo que Zalabardo me dice: por muchos becarios que haya en un periódico, si es que acordamos que sean tales los redactores de algunos de esos textos, no cometen ellos más fallos que los titulares. Además, por encima de los becarios debe existir algún responsable que no sea novato; ¿o no?

martes, septiembre 29, 2009


EL ERUCTO DE LAS VACAS


A Zalabardo le ha gustado siempre recoger y guardar todas aquellas informaciones que resultan curiosas y que no alterarían la marcha del mundo caso de no haberse publicado. Me dice que de las que ha podido reunir durante el periodo estival que ya se nos ha quedado atrás, las que le han parecido más originales son dos que tienen unos mismos protagonistas: las vacas y el cambio climático.
Porque resulta, puede leerse en dichos reportajes, que comer un kilo de carne de vacuno supone haber permitido la emisión a la atmósfera de una cantidad de CO2 equivalente a la que genera un automóvil en un recorrido de 250 kilómetros. Y ya estamos en el quid de la cuestión: las vacas son productoras de gases que provocan el tan peligroso efecto invernadero que actúa sobre el cambio climático: el mencionado CO2 y el no menos peligroso metano. Me dice Zalabardo que siempre ha sido conveniente tener a alguien o algo a quienes echarles las culpas con las que nosotros no queremos cargar, que toda sociedad ha aspirado siempre a que en el grupo haya alguien que cargue con lo que los demás no queremos tener nada que ver; es decir, que haya ese payaso que, indefectiblemente, ha de recibir todas las bofetadas. Claro está, ahora son las vacas las causantes del cambio climático; solo que ellas, por desgracia, no pueden defenderse de la acusación.
Argumentos a favor de la tesis no faltan, como cada vez que se ha pretendido imponer una línea de actuación que genere beneficios a alguien. Zalabardo me dice acordarse bien de cuando, por citar un solo ejemplo, se argumentaba sobre lo nefasto que era para la salud el consumo de aceite de oliva, cuya ingesta debía evitarse en pro de consumo de aceite de girasol o de otras semillas. Así, leo que el conjunto de las vacas es más peligroso para la atmósfera que todos los coches y camiones existentes en el mundo. Porque las vacas, sigo leyendo, exigen para su cría una cada vez mayor deforestación de amplias superficies. Y porque cada vaca, como consecuencia de su tipo de alimentación, expele a la atmósfera, ya sea por sus eructos u otras ventosidades, entre 90 y 180 kilos de metano y eso no hay atmósfera que lo soporte.
Parece, me dice Zalabardo, que la deforestación de nuestro planeta solo sea culpa de las vacas y que en ella nada tenga que ver la explotación de maderas finas y exóticas para muebles con los que engalanar nuestras viviendas, ni la tala de árboles para abrir carreteras o para implantar cultivos que resultan más rentables. O que tampoco tenga nada que ver la proliferación de incendios forestales, consecuencia en las más de las ocasiones, de oscuros intereses especulativos o de otra naturaleza no menos inconfesable.
¿Y qué soluciones se pueden dar a este problema, ya que parece que problema es, y de los gordos? Curiosamente, se han dado dos que en el fondo vienen a ser una y la misma, aunque aplicada a diferentes sujetos. Sí, porque todo radica en el cambio de dieta. Para unos, somos los humanos quienes debemos alterar la nuestra: reducir nuestro consumo de carne, lo que significa menos cabaña; que, a su vez, tendrá otra consecuencia: menos emisión de gases. Pues ya sabemos lo que hay que hacer: comer menos carne y pasarse a la dieta vegetariana. De paso, vayamos exterminando la ganadería vacuna, nefasta a más no poder.
Y, como decía, para otros no es nuestra dieta la que debe cambiar, sino la de las vacas. Porque resulta que en Vermont (USA), un estado conocido por la calidad de sus productos lácteos, hay unas granjas en las que se está experimentando con la dieta de las vacas. Y se han dado cuenta de que incluyendo en la alimentación de estas más cantidad de alfalfa y linaza, en detrimento del maíz o la soja, el nivel de producción de metano se ha reducido en un 18%. Guy Choiniere, granjero implicado en tales experimentos, opina que los resultados son tan buenos que ahora sus vacas "están más sanas, sus pieles brillan más y su aliento es dulce". Vamos, vacas que expelen eructos y ventosidades fragantes. Algo es algo.
Hablando de eructos y ventosidades, le cuento a Zalabardo que iba a tener razón el padre de aquel compañero, allá por los años de mi bachillerato, que resumía los síntomas del buen estado de salud en esta breve sentencia: Mea claro y pee bien: No creáis que andaba descaminado, pues esa es sentencia mantenida desde tiempos inmemoriales no solo por el vulgo. No en vano Gonzalo de Correas recogía en su refranero este: Quien mea claro y pee fuerte, enseña los huevos a la muerte. Y Rodríguez Marín, mi paisano, recoge este otro: Quien mea y no pee es como quien va a la escuela y no lee. Tal vez la culpa no sea toda de las vacas.

viernes, septiembre 25, 2009


VELINA
Hace bastantes años, en cuanto que llegaba el verano, teníamos la convicción de que con él habrían de aparecer las inevitables serpientes del verano, que no hay que confundir con la serpiente multicolor del ciclismo, encarnada sobre todo en el evento deportivo más atrayente de toda la canícula: el Tour de Francia, que a tantos, entre ellos a Zalabardo y a mí, nos ata ante el televisor en las sobremesas del mes de julio.
Pero las serpientes de verano eran otra cosa. En una época en que tanta actividad política, social o laboral quedan reducidas a su mínima expresión, los medios de comunicación tenían que realizar ímprobos esfuerzos para rellenar sus páginas y atraer a los lectores. Eso llevaba a crear informaciones de escaso calado, y en ocasiones ninguna base de verdad, con que llamar la atención del personal. Por ejemplo, y de ahí posiblemente nació la expresión, la aparición de una serpiente de colosales dimensiones, que por cierto nunca nadie veía, pero que tenía atemorizados a los habitantes de una extensa zona. Cualquier hecho semejante fue base para aquellas 'informaciones, fantásticas o no, que eran materia de comentarios cuando había escasez de noticias interesantes', según las define Manuel Seco en su Diccionario del español actual, ya que el de la Academia no se digna a recoger la expresión.
Le digo a Zalabardo que en nuestro tiempo parece haberse perdido la técnica de inventar tales serpientes, pero por la única razón, tal vez, de que la realidad nos proporciona hechos que causan tanta o más conmoción que aquellas. Y si pensamos en los escándalos políticos, no hay más que hablar. También le digo que de esa misma forma tan impremeditada como nació la expresión serpiente de verano, en el lenguaje van apareciendo términos y expresiones que en muchas ocasiones acaban por adquirir carta de naturaleza y se quedan entre nosotros. Así se nos ha colado, casi sin darnos cuenta, el italianismo velina.
Todos recordaréis que los inicios del verano estuvieron marcados por el escándalo informativo de las orgías que, al parecer, organizaba el incombustible -e impresentable, según me añade Zalabardo- presidente italiano Berlusconi en ese chalecito conocido como Villa Certosa, donde il Cavaliere se retira de vez en vez para reposar de su dura, sacrificada y complicada vida de hombre de estado. Recientemente, nuestro Zapatero ha tenido oportunidad de visitar dicho chalecito, aunque solo para tomar café. Pues bien, a lo que iba: el 24 de junio pude leer en una información de la que él era protagonista: ...En este tiempo extraño en el que las misses, las velinas y las prostitutas de lujo comparecen en las portadas de los periódicos italianos y en las listas electorales... Ya teníamos ahí la palabrita. Y se hicieron asiduas de nuestra prensa esas bellas y desinhibidas, según se ha ido viendo después, velinas.
¿Y qué es una velina?, se preguntaba uno por aquellos días, deseoso de ampliar su caudal léxico. Buscando aquí y allá, llegó a mi conocimiento que, con tal nombre, se designa en Italia, con matiz irónico, a unas lindas jóvenes que, en el programa satírico Striscia la notizia, no tienen otra función que la de acercar al presentador una hoja de papel, ahí está el quid de la cuestión, según veremos, en el que figura la noticia que se va a comentar.
Con posterioridad, se ha dado en llamar velinas, ya con clara intención peyorativa, a las jóvenes coristas que, en la televisión, desempeñan entre parte y parte de los programas funciones de mero relleno y para las que no se requieren especiales méritos ni artísticos ni profesionales. Vamos, ni más ni menos que como aquellas chicas, en años del nacimiento de Telecinco, ¿recordáis?, que integraban el grupo de las Mamachichos, primero, y después, aquel otro grupo que se llamó Cacao maravillao. También esa cadena forma parte del imperio mediático de Berlusconi.
¿Pero por qué velinas? Recordad lo que dije antes de que entregaban un papel al presentador. Pues bien, según he podido averiguar, parece que el origen se remonta a los años del fascismo y de una férrea censura de prensa. Entonces, las autoridades impartían normas sobre el tratamiento que la prensa había de dar a las noticias (hoy, Berlusconi no necesita dar instrucciones, pues muchos de medios son de su propiedad). Como por aquellos años no existían ni las copiadoras ni los ordenadores, estas normas se redactaban a máquina y, para obtener el mayor número posible de copias, se utilizaba el papel llamado en Italia carta de velina, es decir, el que nosotros conocemos como papel cebolla. ¿Verdad que a veces las palabras dan vueltas extrañas a través del tiempo?

