martes, febrero 23, 2010

LAS MODAS Y LA LENGUA
Me vais a permitir que inicie este apunte con una cita algo extensa de Benito Jerónimo Feijoo perteneciente a su Teatro crítico universal, publicado en ocho volúmenes entre los años 1726 y 1739. Dice así: Siempre la moda fue la moda. Quiero decir que siempre el mundo fue inclinado a los nuevos usos. Esto lo lleva de suyo la misma naturaleza. Todo lo viejo fastidia. El tiempo todo lo destruye. A lo que no quita la vida, quita la gracia... Piensan algunos que la variación de las modas depende de que sucesivamente se ha refinado más el gusto, o la inventiva de los hombres cada día es más delicada. ¡Notable engaño! No agrada la moda nueva por mejor, sino por nueva. Aún dije demasiado. No agrada porque es nueva, sino porque se juzga que lo es y por lo común se juzga mal.
Le digo a Zalabardo que con el lenguaje pasa igual, que está muy sujeto a las modas y que hay mucha gente deseando que aparezca una nueva expresión, un nuevo modo de decir, para adoptarlo de inmediato, venga o no a cuento, sin reparar en si ese giro es más refinado o delicado y sin reparar, por supuesto, en si de verdad es una novedad.
Y hay muchos hablantes, por supuesto que no los más delicados, deseando hallar ocasión de soltar lo aprendido siquiera sea para intentar demostrar que están a la última. Eso ha pasado, por ejemplo, con ese feísimo como superfluo en frases del tipo hoy me siento como muy satisfecho o la comida me ha salido como muy salada. No menos feísima es esa costumbre tan extendida de sustituir el fino y claro y contundente no para negar con el archisobado para nada.
En estos tiempos que corren, una de esas novedades es el giro tolerancia cero. ¿Qué se quiere decir con él? Por supuesto que todos lo entendemos: que no hay que mostrar ninguna tolerancia o que hay que ser abiertamente intolerantes con aquello a lo que aplicamos el giro. Por ejemplo, podríamos decir que debemos ser intolerantes con quienes destruyen el mobiliario urbano o con conductas tan ineducadas y chabacanas como la de ese que dice ser cantante y que responde al nombre de John Cobra anoche en tve1. Sin embargo, no es así y parece que lo que nos pide el cuerpo es decir que hemos de mostrar tolerancia cero con lo que sea.
Me surge esta crítica porque leía hace unos días en la prensa que un ministro italiano, hablando de un conflicto con inmigrantes, decía: aplicaremos tolerancia cero a quienes destruyen nuestras ciudades. Y, más cerca aún, oí la la expresión, creo, en boca del lehendakari López mientras permanecía pegado a la radio una noche de insomnio.
Y entonces decidí hacer una pequeña rebusca, en la que me ayudó, como siempre, Zalabardo. Y nos encontramos con lo siguiente: Existe en Valencia una fundación dedicada a luchar contra todo lo que sea discriminación y malos tratos que se llama Fundación Tolerancia Cero.
Radio Nacional tiene un programa con el que pretende combatir las desigualdades en todos los ámbitos y que se llama, faltaría más, Tolerancia cero.
En la prensa, y en días muy próximos unos de otros, hemos encontrado los siguientes titulares: Carnaval con tolerancia cero, para hablar del intento del alcalde de Río de Janeiro por evitar que la violencia empañe la imagen de la ciudad. Tolerancia cero con el ruido, para informar de los esfuerzos de la Policía Local de Madrid en su lucha contra los excesos de decibelios. Tolerancia cero con los pederastas, para hacer referencia a unas palabras del Papa contra los abusos sexuales a menores por parte de miembros de la Iglesia Católica. Y se podría haber seguido. ¿No es ya mucha tolerancia cero?
Hay, incluso, una canción con ese título y que interpreta alguien a quien no tengo el gusto de conocer: Moenia. Y, por fin, nos topamos con un apunte de una bitácora que llevaba este sorprendente título: Para los que viven haciéndonos preguntas obvias... ¡Tolerancia cero!
Oímos la expresión en boca de políticos, de economistas, de eclesiásticos, de locutores, por todo el mundo. Pero, mire usted por dónde, el susodicho giro no solo no es bonito, sino que ni siquiera es nuevo. Lo que da la razón a las palabras de Feijoo con que abríamos el apunte, que no es necesario que la moda sea nueva; basta con que se tenga la impresión de que lo es.
¿Y dónde y cuándo surgió esto de tolerancia cero? Pues ni más ni menos que hace treinta años, casi. Fue el Gobierno del presidente-actor Ronald Reagan el que puso en circulación un programa (llamado precisamente Zero Tolerance) con el que intentaba subrayar la total intolerancia de la política antidrogas de la administración americana. E incluso dudo de si será anterior.
Y algunos, todavía, creen que están descubriendo América cuando utilizan la expresión.

viernes, febrero 19, 2010


ES POR ESO QUE
En el apunte anterior pretendía denunciar el olvido en que se tiene la gramática por parte de bastantes profesionales del periodismo que no tienen ningún empacho en contravenir una y otra vez las normas más elementales por las que se debe regir la lengua, ya sea en su versión hablada, ya sea en la escrita. Hoy, puesto que allí no se terminó, toca denunciar el mismo desinterés, si no desprecio, con que se miran los libros de estilo por parte de los profesionales de los diferentes medios.
El Libro de estilo de EL PAÍS se abre con la advertencia de que contiene normas de obligado cumplimiento para todos los cargos del periódico, los redactores y los colaboradores. Nadie estará exento de esta normativa. ¿Se refiere tal advertencia también a las normas gramaticales que recoge? El de ABC dice que aspira a ser un recordatorio de las normas básicas de la gramática y del estilo periodístico español [...] por lo que sus prescripciones serán de uso obligatorio para todos los redactores y recomendación encarecida para los colaboradores.
Me pregunto cuántos redactores y colaboradores consultan esas normas y cuántos, esto es lo peor, las respetan. Zalabardo ha hecho la comprobación y da la casualidad de que una y otra publicación recogen el giro del que hablamos hoy: es por eso que. Y los dos avisan de la necesidad de utilizar es por eso por lo que, que es lo correcto en nuestra lengua. Confluyen en dicho giro dos cuestiones gramaticales: la de la construcción del relativo y la de la construcción de las oraciones enfáticas de relativo. En ambos casos, el proceso viene a ser el mismo. Podemos verlo de forma sencilla.
Cuando el antecedente (la palabra a la que se refiere y reproduce un relativo) lleva preposición, esa misma preposición debe repetirse delante del relativo, si la función es la misma. Por esa simple razón, no debe decirse en la casa que habitábamos, sino en la casa en (la) que habitábamos, siendo opcional usar o no el artículo. Como no se dirá tampoco del asunto que discutimos ayer, sino del asunto del que discutimos ayer. Eso parece que está claro.
¿Y qué es eso de las oraciones enfáticas de relativo? La reciente Gramática de la Academia le dedica varios epígrafes, pero para no complicar la cuestión diremos que son unas construcciones formadas por un verbo ser acompañado de un adverbio o un demostrativo y seguido de una oración introducida por un relativo: ser por eso que. A estas construcciones hay quien las llama de que galicado, nombre no del todo correcto porque no se dan solo en francés, sino también en catalán, portugués, italiano, inglés, alemán, danés y noruego, según advierte la gramática académica. Sin embargo, en nuestra lengua, la construcción correcta exige repetir la preposición ante el relativo y que este lleve artículo. Así pues, lo que hay que decir no es otra cosa que es por eso por lo que.
Y con ello se completa el comentario que iniciamos en el último apunte. Hoy ha quedado más breve, pero no importa. Me dice Zalabardo que de esa manera damos menos tabarra al lector.

