domingo, enero 14, 2007

HABLAR BIEN

A raíz de una pregunta que José Antonio me hacía días atrás y otra de Rocío y Pilar Quintana, Zalabardo me dice que, cuando nos quejamos de que se habla mal, es posible que estemos un tanto equivocados, pues señala la experiencia de quienes nos dedicamos a la enseñanza que en la gente normal y corriente se da una preocupación lingüística mayor de lo que en ocasiones imaginamos. Bastantes alumnos, y quienes no lo son, preguntan reiteradamente: ¿se puede usar tal palabra?, ¿viene esta otra en el diccionario?, ¿cómo se dice esto?, ¿está bien dicho aquello?, etc. Luego hay preocupación.
¿Estará entonces el centro de la cuestión en lo que entendamos por hablar bien? Después de darle al asunto muchas vueltas, Zalabardo y yo coincidimos en que hablar bien debería ser hacerlo con claridad, naturalidad y espontaneidad, sin afectación ni pedantería; en suma, que hablará bien quien con sencillez consigue expresar lo que desea comunicar. Y todo ello desde una posición de respeto, aunque desenfadado, hacia el modelo ideal y común de lengua, sin abandonar por eso las peculiaridades dialectales, regionales o locales.
Me preguntaba José Antonio si se podía decir fuertísimo o había que decir fortísimo. ¿Y por qué no se ha de poder decir lo primero? Aquí nos encontramos ante la forma culta latina (la segunda) y la más coloquial, derivada directamente del adjetivo fuerte, (la primera). ¿No decimos también buenísimo mejor que bonísimo? Lo malo está en pensar que la forma culta (consecuencia de la introducción del mismo vocablo en un tiempo posterior, sin pasar ya por las transformaciones fonéticas normales de las voces populares) sea más aconsejable que la coloquial, que es la que ha seguido la vía normal y lógica del proceso de formación de la lengua. El caso de los superlativos es ejemplo claro de lo que decimos. Planteo yo: ¿por qué decir paupérrimo si podemos decir pobrísimo; o novísimo por nuevísimo; o integérrimo por integrísimo; o aspérrimo por asperísimo; o pulquérrimo por hermosísimo; o crudelísimo por cruelísimo? Y podría seguir. El Diccionario panhispánico, que ya he mencionado repetidas veces, da validez a ambas formas, aunque deja bien claro que la primera es culta y, sin llegar a afirmarlo, creo entender que insinúa que es la preferible. Explicar las formas cultas nos llevaría a hablar de las formas latinas originales y los cambios fonéticos producidos en su paso hasta el español; ¿por qué la gente común y corriente ha de saber esas cuestiones, que son para especialistas?
La pregunta de Rocío y Pilar era: si misoginia significa 'aversión u odio a la mujeres', ¿qué palabra significa 'aversión u odio a los hombres'? Les contesté que ignoraba si existe la palabra, pero que en buena lógica debería ser misandria. Luego he visto que el DRAE no recoge tal término (que he podido comprobar que se utiliza en algunos documentos), aunque sí ofrece androfobia con el mismo sentido. Lo que ocurre es que el diccionario académico ofrece la pareja androfobia y ginefobia, por un lado, mientras que por el otro solo recoge misoginia, cuyo antónimo exacto debería ser misandria. Y aquí utilizamos los cultismos porque carecemos de términos coloquiales equivalentes.
Me pide finalmente Zalabardo que aclare que a estas cosas nos referimos cuando, más arriba, hablamos de claridad, naturalidad y espontaneidad y de rechazo de la pedantería y la afectación. Y con esto (esperamos) quedan respondidas las dudas de manera simplísima (que no simplicísima).

1 comentario:

tianshangfei dijo...

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