martes, septiembre 22, 2009


APUNTES DE UNAS VACACIONES: Y 3. GUADALEST

Muchas veces se ha dicho en esta agenda que tanto Zalabardo como yo somos de pueblo y que nos sentimos dichosos por ello. Aparte de que, objetivamente todo pueblo tiene algún encanto especial, lo cierto es que cada uno es único para los nacidos en él. El mío, Osuna, no se queda atrás. Es más, en él podemos encontrar la considerada segunda calle más bella del mundo. Vaya por delante que ignoro cuál sea la primera o quién haya fijado tal clasificación. De cualquier manera, os recomiendo que, si pasáis por Osuna, no temáis perder al menos medio día para visitar sus monumentos. Y, entre ellos, la impresionante calle de San Pedro
Pero hoy no toca en esta agenda hablar de mi pueblo, puesto que este es el tercero y último apunte de mis impresiones de las vacaciones recientes. Si he hablado de pueblos es porque deseo tratar de uno en concreto. Creo que anteriormente he dejado dicho, y si no, lo digo aquí, que, aparte de buscar descanso, en mis viajes procuro conocer pueblos que tengan un especial encanto y tradiciones que ayuden a conocer la idiosincrasia de la gente.
Me gusta buscar, preferentemente, pueblos pequeños, de difícil acceso, alejados, de ser posible, de la riada turística que despersonaliza cualquier lugar por donde pase. Pero también me gustan los pueblos que guarden un misterio, o que tengan una historia que contar y que sirva para que conservemos por siempre su nombre en nuestro recuerdo.

Daré unos ejemplos para ilustrar lo que digo. No sé si el primer pueblo que deba citar sea Bulnes, al que solo era posible acceder, antes de que construyeran el funicular, por un arriscado y pendiente sendero. Cuando uno se atreve a recorrerlo, una vez llegado arriba, la panorámica de los Picos de Europa es majestuosa. También en Asturias, se puede ir hasta Pedroveya, pero no por la carretera, sino atravesando a pie el Desfiladero de las Xanas. Vale la pena esa caminata de una hora y media, aunque solo sea para degustar una sabrosísima fabada cobijados bajo un hórreo en el bar de Genoveva. Cerbí es un pueblo de Lérida, en las faldas del Pirineo, que, cuando yo lo visité, tenía solo dos habitantes permanentes y donde hay un bar regentado por un señor de León que, durante el verano, organiza un festival de cine clásico cómico. O Calatañazor, en Soria, pueblo donde la Edad Media parece haberse detenido y donde, si nos lo proponemos, oímos aún los ecos de la batalla en la que fue derrotado Almanzor. O Almagro, en cuya Plaza Mayor puede recrearse nuestro espíritu y en cuyo Corral de Comedias podemos revivir la magia del teatro del Siglo de Oro. La lista seguiría, y sería larga. ¿Conocéis Castellar Viejo, en la provincia de Cádiz?

Este año, a esa larga relación de pueblos que permanecen en la memoria se ha unido otro, situado a escasos kilómetros de uno de los enclaves más turísticos del Mediterráneo: Benidorm. Eso hace, acaso, que sea un lugar que, estadísticamente, recibe casi tantas visitas como la Alhambra o el Teide. Ese pueblo del que hablo, que no tiene nada que ver con la costa y las playas, porque se levanta en plena sierra, se llama Guadalest y tiene escasamente doscientos habitantes. Guadalest lo constituyen, estrictamente, dos núcleos asentados a ambos lados de la carretera que sube desde Benidorm. El núcleo asentado en la margen derecha es un conjunto de construcciones modernas que no se diferencian en nada de cualquier otro pueblo de los del montón. Pero lo que de verdad hay que ver es el núcleo de población que se alza en la margen izquierda. Ese es el Guadalest tradicional, vedado a la vista por una alta pared de rocas. Apenas si consta de una sola y única calle a la que se accede por un estrecho y bajo túnel excavado en la pared de piedra y que no permite el paso de vehículos. Guadalest es una calle, una iglesia, el Palacio de Casa Orduña y el castillo de l'Alcoçaiba, al que se accede desde el propio palacio.
Entre las curiosidades que esta población ofrece, aparte de su emplazamiento, tal vez la primera sea la de su iglesia y campanario, que se halla exento, separado, de la misma. No es un caso único en el mundo, pues hay más campanarios exentos, incluso más famosos que este. Lo característico es que este se encuentra encaramado, como si de un águila o buitre se tratase, en lo alto de un empinado risco, al que resulta casi imposible subir.
Otra cosa más puede colmar la curiosidad del visitante de este pueblo. Guadalest dispone de ocho museos (el Etnológico, el de Casa Orduña, el de Casas de Muñecas, el Medieval y de instrumentos de tortura, el de Vehículos históricos, el Microgigante y el de Microminiaturas). A espaldas de la población, y casi cortado a pico, abajo queda la refrescante vista del embalse que remansa las aguas del río Algar. Hasta un catamarán hay para quien desee un placentero paseo por ellas.
Puestos a elegir entre Guadalest y Benidorm, tan próximos en el espacio y tan distantes en todo lo demás, Zalabardo y yo nos quedaremos siempre con Guadalest.