martes, febrero 16, 2010



LA LÓGICA Y LA GRAMÁTICA

Zalabardo dice que cada vez que saco este tema dejo traslucir un carácter gruñón y picajoso. Es posible, pero no lo puedo evitar. Todo viene porque le he comunicado las dudas que me asaltan cuando pienso qué es lo que en las escuelas de periodismo enseñan sobre el uso de la lengua o qué es lo que los alumnos aprovechan de aquello que se les enseña. Que también pudiera ser, dada la prisa que ahora tienen estos por obtener un título y lanzarse al ruedo dispuestos a comerse el mundo, olvidados de aquella antigua y sana costumbre en el mundo de la prensa de ejercer un meritoriaje que servía a los aspirantes para aprender cuanto hay que saber de este oficio antes de volar por los propios medios.
Pero corto, que, como tantas otras veces, me voy por los cerros de Úbeda. En definitiva, de lo que quiero hablar es de algunos de esos errores gramaticales que se cometen con frecuencia y que denotan, no lo sé bien, ignorancia o palpable desprecio de la gramática. ¿Y para qué sirve saber tanta gramática?, puede que se pregunte alguien. Concedo que a un médico no le sirva de mucho, que también; pero para un periodista, el lenguaje es su instrumento de trabajo y no debe ir por ahí tratándolo a patadas.
Acepto también que a lo mejor no hay que dominar mucha teoría gramatical; pero, en ese caso, ¿por qué no aplicamos la lógica, que tan de la mano va con la gramática? Pongo un ejemplo que creo simple. En clase, hablando de la transitividad y de los complementos directos, siempre había algún alumno que me preguntaba cómo puede alguien saber si un verbo es transitivo. Yo le decía: si usamos el verbo construir, sabemos que 'quien construye, construye algo'; luego es transitivo y puede llevar un complemento directo, se construyan casas o castillos en el aire. En cambio, seguía, si usamos el verbo caber, sabemos que 'quien cabe, no cabe nada; por tanto, es un verbo intransitivo y no lleva complemento directo. Eso lo podemos saber por pura lógica, nada más, aunque podríamos también decir que lo que hacemos es ya un razonamiento de naturaleza gramatical.
Los errores a los que quiero aludir hoy son dos y los saco de la prensa diaria. No son casuales ni raros, y, aunque el segundo sea más frecuente de hallar que el primero, los dos aparecen cada cierto tiempo. Dice el primero: murieron tras ser disparados, leía el pasado 27 de enero; y el segundo: es por eso que las conclusiones..., según leía el 12 de febrero. Son dos casos diferentes y en el primero cabe perfectamente aplicar el argumento explicado antes. Vamos a verlos.
Cualquiera que utilice el verbo disparar debiera saber que este verbo, dicho de una persona, significa 'hacer que un arma despida su carga': disparó una ráfaga con su fusil; pero si se dice de un arma, significa 'despedir su carga': esta pistola no dispara. ¿Es transitivo este verbo? Sí, porque 'quien dispara, dispara algo'. ¿Pero qué es lo que se dispara?: una flecha (el arco), una bala (la pistola), un dardo (la cerbatana), etc. Y sucede que ese complemento directo, casi siempre, se omite por obvio. Ahora bien, ese verbo suele ir acompañado de un complemento preposicional (generalmente con a o contra) que señala el objetivo del disparo: disparó a los pájaros o dispararon contra la multitud.
El objetivo del disparo es con frecuencia un complemento indirecto, por lo que nunca será sustituible por lo o la, sino siempre por le. No se dirá, por tanto, lo dispararon, sino le dispararon. Y por el mismo motivo no se podrá usar una construcción pasiva en la que el objetivo del disparo se pueda confundir con el sujeto, que es lo que pasa en el ejemplo que aporto: murieron tras ser disparados. ¿Dónde o contra quién fueron disparados? Solo cabe preguntarse qué o quiénes fueron disparados para que notemos la barbaridad que estamos diciendo o escribiendo. Distinto sería si dijésemos que murieron tras ser tiroteados. Eso sí es lógico.
Consulto diferentes libros de estilo de periódicos españoles y me encuentro con que solo los diarios ABC y EL MUNDO comentan el verbo disparar, aunque sea únicamente para indicar que su construcción es disparar a o disparar contra, porque disparar sobre es un galicismo. Por cierto que el Panhispánico de Dudas considera aceptable esta última construcción.
Y me doy cuenta de que he ocupado ya demasiado espacio en esta cuestión y no he comentado la otra. Me sugiere Zalabardo que la deje para el próximo apunte, lo que no me parece mal.

viernes, febrero 12, 2010


EL PACTO POR LA EDUCACIÓN
Hablaba el otro día con José Antonio Garrido y me decía que un docente nunca se convertirá en un ex-profesor, sino que su condición de profesor lo acompañará siempre. Es posible que tenga razón y es este un asunto que he discutido más de una vez con Zalabardo, pues hay ocasiones en las que noto cómo aún perviven en mí actitudes profesorales. Él me las recrimina e intenta convencerme de que un jubilado debiera mantenerse al margen de los asuntos que afectan al mundo educativo, mirarlos desde la barrera y dejar que sean otros quienes los encaren. A veces casi me convence, pero termino reaccionando y le digo que siempre será mejor adoptar una actitud activa y comprometida; que, como decía Celaya, hay que tomar partido hasta mancharse.
Eso me pasa, por ejemplo, con el pacto por la educación, del que tantos hablan y sobre el que, por desgracia, me siento bastante pesimista. Y es así porque tengo la impresión de que se sigue un camino que tal vez no sea el adecuado. ¿Qué me hace pensarlo? Pues dos hechos bastante explícitos. Uno, que aun siendo muchos los políticos que hablan de la necesidad de reformas y de pacto, aún no he oído a nadie, entre los que tienen capacidad para decidir, reconocer sin ninguna clase de tapujos que el sistema actual, basado en el modelo de la LOGSE, ha sido un rotundo fracaso y que es preciso empezar casi desde cero, sin prejuicios partidistas, que hay muchos. Ya sé que ese reconocimiento lo expresa el PP, pero ellos son negacionistas en todo. Y el otro, que tengo la impresión de que se está dejando marginados en este debate a los profesores, que, por estar en primera línea, son quienes conocen mejor cuáles son las patas del banco por las que el sistema cojea. Ya está bien que haya tanta gente de despacho que se arrogue conocimientos de los que, por lo común, carece. Bien está que hablen los políticos; bien que hablen los sindicatos; bien que lo hagan también las asociaciones de padres. Pero si no se deja hablar a los profesores, que son quienes más tiran de este carro, todo resultará esfuerzo baldío.
¿Y qué puedo decir yo desde mi condición de jubilado? Pues algo que he venido repitiendo desde hace tiempo y que se sustenta en mi experiencia como profesor desde el año 1968, con la sola excepción del periodo de tiempo que me tuvo ocupado el servicio militar. Se resume en lo siguiente:
Primero. Que los niños y adolescentes no maduran todos a la misma vez sino que cada uno tiene lo que llamaríamos su ciclo propio e intransferible. Lo que unos alcanzan a los diez años, otros lo consiguen a los nueve y otros, a los once o a los doce. Quiero decir con esto que, siendo prudente establecer unas edades adecuadas para el inicio de cada nivel educativo, ya no lo resulta tanto que también hayan de fijarse edades tope para su terminación; es decir, que es preciso acabar cuanto antes con la promoción automática por razón de edad. Aparte de otras consecuencias negativas, eso provoca que el alumno que es conocedor de que pasará de curso suceda lo que suceda no se esforzará en adquirir los conocimientos del nivel en que está.
Segundo. No tengo nada contra la enseñanza privada. Muchos años trabajé en ella. Quien quiera invertir su dinero en un centro educativo es libre de hacerlo y buscar obtener beneficios, dentro de un orden, con ello. Pero los fondos públicos deben ir dirigidos fundamentalmente a mantener, aumentar y mejorar la red de centros públicos. Todos los escolares deberían disponer de una plaza en un centro estatal si así lo desean, lo que acabaría con el sistema aberrante de los centros concertados. Y si, por alguna razón, se destinan fondos públicos a mantener centros privados, estos deberían someterse a un rígido control en todos sus aspectos, el económico, el didáctico-pedagógico y el ideológico.
Tercero. Habría que estudiar bien la posibilidad de ofrecer a los alumnos cuanto antes, pudiera ser a los 14 o 15 años, la opción de elegir entre dos vías formativas: la de la Formación Profesional y la del Bachillerato. Ello se haría teniendo en cuenta dos supuestos: que tanto el Bachillerato como la Formación Profesional posean un mínimo de calidad exigible y que el acceso a una u otra vía se haga tras un proceso de formación e información adecuados y no según aquella errónea tendencia de tiempos pasados que derivaba en que quienes aprobaban iban al Bachillerato y los que no a la FP.
Y cuarto. Que haya un tronco de enseñanzas comunes, y en castellano, en todo el Estado, sin que ello supusiera detrimento para el respeto a las lenguas y a las peculiaridades culturales de cada Comunidad.
Cabría enumerar una serie de consideraciones diversas: la duración del Bachillerato, quizás un año más, al menos; que se refuerce la figura del profesor y la de los claustros, y, a la vez, que se les exija en consonancia con lo que se les concede. Se podría seguir, aunque ya irían apareciendo cuestiones accesorias que se discutirían por quienes fuesen designados para dar entidad a ese pacto que necesitamos como el comer.