viernes, septiembre 18, 2009


ALGO NO FUNCIONA (EVIDENTEMENTE)
Hace aproximadamente un año, incluía aquí un apunte en el que vertía mis críticas hacia determinados aspectos del sistema educativo y en el que concluía con la defensa de un Pacto Nacional por la Educación. A día de hoy, la situación en el terreno de la educación sigue igual, si no es que está peor. Verdad es que yo ya estoy fuera del sistema, pero hay vías de información. En el plazo de los diez últimos días, Zalabardo y yo no hemos dado abasto para recoger y analizar testimonios al respecto. Rafael Argullol daba cuenta en un artículo de cómo en la Universidad se está dando un alto índice de abandono de profesores, que se acogen a jubilaciones anticipadas, a causa "del desinterés intelectual de los estudiantes y la progresiva asfixia burocrática de la vida universitaria". Le han seguido otros artículos, reportajes, editoriales y comentarios de todo tipo.
En el campo de la Secundaria, el panorama no es más halagüeño, si bien a este problema del desinterés y la burocratización hay que unir, ¡ay!, el del grave deterioro de la necesaria autoridad de los profesores. Almudena Grandes, en un tiempo en que tanto se habla de educar en valores, denunciaba la pérdida de los valores de respeto, esfuerzo y mérito. En un programa radiofónico de esos que se piensan para insomnes, una profesora de Secundaria se quejaba amargamente de la falta de interés y la indisciplina de muchos alumnos sin que se haga por poner remedio y el desánimo que ello provoca en los docentes. En otro artículo, Juana Vázquez, también profesora, aboga por el pacto nacional del que hablo arriba y exige que se restituya la dignidad y autoridad de la que se ha desposeído a los profesores. Y, por fin, el propio Rey lo pedía en el acto de inauguración del curso, en Reinosa.
En estas, el Gobierno de la Comunidad de Madrid decide abordar la redacción de una ley que conceda a los funcionarios docentes la condición de "autoridad pública", con lo que se endurecería el castigo por agredir, de palabra o de hecho, a los profesores (por cierto, ayer supimos de la última agresión sufrida). En Internet, los comentarios a tal iniciativa eran casi generalmente favorables a la medida y eran muchos los que pedían algo semejante para otras Comunidades. El ministro Gabilondo se pronuncia en contra porque, dice, "es amigo de medidas globales", aunque no dice cuáles, con lo que nos quedamos como estamos. Y los sindicatos, divididos; como también se dividen las Asociaciones de Padres.
Durante estos días de comienzo del curso, las radios y televisiones se han encargado de difundir las altisonantes declaraciones de autoridades educativas que prometían no sé cuántos ordenadores y no sé cuántas pizarras digitales. Estas autoridades siguen miopes ante el problema real de la educación en nuestro país y siguen confundiendo el medio, los instrumentos, con el fin. No se enteran de que la calidad de la enseñanza no depende solo de que haya muchos ordenadores, ni de que, a cambio de una compensación económica, los profesores se comprometan a elevar el número de aprobados. Así, maquillaremos el índice de fracaso escolar, pero no mejoraremos la educación.
En su cortedad de miras, los grandes partidos (y los pequeños también, por emulación) son incapaces de dejar a un lado sus intereses meramente partidistas para hacer posible un gran Plan Nacional y Social para la Educación. Ante los medios, todos defienden su necesidad, pero nunca llega la hora de hacerlo efectivo. Algún día, esperemos que esté próximo, tendrán que rendir cuentas por su irresponsabilidad.
Hace falta una reforma educativa que se fundamente en la defensa de esos valores de respeto, esfuerzo y mérito (entre otros). El sistema tiene que proporcionar a los alumnos una formación en consonancia con los tiempos, con los mejores medios y con profesores actualizados en sus conocimientos y dotados de técnicas y recursos pedagógicos acordes; a cambio, se les podrá exigir responsabilidad en el desempeño de su cometido. Como habrá que pedir a los alumnos rendimiento y disciplina. No tiene mucho sentido, o eso me parece, la existencia de un estatuto de derechos y deberes de los alumnos en el que se les reconoce una sesentena de derechos y en el que apenas se les impone una decena de obligaciones.
Hace falta devolver al profesor su autoridad. Se debe acabar con el "colegueo" que tan nefastas consecuencias ha tenido. Porque un profesor no puede ser, aunque lo quiera, un colega del alumno (ni por edad, ni por la función o rol social que corresponde a uno y otro). No olvidemos que el profesor es, y el alumno lo sabe, quien ha de evaluar y calificar su rendimientto. El profesor tiene que ser respetuoso, además de justo, con el alumno y estrictamente respetado por este. No creo que haga falta decir que el trato amable, cercano y accesible se da por descontado.
Hace falta que la Administración educativa se dé cuenta de que tiene que velar por que los profesores recuperen toda la dignidad que la sociedad les ha arrebatado y no actuar siempre en función de las quejas, justificadas o no, de los padres. Sé que alguno no entenderá lo que voy a decir, pero a las Asociaciones de Padres hay que concederles lo que les corresponde, no más. Si los padres no respetan y apoyan escrupulosamente la labor profesoral, no llegaremos a ningún sitio.
Y hace falta que alguien se dé cuenta de que una enseñanza de calidad requiere inversiones en medios (no solo ordenadores) y en personal (por ejemplo, para atender a la diversidad, para cubrir las bajas, etc.). Que una enseñanza de calidad no debe limitarse solo a desarrollar habilidades; también debe ayudar a adquirir conocimientos.
Lo que un país sea, o pueda llegar a ser en el futuro, su desarrollo social, cívico, cultural, económico, etc., dependerá, que nadie lo dude, de su modelo educativo. Y con eso no pueden jugar, no tienen derecho, los partidos políticos.

lunes, septiembre 14, 2009


APUNTES DE UNAS VACACIONES: 2. ELS BOUS A LA MAR

Siempre ha sido partidario Zalabardo de aplicar aquel refrán que dice que donde fueres, haz lo que vieres, que él aplica al deseo de conocer bien un lugar no solo visitando los monumentos y disfrutando de los paisajes marcados por las guías, sino procurando probar su gastronomía, intentando comprender sus tradiciones y participando de sus fiestas. La mejor forma para conseguir esto es guardarse la guía en el bolsillo y hablar todo lo que se pueda con los lugareños. Todavía recuerdo la de vueltas que hubimos de dar por montes y aldeas de Pontevedra hasta encontrar la aldea de Sabucedo, donde nos fue posible disfrutar del inigualable espectáculo de a rapa das bestas, una de las más interesantes tradiciones que yo haya contemplado jamás por la carga de emociones y atavismos que comporta. Otras veces, estas fiestas se presentan casi por casualidad, sin buscarlas, como nos ocurrió con el desembarco vikingo, en Catoira, también en Galicia. Algunas fiestas tienen un no sé qué de misterio en su origen y, en parecidas circunstancias, se repiten en lugares diferentes; tal sucede con la fiesta del chopo, en Los Marines, en la Sierra de Aracena, en Huelva. Cada año, en vísperas del Corpus, los mozos bajan a hombros, desde el monte un impresionante chopo, a veces es un pino, que, tras pasearlo por toda la población, será 'plantado' en la plaza y, posteriormente quemado en las fiestas de San Juan. Con variantes, esto mismo lo he encontrado en Celorio, Asturias, y en Altea, el bello pueblo alicantino de la Costa Blanca.


A mediados de julio pasado, en Denia, nos llamó la atención un palenque montado en determinadas calles y que terminaba en un recinto cerrado que se alzaba en el puerto. Preguntamos y un agente de la policía local sació nuestra curiosidad. Habíamos llegado coincidiendo con las fiestas locales y uno de los actos centrales de estas no eran otra cosa que els bous a la mar, o sea, los toros al mar. No nos costó mucho decidirnos a entrar. La plaza, como la llaman, es un recinto rectangular del que tres de los lados están ocupados por sendas graderías que llenaban, hasta rebosar, un público variopinto integrado por gente del lugar y forasteros curiosos que, como nosotros, querían saber qué era aquello. El cuarto lado era el mar, sin más.