martes, febrero 09, 2010


SOBRE CAÑAS Y LANZAS
Parece que en el PP no están contentos si no andan continuamente a la greña. Las disputas y las rencillas, cuando se trata de luchar por el poder, son frecuentes en todos los partidos políticos, como también lo son en todos los colectivos, aunque se trate de una simple comunidad de vecinos en la que se juegue quién ha de ser vocal de portal. Pero, como digo al principio, se diría que en el PP el enfrentamiento entre correligionarios está más a la orden del día. Y no digamos si por medio se encuentra la sin par Esperanza Aguirre, que, cuando abre la boca, parece el león de la Metro de los rugidos que emite.
Hace ya días volvió a soltarse la melena, a lo leona de Castilla, cuando dijo (ignorante de que sus palabras estaban siendo grabadas) aquello de que se alegraba de haberle dado un puesto en Caja Madrid a IU quitándoselo al hijoputa. Todo el mundo entendió, aunque ella lo negara inmediatamente, que el hijoputa era Ruiz Gallardón. Pero, como digo, ella lo negó y, dos días después, se dijo que habían firmado la paz a la vista de que los sondeos cara a las próximas elecciones les son favorables. Pero Zalabardo no cree en ese armisticio y dice que lo que pasa es que, en ese pretendido juego de cañas que se traen, estas se les están convirtiendo en lanzas.
Hablamos de los dos gerifaltes madrileños, la presidenta de la Comunidad y el alcalde de la ciudad y de quién de los dos merece mayor credibilidad. Partiendo de que la verdad es que, a los políticos, yo les concedo poca, le digo a Zalabardo que, en todo caso, yo rompería una lanza en favor de Gallardón, siquiera sea porque en ese enfrentamiento parece el más débil de los dos y siempre tenemos la impresión de que Esperanza se lo va a merendar en un solo bocado.
A estas alturas del apunte, más de uno se habrá dado cuenta ya de que no pretendo construir ninguna crónica política ni, menos aún, rosa.
Y quien esto piense habrá adivinado también que lo que quiero hoy es comentar dos frases muy corrientes en nuestra lengua: volverse las cañas lanzas y romper una lanza (a favor de algo o de alguien). El significado creo que no presenta dificultades para nadie: la primera quiere aludir al hecho de que 'se torne hostil una situación antes grata o apacible'; por su parte, la segunda indica que 'alguien sale en defensa de algo o de alguien'.
Algo más complicado es explicar el origen de las expresiones. Ambas se remontan a la etapa medieval y tienen que ver con el mundo caballeresco y militar. Volverse las cañas lanzas tiene que ver con el juego de cañas. Covarrubias dice que 'es un juego de pelea de hombres a caballo. Este llaman juego troyano y se pretende haberlo traído a Italia Julio Ascanio'. Sin embargo, el Diccionario de Autoridades, de 1729, dice que es 'un juego o fiesta que introdujeron los moros [...]. Fórmase de diferentes cuadrillas, que ordinariamente son ocho [...]. El juego se ejecuta dividiéndose las cuadrillas, cuatro de una parte y cuatro de otra, y [...] forman una escaramuza [...] tomando cañas de la longitud de tres a cuatro varas [...]. La [cuadrilla] que empieza el juego corre la distancia de la plaza, tirando las cañas al aire y tomando la vuelta al galope para donde está la otra cuadrilla apostada, la cual la carga a carrera tendida y tira las cañas a los que iban cargados'.
Se entiende, pues, que, cuando lo que empieza siendo un juego se torna en veras, las cañas se sustituyen por lanzas.
La explicación de romper una lanza es algo más complicada porque hay dos interpretaciones. En una se dice que proviene de cuando en los duelos un caballero rompía una lanza para demostrar que defendía a otro; pero esa interpretación no la he visto documentada. En cambio, tanto Covarrubias como el Diccionario de Autoridades de 1734, dicen que quebrar una lanza 'vale empezar a tratar algún negocio y romper dificultades'. Se sobreentiende, creo yo, que las dificultades que se rompen son las que se ponen a alguien en cuya defensa salimos.
Y dicho esto, ya veremos en qué quedan las trifulcas de los peperos. Del despiste y desconcierto que los del PSOE se traen para ver cómo salir de la crisis que padecemos casi mejor es no hablar.

viernes, febrero 05, 2010


VOCABULARIO DE SETENIL
¿No os ha ocurrido en ocasiones que, habiendo querido decir una cosa, os queda la impresión de haber dicho otra diferente? Eso me ha pasado a mí con respecto al último apunte. Yo quería decir, simplemente, que no es fácil confeccionar un vocabulario popular de una zona o población, no que sea imposible o que no se deba acometer tal tarea. Pero, al parecer, debí expresarme mal.
Le digo a Zalabardo que me ha quedado esa impresión después de leer el apunte de Rafa, de Setenil de las Bodegas, Dichos, palabras y palabrotas de Setenil (I) en su agenda Setenil rural (http://setenilrural.blogspot.com/). Y quería decir que la tarea es difícil porque la dificultad radica en poder delimitar bien la difusión territorial de cada término.
Quienes me siguen desde el comienzo de esta agenda saben que no me gusta, por respeto a sus autores, contestar a los comentarios que a ella se hacen. Salvo en contadas ocasiones, y creo que esta es una de ellas. El motivo no es otro que el de animar a Rafa, si me sigue leyendo, que eso es una presunción mía, a continuar con su investigación sobre las palabras de Setenil y no considere mi apunte anterior como el pozo en que se haya de hundir su gozo. Lo que yo pretendía era dar un pequeñito tirón de orejas a quienes se creen el ombligo del mundo en esto de la dialectología y de la geografía lingüística, a quienes piensan que aquello que se dice en Málaga, digo como ejemplo, no se dice en ningún otro lado.
No hay más que consultar la monumental obra que es el Atlas Lingüístico y Etnográfico de Andalucía, dirigida por Manuel Alvar y Antonio Llorente, para comprobar lo caprichosa que es el área de difusión de cada palabra en el territorio andaluz. Como me imagino que lo será en todos. Por ello es difícil arriesgarse a decir que un término es exclusivo de una zona y debemos estar siempre dispuestos a aceptar que pudiera ser compartido con otros lugares.
Y lo que en dicha obra se ve y lo que yo quería decir en el apunte anterior y en lo que llevo de este queda fielmente reflejado y demostrado en el acertado apunte de Rafa sobre el habla de su pueblo. Cita él tres palabras sobre las que me quiero centrar, con su permiso, para argumentar lo expuesto: bollano, tosco y aljofifa.
Sobre la primera, bollano, de la que él dice que significa 'piedra mediana, a ser posible caliza' no encuentro nada documentado, ni en el clásico estudio de Alcalá Venceslada ni en ninguno de los repertorios léxicos andaluces que poseo. No me extrañaría, pues, que sea una palabra propia y exclusiva de aquella zona.
Dice a continuación que en un pueblo vecino, Alcalá del Valle, que está a unos ocho kilómetros, a lo mismo se le llama tosco. Mire usted por dónde, esa es la palabra que en mi pueblo, Osuna, que está a unos sesenta kilómetros, se utiliza para designar a cualquier piedra, y para pedrada, se utiliza toscazo. Tosco no aparece en el DRAE, pero María Moliner recoge tosca, que define como 'piedra caliza ligera', y Manuel Seco incluye toscón, del que dice que es una 'piedra grande' y lo señala como regionalismo. Puede que sea, a lo que se ve, una palabra con cierta extensión en zonas de Andalucía.
Por último, tenemos aljofifa. Ya Rafa, en su apunte, deja claro que es un arabismo que estuvo más o menos generalizado, aunque su empleo se perdió. En mi pueblo, como en tantos otros de Andalucía, se decía jofifa, que con la aspiración quedaba más o menos en hofifa. Las había de dos tipos, la normal era el trapo con que se fregaba el suelo; pero, además, existía la hofifa de pita, que se obtenía machacando las hojas de la pita hasta que perdían toda su pulpa y quedaban reducidas a las fibras. Estas fibras, no sé por qué, eran preferidas al trapo común para el fregado de suelos.
¿Por qué se perdió la aljofifa? Pues porque un ingeniero aeronáutico español riojano, Manuel Jalón Corominas, basándose en las mopas que había visto en los Estados Unidos, inventó un artilugio consistente en unas tiras de tejido al que se le añadía un palo como el de las escobas y permitía fregar los suelos sin tener que arrodillarse. Eso fue, creo recordar, a finales de los años cincuenta. Había nacido la fregona, palabra que dejó de designar a la mujer que fregaba para señalar el objeto con que se fregaba. Lo malo, para su inventor, es que vendió la patente a una multinacional holandesa para poder dedicarse a otras investigaciones "más productivas".
Así que, Rafa, mucho ánimo y a seguir proporcionándonos palabras de Setenil de las Bodegas, bello pueblo en verdad. Yo, al menos, seguiré pendiente de Setenil rural a ver con qué nuevas palabras me encuentro.

martes, febrero 02, 2010


TÓPICOS
Lo característico de los tópicos es su perfecta adaptabilidad al lugar en que se utiliza o al motivo por el que surge. Por ejemplo, ¿cuántos lugares costeros hay en España que afirman ser el original y único verdadero en que se le enseñó al rey don Alfonso XIII que para comer las sardinas asadas hay que cogerlas con los dedos índice y pulgar de cada mano por la cabeza y la cola? ¿O cuántas ermitas explican su origen en la historia de una imagen de la virgen hallada en una cueva, o sobre una roca, o al pie de un árbol, por un pastor y que, pese a ser llevada una y otra vez a la población cercana, volvía indefectiblemente y de manera milagrosa al mismo lugar hasta que en ella se levantó su santuario? Una y otra historia nos son contadas con tal lujo de detalles y convencimiento en cada lugar que acabamos por creerlos a todos.
Es que la vida está llena de tópicos, me dice Zalabardo. ¿Tú crees?, le respondo. Entonces él, para probar su aserto, me pide que reflexione sobre uno de los últimos correos electrónicos que he recibido. ¿Sobre cuál de ellos?, le pregunto. Y me responde que el del vocabulario malagueño.
Medito un poco y concluyo en que tiene razón. Es un mensaje que me reenvió José Luis Rodríguez en el que alguien adjunta una serie de términos malagueños "recogidos" por una cordobesa que solicita que se difunda la serie para, así, mantener vivas las palabras de nuestro léxico popular. Para ser precisos, es necesario decir que esa cordobesa no existe o no es ella la recolectora y que la lista lleva tiempo moviéndose por foros de Internet como respuesta a alguien que pedía ejemplos de términos malagueños.
Empecemos por reseñar las dificultades que entraña señalar los límites en que se movería un habla local. Según define el Diccionario de Lingüística, de Jean Dubois, un habla local es "un sistema de signos y reglas sintácticas utilizadas por un grupo social dado o con referencia a ese grupo. Este sistema puede reducirse a unidades léxicas que, dejando a un lado su valor efectivo, coexisten junto a las unidades del vocabulario general de un dominio determinado". O sea, que aparte de unos rasgos fonéticos y morfosintácticos, muchas veces esta habla local no es más que un simple conjunto de palabras. Ahora bien, los contagios, coincidencias e intercambios con las zonas limítrofes son constantes y numerosos. Por eso es tan difícil hacer un diccionario del habla de Málaga o del habla de Setenil de las Bodegas, pongo por caso. Y por eso los granadinos y los malagueños pueden defender en bastantes ocasiones como propia e inalienable una palabra de uso en las dos comunidades.
Otra cuestión complicada se deriva de lo dicho: la de señalar dónde ha nacido una palabra y de qué origen para que se la pueda considerar original o propia de un lugar. Si nos limitamos a tan solo el ámbito andaluz, por ahí circulan innumerables vocabularios populares de tal o cual población que no tienen de tales más que la procedencia o residencia de su autor, que se limita a amontonar palabras que ha oído en su pueblo y que él considera originales o exclusivas de allí, sin pensar que, la mayoría, son comunes a toda el área andaluza.
Como Zalabardo me pregunta hasta dónde de seguro estoy de lo que digo, quiero poner unos ejemplos. En la lista que ha dado motivo a esta reflexión me encuentro, así de bote pronto, con lo menos quince o veinte palabras que no pueden considerarse malagueñas porque pertenecen a un área más amplia.
El Diccionario de argot español, de Víctor León, recoge como comunes a toda España calimocho, chiringuito, chuminada, piños, 'dientes', o jiñarse, 'acobardarse'.
Chacina, 'carne de cerdo adobada con que se hacen chorizos y otros embutidos', chícharo, 'guisante' o, según las zonas, 'garbanzo', gazpachuelo, 'sopa hecha con salsa mahonesa' y cenacho, 'espuerta de esparto o palma para llevar frutas, pescados u otras mercancías' son de uso muy general en toda Andalucía y aun fuera. El cenachero es, sin duda, una figura tradicional malagueña, pero eso no explica de ningún modo que cenacho sea un malaguesismo.
Y quiero dejar para el final, por no insistir demasiado, dos términos que, por su origen etimológico, difícilmente se podrán considerar malagueños. Son curiana, 'cucaracha negra' y guarrito, 'taladradora'. El primero, según explica Corominas, viene de coriana, por el traje negro que vestían las mujeres de la población extremeña de Coria. Y el segundo, cuya paternidad solicitan también los hablantes de Tarifa, tiene un origen peculiar. Se podría hablar de la tendencia de toda la Romania a nombrar las herramientas con nombres de animales; lo explica bien Gerhard Rohlfs en Lengua y cultura, pero sería una explicación más alambicada. Parece más verosímil buscar el origen en los años del estraperlo y el contrabando. Se dice que en Gibraltar se vendían unas taladradoras de marca Warrington y que la gente de la frontera decía que iba a la colonia a comprar una guarrinton, término que pronto derivó hacia guarrito.