El desarrollo de la fiesta es simple. Sueltan una vaquilla y los mozos del pueblo, en camiseta y bañador, a cuerpo limpio y solo en casos raros con un paño a modo de capote, citan y tratan de provocar la embestida con la intención de que la res se lance al agua llevada por la inercia de su embestida. Si tal ocurre, unas personas especialmente preparadas para ello la rescatarán, sacarán del agua y conducirán a los corrales. Luego, se soltará otra vaquilla. Pero lo particular del caso es que quienes más van al agua son los mozos forzados por el empuje de las reses, que saben pararse antes de precipitarse al agua. En lo que podríamos llamar coso, enarenado para evitar los resbalones de reses y mozos, se colocan también unos estrados y barreras que sirven de defensa para protegerse de las embestidas; salvo que alguna de las vaquillas, inopinadamente, suba de un salto a ellos, provocando la general desbandada.

Hablo con Zalabardo de esta fiesta y, de modo inevitable, salen a relucir las posturas de ciertos grupos contra cualquier celebración de este tipo en la que participen animales. Coincidimos en que en el desarrollo de estos bous de Denia no apreciamos ninguna clase de maltrato hacia el animal. No se utilizan palos ni ninguna clase de arma con la que infligir daño al animal, ni se los mata. No hay alanceamiento cruel como en el toro de la Vega, de Tordesillas, ni toros embolados. Se trata simplemente de un enfrentamiento entre el ingenio de los mozos contra el instinto de los animales. Incluso lo que más aplaude el público es la capacidad de la res para enviar al agua a quienes pretenden que caiga ella; cuantos más mozos caen al agua empujados por las embestidas y mayor es el instinto del animal para frenar en la misma orilla sin caer, más fuertes son los aplausos. Después de un tiempo prudencial, la vaquilla es devuelta a los corrales y sustituida por otra.

Me decía Zalabardo, refiriéndose a quienes denigran estos espectáculos, que no se pueden condenar indiscriminadamente todas las fiestas en las que intervienen animales, aparte de que hay muchos prohibicionistas que podríamos llamar "a la violeta", superficiales y a la moda; como aquellos que consideran que fiestas como la de Denia estresan a los toros. Claro que estos no consideran estresante ni condenan la vida de los animales en las granjas y establos donde se los somete a un brutal proceso intensivo, y artificial por demás, de engorde o cría para producir carne, leche, huevos o el mismo foie que luego consumiremos sin ningún tipo de reserva.

Le digo a Zalabardo que, puesto que hablamos de vacaciones, deje eso y piense, por el contrario, en el sentido ritual y festivo que, desde el principio de los tiempos, ha tenido en el Mediterráneo la relación entre hombres y toros.

miércoles, septiembre 09, 2009


APUNTES DE UNAS VACACIONES: 1. TABARCA
¿Hay alguien por ahí? ¿Se acuerda alguien de nosotros? Zalabardo y yo, después de las vacaciones (a propósito, ¿qué tal las vuestras?), volvemos. Y como en otras ocasiones, empezamos con unos breves apuntes de este tiempo veraniego. Este año le ha tocado a la Costa Blanca.
¿No os ha pasado nunca aquello de desear algo con fuerte ansia y que, una vez alcanzado el sueño, toda la primitiva ilusión se haya visto transformada en un cierto desencanto? Eso es lo que me ha pasado a mí con la visita a Tabarca.
Tabarca, imagino que todos lo sabéis, es una pequeña isla anclada a poca distancia, escasamente tres millas, de Santa Pola, en Alicante. Tan minúscula es la isla que mide tan solo dos kilómetros escasos de longitud y su anchura máxima ronda los cuatrocientos metros; la mínima, exagerando un poco, son cuatro pasos mal contados. Todo su perímetro puede ser recorrido en no más de una hora. Es la única isla habitada de la Comunidad Valenciana.
La isla, l'illa para sus moradores, ofrece un paisaje absolutamente árido y carece de agua potable. La que hay es conducida hasta allí desde la península a través de un conducto submarino. Carente de la menor altura, por algo los antiguos la llamaron La Plana, fue en un tiempo refugio de piratas que, desde allí, organizaban sus correrías por la costa; esta situación duró hasta que en el siglo XVIII fueron expulsados y se fortificó con el fin de servir precisamente como defensa y avanzadilla contra esos mismos piratas. Para ocuparla, se trajeron personas que habían estado cautivas en la ciudad argelina de Tabarqah. De ahí viene su nombre oficial, que no es otro sino Nueva Tabarca. De aquel tiempo quedan, como restos, parte de las murallas, las puertas de San Gabriel, San Miguel y San Rafael, la Casa del Gobernador, convertida hoy en hotel, y la torre de San José, atalaya defensiva. Un siglo después, en la parte más oriental, se levantó un faro.
El viaje de Santa Pola a Tabarca, en una de las llamadas tabarqueras, dura media hora escasa y no es sino hasta la mitad casi del trayecto cuando empieza a divisarse el perfil de la isla. Primero, apenas si es una débil mancha que interrumpe la línea del horizonte marino; luego, poco a poco, su perfil se va definiendo hasta que irrumpe con fuerza la mole de su iglesia. Es una isla tan llana que, se ha dicho, cualquiera es alto en Tabarca.
Sin embargo, tal como primero atrajo a los piratas, más tarde la isla se convirtió en potente imán que atraía a escritores y artistas que vieron en ella una especie de paraíso natural libre de cualquier tipo de contaminación. Mi primer conocimiento de la isla me vino gracias a un poema del malagueño, nacido en Benaque, Salvador Rueda. No sé si la definición de la isla como con figura de guitarra le pertenece a él o la tomó de alguien anterior. De todas formas, en el poema al que aludo, la llama caja de armonía, estuche de zafiro, hogar venturoso para vivir, sitio dichoso para soñar, retiro mágico para escribir. De hecho, tras su jubilación, decidió vivir en Tabarca y allí escribió un curioso testamento en el que señalaba cómo se le había de sepultar, no bajo tierra porque padeciendo catalepsia, tengo infinito terror a lo cerrado y a la soledad. No obstante, lo cierto es que volvería a su tierra y moriría en 1933 en su humilde casa de la Coracha malagueña.
Otro tipo de noticias, las más recientes, me habían llegado por voz y escritos del periodista Juan Cruz, amante de Tabarca y dolorido de los derroteros por los que la isla camina, o podríamos decir navega.
La cosa es que, al plantear unas vacaciones en la Costa Blanca, yo me había trazado como uno de los objetivos la visita a la isla de Tabarca. En el hotel, cuando pregunté por la mejor forma de llegar, me informaron con todo lujo de detalles, aunque añadiendo la coletilla de que allí no hay nada que ver. Los hoteleros no miran ni ven lo que miran y ven escritores y artistas.
Y llegamos a Tabarca. Nada más poner pie a tierra en el puertecito, nos asaltó una turba que entregaba octavillas anunciadoras de los innumerables restaurantes y merenderos que en la isla hay. Hay más merenderos que isla y casi más que habitantes. Este es uno de los males del turismo, que es capaz de arrasar cualquier paraíso y convertirlo, si falta hiciera, en un infierno. Mucha gente va a Tabarca con las sombrillas y las neveras repletas para pasar el día en su recoleta y mínima playa, que, lógicamente, se abarrota al momento, sobre todo en días festivos. Zalabardo me decía que, si por él fuera, deberíamos volver en la misma tabarquera en la que habíamos arribado. De todas formas, le dije, yo quería recorrer la isla.
De los dos cuerpos de que la isla consta, el más occidental y pequeño es el que acoge la población y la gran cantidad de merenderos que digo. En la estrecha franja que la une con la parte oriental, a un lado queda el puerto y al otro la playa. Esta parte de oriente, árida y casi sin vegetación, es la más grande y acoge la torre de San José, el faro y el cementerio. La especulación también parece asomarse por allí y me hablaron de un proyecto para construir cien viviendas. Tal vez con esto de la crisis se hayan olvidado; ojalá. Por aquí van las quejas de Juan Cruz y otros amantes de la isla: la masificación, la construcción desordenada y el hecho de haberla convertido en un inmenso merendero. Los artistas de antaño buscaban en Tabarca silencio y soledad. Hoy no sé qué buscará la gente. Esas son las miserias del turismo, y sálvese quien pueda: que arrasamos el candor e inocencia de los pocos lugares edénicos que puedan ir quedando.