viernes, enero 29, 2010

MIÉRCOLES
Algunos mantienen la falsa creencia de que un jubilado es una persona para quien todos los días son iguales. Nada más alejado de la realidad. En mi caso, debo decir que ahora mis días son, si cabe, más variados que cuando estaba en situación activa (¿se dice así?). Y entre todos los días, el miércoles es especial por varias razones de las que cito solo dos: mi nieto viene a casa a comer, casi siempre, la paella que yo le hago, que es lo que más le gusta. Pero también el miércoles es el día que aprovecho para subir al instituto a desayunar con los compañeros del departamento al que pertenecí tantos años. ¿Por qué precisamente el miércoles? Porque ese es el día en que todos están libres a la hora del recreo y nos podemos ver.
Hace un tiempo, la Escuela de Escritores propuso elegir la palabra más bella del idioma español a partir de las opiniones ofrecidas por los internautas en la página de este colectivo. No recuerdo cuál ganó, pero sí que hubo casi tantas palabras propuestas como participantes. Quiero decir con esto que tal vez no exista eso que ellos pretendían que fuese la palabra más bella. Y es que las palabras no son entes aislados, pura sucesión de fonemas. Aparte de su referencia denotativa, cada palabra está ligada, connotativamente, a sus usuarios por múltiples situaciones, emociones y pasiones. Y eso son factores que se alteran a cada momento.
En aquella experiencia, también Zalabardo y yo nos sumamos proponiendo una palabra. Lo que no recuerdo ahora es si recibió solo nuestro voto o llegó a tener un total de tres. Si ahora alguien hiciera una prueba semejante, pero limitándose a solo el campo semántico de los días de la semana, es posible que ganase domingo, por ser el día de asueto para la mayoría de la gente; aunque puede que que yo contestase miércoles, aunque sea por lo que he contado al principio. Vemos, pues, que siguen reinando, aun en ámbitos pequeños, las cuestiones afectivas, connotativas, sobre las denotativas.
Sin embargo, cuando hablaba de esto con Zalabardo, reconocíamos que, frente a todo lo anterior, es posible que existan también palabras que consideramos antipáticas, que nos resultan feas. Pero yo le digo que las razones son casi las mismas. A mí concretamente no me gusta la palabra ociar. No me gusta ya desde su propia fonética. Pero no me gusta, sobre todo, por el significado que en el DRAE se le da a ocio. En efecto, la primera acepción que de ella encontramos es la de 'cesación del trabajo, inacción o total omisión de la actividad'. Y no me sirve que en la tercera se diga que es 'diversión u ocupación reposada, especialmente en obras de ingenio, porque estas se toman regularmente por descanso de otras tareas', si ya antes se ha dicho lo otro.
Hay mucha gente que considera al jubilado como una especie de muerto civil, de persona que ya no tiene nada que hacer porque ya ha hecho cuanto le correspondía. Y de ahí la preocupación por saber en qué ocupa su ocio, su tiempo de jubilado. Como si no hubiera actividades a la que dedicarlo. Como digo en el perfil de presentación de esta agenda, yo ando, y leo, y escribo; pero también voy al cine o al teatro cuando se me apetece. Y visito museos. Y, alguna que otra vez, pues estamos en época de crisis, hago algún viaje.
Este miércoles pasado, hablando de mil y una cosas (como debe ser en las conversaciones placenteras) con Pablo Cantos y José Francisco, el primero mencionó, sin que yo recuerde ahora por qué, la Peña de Arias Montano, en Alájar, Huelva, y comentamos la belleza del lugar. Más tarde hablamos de las revistas que ha habido en el instituto y de la pena que supone que ahora no haya ninguna. Luego me preguntaron si siento añoranza por tiempos y situaciones pasadas, a lo que respondí con un no rotundo. Y ya todo derivó a cómo, una vez jubilado, puedo decir que me falta tiempo para hacer cosas. Porque, aparte de lo que digo arriba, tengo una pequeña y humilde colección de sellos de la que no puedo ocuparme, y otra de pegatinas para la que también me faltan las horas necesarias para su ordenación y clasificación.
Lo que pasa, les decía, es que ninguna de las actividades de un jubilado es tan precisa y urgente que haya que cumplirla en plazo acordado, como ninguna es tan poco valiosa como para no dedicarse a ella con pasión. Esa es, aparte otras, la gran diferencia entre los jubilados y los trabajadores en situación activa. Por eso no me gusta el verbo ociar y tampoco decir que me dedico al ocio; y es que, para más inri, miro un diccionario de sinónimos y me dice que ocioso equivale a inactivo, desocupado, parado, quieto, perezoso, holgazán, vago, gandul, haragán, innecesario, inútil, estéril, infructuoso, ineficaz, baldío y no sé cuántas cosas más. ¿Qué sabrá de este asunto quien escribió ese diccionario?
Y por eso, también, como decía, me gusta la palabra miércoles, porque señala el día en que puedo reunirme con los amigos y hablar aunque sea de cosas intrascendentes, que, en definitiva, son las que importan.

martes, enero 26, 2010


SOBRE PALABRAS PERDIDAS (2)
Le consulto a Zalabardo su opinión acerca de si la globalización tendrá también sus efectos sobre las palabras. Quiero decir si es verdad que hay unos términos que se imponen en todos los ámbitos y ocasiones, que desplazan a otros más humildes, más locales o pueblerinos que, los pobres, no tienen oportunidad para subsistir. Me contesta, sin más, que si alguien puede dudar de eso.
Antes, hablo de mi niñez, cada pueblo, y al decir cada pueblo pienso también en las grandes ciudades, que, entonces, la mayoría, se comportaban igualmente como pueblos, tenía sus modos de decir, su vocabulario particular, su denominación específica de las cosas. Para nuestro ámbito andaluz, no hay más que consultar el Atlas Lingüístico y Etnográfico de Andalucía (que dirigieron don Manuel Alvar y don Antonio Llorente, de quienes me honro de haber sido alumno) y ver cómo cada pueblo tenía su nombre para la misma cosa. Pongo un ejemplo: al peldaño de entrada a la casa desde la calle, en mi pueblo lo llamaban sardinel; pero no había que ir demasiado lejos para hallar que a ese mismo peldaño, en otros lugares, lo llamaban rebate, arrebate, tranco, graílla o escalón.
Me apunta Zalabardo que el efecto globalizador contra el lenguaje (y digo contra y no en porque considero empobrecedor este efecto) se inició muy probablemente con la televisión, más que con la radio. En la televisión se impone, se pretende imponer, una lengua unificadora, una manera uniforme de decir. Y la gente imita esos decires de quien sale en la caja tonta. Y quien dice el habla dice todo. Más ejemplos. En mi pueblo, donde se usaban con profusión los apodos o motes, los cotilleos versaban sobre tal o cual acontecimiento en el que había participado Pistolón, o sobre si se había visto a la hija de Dientejaca en tal sitio, o sobre si la mujer de Jeringos Lacios había dicho tal cosa. Todo se desarrollaba intramuros, resultaba doméstico, porque las hablillas no superaban los límites del pueblo, salvo en rara ocasión en que un acontecimiento de un pueblo vecino atraía el interés general. Como se dice, la ropa sucia se lavaba en casa. Ahora, mire usted por dónde, el asunto de los cotilleos en cualquier lugar de España, por pequeño que sea, se circunscribe a esa moderna Frankenstein en que se ha convertido Belén Esteban o a gente de su laya y condición, digamos Paquirrín y compañía.
Ya digo, la globalización. ¿Habéis notado ese afán de la Junta de Andalucía, la campaña fue larga y no sé si aún continúa, por que todos hablemos en andaluz? ¿Pero saben ellos qué es eso de hablar en andaluz? Algunos se confunden al creer que es hablar como los locutores de Canal Sur o como Chiquito de la Calzada, por poner dos ejemplos que no son de imitar.
Y, claro, sucede que los giros naturales se pierden, el nombre de los nombres desaparece y, en su lugar se sitúan denominaciones oficiales o, peor, oficialistas. El nombre global, la palabra sin espíritu, sin candor. ¿Quién sabe en nuestros días, yo lo desconocía, que en algunos lugares de Jaén (tomo el dato de Alcalá Venceslada) llamaban, ignoro si se conserva el nombre, cohombrera a esa especie de gran jeringa de hojalata (hoy, de acero inoxidable) que se rellena de masa para hacer la fruta de sartén que llamamos, ¡ay!, ¿cómo la llamamos? Pues ellos decían cohombro, o cogombro, aunque en la mayor parte de la provincia, a eso mismo suelen llamar tallo.
Y sucede que en mi pueblo no decíamos cohombros ni tallos, sino jeringos. O que en Granada y Cádiz resulta más usual hablar de tejeringos. De pequeño, cuando mi padre me llevaba a Sevilla, lo primero que hacíamos al llegar era tomar un café con leche acompañado de calentitos. Y en otros lugares se utilizan, o se utilizaban, nombres más complicados, como porras, masa frita, frutajeringa o mamandungo.
Hoy, en cambio, el común de la gente habla de churros. Aquí y en Pekín. y churro, antes, era el específico de Madrid, con forma de rosquilla y elaborado con harina de patatas. Ya digo, otra cosa.
¿Cuánta gente sigue empleando los vocablos que he presentado como ejemplos? Creo, sinceramente, que poca, lo cual, al menos en mí, provoca un sentimiento a mitad de camino entre la nostalgia y la tristeza.

viernes, enero 22, 2010


TVE Y LA PUBLICIDAD
Hace unos días estuve viendo en La 2 de Televisión Española una película de Ken Loach sin ninguna clase de interrupción para emitir publicidad. Nadie me negará que tal hecho es un placer del que hasta hace muy poco no se podía disfrutar si no era en una televisión de pago. Con la supresión de la publicidad, la televisión pública española se suma al camino que la televisión pública británica sigue desde hace tiempo y al que también por estas fechas inicia la televisión pública francesa.
He leído que tal paso supone, en nuestra televisión, la conversión de las cinco horas diarias dedicadas a la publicidad en horas de emisión de programas. Me dice Zalabardo que este dato da bastante que pensar, puesto que él ha realizado el cálculo. Cinco horas son casi la cuarta parte de un día, dieciocho mil segundos, que, a veinte segundos de media por cada anuncio nos da la friolera de novecientos anuncios de los que nos libramos.
Comprendo que una televisión privada tenga que recurrir a la publicidad para mantenerse en un mercado tan competitivo. Pero una televisión pública, que se sufraga con los presupuestos del Estado, o sea, con los impuestos que todos pagamos, no tiene por qué entrar en ese juego de la lucha por la tarta publicitaria; como no debe tampoco entrar en el de la telebasura, aunque ese sea otro asunto. La televisión pública debe preocuparse por ofrecer calidad y servicio público, nada más. ¿Que de esa forma estamos abocados a que se implante un nuevo impuesto por la televisión? No seríamos el único país en pagar ese canon y, si con ello se persigue un mejor servicio y una calidad contrastada en los programas, bienvenido sea. La calidad, al final, genera beneficios porque ayuda a aumentar la audiencia.
Pero he aquí que en varios medios he leído ya comentarios referidos a ese apagón publicitario y no todos convencidos de la bondad del paso dado. Se diría, leyendo algunos de esos comentarios, que hay quien añora las pausas para insertar anuncios. ¿Hasta tal punto de fuerte es nuestra dependencia respecto a la publicidad?
La publicidad condiciona nuestras vidas. Nos movemos en el mercado de acuerdo con los impulsos de los mensajes recibidos. Toda nuestra existencia parece girar en torno a tal supuesto: los integrantes de nuestros equipos favoritos se han convertido en hombres anuncio. Si vamos al cine, en las películas que nos proyectan no se pierde ni una sola oportunidad de insertar mensajes publicitarios de manera más o menos velada. Las calles, los autobuses, las fachadas de los edificios. Hasta soportamos que muchos productos se vendan bajo el reclamo de que tal producto es el que se anuncia en la televisión, para que no tengamos dudas. Pero es que incluso las prendas con las que nos calzamos y vestimos procuran llevar bien visibles sus logos de marca para que, así, también nosotros seamos anuncios andantes.
Y en vez de cantar la aleluyas por una televisión libre de ese martillo pilón de la publicidad, perdemos el tiempo planteándonos qué va a pasar ahora. Preguntándonos si habrá programas para rellenar ese tiempo que los anuncios han dejado o si nos repetirán programas con fecha ya caducada para ahorrarse gasto en las nuevas producciones.
Mientras tanto, la única verdad de estos primeros días sin publicidad es que la televisión pública española está ganando audiencia. Zalabardo, que apenas si veía de ella los informativos, ahora la sintoniza en horas diferentes. A él y a mí nos agrada encontrarnos a cualquier hora algo diferente de los anuncios. Hace unos días, tuvimos la suerte de ver un interesantísimo documental sobre la visita que un fotógrafo americano, Eugene Smith hizo en 1951 a un pueblecito extremeño para realizar un reportaje fotográfico destinado a la revista Life. Con toda seguridad, si hubieran tenido que ocupar cinco horas con publicidad, ese documental no habría hallado hueco para emitirse. ¿No creéis?

martes, enero 19, 2010


SOBRE PALABRAS PERDIDAS
En muchas ocasiones, sobre todo en noches de insomnio como esta en la que estoy escribiendo, las cosas se nos echan a la cara casi sin buscarlas, o se nos vienen encima mientras buscamos otra . Pasa igual que con los recuerdos, que van y vienen a su antojo (como médanos de oro, que dijo Juan Ramón Jiménez), sin que nos lo propongamos.
Eso nos pasó a Zalabardo y a mí hace unos días mientras buscábamos páginas de librerías de libros usados y antiguos. Sin saber cómo, nos saltó, como una perdiz que alza inopinadamente el vuelo mientras paseamos por el campo, una página que no conocíamos y que, a lo que parece, comenzó su andadura el año recién terminado. La página en cuestión es http://www.literateando.es y su creación se debe a una filóloga marbellí, Lydia Rodríguez Mata.
Como se desprende por su título, la página está dedicada, básicamente, a la literatura, aunque también hace incursiones en cuestiones de léxico. Las secciones que en su inicio promete remiten a entrevistas, artículos, reseñas de libros, enlaces, etc. Hay una que me llamó particularmente la atención por el simple hecho de que es un tema de mi especial predilección: se llama Reivindicación de las palabras y propone ocuparse de aquellas que van siendo cada vez menos utilizadas y corren riesgo de perderse definitivamente.
Lo hemos dicho aquí muchas veces. La lengua está en constante ebullición y cambio, y el léxico no podía ser menos. hay palabras que permanecen por y para siempre, suerte que tienen, pero otras se pierden y desaparecen, dejando lugar a otras nuevas. Sobre todo desaparecen aquellas que son términos muy locales, propios de un ámbito geográfico reducido. Eso pasa, por ejemplo, con una de las palabras reivindicadas por Lydia Rodríguez en su página: taró. Dice que significa 'neblina, bruma espesa de verano, que viene del mar y que siempre trae más calor'. La consigna como palabra malagueña. Alcalá Venceslada, en su Vocabulario andaluz, recoge la forma tarol, que define como término marinero que significa 'niebla muy densa' y la considera palabra de Cádiz y Málaga. Juan Cepas, autor de uno de los vocabularios populares mejores de cuantos conozco, Vocabulario popular malagueño, recoge las dos formas, taró y tarol, que define como 'niebla muy densa que proviene del mar'. En cambio, en El habla de Cádiz, de Pedro M. Payán, el término ni aparece.
Pensando sobre esta cuestión de las palabras que se pierden, me vino a la cabeza una que mi madre utilizaba bastante, vilorio, para señalar a una persona inquieta, sobre todo si era un niño. En el Palabrario andaluz, de David Hidalgo, se localiza dicha palabra en Osuna, aunque Alcalá Venceslada, que dice que significa 'atontado, alocado', la considera propia de Estepa. Mi madre había nacido en Herrera, más cerca del segundo pueblo que del primero. Y, pensando sobre la palabra, consideré que yo debí ser algo vilorio, porque a mi recuerdo viene, no sé si entre las brumas de la memoria es una evocación real o es anécdota que me invento, una vez en que arrojé a un pozo una pieza de tela de un vestido que mi madre estaba haciendo.
Aunque quien sí debió ser vilorio de verdad fue mi hermano Antonio, de quien repetidas veces he oído contar, entre otras cosas, que una vez metió la cabeza entre los dos travesaños del respaldo de una silla y no la podía sacar. Nuestro padre, que según mi madre tenía la sangre gorda, decía en tono de burla mientras mi hermano lloraba: "Habrá que cortarle la cabeza, porque no es cuestión de romper una silla".
También yo soy partidario de reivindicar, aunque comprendo que es intento vano, la conservación de las palabras; no ya por el mero hecho de disponer de un diccionario repleto de palabras que la gente no utiliza, sino porque, como me apunta Zalabardo, con muchas de las palabras que se pierden se diluyen bastantes de los buenos recuerdos de nuestras vidas. Y cada recuerdo que se pierde es, quién lo duda, un paso más que damos hacia la muerte.