martes, junio 23, 2009



HINCHAR UN PERRO


Hoy hemos tenido los profesores del instituto la comida de fin de curso. Bueno, digo los profesores aunque yo, no sé con cuánto de audacia y quizás con bastante ilusión, me sigo contando como uno más del grupo, solapando que no soy más que un ex, un jubilado cuya presencia en esos actos no se explica sino por el cariño y la benevolencia con que me acogen los que por tan dilatado espacio de tiempo han sido mis compañeros. En realidad éramos tres ex, pues también estaban Carmen Fuentes y Rosé Gil, además de una casi ex, Arantza Plazaola. ¿Tendría que decir que, cumplido ya un año de la jubilación, mi vida, en ciertos aspectos, se sigue rigiendo por el calendario escolar? Hoy lo he comentado con algunos. Parece como si mis biorritmos aún no se hubiesen adaptado plenamente a un tipo de vida diferente en la que el calendario no debería significar más que el sucederse tenaz e inexorable de los días. Pero no es así, y, durante todo el año (fijaos que cuando hablo de años no los pienso como años naturales), no sabría cómo explicarlo, he esperado la llegada de la navidad, de la semana blanca, de la semana santa o, ahora, del final de junio, igual que durante los años anteriores, con la alegría que supone el advenimiento de las vacaciones.
Muchas veces le he comentado a Zalabardo que el mantenimiento de esta agenda pretende ser, en parte, la imposición de una tarea que evite mantenerme ocioso más tiempo del debido y conveniente. Tal como me impongo otras tareas con la misma finalidad, porque no hay nada peor que la ociosidad para caer en el aburrimiento. Alguien podría pensar que la agenda es una muestra de vanidad, un intentar demostrar que tengo algo que decir que no pudiera decir nadie más, cosa que no es así ni yo pretendo que lo sea. Por eso estoy plenamente convencido de que aunque la vida del mundo fluiría igual sin esta agenda, la mía no sería la misma sin ella.
Esa es una de las razones por las que, ahora que llegan las vacaciones, considero pertinente hacer una pausa, tomarme un descanso y concederlo a quienes aún tengan la amabilidad de leer estos humildes apuntes, si es que a estas alturas queda alguien que pierda su tiempo con ellos. Creo que a nadie vendrá mal esta interrupción. Con ella, también, me daré un respiro y podré cargar un poco las pilas para, una vez pasadas las vacaciones, retomar el hilo introduciendo, si soy capaz, alguna novedad.
No quiero que nadie piense que doy a estas notas más valor del poco que ya tienen ni más objetivo que el ya declarado de tener el tiempo ocupado. Nadie piense que voy a caer en la necedad de aquel loco del prólogo de la segunda parte del Quijote que preguntaba a quienes se admiraban de su proceder: ¿Pensarán vuestras mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un perro? Con aquella historia, Cervantes señalaba a Avellaneda y con la expresión hinchar un perro indicaba que a veces se escribe o se dice exageradamente de algo que no merece la pena. Porque, vaya por delante, no está en mi ánimo exagerar el mérito de la agenda que, en ocasiones, me deja la impresión de ser tarea que no está mucho más allá de la de hinchar un perro.
Me preguntaba Joaquín Martínez durante la comida qué hacía yo para escribir estas notas. Procuro contestar. Cuando me siento ante la pantalla del ordenador y comienzo a pulsar el teclado no me dejo guiar por otro estímulo que el de compartir una reflexión en torno a un tema de actualidad, transmitir un sentimiento nacido de alguna observación de la realidad o de una lectura o, simplemente, las más de las veces, exponer una interpretación o una valoración de algún hecho lingüístico, por lo general atañente al léxico. Todo ello sin arrogancia, libre de cualquier tentación de fatuidad que, ni yo procuro, ni Zalabardo me permitiría.
Ha habido ocasiones en que Zalabardo me ha preguntado: ¿Qué cosas te llevarían a cerrar de modo definitivo mi agenda? Le he dicho que, por supuesto, como ocurre en política con un primer ministro frente a su jefe de estado, que él, Zalabardo, me retirase su confianza, ya que el vehículo que manejo le pertenece. Y, aparte, lo que más me preocupa es que esta bitácora pueda resultar aburrida y fuerce a la gente a dejar de leer. Bien es verdad que digo esto sin saber quiénes y cuántos me leen en realidad. ¿Recordáis que una vez alguien apuntó que Andrés, el Viejo de la Colina, debería retirarse de la relación de lectores de estos apuntes y Zalabardo y yo lo defendimos? Pues lo que entonces dije sigue valiendo ahora.
Cierro, pues, temporalmente, la tapa de esta agenda y os dejo descansar si es que no habéis decidido ya hacerlo por cuenta propia. Zalabardo y yo os deseamos unas felices vacaciones y proseguiremos la tarea cuando estas concluyan.

viernes, junio 19, 2009


TRES POETAS

En los años oscuros del franquismo, algunos no los vemos todavía suficientemente lejos pese a que muchos otros, por razón de la edad (la poca que ellos tienen), creen que lo que digo corresponde a la categoría de noticias antediluvianas, alcanzar un puesto público, digamos por ejemplo una plaza de profesor, previa la correspondiente oposición, exigía un claro y firme juramento de fidelidad a los principios del Movimiento Nacional. Cierto que había quien se negaba, los menos, a sabiendas de que ello significaba quedarse fuera del sistema. Zalabardo, esto no lo he contado nunca, es uno de los pocos que tuvieron la valentía de decir que no cuando lo normal era decir que sí aun con el convencimiento interno de que lo que mejor correspondía era decir que no. Tal vez aquella actitud suya de entonces sea lo que explique que todavía hoy muchos sigan considerando que no es más que un apócrifo. Muchos más, yo entre ellos, pasamos sin rubor por aquellas horcas caudinas de la firma del documento que recogía el ominoso juramento.

La entrañable amistad que me une con Zalabardo nace en parte de que nunca me ha echado en cara, ni a mí ni a nadie, aquella conducta que otros llamarían indigna; ni se haya quejado, tampoco, de que no se valorara suficientemente lo que él y otros como él hicieron pese a las consecuencias que hubieron de arrostrar. Cuando hablamos de ello, se limita a decir que comprende nuestra postura, y nunca en su boca he oído la palabra cobardía; incluso, afirma que conductas como la suya reflejan más inconsciencia que valentía. Pero hay más. Nunca en sus conversaciones ha aparecido el argumento "si yo hubiese..." o el otro de "si los demás hubiéseis..." Ello da muestra diáfana de la grandeza de su espíritu.

A lo largo de la historia es fácil encontrar personas que supieron decir que no en momentos en que lo fácil y casi aconsejable era decir que sí. No muchas, es verdad, pero las hay. Zalabardo, sin embargo, parece restar valor a tales comportamientos. Dice que, en cierto modo, eso es así porque a uno le toca, como si fuera una especie de destino ineludible. Me dice que si cualquiera de los que dijeron no hubiesen pensado por un segundo las consecuencias de su acto tal vez hubiesen dicho sí, como la mayoría.

Recuerdo que, en el campo que más conozco, el de la literatura, se pueden encontrar ejemplos de esos valientes que no temieron hacer frente a las consecuencias de su negativa al poder establecido. A mí, le digo a Zalabardo, siempre me han merecido un respeto inmenso y le pido que me permita citar siquiera tres casos, tres poetas que, en un momento de máxima dificultad, no dudaron en expresar su disconformidad y su protesta por el estado de cosas que les tocó vivir. Sea la primera de estas voces la de Blas de Otero, que, a mediados del siglo XX, evolucionó desde una lírica con componentes religiosos hacia la poesía social y volcó su interés por el compromiso cívico del hombre individual con sus contemporáneos: Si he perdido la vida, el tiempo, todo / lo que tiré, como un anillo, al agua, / si he perdido la voz en la maleza, /me queda la palabra /... Si abrí los ojos para ver el rostro / puro y terrible de mi patria, / si abrí los labios hasta desgarrármelos, / me queda la palabra.

Francisco de Quevedo, a caballo entre los siglos XVI y XVII, tenía conciencia de la importancia de su testimonio y juzgó sin temor sucesos y personas. llegó a decir: Yo escribo lo que vi, y doy a leer mis ojos, no mis oídos. Así da comienzo a su famosa epístola dirigida al Conde Duque de Olivares: No he de callar por más que con el dedo / ya tocando la boca, o ya la frente, / silencio avises o amenaces miedo. / ¿No ha de haber un espíritu valiente? / ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? / ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

Con el último ejemplo me remonto a los albores de nuestra literatura. Lo saco de la reciente y bella antología Locus amoenus, en la que Carlos Alvar y Jenaro Talens recogen una amplia muestra de aquella mezcla de culturas y lenguas que floreció en nuestra Edad Media. Abu l-Asbag Ibn al-Jatib, que vivió en el siglo X, sufrió pena de azotes, cárcel y destierro durante la represión contra intelectuales y disidentes que llevó a cabo Almanzor. Suyo es este poema: Entre muertos inmóviles, soy el único vivo, / el único despierto en un tiempo que duerme; / voy por el mundo y sólo veo / seres dormidos / como los de la cueva de al-Raqin. / Se han borrado los hitos / de la cultura y los conocimientos que eran míos / y sobreviví / como una huella del pasado.

lunes, junio 15, 2009

TENER CRITERIO

Creo que no hay ningún aficionado al fútbol que no haya oído a los narradores o comentaristas de los partidos emplear frases del estilo Fulanito ha jugado la pelota con criterio. Debo decir que siempre me ha chocado tal frase porque en ella me parece que no se emplea adecuadamente el sustantivo criterio. Si nos vamos al DRAE, leeremos que criterio es 1. 'norma para conocer la verdad' y 2. 'juicio o discernimiento. Con toda la humildad que sea posible considero escaso el tratamiento que el diccionario académico hace de la palabra, pues si nos vamos al de María Moliner, hallamos, además, lo siguiente: (aplicar o tener c.) 'manera personal de juzgar las cosas, dependiente de la actitud en que se coloca el que juzga, de su manera de pensar, de su particular psicología, etc.'; esta definición va acompañada de la aclaración 'se especifica con un adjetivo'. Y también, (tener c.) 'capacidad o preparación de alguien para juzgar'.
Creo que cuando un futbolista realiza una jugada, o pretende dar un pase, o intenta un desmarque, lo hace, siempre, con criterio, definición 2 del DRAE y segunda de las que doy del María Moliner, pues, en estos niveles de los que hablamos, al jugador se le supone discernimiento, capacidad y preparación para hacer lo que hace. Pero, puesto que siempre hay jugadores contrarios que tratan de impedírselo, lo hace mejor o peor, o elige la opción más o menos oportuna de las posibles, por lo que aplica un mal, buen o excelente criterio, definición primera de las que reproduzco de la señora Moliner. Es decir, sin irnos por la tangente, que creo que casi siempre se dejan atrás esos comentaristas el adjetivo que mejor definiría al criterio aplicado.
Pero hay otra definición más de criterio que recojo también de María Moliner: 'aspecto de las cosas al que se atiende para clasificarlas o seleccionarlas'. Y en este sentido, recuerdo que yo siempre decía a mis alumnos que un error lo es menos si el criterio aplicado es siempre el mismo aunque no sea el adecuado. Quiero decir, por poner un ejemplo, que, en sintaxis, se llame siempre de la misma manera a los elementos que desempeñan igual función o, en literatura, que a la hora de determinar el siglo al que un texto pertenece, no se le incluya en uno justificándolo con características propias de otro. Es decir, que uno se puede equivocar pero siendo consecuente con la línea elegida al responder. El error, de esta forma, será menos grave, si queda patente que se sabe aplicar un criterio.
Zalabardo, que siempre está pendiente de lo que escribo aunque parezca que no, y que en ocasiones me conoce mejor de lo que yo mismo me conozco, me insinúa que voy buscando algo diferente a lo que digo; que ni los futbolistas ni los alumnos con mejor o peor criterio son el objetivo del apunte de hoy. Y, claro, le tengo que decir que así es y, por consiguiente, me corta el rollo y me pide que vaya al grano.
Y el grano, esta vez, no es otra cosa que el criterio. Pero el criterio con el que el Diccionario de la Academia trata determinadas palabras. Yo me voy a fijar concretamente en tres: cártel, cénit y élite. En los tres casos, la Academia, frente a lo que es la forma usual que entre los hablantes adoptan estas palabras, la reproducida antes, y sin dejar de considerarlas también correctas, prefiere, sin embargo, la forma etimológica, más alejada del uso común.
Cártel, 'organización ilícita que trafica con armas o drogas', es una palabra de larga historia. Procede del alemán kartell, que dio en castellano tanto carta como cartel. Durante los áños 40, las mafias alemanas en Estados Unidos se comunicaban mediante cartas (kartell) por lo que se empezó a llamar a estos grupos carteles. Pero cuando la palabra empezó a ser utilizada en los dominios hispánicos, sin que se sepa bien por qué sufrió una dislocación acentual, cárteles, forma más extendida y que parecería más adecuada para los grupos mafiosos, dejando así carteles para su significado primero.
Con cénit, 'punto más alto del hemisferio celeste respecto al observador' o 'apogeo, punto culminante de algo', sucede algo semejante. Es una palabra que pertenece al bello campo semántico de 'puntos del orbe celeste con relación a la posición de un observador' (orto, ocaso, cénit y nadir). Es una palabra de procedencia árabe que, en origen, tiene pronunciación aguda. Sin embargo, entre nosotros predomina la pronunciación llana, quedando la otra casi exclusivamente para el lenguaje literario. Debería considerarse, pues, no solo correcta, sino la preferible.
Y nos queda élite, 'minoría selecta o rectora'. Es una voz francesa en la que el acento cumple una función diferente a la que cumple en nuestra lengua. Y aunque han sido muchos los intentos por imponer la forma llana, elite, etimológica, lo cierto es que, no ya el pueblo llano, sino mucha gente culta también, ha preferido la forma esdrújula.
Por eso creo que, manteniendo la doble forma de las tres palabras en el Diccionario, la Academia trata de aplicar el criterio etimológico cuando lo cierto y observable es que la gente común, y mucha gente culta, ya ha dado suficientemente su voto al criterio antietimológico.

jueves, junio 11, 2009


¿CUÁNTAS PALABRAS HAY?