viernes, enero 15, 2010


REPETIRSE COMO LOS AJOS
Ayer mismo, Zalabardo, que a veces tiene un ramalazo así como de descreído y pesimista, me decía que mucho feliz año nuevo por aquí, feliz año nuevo por allá, pero la verdad es que, a poco que nos fijemos, si nos asomamos a las ventanas, vemos que las calles siguen siendo las mismas, que la gente continúa caminando por ellas pendiente cada uno de lo suyo y que, al final, cada mochuelo permanece en su olivo o, como dice otro refrán, cada cual en su casa y Dios en la de todos. O sea, que los problemas son los mismos, con la circunstancia agravante de que algunos han empeorado.
Por eso, le digo, tal vez se explique que en esta agenda los temas se repitan periódicamente como se repiten los ajos de las comidas. Tal vez sea también que esta agenda se comenzó a rellenar hace ya más de tres años y eso hace inevitable que algunas cuestiones tengan que reaparecer, como el Guadiana, tras haber permanecido ocultas durante un tiempo.
Digo esto porque hay vicios de expresión que, por mucho que se denuncien, no dejan de ser utilizados de manera reiterada y se hace necesario llamar la atención sobre ellos una y otra vez. Cualquiera que lea estas anotaciones sabe mi tesis de que existen errores en el hablar que son del todo excusables en lo que pudiésemos llamar la gente común, aunque imperdonables en aquellas otras personas cuyo instrumento de trabajo es precisamente la lengua y debieran ser, por ello, modelos para ese público general.
Leía una noticia relativa a la joven generación de blogueros en Cuba que tiene en ascuas a los gobernantes del país caribeño por lo que de revolución imparable supone. En ella se calificaba a Yoani Sánchez, de quien ya hablamos aquí un día, como alma máter de dicho movimiento. este error de llamar a alguien alma máter de un movimiento o de un colectivo ya lo traté en un apunte de octubre de 2006. pero creo que no está de más volver sobre la cuestión.
Nuestra lengua está llena de giros y locuciones latinas de mayor o menor uso (ab urbe cóndita, 'desde la fundación de la ciudad', 'desde el principio', ars gratia artis, 'el arte por el arte', homo sapiens, 'hombre racional', etc.) Alma máter es una expresión que los poetas latinos utilizaron para referirse a Roma, como 'madre benefactora, alimentadora, de sus hijos', y que, más tarde, pasó a designar, exclusivamente y de modo figurado, a la Universidad, 'madre que alimenta a cuantos por ella pasan'. Porque en esa expresión, resulta que alma es adjetivo, procedente de almus, y significa nutricia, alimentadora y, también, benéfica; por tanto, no tiene nada que ver con el sustantivo alma, procedente de anima.
Almo, -a es, pues, un adjetivo culto que no suele utilizar la mayor parte de la gente. Por eso su utilización incorrecta es censurable en quienes abusan, erróneamente, de la expresión alma máter. Si acudimos a los diccionarios, el del Español Actual, de Seco, ni recoge el término, y el DRAE lo señala como término poético. Y, en efecto, poetas y literatos son los únicos que lo han utilizado en nuestra lengua. Por cierto, que muy pocas veces. El ejemplo más repetido es el de Fray Luis de León, que en la Vida retirada dice: roto casi el navío, / a vuestro almo reposo / huyo de aqueste mar tempestuoso; Garcilaso, en su Égloga II escribe: ¡Ay, viento fresco y manso y amoroso, / almo, dulce, sabroso!; en La Galatea, Cervantes dice: almo, feliz sosiego y, poco después, como a mi rico almo tesoro; y en Los trabajos de Persiles y Segismunda leemos por dos veces: alma ciudad de Roma. Por fin, el Diccionario de Autoridades, de 1770, cita esta traducción de la Eneida, hecha por Gregorio Hernández: Ruégote por la dulce luz del cielo, /por el almo ayre, y por tu padre claro.
No conozco más ejemplos y ninguno que sea moderno, lo que, lógicamente, no quiere decir que no los haya.Y quiero añadir dos precisiones: primera, que los términos y expresiones del latín adoptados por la lengua común se ajustarán a la regla general de acentuación, por lo que debemos escribir máter; y segunda, que, por ser alma adjetivo, no cabe eso de escribir el como se hace ante sustantivos femeninos que comienzan por a tónica, por lo que hay que decir la alma máter como decimos, por ejemplo, la alta escuela.
Para concluir: si queremos destacar el valor de una persona dentro de un grupo, de un movimiento, de un equipo o institución, digamos que es su creador, su impulsor, su miembro más eminente, el núcleo en torno al cual giran todos los demás. Digamos incluso, que es su alma, sin más. Cualquier cosa por el estilo es válida, menos la de llamarla alma máter, que, como queda explicado, es cosa muy diferente.

lunes, enero 11, 2010


DESEOS PARA UN NUEVO AÑO (Y PARA MUCHOS MÁS)
Estos últimos días pasados, entre Navidad y Reyes, son propensos para la celebración de múltiples comidas, familiares o no, que nos han dejado abotargados y con la necesidad ineludible de hacer ejercicio para rebajar las grasas o kilos de más que se nos han adherido y que ahora se resisten a retirarse. En tales circunstancias, Zalabardo es la única persona que conozco capaz de contenerse y no cometer excesos de ningún tipo. Tanto es así que la única licencia que se concede cada año es la de tomar una copa de anís y un mantecado la mañana del 22 de diciembre mientras escucha por la radio el sorteo de la lotería.
Pero a lo que iba, a las comidas que estos días se nos presentan por todas partes. Verdad es que si las soportamos es, creo, solo por las sobremesas, porque tenemos ocasión, mientras los jugos gástricos cumplen su misión, de hablar distendidamente con personas queridas sobre toda clase de asuntos, sin que se alteren los ánimos. Salvo cuando sí se alteran.
Porque resulta que el pasado día veintiséis tuve una de esas comidas y, entre los muchos temas que al final salieron, surgió casi como a traición (porque ese tema y algunos otros deberían estar prohibidos entre personas que se estiman) el del cambio climático. Y allí fue Troya. No ya por la violencia verbal o física, que no la hubo de ninguna de las dos, sino por lo irreductible de las posturas que suelen darse y que, en nuestro caso, fueron tres: la primera, esa tan extendida, incluso en las altas esferas de la ciencia y la política, de que el cambio climático es consecuencia solo de un proceso natural que siempre se ha dado y siempre se dará, por lo que la influencia del hombre es insignificante en su desarrollo.
La segunda postura era la que por lo común se opone siempre a la anterior: no es de recibo negar nuestra influencia, de la que hay pruebas irrefutables; además, debemos pensar que este planeta es solo un lugar de paso para el hombre y no tenemos ningún derecho a dejárselo empobrecido a nuestros herederos.
Y la tercera, que se podría calificar de cínica, es la de quienes sostienen que eso del cambio climático es un puro invento de alguien interesado en hacer negocio con ello y que, caso de que hubiera algo de verdad, será a tan largo plazo que a nosotros no nos afectará.
Le conté luego a Zalabardo toda la discusión y él, que es ecologista convencido, me dijo que, por desgracia, las opciones primera y tercera están muy extendidas, y que pruebas de ello son el fracaso del Protocolo de Kyoto, que expira en 2012 sin que se hayan obtenido logros dignos de reseñar y la falta de compromiso con el problema que las grandes potencias han mostrado en la reciente e inoperante Cumbre para el Cambio Climático celebrada en Copenhague.
Me saca un libro y me indica unas páginas. Miro la portada y se trata de La Tierra herida, volumen que recoge las conversaciones sobre este tema mantenidas por Miguel Delibes y su hijo, Miguel Delibes Castro. A la objeción de que no está demostrado que el clima cambie a causa de las actividades humanas y que los propios expertos tienen dudas, leo: "Es cierto, las dudas son muchas, pero la fundamental no lo es: solo los cambios atmosféricos debidos a la actividad humana pueden explicar los aumentos de temperatura en la Tierra detectados en los últimos decenios".
Y cuando el autor de Diario de un cazador pregunta por las consecuencias de ese aumento de las temperaturas, el hijo responde: "la subida del nivel del mar [...], la fusión de los glaciares en las montañas [...], la reducción del espesor de las masas de hielo en los polos [...], el incremento de lo que se han llamado 'eventos climáticos extremos' (como las olas de calor, grandes sequías o tremendas inundaciones) [...], el deshielo, en Alaska y Siberia, del permafrost, el suelo permanentemente congelado (que hace que los edificios se resquebrajen y se caigan) [...], la desertización y la escasez de agua dulce..." De algunos de esos hechos hemos tenido pruebas estos días pasados, o al menos eso me parece.
Cuando he leído esto, Zalabardo me dice que se puede adoptar la postura que uno quiera, pero que la naturaleza nos está enviando a cada instante avisos que no se pueden obviar y que, ahora que es la época del año en que expresamos nuestros mejores deseos para todos, podríamos pedir, y exigir, que quienes tienen la sartén por el mango hagan algo ya. Mientras tanto, cada uno de nosotros podría aportar su granito de arena, que, al final, también cuenta.

lunes, diciembre 21, 2009

FEMINICIDIO

Leyendo una información sobre el caso de la desaparición de mujeres en la mexicana Ciudad Juárez, y la posterior aparición de las mismas violadas y muertas, me di de bruces, en el mismo titular, con el sustantivo feminicidio, que el redactor escribe entre comillas, consciente de que es una palabra que no existe. En efecto, por mucho que busquemos, no la vamos a encontrar en ningún diccionario. Sin embargo, nadie tendrá inconveniente para entender su significado de forma inmediata. Hoy mismo me la he vuelto a encontrar, ya repetidamente utilizada en el cuerpo de otra información relacionada con el caso.
¿Cómo y por qué surge esta palabra? Todo es debido a un proceso muy fácil: el carácter articulado del lenguaje consiste en que, en un primer nivel de articulación, sus signos se descomponen en partes menores que pueden agruparse con otras para formar signos nuevos. Así, del latín caedo, 'matar', se genera el sufijo español -cidio, 'muerte causada a' que, unido a diferentes raíces da lugar a palabras como suicidio, 'muerte causada a sí mismo', regicidio, 'muerte causada a un rey', tiranicidio, etc.
Entonces, feminicidio es un vocablo totalmente válido, me inquiere Zalabardo. Y yo le contesto que sí, pero... Y de este pero me quiero ocupar hoy. Porque feminicidio es una muestra clara de cómo con el tiempo las lenguas van cambiando, esto se ha dicho aquí hasta la saciedad, y las palabras alteran, pierden, modifican, diluyen o amplían sus significados. Y los hablantes, que no tienen por qué conocer el origen de todos los términos, ayudan bastante en estas alteraciones de las que hablo.
Empecemos: feminicidio significa 'muerte causada a una mujer por otra persona'. ¿Y qué se dice cuando se provoca la muerte de un varón? Pues resulta que no hay palabra para ello, pues lo más próximo que en nuestra lengua tenemos es homicidio, que, respetando su etimología, significa 'muerte causada por una persona a otra'; es decir, muerte de un varón o de una mujer. ¿Qué es lo que ha pasado? Pasa que, en el lenguaje corriente, el significado de hombre, que según la primera acepción del DRAE es 'ser animado racional, varón o mujer', se ha deslizado paulatinamente hacia la segunda, 'varón, ser humano de sexo masculino'.
Echemos una ojeada al latín. En la lengua de Roma, homo significa 'perteneciente al género humano', de humus, 'tierra', por lo que homo es igual que 'procedente de la tierra'. Y a su vez, homo es el hiperónimo, palabra que en su significado contiene el de otras palabras, de vir, 'varón' (o mas, 'macho', referido a animales), y mulier, 'mujer' (o femina, 'hembra' tanto para personas como para animales, puesto que el significado último de femina es 'la que amamanta'). O sea, que tanto hombre, masculino, como persona, femenino, designan por igual al varón y a la mujer.
¿Qué ha pasado?, repito. Pues que hombre ha volcado su inicial significado hacia el de 'varón' de tal manera que ha sido este último el que parece predominar en la conciencia de muchísimos hablantes. Tanto que, en una época tan reivindicativa de dejar bien marcados la función y el valor de la mujer, incluso en el lenguaje, el redactor del titular del que hablo se ha creído en la necesidad de crear el término feminicidio sin saber, o a lo mejor sabiéndolo, que lo que pretende decir está ya contenido en homicidio.
Ese es el pero que yo oponía a la consulta que me hacía Zalabardo. Aun así, que feminicidio triunfe o no, que acabe imponiéndose o no, no es ningún grave problema ni, por supuesto, es como para rasgarse las vestiduras. Hay cosas, por el contrario, que sí claman al cielo. Ayer mismo leía en un periódico digital, y de forma reiterada, que el obispo había *reconvinado públicamente al PNV por su postura [ante la cuestión del aborto]. Al parecer, quien escribiera eso olvidaba, quiero pensar que sea eso, que estaba usando el verbo reconvenir, derivado de venir, y cuyo participio es reconvenido y no reconvinado.
Pero como se nos echa encima la Navidad y esta mañana llueve de forma que es una bendición, por la falta que hace, Zalabardo me pide que no reconvenga a nadie con dureza, sino que desee paz y felicidad a todos. Descansaremos unos días y, pasadas las fiestas, estaremos de nuevo aquí.

viernes, diciembre 18, 2009


UNA GRAMÁTICA EDUCADA

Hablaba el otro día de que la nueva gramática editada por las Academias tiene un carácter prescriptivo, es decir, indica la conveniencia o inconveniencia de determinados usos y giros. Lo que ya no decía es la manera en que hace tal cosa. Si no estoy equivocado, era Ignacio Bosque quien explicaba que, en un principio, habían acordado seguir el criterio del Diccionario panhispánico de dudas y hablar de usos correctos e incorrectos según los casos, pero que luego pensaron que era mejor hablar de usos aconsejables o no aconsejables. Es, sin duda, una forma cortés de avisar lo que se puede y lo que no se puede hacer cuando nos servimos de nuestro idioma.
Me dice Zalabardo que a él le hubiese parecido mejor calificar de incorrecto lo que no se debe hacer para que a nadie quede la duda de si todo depende del criterio particular de cada hablante. Le contesto que a mí me parece igual una cosa que otra porque cada vez estoy más convencido del desinterés que sienten hacia la gramática quienes más debieran ajustarse a ella, es decir, todos aquellos que trabajan primordialmente con el lenguaje y, son, por ello, modelos que mucha gente común imita: políticos, periodistas, políticos..., sin que dejemos atrás, siento decirlo, a bastantes profesores. En los periodistas el hecho es muy grave por la sencilla razón de que casi todos los medios disponen de un Libro de estilo que, lamentablemente, también se olvida. Y en los profesores no digamos, dado que ellos son quienes proporcionan la primera formación a los jóvenes.
Creo que en estas notas se ha hablado con anterioridad de la cantidad de errores que se cometen en el uso de los pronombres personales átonos. Los profesores de lengua saben bien las dificultades que los alumnos encuentran para dominar el sistema pronominal. A este propósito, pienso que mejor que insistir demasiado en la teoría gramatical sería un aprendizaje práctico (para eso sirven los ejercicios de redacción). De todas, formas, tal vez en las facultades de periodismo habría que insistir más en todas estas cuestiones (evitación de leísmos y similares, construcciones con se, duplicación de los pronombres, etc.)
Me quiero fijar hoy en este último caso, que es, me parece, uno de los que hace incurrir en mayor número de errores. Sobre todo, con la duplicación del pronombre le. Escojo para ello un texto leído el domingo pasado: Siempre pensé que la serie le gustaría a los niños aunque no sabía si los adultos le darían una oportunidad porque no existía algo así. Veamos primero, por si alguien no lo tiene claro, qué es eso de la duplicación. Lo explica así la nueva Gramática: "Se llama duplicación el proceso sintáctico que permite la aparición conjunta de un pronombre átono acusativo o dativo junto con su variante tónica o junto con el grupo nominal al que se refiere" (§ 16.14a). Según eso, hay duplicación en lo vieron a él y en le preguntaré al profesor.
Lógicamente, se entiende que el pronombre átono debe presentar concordancia con el tónico o con el grupo nominal al que se refiere. Lo leemos en la Gramática: "Los pronombres átonos concuerdan con los tónicos, o con el grupo nominal al que hace referencia en las construcciones reduplicadas [...] Sin embargo, es frecuente que los pronombres átonos en dativo de tercera persona del singular dupliquen en la misma oración a un grupo nominal con a construido en plural: *le dio manises a los monos" (§ 35.2j). "No obstante, en los registros formales se aconseja mantener la concordancia de número entre el pronombre dativo y el grupo nominal o pronombre tónico al que se refiere: les dije la verdad a los policías" (§ 35.2k). Creo que está bastante claro; la gramática académica se hace eco de la frecuencia del uso incorrecto, pero con ese se aconseja deja dicho qué es lo correcto.
Y mucha gente se pregunta: ¿tanta importancia tiene eso? Vamos a verlo con el ejemplo que traigo hoy. En él se dice le gustaría y le darían. ¿A quiénes se refieren esos le? La referencia del primero es a los niños, lo que quiere decir que debería haberse escrito, de acuerdo con lo leído más arriba, les gustaría a los niños. Si en este primer caso hay un error, ¿quién nos dice que no lo hay también en el segundo? Sin embargo, al fijarnos con atención, notaremos que el segundo se refiere a un grupo nominal omitido, la serie, que era sujeto de gustaría, pero complemento indirecto de darían, y que se omite porque ya ha aparecido antes, por lo que esta vez es correcto (le darían una oportunidad a la serie).
A causa del primer error, nos encontramos con una frase que pudiera tener dificultades para su comprensión. ¿Cuestión simple? Tal vez sí, pero para aclararla cuando tengamos dudas está la gramática, que esta vez se nos presenta no antipática, como decía Valle-Inclán, sino muy educada.