¿Cuántas palabras recoge el Diccionario? ¿De cuántas palabras dispone el idioma español? Son preguntas que, aun pareciendo intrascendentes y de poco calado, plantean muchas personas. Al menos a mí me las han formulado en diferentes ocasiones personas de toda clase y condición y no solo alumnos, que imaginamos ser más proclives a ese tipo de cuestiones baladíes. ¿Reporta algún interés plantear esta clase de dudas? Sinceramente creo que poco, fuera de saciar una posible curiosidad.
Y digo yo (tercia Zalabardo), ¿para qué queremos saber el número de palabras que hay si la realidad es que solo utilizamos una ínfima parte de ellas? Y es posible que la razón esté de su parte si atendemos a lo que nos dicen los datos que reproduzco y que aporta en una entrevista Marco Martos, presidente de la Academia peruana de la Lengua desde 2006. Ignoro de dónde los saca él, pero el cargo que ocupa los hace fiables. Yo me entero a través de la bitácora (La zona del escribidor) del periodista y escritor, también peruano, Richar Primo Silva. Dice el presidente que una persona normal, tomando como tal a la que solo tiene la educación escolar, utiliza un promedio de 300 palabras; una persona culta, y por ello entiende alguien que lee periódicos, alguna novela, revistas especializadas y accede con frecuencia a alguna página de Internet, apenas si utiliza 500; y un novelista, es decir, una persona dedicada a la literatura, que escribe y lee, se servirá de unas 3.000 palabras; Cervantes, añade, utilizó 8.000. Es decir, que el considerado padre de nuestra lengua hizo uso de un 3% escaso del total de las 283.000 palabras que, siempre según los datos que maneja Martos, están contenidas en el Diccionario de la Academia.
Pero afirmar que nuestra lengua posee esas casi trescientas mil palabras es algo más que relativo por varias y diferentes razones. La primera y principal es que, como bien se viene manteniendo desde los estudios de Saussure, la lengua, el código, está formado por un número limitado de elementos que, mediante combinación entre ellos, permiten crear un número ilimitado de signos o palabras. Esto lo digo así, algo a la ligera y siendo por tanto poco preciso, porque estoy pensando exclusivamente en el nivel léxico de esa lengua, aunque lo mismo serviría si hablásemos de los demás niveles. Esto significa, con un fácil ejemplo, que nosotros disponemos en nuestra lengua, por un lado, de un conjunto de raíces o lexemas (niñ-, blanc-, pint-, etc.) y por el otro, de morfemas, tanto derivativos como gramaticales (des-, -ito, -ura, etc.), que nos permiten crear las palabras niñ-ito, niñ-ato, a-niñ-ado, blanc-ura, blanqu-ecino, roji-blanc-o, re-pint-ar, pint-or, des-pint-ado, etc. De aquí deducimos que, siempre que apliquemos correctamente las reglas de derivación o composición, sin olvidar las de parasíntesis, podremos crear en cada momento una nueva palabra a partir de otra ya existente, sin que dicha palabra tenga que aparecer en el Diccionario.
Como Zalabardo me solicita que le aclare algo más el asunto, voy con unos ejemplos reales. Leo en la traducción que Alianza Editorial ofrece de El lobo estepario, de H. Hesse, lobuznez; en una antología de Gil de Biedma leo chava y maldormir; escucho en un programa radiofónico cachondada; en Juan Ramón Jiménez es fácil leer claror; escucho, por fin, en un programa de televisión dramedia. Y ya está bien para lo que pretendo. Me parece una muestra suficientemente aleatoria. Vamos uno por uno con los ejemplos.
Lobuznez es un término que encuentro en ningún diccionario, pero comparando su forma con lividez, 'cualidad de lívido' o candidez, 'cualidad de cándido', entiendo fácilmente que significa 'cualidad o condición de lobo'; ¿por qué, pues, no voy a aceptar la palabra? Chava la encuentro solo en el Diccionario del español actual, de Seco, como regionalismo; nada, por tanto debe oponerse a su empleo. Tampoco encontraremos maldormir, aunque sí, paradójicamente, malgastar, malparir o maltraer; por tanto, como si quisiéramos crear maljuzgar.
Claror, como frior, son formas muy poco usadas pero muy caras a J.R.J. Con ese mismo sufijo hallaremos verdor, blancor, negror o amarillor; ello es más que suficiente para que nosotros creemos grisor, que no aparece en ningún lado, o, sin tener que ver con colores, aceror. ¿Quién nos lo impedirá? ¿Y cachondada, 'acto propio de una actitud de cachondeo'? Tampoco la encontraremos, pero no hace esta palabra más que seguir el mismo modo de derivación que charlotada, bufonada y otras semejantes. Y nos queda dramedia, ajena igualmente a cualquier diccionario. Significa, según la persona que la usaba 'drama con toque de comedia' ¿Quién nos dice que no vale para designar a ese género nuevo hasta ahora innominado?
¿Cuántas veces habré dicho aquí que la lengua es un organismo vivo que está cambiando continuamente, como también que el amo de la lengua es el pueblo y que las academias no tienen misión más importante que la de dar fe de los cambios registrados y conceder carta de naturaleza a los que se generalizan? Porque el hecho de que yo pueda decir grisor, o cachondada, o maldormir, no significa mucho más que simplemente eso, que he creado una palabra valiéndome de los recursos del sistema. Pero una persona por sí sola carece de fuerza para cambiar la lengua; necesita de otras que recojan su modificación y se la apropien. Solo de esa forma, siendo adoptada por muchos, la palabra nueva pasaría a los catálogos léxicos. Eso sí, en cualquier caso el fenómeno serviría para demostrar que el número de palabras de una lengua podría ser infinito, pese a lo que digan los diccionarios.