lunes, diciembre 14, 2009

PIRATAS
Zalabardo y yo mantenemos frecuentes conversaciones. Esta mañana, durante el paseo, hacía tanto frío que hasta se quitaban las ganas de hablar. Pero, aun así, lo hemos hecho sobre lo mucho que, siendo ambos niños, nos gustaban los libros de aventuras. Él me decía que los que más le atraían eran aquellos en que se combinaba la aventura con lo que pudiésemos llamar literatura de anticipación, es decir, las novelas de Julio Verne; en cambio, a mí los que más me llamaban la atención eran los de piratas, al estilo de Emilio Salgari. No obstante, uno y otro coincidimos en manifestar un aprecio especial hacia un título concreto, La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson. El otro día, leía en un artículo de José Mª Guelbenzu que Stevenson es el mejor contador de historias que ha dado la literatura inglesa. No me atrevo a decir ni que sí ni que no, pero no me extrañaría que dicho juicio sea acertado.
Comentaba con Zalabardo que esa novelita de referencia me la leí más de una vez e, incluso ya de mayor, varias veces he vuelto sobre ella. El recuerdo primero que me viene a la mente es el de estar metido en cama curando una gripe mientras la leía. Entonces, me imaginaba ser el propio Jim Hawkins tratando de hallar en la isla el tesoro escondido del pirata Flint mientras luchaba en su interior con esos sentimientos encontrados de atracción y rechazo hacia la figura de John Silver, el Largo, según las circunstancias cambiantes del desarrollo de la aventura. Todavía hoy, pese a todo, conservo un cierto aprecio por la figura de este pirata.
Los piratas de nuestras lecturas, más de las mías, como dejo dicho, eran figuras de intenso carácter romántico, seres a quienes una traición o un tratamiento injusto había llevado a ese camino, aunque su comportamiento dentro del filibusterismo estuviese todo él repleto de connotaciones positivas. Tal sucede con el Capitán Singleton, de Defoe, con el Capitán Blood, de Sabatini, o con Sandokán y con Emilio de Roccabruna, el Corsario Negro, de Salgari. A unos los conocí directamente por las lecturas, a otros por el cine; pero a todos los recuerdo con cariño.
En un momento de la charla, Zalabardo me decía que, aunque siempre los piratas fueron piratas, y por tanto delincuentes, la literatura y el cine nos han dado de ellos una imagen que quizás no haya existido nunca. No tienes más que atender, me sugería, al problema de los piratas que en el presente vuelven a actuar en las costas de Somalia y de los que tanto se habla ahora, sobre todo después del secuestro del atunero Alakrana. ¿Tú crees que alguna vez existió un pirata que buscase el bienestar de los más desfavorecidos? Los piratas, decía, siempre han sido malvados, como lo era John Silver, que solo mostraba buena cara cuando quería atraerse a los incautos como Jim Hawkins.
De pronto, la conversación dio un giro porque a mí se me ocurrió preguntarle por la piratería en el caso de las descargas ilegales en Internet. A decir verdad, en un principio lo dejé sin palabras, porque no esperaba tal pregunta, según iba la conversación; pero se rehizo pronto y me dijo muy serio: Yo de eso no entiendo.
¿Y quién diablos entiende entonces? Porque resulta que oyes a unos y a otros y todos parecen tener la razón. Y eso, al menos a mí, me crea un conflicto mental bastante complejo. Trato de plantearme algunas de las cuestiones que el tema genera y no sé a qué carta quedarme. A veces me parece que la postura de la SGAE es antipática, por lo que pesa mucho en el sesgo que con frecuencia toma el conflicto; otras, creo que se limita a defender los intereses de sus asociados. En cualquier caso, hay suficientes aspectos en el tema que me provocan esta actitud de no saber qué pensar:
Si nos cobran un canon, un sobreprecio, por cada cedé que compramos, sin entrar en la cuestión de qué uso le daremos, sino prejuzgando que lo utilizaremos para una copia pirata, ¿por qué va a ser ilegal dicha copia?
Por otra parte, pienso que el derecho de autor debiera ser sagrado. Si un peluquero, un verdulero, un taxista, etc., nos cobra por el servicio que nos presta, ¿por qué el trabajo de un artista (novelista, cantante, autor...) no ha de ser remunerado por todo el que se sirva de él?
En el caso de un disco, o de una película, un libro, ¿es su precio tan abusivo como para que busquemos acceder a sus contenidos por otros medios? ¿Qué beneficios generan y quién se queda con la parte del león? ¿De qué manera se suprimirían tales abusos, si es que los hay?
Si el dueño de una casa la puede legar a sus descendientes sin ningún tipo de restricción, ¿por qué un novelista, por ejemplo, no puede legar los beneficios de su trabajo para siempre y sus derechos prescriben después de un tiempo?
¿Es verdad que el principio de libertad lo justifica todo, "todo", en Internet?
Podría seguir planteando cuestiones como esas, o parecidas, pero, ya digo, no tengo respuesta para ninguna. De todas formas, yo, que antes me descargaba archivos de música o de vídeo sin ninguna clase de remordimiento, ahora me lo empiezo a pensar.

jueves, diciembre 10, 2009


A VUELTAS CON EL GÉNERO (¿FINAL?)
Hace solo unos días que salió a la venta la Nueva gramática de la lengua española, obra de interés capital por diferentes motivos: porque viene avalada por las veintidós Academias de la lengua, lo que la hace válida para todo el ámbito hispánico; Porque viene a cubrir un vacío notable, ya que nuestra lengua se regía por una Gramática redactada en 1931, es decir, hace casi ochenta años; por su magnitud y alcance, pues su redacción se ha dilatado durante los últimos diez años y los dos tomos aparecidos ahora, falta el dedicado a la fonética, suponen más de tres mil ochocientas páginas; y por su naturaleza, pues al carácter descriptivo (dice cómo funciona la lengua) añade el prescriptivo (señala qué usos son correctos y cuáles deben ser desechados).
Estando el primer capitulo dedicado a cuestiones de carácter general y de presentación de la obra, el segundo se le dedica al género. Ignoro si es algo premeditado o casual. En cualquier caso, el género es una de las cuestiones lingüísticas de mayor calado planteada en los últimos años. Y aunque Zalabardo me avisa que ya hemos dedicado muchos de estos apuntes a tal tema, me resisto a dejar pasar cuál es la opinión de la gramática oficial de nuestra lengua y, por tanto, de las veintidós Academias que la sustentan.
Primero, sobre la confusión entre género gramatical y sexo: "El género es una propiedad de los nombres y de los pronombres que tiene carácter inherente y produce efectos en la concordancia con los determinantes, los cuantificadores, los adjetivos" (§ 2.1a). "Con muchos sustantivos que designan seres animados, el género sirve para diferenciar el sexo del referente" (§ 2.1b). "Aun así, a algunos sustantivos que designan seres sexuados [testigo, cónyuge, pianista...] les corresponde más de un género" (§ 2.1b, § 2.4a).
Segundo, sobre el valor genérico del masculino: "El género no marcado en español es el masculino [...] La expresión no marcado alude al miembro de una oposición binaria que puede abarcarla en su conjunto [...] En la designación de los seres animados, los sustantivos de género masculino no solo se emplean para referirse a los individuos de ese sexo, sino también -en los contextos apropiados- para designar la clase que corresponde a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos" (§ 2.2a). "Es habitual en las lenguas románicas, y también en las de otras familias lingüísticas, usar el plural de los sustantivos masculinos de persona para designar todos los individuos de la clase o el grupo que se menciona, sean varones o mujeres" (§ 2.2b).
Tercero, sobre la inconveniencia del desdoblamiento genérico y usos afines: "En el lenguaje de los textos escolares, en el periodístico, en el político, en el administrativo y en el de otros medios oficiales, se percibe una tendencia reciente [...] a construir series coordinadas constituidas por sustantivos de persona que manifiesten los dos géneros (a todos los vecinos y vecinas...) [...] Exceptuados los usos [en que el desdoblamiento se interpreta como señal de cortesía: señoras y señores, amigos y amigas...] el circunloquio es innecesario cuando el empleo del género no marcado es suficientemente explícito para abarcar a los individuos de uno y otro sexo" (§ 2.2f). "Algunos han negado que el uso genérico del masculino esté asentado en el idioma y sugieren en su lugar nombres colectivos o sustantivos abstractos [...] Son más los que han hecho notar que estas sustituciones son imperfectas desde el punto de vista léxico o desde el sintáctico, [...] inadecuadas [y] empobrecedoras. No equivalen, en efecto, mis profesores a mi profesorado, nuestros vecinos a nuestro vecindario, los amigos a las amistades, los ciudadanos a la ciudadanía..." (§ 2.2i).
Cuarto, sobre los nombres comunes en cuanto al género y relativos a profesiones, títulos y actividades. "Se ha comprobado que la presencia de marcas de género en los nombres que designan profesiones o actividades desempeñadas por mujeres está sujeta a cierta variación [...] La lengua ha acogido bedela, coronela, edila, jueza, médica o plomera, pero estas y otras voces similares han tenido desigual aceptación" (§ 2.6a). "Otros sustantivos de persona que designan cargos, títulos, empleos, profesiones y actividades diversas, y hacen el masculino en -o [muchos de ellos considerados antiguamente comunes en cuanto al género] presentan el femenino en -a: abogado/abogada, árbitro/árbitra, médico/médica, magistrado/magistrada, torero/torera..." (§ 2.6f).
A todo lo anterior me gustaría añadir las palabras de Víctor García de la Concha, director de la Real Academia Española, a propósito del tema: "Se confunde el sexo con el género y se fuerza algo que contradice una ley básica. la economía de la lengua, decir con la menor cantidad de palabras posible la mayor cantidad posible de ideas". A lo que añade Ignacio Bosque, ponente de la recién nacida edición de la Gramática: "Lo curioso es que nadie dice voy con mis hijos y con mis hijas a que jueguen con tus hijos y con tus hijas. Los mismos que dicen los vascos y las vascas dicen luego ayer fui con unos amigos a cenar. ¿Por qué? Porque no tienen un micrófono delante".
Le digo a Zalabardo que, tras todo esto, yo nada tengo que añadir y que espero que esta sea la última vez que el tema se asome a estas páginas. Me hace un gesto de incredulidad y esboza una socarrona sonrisa.