martes, junio 09, 2009


LIBROS ELECTRÓNICOS
Desde su aparición sobre la tierra, el libro siempre ha tenido, de vez en vez, más de un enemigo irreconciliable. Por eso no debe extrañarnos que en el que habría que considerar el libro de todos los libros, dejando a un lado la Biblia, ya en sus comienzos encontremos ejemplos claros de esta inquina hacia ellos. Estoy hablando, naturalmente, del Quijote y de su capítulo sexto, en el que se los acusa de ser origen de la extraña enajenación del hidalgo. Habla así la sobrina del cura: No hay para qué perdonar a ninguno, porque todos han sido los dañadores; mejor será arrojallos por la ventana al patio y hacer un rimero dellos y pegarles fuego; y, si no, llevarlos al corral, y allí se hará la hoguera.
Ya en el siglo XX, en una de las dos novelas de ciencia-ficción más desasosegantes que yo haya leído, Farenheit 451, de Ray Bradbury (la otra es 1984, de George Orwell), se nos retrata una sociedad en la que la razón de ser de los bomberos no es apagar fuegos, sino, paradójicamente, provocarlos para quemar libros. Porque en esa sociedad leer está totalmente prohibido ya que es una actividad que incitaría a pensar, cosa que está igualmente prohibida. En un determinado momento, el jefe de la brigada de bomberos dice a Montag, el protagonista: Un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo. Quita el proyectil del arma. Domina la mente del hombre. ¿Quién sabe cuál podría ser el objetivo de un hombre que leyese mucho? El título de la novela, como sabemos, se refiere a la temperatura, en la escala farenheit, a la que el papel de los libros se inflama y arde (su equivalente en la escala celsius es 232.7 grados, según me indica Zalabardo).
De los libros no se ha temido su materialidad física, sino su contenido, lo que en ellos se dice. Porque los libros abren ante nuestro ojos mundos (reales o fantásticos) que atraen e inflaman la imaginación, que nos permiten ser totalmente libres. En el mundo imaginado por Bradbury había que ser feliz por ley, norma que dificultaba, se daba por supuesto, la lectura de libros. Y siempre ha habido censores que se han creído en la obligación de controlar y de determinar cuándo y qué hemos de leer. ¿Recordáis el castigo tramado en El nombre de la rosa, de Umberto Eco, para quienes osasen leer aquel tratado sobre la risa de Aristóteles que se conservaba en la biblioteca del monasterio?
La Iglesia tuvo su propio catálogo de libros prohibidos, el Index Librorum Prohibitorum, que, con el concilio Vaticano II dejó de actualizarse y aplicarse, aunque oficialmente no esté derogado. No obstante, se encarga Zalabardo de recordarme que una de las ramas de la Iglesia, el Opus Dei, sigue teniendo su propia lista de catalogación moral de libros, que quedan clasificados en seis grupos que van desde el 1, libros que pueden ser leídos incluso por niños, según se dice allí, hasta el 6, libros de lectura totalmente prohibida y que requieren para ello un especialísimo permiso del Prelado, autoridad máxima de la secta, organización, rama o cualquier cosa que sea. Sería largo dar ejemplos de lo contenido en dicha lista, pero no resisto ofrecer algunos casos. Por ejemplo, Hijos de la ira, de Dámaso Alonso, está incluido en el grupo 4, es decir, que puede ser leído solo por personas que tengan formación y necesidad de su lectura, y aun ello con permiso del director espiritual. En el grupo 5, libros que no pueden ser leídos salvo con un permiso expreso de la Delegación, están El árbol de la ciencia o San Manuel Bueno, mártir. Y en el grupo 6, ya explicado, aparecen Cien años de soledad, con otras obras de García Márquez; Ulises, de Joyce; La colmena, Pantaleón y las visitadoras, de Vargas Llosa; prácticamente toda la producción de Francisco Umbral y una obra científica tan peligrosa como Cosmos, de Carl Sagan.
Hoy, la discusión sobre libros gira más en torno a su soporte que en torno a su lectura. Hay, como en todo, agoreros que dicen que el libro en su formato tradicional, con hojas encuadernadas y tapas, está llamado a desaparecer en pocos años. Estos, lógicamente, defienden que el futuro pertenece al libro electrónico, dotado de memoria en la que ya vendrán cargados una serie de títulos y en la que se podrán descargar otros. Lo cierto es que los dispositivos lectores son ya numerosos y en una reciente encuesta, el 5% de las personas encuestadas confesaba tener uno de ellos; el 75% decía conocer una o varias marcas y solo en 20% reconocía no haber oído hablar de ellos. Parece que por ahora la delantera la lleva el dispositivo lector Kindle, de Amazon, seguido del Sony Reader. Incluso hay uno, Papyre 6.1, fabricado por una empresa granadina.
Le digo a Zalabardo que posiblemente el libro electrónico suponga una mayor dificultad para los censores, pero que, en todo caso, nosotros pertenecemos a la generación del libro de papel y que el placer de pasar las hojas, incluso mojando en saliva las yemas de los dedos, o el del olor de la tinta en un libro recién impreso que abramos, no lo puede proporcionar ningún aparato electrónico por avanzado que sea. Pero él me replica que no diga que de esta agua no beberé, porque lo mismo afirmaba del ordenador y mira ahora cómo estamos. Lo peor del caso, o tal vez lo mejor, es que tiene razón.

viernes, junio 05, 2009


PRECUELA
Es seguro que si le preguntamos a José Manuel Mesa, gran aficionado al cine, por esta palabra sabe perfectamente a lo que se refiere; y no digamos ya si la pregunta se la hacemos a Pablo Cantos, que no es que sea aficionado, sino que es ya un profesional en esto del cine, es decir, un cineasta. ¿O sería mejor decir cineísta? El asunto es que precuela es un neologismo y aún no está recogida en el Diccionario, como tampoco lo está la acepción que nos interesa de secuela, término con el que se relaciona.
Podríamos definir secuela como 'obra (película, novela...) publicada con posterioridad a otra anterior de éxito y de la que aprovecha asuntos y personajes, aunque la historia se sitúa en tiempo posterior al de la obra a la que sigue'. Secuela procede del latín sequela, que, a su vez, se deriva de sequor, 'seguir'. Por lo tanto, una secuela es una continuación. Son muchos los vocablos españoles derivados del verbo latino del que hablamos: secuencia, séquito, secuaz, asequible, exequias, ejecutar, secta, obsequio, además de seguir, conseguir, proseguir, etc. Lo que quiero destacar con esto es que se trata de una familia léxica que se mueve dentro del significado 'lo que va detrás de otra cosa'. Son secuelas, especialmente en el cine, todas aquellas películas que continúan a otra que ha tenido éxito y de la que se quiere obtener el máximo beneficio. Zalabardo me recuerda que, de pequeños, ya éramos aficionados a dichas secuelas, especialmente a las de aquel malvado Fu-Manchú, a las del valiente Llanero solitario, indefectiblemente acompañado por su caballo Silver, o a las de otro héroe del oeste, Bob Steele. Quiero destacar también que sequor, en latín, es lo que llamaríamos una palabra simple, en la que no hay ningún elemento, prefijo o sufijo, que aporte el significado de posterioridad. No es comparable, pues, a post-erior o a ant-erior.
De acuerdo con lo explicado, debemos decir ahora que ni en latín ni en castellano existe palabra alguna que sea antónimo de secuela, que signifique, sigo la definición dada para esta última, 'obra (película, novela...) compuesta después de otra obra de éxito con la que se relaciona y cuyo acontecer se sitúa en un tiempo anterior al de la obra de la que se deriva, generalmente para explicar las causas del argumento de la obra original'. Y aquí es donde entra el término precuela que, como vemos, se vale de un prefijo pre- que se une a una raíz inexistente -cuela. ¿Es válido este recurso empleado para nombrar a un concepto no unido a ninguna palabra? ¿Y por qué no?
Es posible que a algunos les suene el término a algo muy nuevo. Debo confesar que yo no lo conocí hasta no hace mucho, cuando oí hablar de un proyecto de este tipo relacionado con la película Alien. Pero así como hace años todo se podía encontrar en el Libro gordo de Petete o en la Enciclopedia Espasa, hoy podemos enterarnos de todo en el inagotable universo de Internet. Así es como me entero de que, igual que las segundas y terceras partes de películas que, sin embargo, remontan sus asuntos a un tiempo anterior al de la exitosa obra original vienen haciéndose desde 1948, un tal Anthony Boucher, editor y autor de obras de ficción y misterio, ya utilizó en 1958, para referirse a ellas, el neologismo prequel, del que posteriormente se formará el castellano precuela.
Aunque el sistema de creación del término pueda parecernos poco académico, creo que no hay nada que impidiera su inclusión en el Diccionario, si bien antes habría que dar cabida a la entrada de secuela, que, como queda dicho, tampoco aparece. Trasladé la cuestión al departamento de consultas de la RAE, que me contestó exponiendo lo que ya he dicho antes, pero sin aclarar por qué no entran ni la una ni la otra en el Diccionario. Sé que hay que tomar muchas cautelas antes de abrir el camino hacia los diccionarios a determinados vocablos, pero tampoco debemos dar lugar a que acontezca lo que con precalentamiento. Cuando esta palabra comenzó a utilizarse, en el ámbito deportivo, muchas voces fueron las que se levantaron contra ella porque, decían, con razón, que 'los ejercicios que un deportista efectúa como preparación para el esfuerzo que posteriormente habrá de realizar' no eran un precalentamiento, sino un calentamiento, ya que los músculos, como aquellos antiguos aparatos de radio de lámparas, de los que me habla Zalabardo, necesitan calentarse antes de funcionar bien. Pues bien, mira por dónde la mayoría de los cronistas deportivos entraron por el aro y casi todos han aceptado y usan el correcto calentamiento. Aunque lo que el Diccionario registra ahora es precalentamiento.